Entrevistas breves con hombres repulsivos, de David Foster Wallace

Entrevistas breves con hombres repulsivosEsta es mi primera incursión en el mundo literario de David Foster Wallace. Lo conocí a partir de su suicidio en 2008, pero no fue hasta mucho después, cuando comencé a leer muchas cosas en distintos blogs acerca de él, que lo lo apunté en mi lista de lectura. Hasta ahora. La extensión y complejidad de La broma infinita, su principal novela, me echaron para atrás. He llegado a leer sus entrevistas (Conversaciones con David Foster Wallace, editado por Stephen J. Burn, editorial Pálido Fuego) antes que cualquiera de sus obras. Y al final me he decidido a comenzar por uno de sus libros de relatos.

EBCHR fue publicado en 1999. Contiene 23 relatos. El más importante, quizá, es el que da título al libro, y que quizá marca el tono general del conjunto. En realidad, no es un solo relato, son cuatro. O es un relato dividido en cuatro partes. En él se recogen una serie de hipotéticas entrevistas con hombres que hablan sobre su relación con las mujeres desde el machismo más primario. En cada entrevista se abordan distintos aspectos de estas relaciones. Algunos de los hombres exponen sus problemas con las mujeres, cómo las manipulan para obtener de ellas lo que quieren, la consideración que les merecen (que suele estar marcada por la indiferencia o el desprecio). A pesar de que prácticamente todos exhiben opiniones de una brutalidad evidente, en algunas de las entrevistas aparecen destellos de debilidad o desamparo frente a ellas, como si esas opiniones ocultaran un trasfondo de sentimientos de inferioridad o deseos de ser tomados realmente en cuenta por la mujer.

Otro tema que puede mencionarse en relación con estos relatos es, quizá, el de las taras psicológicas que muestran la mayoría de los personajes. Hay en los relatos una importante presencia de relaciones que marcan: hijo con la madre o con el padre, parejas con interacciones extrañas. Los personajes de los relatos parecen hallarse siempre inmersos en relaciones malsanas y obsesivas. Sobre todas ellas siempre planea en alguna medida el sexo y en ocasiones la muerte, en forma de suicidio. Por ejemplo, uno de los relatos más notables del libro es La persona deprimida. El personaje es una mujer (aunque no se dice, queda claro en la narración) que está sumida en una depresión y está recibiendo tratamiento psiquiátrico. Es la propia mujer la que nos cuenta sus problemas, pero lo hace con un lenguaje pseudocientífico y ampuloso que, evidentemente, ha aprendido en la consulta de su psiquiatra. Según nos va contando su historia, nos damos cuenta de su profundo egoísmo, de cómo manipula a lo que llama “su red de apoyo”, amigas a las que constantemente exige que estén disponibles para hablar con ella de sus problemas. Cuando su psiquiatra se suicida (supongo que por otras razones, aunque en el texto no queda claro), ella de repente se vuelve consciente de este egoísmo: se da cuenta de que solamente lamenta la muerte de su psiquiatra porque ya no puede seguir ayudándola. Sin embargo, justifica su actitud por la naturaleza de su enfermedad. No puede pensar nunca en nada que no sea ella misma.

Si hay algo que caracteriza a Wallace es lo que podríamos llamar su amor por la experimentación. En estos relatos queda patente, hay textos más o menos lineales que se alternan con otros en los que nos presenta innovaciones técnicas. Por ejemplo, el uso de notas a pie de página, que en algunos relatos como Octeto se apodera o casi suplanta al texto principal. También, en EBCHR, el uso del formato entrevista, pero mostrando únicamente las respuestas del entrevistado, de manera que el lector tiene que imaginarse la pregunta previa (lo que a veces no resulta tan fácil). Algunas de estas innovaciones son meros manierismos que pueden llegar a resultar molestos, como la repetición de frases con un cierto tono de mantra o la sustitución a lo largo de todo el texto de una letra por un símbolo.

En Octeto, para mí el relato más interesante de todo el libro, Wallace se lanza a la metaficción. Se plantea escribir una serie de ocho acertijos al final de cada uno de los cuales hace una pregunta al lector. Sin embargo, considera el séptimo como fallido y trata de repetirlo en el octavo. Como no le sale bien (él lo considera así), en el noveno comienza a hablar consigo mismo sobre lo que ha intentado hacer y no ha conseguido en Octeto. Se plantea incluso interpelar directamente a la lectora (porque piensa en una lectora y no en un lector) y preguntarle si experimenta las mismas sensaciones que él ante el relato. Todas estas reflexiones están contenidas, como he dicho antes, en las notas al pie.

Se podrían hacer comentarios casi sobre cada uno de los relatos, puesto que Wallace se plantea algo distinto en cada uno de ellos, pero vamos a dejarlo aquí. Espero que todo lo anterior haya dejado claro que es un escritor al que hay que seguir leyendo.

Entrevistas breves con hombres repulsivos, David Foster Wallace, DeBolsillo, Barcelona, 2012

 

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Palestina: en la franja de Gaza, de Joe Sacco

joe saccoAnte todo, he de reconocer que apenas he leído cómics. En mi infancia, como todos los niños, leía tebeos, como entonces se llamaban, de Mortadelo y Filemón y de humor en general. Más tarde me aficioné a Tintín y a Asterix, pero me quedé ahí, no tuve una posterior evolución hacia los cómics de superheroes, ni a los de adultos (aunque sí tuve algún que otro coqueteo con cosas tipo El Víbora que no duró demasiado tiempo). La verdad, es que no sé muy bien por qué, supongo que siempre me tiraron más los libros, o quizá porque me influyeron de alguna manera (inconsciente) las opiniones que veían en los cómics un producto cultural de carácter menor. Vaya usted a saber. El caso es que siempre he sentido que ahí tenía una laguna más o menos importante que algún día debía cubrir. Por eso, cuando me dejaron este cómic de Joe Sacco me hice el firme propósito de leerlo, aunque en principio, debo reconocerlo, no me sentí muy atraído. No había oído hablar del autor, pero el tema me sorprendió. Después de todo, siempre he asociado el cómic a temas más livianos, así que, en principio, historias relacionadas con Palestina y cómics me parecían dos conceptos antitéticos.

Me he llevado una grata sorpresa. Nunca se me hubiera ocurrido que el cómic podría ser usado como vehículo para el reportaje periodístico, ni había oído hablar de Joe Sacco, periodista y dibujante maltés que, al menos durante una época de su vida, recorrió algunos lugares conflictivos del planeta, dibujando las historias que le contaban quienes las vivían en sus carnes. En esta ocasión la historia del pueblo palestino durante la primera intifada, allá por el año 1991. Sacco pasó un par de meses recorriendo los territorios ocupados, viviendo el día a día de los palestinos, haciéndose contar las historias de humillaciones y sufrimientos que casi todos guardaban en su memoria, experimentando las duras condiciones económicos de unas poblaciones que vivían (y siguen viviendo en la actualidad) en condiciones deplorables.

Como he dicho, Joe Sacco comenzó su carrera como periodista, pero al poco tiempo se dio cuenta de que no le gustaba. Pensó en dejarlo y dedicarse a dibujar, su afición de siempre. Comenzó a intentar ganarse la vida como dibujante de cómics en Malta, cosa que consiguió en cierta medida, pero fue a partir de su traslado a Los Ángeles, en 1986, cuando comenzó a forjar el estilo que le proporcionó su reconocimiento posterior. Entre 1993 y 1995 comenzó a publicar en forma de serial Palestina. En la franja de Gaza.

Éste cómic tiene mucha más importancia en Estados Unidos que en Europa. Aquí estamos más o menos acostumbrados a oír hablar de la parte palestina del conflicto palestino-israelí, pero en Estados Unidos una obra que otorgue voz a los palestinos era, en la época de su publicación, una rara avis. De ahí que este trabajo de Sacco se vuelque más en ofrecer la voz de los palestinos que la de su contraparte israelí. De todas maneras, Sacco no se hace ilusiones: sabe que en el periodismo no existe la objetividad. Por eso, en un alarde de honestidad, se dibuja siempre a sí mismo como personaje más, como una manera de subrayar que él es el filtro de la historia que se ofrece al lector. Trabaja generalmente haciendo entrevistas y tomando fotografías que luego utiliza como base para sus dibujos. Y no utiliza pases de prensa ni permisos especiales para recorrer las zonas en conflicto, por lo que a menudo se ve obligado a compartir las vicisitudes de los personajes de sus historias.

Palestina. En la franja de Gaza es básicamente un reportaje. No es un cómic al uso: no hay mucha acción, y la que hay no es emocionante, sino triste y deprimente. A los personajes no les ocurren aventuras, como no sea la aventura de vivir día a día en una zona ocupada, sometidos a las arbitrariedades y la violencia del invasor. Pero es interesante desde el principio hasta el final, con el interés que tienen las miradas lúcidas sobre la realidad.

Palestina. En la franja de Gaza, Joe Sacco, Planeta de Agostini, Barcelona, 2002

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Doris Lessing: El cuaderno dorado

Doris LessingA finales del año pasado descubrí El cuaderno dorado. Por casualidad. Por supuesto que conocía de su existencia y había oído hablar de su autora, Doris Lessing, pero no era una de las novelas que tuviera en mi lista de lectura, a pesar de que de alguna manera trata el tema del bloqueo del escritor. Es de esos libros que uno tiene apuntado en algún lugar como pendiente, pero que solo recuerda cuando por alguna razón lee sobre él. El caso es que me tropecé con el libro en las estanterías de mi biblioteca pública y simplemente, lo cogí. No sabía que era el cincuenta aniversario de su publicación ni nada por el estilo. Simplemente, me tropecé con él.

La novela de Lessing narra la vida de Anna Wulf, autora de una novela de éxito que, sin embargo, se encuentra bloqueada en su labor literaria. Ella dice que no quiere continuar escribiendo, se lo dice a su psiquiatra y a sus amigos, pero no está tan claro que desee abandonar la literatura. Oficialmente como una manera de poner orden en el “caos” de su mente, Anna escribe sobre sí misma en cuatro cuadernos que distingue por colores. Intenta separar los distintos aspectos de su vida, poner “orden”. La novela de Lessing presenta una estructura compleja que debió ser novedosa en la época en que se publicó (1962), puesto que la propia autora recomendaba a sus lectores que no se preocuparan tanto por ella y que se centraran más en los temas que trataba el libro. La historia de Anna se cuenta en tercera persona, en una especie de novela independiente titulada “Mujeres libres”, que, según la propia autora, podría ser leída por separado. Simultáneamente, se presentan los cuadernos que escribe Anna. El cuaderno negro recoge su experiencia literaria. Su única  novela hasta el momento narra una historia basada en sus experiencias en Rodesia antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Digamos que allí entró en contacto con la militancia política a través de su amistad con un grupo variopinto de personas: un refugiado alemán de izquierdas, su novio de entonces, unos cuantos pilotos de las fuerzas aéreas británicas, militantes socialistas, y algunas personas naturales del país. Algunas de las vivencias de aquellos años le inspiraron la trama de su novela, que siente tan vinculada a África y a aquella época que le parece un auténtico insulto la oferta que le hacen más tarde de transformar la novela en una película situada en otro lugar y en otro tiempo.

En el cuaderno rojo escribe sobre su experiencia como militante del partido comunista británico, en el que entró con muchas reticencias y abandonó en pleno estalinismo, asqueada de la doble moral que la mayoría de los comunistas europeos mostraban ante la situación que se vivía en la Unión Soviética. El tercer cuaderno, el amarillo, recoge el borrador de una novela en la que se encuentra trabajando. Narra la historia de Ella, una mujer que escribe en una revista para mujeres y que experimenta una ruptura sentimental semejante a la que acaba de atravesar la propia Anna. Por último, Anna recoge en el cuaderno azul lo que podríamos considerar su diario personal: los sucesos de su vida (con la voluntad nunca lograda de consignarlos de una manera fría y distanciada, como meros hechos), su vida emocional, recuerdos, etc.

Descubre, sin embargo, que todo este intento de separar las diversas facetas de su vida escribiendo sobre ellas en distintos cuadernos es absurdo. Al final de la novela, una relación muy difícil con un hombre se lo muestra. Los cuatro cuadernos desembocan al final en un quinto, que se convierte en la síntesis de todos: el cuaderno dorado.

El aspecto más interesante de la novela, como la autora quería advertir a sus lectores, son los temas tratados. Fundamentalmente, las relaciones entre hombres y mujeres, aunque también tiene mucha importancia la militancia política y el desencanto.  Anna y su amiga Molly, una actriz con la que convive, son mujeres “libres”, mujeres que no desean atarse a ningún hombre, que viven de manera independiente pero que no por eso renuncian a mantener relaciones con hombres. Pero todos los hombres con los que tropiezan son básicamente inmaduros emocionales. Algunos buscan aventuras, otros simplemente no comprenden la forma de vivir de Anna y de Molly e intentan sujetarlas a ellos a través de relaciones más convencionales. Al final, ambas siempre acaban solas. En cuanto a la militancia política, Anna y Molly entran en el partido comunista británico sin hallarse completamente convencidas. Sobre todo Anna. Ambas son críticas en todo momento con las actitudes que ven a su alrededor, sobre todo cuando aparece el estalinismo y todos los comunistas ingleses simplemente no saben que actitud adoptar, no saben cómo compaginar la devoción casi religiosa hacia la Unión Soviética que es patrimonio de todos los comunistas del mundo con la indignación que sienten en su interior ante lo que parece una clara traición a sus ideales. Al final abandonarán el partido, con la misma sensación que tenían cuando formaban parte de él: sin estar convencidas del todo. Aún mantendrán relaciones con sus antiguos camaradas y soportarán con estoicismo sus mudos reproches porque, tal vez, en alguna medida, los sienten justificados.

La novela es apasionante.

Algunos enlaces

http://www.dorislessing.org/

http://es.wikipedia.org/wiki/Doris_Lessing

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Lecturas de un año

        Durante el año recién terminado he leído 27 libros. No parece una gran cantidad y no lo es, aunque en mi descargo he de decir que una gran parte de ellos superaban las quinientas páginas, uno incluso estaba compuesto por dos tomos. De todos ellos, 14 eran en inglés, con lo que podría decir que este ha sido el año que más libros en ese idioma he leído. Otro aspecto importante sobre mi lectura de este año es que por primera vez he leído sobre la guerra civil: dos libros de Paul Preston, El holocausto español y Franco, una biografía; y otro de Hugh Thomas, La guerra civil española. Era una asignatura pendiente que tenía desde que llegué a la conclusión de que la mayoría de nosotros hablamos de la guerra civil sin tener información fidedigna y consistente sobre lo que ocurrió en realidad. Por mi parte, creo que en general mi visión del asunto no estaba demasiado desviada, aunque si es cierto que se me han desmontado unos cuantos mitos en relación con el tema. Para guiarme en estas lecturas (que espero continuar a lo largo de 2013), me guié por la bibliografía que publicó Antonio Muñoz Molina en su blog a principios del año pasado.

       También este año abandoné el ensayo filosófico (que en algún momento estuvo centrado en la figura de Michel Onfray) y me decanté más por la novela y la ficción en general. Era necesario, me había alejado demasiado de la literatura, aunque me gustaría a lo largo de este año compaginar mejor los distintos géneros que me interesan. Y comentar todos los libros en este blog, que ha estado abandonado durante gran parte de 2012, por lo que no puedo aportar ningún enlace a esta nota.

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Un hábito mental desaparecido

Philip Roth en 1968“Cada año mueren setenta lectores y solo dos de ellos son reemplazados. Por todas partes hay indicios de que la era literaria ha tocado a su fin. La prueba es la cultura, la prueba es la sociedad, la prueba es la pantalla, la progresión de la pantalla de cine a la pantalla de televisión, y de esta al ordenador. Tenemos un tiempo y un espacio limitados, y solo existen ciertos hábitos mentales que pueden determinar cómo aprovecha la gente el tiempo del que dispone. La literatura requiere un hábito mental que ha desaparecido. Necesita silencio, alguna forma de aislamiento, y una concentración constante en presencia de algo enigmático. Es difícil comprender una novela madura, inteligente y adulta. Es difícil saber qué pensar de la literatura.”

Philip Roth

 Supongo que muchos llamarán elitista a Roth y a todos los que auguran que la cultura está desapareciendo mediante su conversión en mero entretenimiento, pero algo de eso hay. Creo que Roth tiene razón, pero no cabe culpar de ello a las pantallas, o al menos no exclusivamente. Las pantallas no son más que el reflejo de la sociedad que somos. son el juguete de una sociedad infantilizada en la que nadie quiere sufrir cuando lee o va al cine. Efectivamente, como dice Roth, concentrarse en quinientas o seiscientas páginas en las que se plateen dilemas humanos no es popular. Es cuestión de hábito, como también dice, y los hábitos cambian. Uno ya no puede estar encerrado con un solo juguete.

Via “El síndrome Chejov

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Ana Frank

Anne Frank

 

Via Typewritten

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“Se ha acabado mi literatura y se ha acabado mi vida”

Caballero BonaldLa última palabra del último verso es “vida”. No puede ser casual. No lo es. “Soterradamente hay una preocupación grave por la edad, por el paso del tiempo, esa sensación de acabamiento. Con este libro se ha acabado mi literatura y se ha acabado mi vida. Lo último sí es preocupante, pero se contrarresta con la sensación de plenitud”. ¿Y la eternidad? “Me gustaría creer en ella. Cuando se esparzan mis cenizas en el sitio que yo quiero terminaré convirtiéndome en árbol, en agua, en piedra… Viviré en la naturaleza para siempre. Incluso puedo compartir la idea de divinidad, sin roces ni traumas”.

 Caballero Bonald decía esto cuando publicó su último libro Entreguerras, un único poema autobiográfico de unos 3.000 versos (el poema que le venía en el anterior post). Si hacemos caso al propio autor, el Cervantes le ha llegado in extremis. Como dice, era su turno.

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¿Qué haces si te viene un poema?

La renuncia a continuar escribiendo de Philip Roth e Imre Kertesz está dando mucho que hablar y escribir a otros. Juan Cruz se pregunta en El País (“No tengo nada más que decir“) si es fatiga o es impostura, si un escritor puede alguna vez dejar de serlo y abandonar voluntariamente la pluma. Y encuentra que hay de todo en el mundo de la escritura. Desde el terror a la página en blanco, que resumió Francisco Umbral hablando de “el puto folio”, hasta la necesidad de “hacer dedos” y decir de vez en cuando que uno no puede escribir para ver si diciéndolo las palabras comienzan a fluir.

Philip Roth e Imre Kertesz han anunciado que dejan la literatura. Por distintas razones. El norteamericano está cansado. A sus 79 años está cansado de un profesión dura y a ratos ingrata. Además, a su alrededor capta no la muerte de la novela, sino la del lector: la desaparición del hábito mental necesario para leer novela, derrotado por las pantallas, por la inmediatez de internet y la necesidad de acortar el tiempo de disfrute -de consumo- de todos los productos culturales. Kertesz, por el contrario, siente que ya ha ajustado cuentas con el pasado, que de eso se trataba. Ha contado su terrible juventud en los campos de concentración de su Hungría natal, ha agotado ese pasado que era lo único que le movía a escribir. Y ya no quiere volver a él. Me recuerda algo que decía Agota Kristoff en cuanto a que sus novelas no eran algo agradable, algo de lo que sentirse orgulloso. Que le repugnaba, incluso, volver a ellas, tocarlas. Que las había escrito para sacar de sí algo terrible y guardarlo lejos.

Escribir no siempre es un placer, lo dice Ángeles Mastretta en el artículo de Cruz:

“Creo que Roth y Kertèsz tienen todo el derecho a no querer escribir. No creo que para ellos haya sido un placer escribir. Sin duda fue la búsqueda de un alivio que tal vez consiguieron ya. Sin embargo, seguro que van a seguir escribiendo. Por lo menos cartas. Y si están cansados y quieren ponerse a ver el horizonte o la tele, hacen bien en hacerlo. Han dado tanto que es una barbaridad preguntarse por qué se detienen”.

Se puede dejar de escribir, pero ¿qué haces si la escritura te viene de repente?:

José Manuel Caballero Bonald dijo en público en 2004 (ahora tiene 86 años) que dejaba de escribir, después de haber publicado Manual de infractores, su diatriba poética contra la herencia de Aznar. Volvió a hacerlo, y ahora mismo publicará otra vez (en Seix Barral) textos literarios recopilados… “Dije que dejaría de escribir, claro, ¿pero qué haces si te viene un poema?”. A él le vino un largo poema autobiográfico y no se resistió. “Cuando lo dije no tenía ni ganas ni tiempo, y luego volvieron. Un poema viene o no viene, no tiene en cuenta tus declaraciones”. Ahora bien, dice, “claro que habría que guardar silencio de vez en cuando, también los jóvenes que escriben y escriben sin parar”.

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El mundo los mata

“A menudo un hombre tiene necesidad de estar solo, y una mujer también tiene esta necesidad; y, si se quieren, están celosos de constatar este sentimiento mutuo; pero puedo decir con toda sinceridad que esto no nos había pasado nunca. Cuando estábamos juntos nos sentíamos solos, pero solos en relación a los demás. Sólo sentí esta impresión una vez. A menudo me había sentido solo estando con otras mujeres, y así es como uno se siente más solo; pero, nosotros dos, nunca no sentíamos solos, y nunca teníamos miedo estando juntos. Ya sé que la noche no es parecida al día, que las cosas ocurren de otra manera, que las cosas de la noche no pueden explicarse a la luz del día porque entonces ya no existen; y la noche puede ser espantosa para una persona sola tan pronto como se dé cuenta de su soledad; pero, con Catherine, no había, por decirlo así, ninguna diferencia entre el día y la noche, sólo que las noches eran aún mejores que los días. Cuando los individuos se enfrentan con el mundo con tanto valor, el mundo sólo los puede doblegar matándolos. Y, naturalmente, los mata. El mundo quiebra a los individuos, y, en la mayoría, se les forma cal en el lugar de la fractura: pero a los que no quieren dejarse doblegar entonces, a éstos, el mundo los mata. Mata indistintamente a los muy buenos, y a los muy dulces, y a los muy valientes. Si usted no se encuentra entre éstos, también lo matará, pero en este caso tardará más tiempo”.
Adiós a las armas, Ernest Hemingway
  
De vuelta después de tanto tiempo. No me resisto a robarle este texto de Hemingway a Vida puta y sin talento de su blog Mariposas Negras.

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Escritores bipolares

Escritores suicidas o con trastornos psíquicosEntre el genio literario y el transtorno mental hay muchos puntos de relación. Lo hemos sospechado siempre. Muchos autores han experimentado dolores inmensos que se han reflejado en sus obras y que, en muchos casos, les han conducido al suicidio. Rafael Narbona publica en El cultural un artículo en el que presenta muchos de los casos más famosos de escritores suicidas como enfermos de lo que ahora se conoce como transtorno bipolar.

El suicido de Sylvia Plath reúne todas las características de las tragedias griegas. El 11 de febrero de 1963, después de largas depresiones y anteriores intentos de suicidio, se levantó en su piso de Londres y preparó el desayuno a sus hijos. Después, abrió el horno de la cocina e introdujo la cabeza, abriendo las espitas de gas. Separada de Ted Hughes, había soportado un invierno de soledad y privaciones que exacerbó sus tendencias autodestructivas. Al principio consideró que alquilar el apartamento donde había vivido W. B. Yeats representaba apostar por la vida, pero la herida que estragaba su alma permanecía abierta desde que perdió a su padre a los nueve años. En sus sobrecogedores y bellísimos Diarios, ya había anotado en julio de 1950: “Quizá nunca llegue a ser feliz, pero esta noche estoy contenta”. En 1957, no se apreciaba ningún cambio esperanzador: “He estado dando tumbos por ahí, lúgubre, oscura, desolada, enferma. Si supero este año será la victoria más grande que haya alcanzado nunca”. En 1959, las cosas no han mejorado: “Mi cabeza es un batallón de problemas”. Eso sí, parece que la infelicidad es el estímulo principal de sus Diarios: “Sólo escribo aquí cuando estoy en un callejón sin salida”. En mayo de 1961, se interrumpen los Diarios, pero el 16 de octubre de 1962 escribe, refiriéndose a su asombroso poemario Ariel, compuesto en pocas semanas, presumiblemente en pleno brote de manía: “Soy una escritora de genio; se me ha concedido el don. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán famosa…”.

Tal vez Virginia Woolf es el caso más célebre de escritora bipolar, acosada sin tregua por la enfermedad. La inminencia de una nueva crisis hizo que el 28 de octubre de 1961 se encaminara al río Ouse con los bolsillos llenos de piedras. Se dejó arrastrar por la corriente y no se recuperó su cuerpo hasta el 18 de abril. Su marido enterró sus cenizas al pie de un árbol en Rodmell, Sussex. Virginia dejó una conmovedora nota: “Siento que voy a enloquecer de nuevo. Sé que esta vez no me recuperaré (…). No puedo luchar más. Ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad”.

La fase de manía, de exaltación, del transtorno bipolar sería la responsable de la extraordinaria creatividad de estos artístas.

Retrato del escritor bipolar

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