Una pequeña historia.
“Hace rato que piensa en levantarse pero no se mueve. No tiene sueño, ni ganas de permanecer en la cama, incluso le apetece tomarse un café y echar un vistazo al periódico en Internet, pero no se mueve. Simplemente no puede tomar la decisión de levantarse, tal vez porque entonces tendría que ir al baño y mear, ir a la cocina y encender la máquina del café, sacar la leche del frigorífico, la taza, etc., etc. Todo pequeñas decisiones que ahora mismo, en este preciso instante, no le apetece tomar. Pero el instante pasa y de repente se levanta como si hubiera recordado algo urgente. Hace todo eso que unos segundos atrás no se sentía capaz de hacer y se sienta frente al ordenador. Ahora sí, ahora prefiere haberse levantado. Mientras sorbe un poco de café, conecta el navegador y entra en la página de su periódico habitual. En realidad no le interesa la política desde hace ya bastante tiempo, pero no puede evitar echar su vistazo diario a las noticias. Es una especie de rito diario. Lo malo es que consume demasiado tiempo, tiempo que podría dedicar a otra cosa. Hoy, sin embargo, no se permite que esto ocurra. En realidad, no le atrae la información que lee. Apaga el ordenador, se levanta y vuelve a la habitación. Se viste. Sobre la mesa del estudio ha quedado un resto de café que aún está caliente. Lo bebe con placer. Deja la taza de nuevo en la mesa y se marcha de la casa.
La calle está tranquila, solo unas pocas personas aparecen a la vista. Es fin de semana, domingo tal vez, no lo sabe a ciencia cierta. Brilla el sol, la temperatura es agradable. Comienza a caminar por la calle experimentando una sensación de disfrute. De repente repara en que hacía mucho tiempo que no tenía una sensación así y se detiene. Levanta la cara hacia el cielo con los ojos cerrados y se esfuerza por sentir el calor del sol en su cara. En la acera de enfrente una persona se ha parado y le mira. Es repentinamente consciente de este hecho, puede decir que junto al calor del sol ha sentido la mirada fija en él. Abre los ojos y mira fijamente a quien le contempla. Es un hombre joven, absurdamente abrigado en un día como ese. Su aspecto es agradable en líneas generales, pero hay algo en él que le inquieta. Comienza a andar. El hombre permanece inmóvil, pero no deja de mirarle, de seguirle con la mirada. Poco a poco se va alejando de él, pero no puede saber si aún continúa mirándole porque no quiere volverse.
Llega hasta la esquina y la dobla. Respira aliviado y ahora si se atreve a volverse. A su espalda no hay nadie, nadie ha pasado por esa esquina. Camina ahora más despacio y trata de recuperar la sensación que ha sentido antes al volver la cara hacia el sol, pero no puede. Tiene la sensación, sabe, que aquel hombre camina ahora en dirección a la esquina que él ha dejado atrás, en unos instantes la doblará y aparecerá ante él. La idea le espanta. De repente no lo puede soportar y echa a correr. Cada vez más deprisa, llega hasta la siguiente esquina, pero no la dobla, continúa corriendo en la misma dirección, cruza la calle y sigue su carrera alocada. Solamente durante un instante se atreve a volverse y le ve. El hombre está bastante cerca, pero no parece estar corriendo, si andando con paso firme. Él intenta correr más deprisa, dobla, ahora si, la siguiente esquina y se encuentra de repente en una zona de aparcamiento. Se agacha entre dos coches y trata de calmar su respiración agitada. Al cabo de un rato se asoma con precaución por debajo del coche y consigue ver los pies del hombre, un poco más arriba, inmóviles. No se atreve a mirar más, se acuclilla de nuevo y de repente experimenta una sensación casi dolorosa de culpabilidad. Aquel hombre está allí por algo, le sigue por algo. No sabe lo que es ese algo, pero lo siente presente, importante, ominoso. Y sobre todo sabe que es responsabilidad suya, que no puede justificarse. Aquel hombre no le va a escuchar, y tiene razón, está cargado de razón. Podría levantarse y reconocerlo, ir abiertamente hacia él y decir “de acuerdo, es cierto. No tengo nada que decir, no lo puedo explicar” y quedarse inmóvil frente a él. Pero eso le obligaría a bajar la vista, a humillarse en cierta medida, y casi le da más miedo eso que huir, aunque en su huida corra el peligro de ser atrapado.
Los coches están aparcados en batería, pero entre sus morros y la pared del edificio hay un pequeño pasillo. Se levanta a medias y se acerca a él. No mira hacia atrás, tiene miedo de comprobar que él hombre sigue allí, esperándole, acechándole. Como un niño que quiere hacer desaparecer una amenaza simplemente cerrando los ojos, comienza a andar por el pasillo sin volverse. No sabe si el hombre le sigue o no, pero no oye sus pasos en el silencio del túnel. Le gustaría recuperar la sensación de alivio de un rato antes, cuando dobló la esquina después de su alocada carrera, pero ahora no puede. No, porque ya es consciente de su culpabilidad. Sabe que su huida es en vano, que nunca conseguirá escapar, pero aún así continúa caminando entre los morros de los coches y la pared, agachándose de cuando en cuando para evitar golpearse con los tubos cuadrados de extracción de humos que transcurren por el techo cada pocos metros.
Alguien corre a sus espaldas, acaba de comprenderlo. Echa también a correr, pero se golpea las espinillas con los morros de los coches. Aún así continúa, con las rodillas doloridas, una de ellas ha comenzado a sangrar. Como los pasos a su espalda se aceleran, intenta correr más deprisa. No puede evitar tropezar y caer. Cierra los ojos instantáneamente. El contacto del asfalto con su mejilla le resulta agradable, más agradable que lo que sin duda le espera, más agradable que la vida que podría vivir a partir de ese momento. Pero los pasos se han detenido, su perseguidor está cerca, muy cerca de él, tal vez junto a la parte trasera del coche frente al que se ha caído. Intenta escuchar algún sonido, el roce de la ropa, un ligero carraspeo, pero no oye nada. Sin embargo, sigue ahí, está seguro de ello…
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