¿Quién querría dedicarse a esto?

Paul Auster

Escribir nunca me ha servido para resolver nada. La escritura no es ninguna terapia. Como mucho es una compulsión o una enfermedad. Nunca he entendido por qué alguien querría dedicarse a esto, excepto si tiene el sentimiento de que resulta absolutamente necesario. Lo único que puedo decir para justificar mi trabajo es que, durante las últimas tres décadas y media, he dado todo lo que tenía. Lo he hecho lo mejor que podía cada día de mi vida. Incluso cuando todo lo que he escrito durante un día ha terminado en la basura, me he podido levantar del escritorio y decirme a mí mismo: “Por lo menos no has hecho trampas”. Pero se trata de una profesión extraña. Sentarse en una habitación y pasar todo el día solo no es algo que la mayoría de personas quieran hacer con su vida. La gente quiere estar ahí afuera, con los demás, haciendo cosas juntos.

Paul Auster en la entrevista que le realizó Álex Vicente para Público, periódico al que, por cierto, apoyo desde Octaedro.

Mis errores me siguen torturando

Entradas relacionadas:

  • No hay entradas relacionadas

Bauman y la “vida líquida”

Zygmunt Bauman

Zygmunt Bauman, Vida líquida, Ediciones Paidos Ibérica, 2006

Poco a poco vamos comprendiendo mejor cómo actúa este sistema que, en un momento que ya comienza a resultarnos lejano, pareció estallar de repente y que, sin embargo, se ha reconfigurado ante nuestros ojos, arrebatándonos en la jugada (o amenazando con arrebatarnos) muchos de los derechos que adquirimos trabajosamente a lo largo de los años transcurridos desde la Segunda Guerra Mundial. Y vamos comprendiendo gracias a libros como éste de Bauman. Diría que Bauman, junto a otros autores como pueden ser Richard Sennett o Naomi Klein, van desgranando lo que significa este capitalismo tardío, esta vuelta atrás de un capitalismo que había conseguido (en cierta medida) reconciliarse con algunos de los planteamientos del que fuera su gran enemigo, el comunismo. Fue un acuerdo de circunstancias, una forma de evitar que, tras la guerra, las masas de los países occidentales abrazaran la causa de la revolución, que había triunfado en un buen puñado de países del Este de Europa. Así nació el Estado del Bienestar, que ahora esta muriendo bajo nuestra mirada.

Bauman dice que esta es una sociedad “líquida”, en la que mantenemos relaciones “líquidas” con el trabajo y con nuestro entorno social. La metáfora de lo líquido es lo más querido para Bauman: la desarrolla en un buen número de los libros que ha publicado. La vida líquida, que es la que ahora nos ocupa es aquella en la que “las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos o en unas rutinas determinadas”. Es decir, es una vida en la que nada dura lo suficiente, en la que hay que estar constantemente pendiente para ver de que lado sopla el viento y actuar en consecuencia, porque si no, nos podemos quedar rezagados, podemos vernos excluidos de la rueda, y caer entre los prescindibles, una “infraclase” compuesta por quienes no participan en el sistema,  puros residuos humanos.

La lógica del sistema es el consumo. Pero lo más importante no es la adquisición de las cosas, su posesión, sino ser capaz de desprenderse de ellas con la suficiente rapidez. Saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas. De todas las cosas. Bauman habla incluso de que el amor funciona también mediante esta lógica: el principal problema consiste en ser capaz de deshacerse de una relación con la agilidad suficiente. El ritmo de consumo (de cualquier cosa, puesto que todo, absolutamente todo, se entiende como mercancía) es cada vez más vertiginoso. Y nos obliga a estar pendientes para no quedarnos con aquello que hoy ya no vale, aunque ayer fuera imprescindible. Una de las características de nuestro tipo de vida es el temor a quedarnos rezagados, a perder pie y vernos arrastrados fuera del sistema.

Para Bauman existen fundamentalmente dos clases sociales. Una élite internacional que maneja el conocimiento necesario y se mueve con agilidad en una sociedad de valores cambiantes. Es una clase despreocupada, segura en este tipo de sociedad, puesto que maneja (impone) las claves que controlan todo. Otra es la antigua clase media, los que con gran esfuerzo conquistaron una posición más cómoda y que ahora, en esta nueva “vida líquida” del capitalismo tardío, ven como todo aquello que daba solidez a sus vidas desaparece. Abrumados por la incertidumbre, no tienen más remedio que jugar el juego que se les impone, so pena de precipitarse al abismo de la “infraclase”.

En el último capítulo, “Pensar en tiempos oscuros”, Bauman reclama como principales influencias a Hannah Arendt y Theodor Adorno. Curiosamente, la primera es la mentora filosófica de Richard Sennett, el otro pensador del capitalismo tardío. Con respecto a Adorno, Bauman comenta que escribía sus libros como quien lanza botellas al mar con la esperanza de que el mensaje sea alguna vez leído y entendido. Esa misma es la intención de Bauman, lanzar “botellas” al mar y tal vez conseguir que el mensaje llegue antes de que sea demasiado tarde. En realidad, cada vez hay más botellas en el mar, cada vez hay más mensajes de alarma en forma de libros, videos que circulan por la red. Y que nos dicen que nos precipitamos al vacío a una velocidad endiablada.

Otros comentarios sobre la obra:

Revista Criterio

Quaderns Digitals.net

Página/12

Entradas relacionadas:

Leyendo a Murakami en fin de año

Las cosas que se pueden comprar con dinero es mejor comprarlas sin pensar demasiado si ganas o pierdes. Es mejor ahorrar las energías para aquellas cosas que no pueden comprarse con dinero.

Termino el año leyendo 1Q84, de Murakami. No había vuelto a él desde hace mucho tiempo porque me llegó un momento en que, leyendo una de sus novelas, no entendí demasiado bien qué se proponía su escritura. Entonces me interesaba un cierto tono que podríamos llamar “filosófico”: sus personajes, generalmente jóvenes, se preguntaban por la vida, vivían intentando responder a esa pregunta. 1Q84, sin embargo, tiene un tono distinto: sus personajes también son jóvenes, y también la vida les ha tocado. Pero en su caso el tono reflexivo parece estar ausente.

Aún no la he terminado, así que no continúo hablando de ella. Lo haré más adelante.

El último día del año, un año más que se cierra. Veremos el 2012.

(La cita es, creo, de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo)

Entradas relacionadas:

Pequeñas decisiones (relato)

Una pequeña historia.

“Hace rato que piensa en levantarse pero no se mueve. No tiene sueño, ni ganas de permanecer en la cama, incluso le apetece tomarse un café y echar un vistazo al periódico en Internet, pero no se mueve. Simplemente no puede tomar la decisión de levantarse, tal vez porque entonces tendría que ir al baño y mear, ir a la cocina y encender la máquina del café, sacar la leche del frigorífico, la taza, etc., etc. Todo pequeñas decisiones que ahora mismo, en este preciso instante, no le apetece tomar. Pero el instante pasa y de repente se levanta como si hubiera recordado algo urgente. Hace todo eso que unos segundos atrás no se sentía capaz de hacer y se sienta frente al ordenador. Ahora sí, ahora prefiere haberse levantado. Mientras sorbe un poco de café, conecta el navegador y entra en la página de su periódico habitual. En realidad no le interesa la política desde hace ya bastante tiempo, pero no puede evitar echar su vistazo diario a las noticias. Es una especie de rito diario. Lo malo es que consume demasiado tiempo, tiempo que podría dedicar a otra cosa. Hoy, sin embargo, no se permite que esto ocurra. En realidad, no le atrae la información que lee. Apaga el ordenador, se levanta y vuelve a la habitación. Se viste. Sobre la mesa del estudio ha quedado un resto de café que aún está caliente. Lo bebe con placer. Deja la taza de nuevo en la mesa y se marcha de la casa.

La calle está tranquila, solo unas pocas personas aparecen a la vista. Es fin de semana, domingo tal vez, no lo sabe a ciencia cierta. Brilla el sol, la temperatura es agradable. Comienza a caminar por la calle experimentando una sensación de disfrute. De repente repara en que hacía mucho tiempo que no tenía una sensación así y se detiene. Levanta la cara hacia el cielo con los ojos cerrados y se esfuerza por sentir el calor del sol en su cara. En la acera de enfrente una persona se ha parado y le mira. Es repentinamente consciente de este hecho, puede decir que junto al calor del sol ha sentido la mirada fija en él. Abre los ojos y mira fijamente a quien le contempla. Es un hombre joven, absurdamente abrigado en un día como ese. Su aspecto es agradable en líneas generales, pero hay algo en él que le inquieta. Comienza a andar. El hombre permanece inmóvil, pero no deja de mirarle, de seguirle con la mirada. Poco a poco se va alejando de él, pero no puede saber si aún continúa mirándole porque no quiere volverse.

Llega hasta la esquina y la dobla. Respira aliviado y ahora si se atreve a volverse. A su espalda no hay nadie, nadie ha pasado por esa esquina. Camina ahora más despacio y trata de recuperar la sensación que ha sentido antes al volver la cara hacia el sol, pero no puede. Tiene la sensación, sabe, que aquel hombre camina ahora en dirección a la esquina que él ha dejado atrás, en unos instantes la doblará y aparecerá ante él. La idea le espanta. De repente no lo puede soportar y echa a correr. Cada vez más deprisa, llega hasta la siguiente esquina, pero no la dobla, continúa corriendo en la misma dirección, cruza la calle y sigue su carrera alocada. Solamente durante un instante se atreve a volverse y le ve. El hombre está bastante cerca, pero no parece estar corriendo, si andando con paso firme. Él intenta correr más deprisa, dobla, ahora si, la siguiente esquina y se encuentra de repente en una zona de aparcamiento. Se agacha entre dos coches y trata de calmar su respiración agitada. Al cabo de un rato se asoma con precaución por debajo del coche y consigue ver los pies del hombre, un poco más arriba, inmóviles. No se atreve a mirar más, se acuclilla de nuevo y de repente experimenta una sensación casi dolorosa de culpabilidad. Aquel hombre está allí por algo, le sigue por algo. No sabe lo que es ese algo, pero lo siente presente, importante, ominoso. Y sobre todo sabe que es responsabilidad suya, que no puede justificarse. Aquel hombre no le va a escuchar, y tiene razón, está cargado de razón. Podría levantarse y reconocerlo, ir abiertamente hacia él y decir “de acuerdo, es cierto. No tengo nada que decir, no lo puedo explicar” y quedarse inmóvil frente a él. Pero eso le obligaría a bajar la vista, a humillarse en cierta medida, y casi le da más miedo eso que huir, aunque en su huida corra el peligro de ser atrapado.

Los coches están aparcados en batería, pero entre sus morros y la pared del edificio hay un pequeño pasillo. Se levanta a medias y se acerca a él. No mira hacia atrás, tiene miedo de comprobar que él hombre sigue allí, esperándole, acechándole. Como un niño que quiere hacer desaparecer una amenaza simplemente cerrando los ojos, comienza a andar por el pasillo sin volverse. No sabe si el hombre le sigue o no, pero no oye sus pasos en el silencio del túnel. Le gustaría recuperar la sensación de alivio de un rato antes, cuando dobló la esquina después de su alocada carrera, pero ahora no puede. No, porque ya es consciente de su culpabilidad. Sabe que su huida es en vano, que nunca conseguirá escapar, pero aún así continúa caminando entre los morros de los coches y la pared, agachándose de cuando en cuando para evitar golpearse con los tubos cuadrados de extracción de humos que transcurren por el techo cada pocos metros.

Alguien corre a sus espaldas, acaba de comprenderlo. Echa también a correr, pero se golpea las espinillas con los morros de los coches. Aún así continúa, con las rodillas doloridas, una de ellas ha comenzado a sangrar. Como los pasos a su espalda se aceleran, intenta correr más deprisa. No puede evitar tropezar y caer. Cierra los ojos instantáneamente. El contacto del asfalto con su mejilla le resulta agradable, más agradable que lo que sin duda le espera, más agradable que la vida que podría vivir a partir de ese momento. Pero los pasos se han detenido, su perseguidor está cerca, muy cerca de él, tal vez junto a la parte trasera del coche frente al que se ha caído. Intenta escuchar algún sonido, el roce de la ropa, un ligero carraspeo, pero no oye nada. Sin embargo, sigue ahí, está seguro de ello…

Entradas relacionadas:

  • No hay entradas relacionadas

La cena, de Hernan Koch

La cenaUna indigente muere abrasada en el cajero automático en el que dormía. Los culpables, tres chicos de clase media que se querían divertir. Todo comenzó como una broma, una travesura. Posteriormente en el juicio declararían que solo pretendían molestar, nunca matar. Cuando se percataron de que aquello que olía tan mal en el cajero, aquel revoltijo de mantas, era una mujer -porque también eso subyace en el fondo de toda la historia, que la indigente era una mujer  y, por tanto, débil-, comenzaron a tirarle cosas, bromeando, probablemente insultándola. Hasta que a alguno de ellos se le ocurrió tirarle además una lata con un líquido inflamable y prenderle fuego.

La historia ocurrió en Cataluña, en 2005. Hernan Koch la ha utilizado como tema central de su novela La cena. El planteamiento parte de una sencilla pregunta: ¿Qué harías si supieras que tu hijo ha asesinado a alguien? ¿Lo denunciarías? A lo largo de la novela Koch nos muestra la respuesta a esa pregunta de varios personajes, al tiempo que nos empuja a buscar nuestra propia respuesta.

Dos parejas quedan para cenar en un restaurante de lujo. Deben hablar del futuro de sus hijos, envueltos en un suceso que echará a perder sus vidas si se llega a conocer su identidad. Ellos son los únicos que saben que sus hijos participaron en el asesinato de la indigente del cajero automático, un caso que ha conmocionado a todo el país. Deben decidir que hacer.

Koch presenta una galería de personajes con caracteres bastante definidos. En primer lugar tenemos a los hermanos Lohman, padres de los chavales. Serge Lohman se dedica a la política y tiene grandes posibilidades de convertirse en el próximo primer ministro del país. A decir de su hermano, que es quien narra la historia y desde cuya mirada subjetiva vemos todo lo que ocurre, es el típico político fatuo, siempre preocupado de su imagen y de la ganancia o pérdida en votos que puede suponer cualquier comportamiento público. Desde que sus posibilidades de hacer carrera en la política se han acrecentado, se ha aficionado al lujo: buenos vinos, restaurantes caros (como aquel en el que se celebra la presente cena). Su hermano, Paul, es un hombre tranquilo, aparentemente sencillo, que le desprecia por anteponer su carrera política a cualquier otra cosa. Sin embargo, poco a poco nos vamos dando cuenta de que no es tan razonable como aparenta ser. Mediante flashbacks que se insertan a lo largo de la novela y que narran algunos momentos puntuales de su vida, se ponen de manifiesto lo que podríamos llamar sus peculiaridades. En realidad, se trata de un personaje irascible, propenso a perder los estribos y a arreglar los problemas mediante la violencia. La presencia de su hijo en algunas de esas situaciones no le disuade de su comportamiento, al contrario, parece que, de alguna manera, le enardece ser contemplado por él.

Babette y Claire son las mujeres de Serge y Paul, respectivamente. Claire es una mujer decidida y que sabe lo que quiere. Babette es más indecisa. En ocasiones la vemos cercana al desprecio hacia su marido, pero cuando está a punto de que ese desprecio tenga alguna consecuencia de importancia, enseguida recula, para desesperación de su cuñado, deseoso de verla enfrentarse a su aborrecido Serge.

Por otro lado están los chicos. Michel, Rick y Beau, también llamado Faso, un niño africano adoptado por Serge como forma de mostrar un rostro más concienciado y progresista ante la opinión pública. Al menos eso es lo que cree Paul. Michel es el lider del grupo y, según sospecha Serge, una mala influencia para Rick.

La noche del asesinato los tres andaban de juerga. Necesitaban algo de dinero para poder continuar con su peregrinación nocturna, así que se acercan a un cajero automático en el que descubren un amasijo de mantas y un olor nauseabundo que les cuesta soportar. Oculto bajo él duerme una indigente que les increpa cuando la despiertan. A partir de ese momento, se burlan de ella, le arrojan objetos. Y como el suceso real en el que se basa la novela,  al final alguien lanza una lata con un líquido inflamable y aparece un mechero.

Aunque las cámaras de seguridad del banco graban parte del suceso, nadie puede reconocerlos porque van cubiertos con capuchas. Nadie excepto sus padres. La madre de Michel, Claire, conoce la historia la misma noche, mediante la confesión de su hijo. Su padre, viendo las imágenes de las cámaras de seguridad del banco en un programa de televisión. Le reconoce sin lugar a dudas. Los padres de Rick y Beau, también se enteran de lo ocurrido. Y como ellos se plantean qué hacer.

A partir de este momento surge el conflicto. Beau, que no ha participado en la agresión, tiene, sin embargo, una grabación de video en la que se les ve el rostro. Amenaza con subirla a internet si no le pagan 3.000 euros. Por su parte, Serge  siente que un suceso así terminará con con su carrera política, así que se plantea no comenzarla siquiera: quiere confesar que su hijo es el culpable de la muerte de la indigente e inmediatamente después presentar su dimisión. Pero la familia que forman Paul, Claire y Michel no está dispuesta a permitir que nadie acabe con su felicidad o con su futuro. Y el resto no se puede contar.

La mirada de Koch sobre la sociedad es irónica. Un restaurante de lujo, con una absurda exhibición de platos de mínimo contenido alimenticio pero profusamente y ridículamente explicados por el maitre. Un político feliz de serlo y de las perspectivas que se le presentan, que acude al restaurante preocupado únicamente por ser reconocido y admirado. Ambos son los elementos para la ironía. El resto es una familia aparentemente integrada y feliz pero que esconde una disfuncionalidad. Sobre todo Paul, pero también Claire y Michel no hacen ascos al recurso a la violencia cuando algo se interpone en su camino.

Y ahí radica precisamente la mayor diferencia entre la novela y el suceso real. En la historia de Koch, la familia es el caldo de cultivo necesario para el comportamiento asesino del hijo. Con esa familia, con un padre agresivo hasta la violencia y una madre tolerante, incluso complaciente, con esos estallidos de rabia, parece que lo normal es que el hijo termine protagonizando un suceso como el que se narra. Hay complacencia en la violencia, premio para ese tipo de comportamientos. Sin embargo, la realidad fue mucho más inquietante. Allí no había un padre con esencia de psicópata, ni una madre satisfecha con los “huevos” de su macho. No, allí había una familia normal, de personas tranquilas y en absoluto agresivas. Si el germen de la violencia fue transmitido de alguna manera (cosa que no sabemos, aunque podamos sospecharla), no fue mediante el ejemplo. Tal vez fue a través de las palabras. A veces la violencia que se ejerce mediante las palabras puede ser mucho más perniciosa, sobre todo porque puede conducir a otros a poner en práctica lo que se dice. Quizá eso ocurrió en este caso.

Entradas relacionadas:

Nunca más besado

En Paris je t’aime, una película de 2006 compuesta por 18 cortos realizados por distintos directores y cada uno de ellos relacionado con un distrito de París, Wes Craven se acerca al cementerio de Père Lachaise y a la tumba de Oscar Wilde. Y como buen director de género que es, no se resiste a sacar al fantasma del escritor. “Death of the heart, it’s the ugliest death there is”, le dice el fantasma al protagonista del corto. En uno de los lugares de París más cargados de historia y de literatura.

Imagen de previsualización de YouTube

 

vía Moleskine literario

Entradas relacionadas:

  • No hay entradas relacionadas

Elecciones en España

Hace algunos minutos han comenzado las, a decir de muchos, elecciones más importantes de la democracia. Y todas las estadísticas apuntan a una victoria segura del PP. La única incógnita que nos queda es saber si obtienen esa mayoría tan tremendamente absoluta que auguran todas las encuestas, o si, como efecto del 15m y todas las reflexiones a que nos ha obligado la política y la economía a lo largo de estos meses de incertidumbre, los otros partidos, los que se encuentran fuera de la línea pp-psoe, obtienen una representación suficiente para tener algún tipo de peso en el parlamento.

Durante estos meses nos hemos interesado por la economía y por la política. Nos ha indignado como se toman decisiones que afectan a nuestras vidas en lugares muy alejados, de acuerdo con entes tan vagos como “los mercados”, como en algunos países europeos se han impuesto gobiernos a los que nadie ha votado, o como, simplemente, se ha desdeñado conocer nuestra opinión sobre lo que está ocurriendo. Y la indignación ha crecido, y no solo en nuestro país. Los ciudadanos de Estados Unidos han tomado el relevo y han comenzado a hacerse conocidos por combatir desde allí, desde el mismo corazón del capitalismo, la lógica que nos está llevando al caos.

Hay que votar, aunque solo sea para evitar que esa mayoría sea tan absoluta como dicen que va a ser. Luego, una vez pasen las elecciones, empezará probablemente el peor capítulo de toda esta historia. Los políticos continuarán a lo suyo, y colaborarán para evitar que los sustituyan desde esos lejanos despachos por tecnócratas entrenados en Goldman Sachs, como ha ocurrido en Italia y en Grecia. Y veremos  como se reducen poco a poco (o de un plumazo como ocurre en Madrid o en Cataluña) la sanidad, la educación y todas esas cosas que “ya no nos podemos permitir”, como dicen algunos.

Y nosotros deberemos volver a las calles para protestar por todo ello. Para dejar claro nuestro desacuerdo, nuestra creciente rabia. Como los egipcios, que se libraron de Mubarak y ahora tienen que volver a la plaza Tahrir para librarse del ejercito que le echó, que le ha cogido gusto al poder y ahora no quiere soltarlo. Si algo hemos aprendido en estos meses, es que quienes dicen representarnos no nos representan. Se representan a sí mismos, a sus partidos, a sus patrocinadores. No a nosotros. No nos queda más remedio que estar ahí, en la calle, recordándoles en todo momento que somos los que dicen representar y que no nos fiamos de ellos. Y está claro que algo tendremos que decir sobre lo que están haciendo con nuestra sociedad y nuestra vida.

 

Entradas relacionadas:

Los Simpsons y los escritores

Gore VidalNo soy un seguidor asiduo de los Simpsons, aunque sí un fan de la serie. La veo con frecuencia en la televisión, cuando mi hija la encuentra de repente entre la maraña de canales (que cada vez son más y cambian misteriosamente de lugar), pero a menudo encuentro en la red referencias a tal o cual capítulo que habla sobre algún tema que me parece de interés. Después de apuntármelo y archivar la referencia, no suelo ver el capítulo, se me olvida. Algún día tengo que recopilar todas esas referencias que tengo desperdigadas por ahí y ponerme a ver capítulos de la serie que no he visto.

La revista Ñ (suplemento cultural del diario Clarín) publica un artículo en el que se recogen las apariciones de escritores en distintos capítulos de los Simpson. Todos de lengua inglesa, no podía ser de otra manera, pero todos muy conocidos. Será curioso verlos (me voy a apuntar las referencias a ver si algún día me acuerdo de verlos).

 Revista Ñ: Escritores en los Simpsons

Entradas relacionadas:

Cheever y el “hecho”

John CheeverEstoy leyendo a John Cheever en una edición digital en inglés. Tal vez podría decir que Cheever me aburre, que sus relatos sobre la clase media americana de los años cincuenta, con personajes tan semejantes a los que uno se cruza todos los días en las escaleras de casa, me resultan tan poco atrayentes como para que desee abandonar la lectura en pos de algo menos “normal”. Sin embargo, poco a poco uno se va introduciendo, va quitando capas y comenzando a atisbar lo que hay bajo la aparente normalidad que envuelve a los personajes. Y, lo que es mejor, comienza a darse cuenta de que todo eso que Cheever le va dejando ver de la clase media americana está vigente, se puede aplicar aquí y ahora. Que las personas son las personas, en cualquier momento de la historia, y que el cotilleo, el que dirán y el guardar las apariencias son constantes del ser humano. Las vidas que narra Cheever son corrientes, están sumidas en la rutina de las relaciones sociales, el trabajo, la vecindad, las vacaciones.  Y el alcohol, omnipresente aunque no en grandes cantidades, que permite soportar toda esa normalidad.

Pero bajo toda esa apariencia transcurren corrientes que poco a poco van cobrando mayor fuerza. Hasta que se produce el “hecho”. En todos los cuentos hay un “hecho”, un suceso que rompe esa apariencia de normalidad. Las corrientes afloran entonces a la superficie…, pero no tienen la suficiente fuerza para arrasar con todo. El “hecho” daña la normalidad y revela lo que hay debajo del caparazón de cada uno, pero solo durante un instante. Luego se resuelve sin plantear un conflicto grave, dejándolo todo tal cual estaba. Tras el suceso la vida continúa como un instante antes del mismo. La sensación que se tiene entonces es de oportunidad perdida. Los personajes han estado a punto de escapar de su inanidad y convertirse en seres auténticos, trágicos, pero en realidad no ha ocurrido nada. O sí ha ocurrido, el “hecho” les ha vuelto repentinamente conscientes del vacío y la insignificancia de su vida.

Hace tiempo leí los diarios de Cheever. En aquel momento no conocía absolutamente nada de su obra, no sabía que tipo de escritor era, pero leyendo sus notas sobre la vida que vivía, no esperaba encontrarme otra cosa. Tal vez un sentimiento más trágico, menos anodino. Porque la vida de Cheever tiene un tono de tragedia que no encuentro en sus relatos. Alcoholismo y homosexualidad, una mujer que le desprecia, pero que no se separa de él por sentimientos religiosos. Y un ambiente amargo y triste. En sus relatos todo ello queda sumergido en la normalidad, en esa necesidad de hacer que la vida transcurra como siempre, y de aparentar que se es feliz.

Entradas relacionadas:

Los ojos de Julia

Los ojos de juliaBuscando inspiración para escribir algo sobre la película de Guillem Morales he aprendido una nueva palabra: giallo. La wikipedia dice que es un subgénero cinematográfico de origen italiano que deriva del cine de terror y del thriller. El origen de la palabra estaría en el amarillo (giallo significa amarillo en italiano) de una popular colección de novelas policiacas editadas por Mondadori en los años 30. La mayoría de las películas encuadradas en ese subgénero se habrían producido entre los años 60 y los 80. A algunos puede que os suene Mario Bava o Dario Argento, el iniciador y el finalizador (rodó en 1982 Tenebrae, considerada la última película del género), respectivamente, del subgénero. Si quereis saber más, en Pasadizo lo explican con más detalle.

Pues bien, parece ser que Los ojos de Julia sería una especie de giallo tardío y español, aunque yo, personalmente, no encuentro en ella algunas de las marcas de fábrica que caracterizaban el subgénero italiano. Sobre todo en lo que se refiere al erotismo, omnipresente en los filmes italianos. La violencia extrema (para la época) sí que aparece, aunque en la escena que a mí me resulta más ridícula de toda la película. Por si no la habéis visto, os diré que me refiero a la forma en la que muere uno de los personajes, directamente extraida del mundo del terror para adolescentes.

Personalmente, la película no me ha gustado. No demasiado. Sobre todo después de haber visto a Belén Rueda en El orfanato me esperaba algo más. El argumento parte de una idea interesante, relativo al carácter del personaje que encarna el mal: alguien obsesionado por su insignificancia social hasta el punto de creer que lo hace invisible. Pero el guión pronto hace aguas y se convierte en algo previsible y absurdo a ratos.

Hay un momento que salvaría, junto con la interpretación de Belén Rueda y Lluis Homar, que resulta fantástica. Y es el encuentro de la protagonista con las mujeres ciegas en la ducha mientras están hablando de su propia hermana. Es uno de esos momentos de escalofrio que luego recuerdas cuando hace ya mucho tiempo que has olvidado el resto de la película. Un momento como el del niño recorriendo en triciclo los pasillos de un hotel vacío en El resplandor. Es por esos momentos por los que me gusta el cine de terror.

Entradas relacionadas:

Página siguiente »