Escritores bipolares

Escritores suicidas o con trastornos psíquicosEntre el genio literario y el transtorno mental hay muchos puntos de relación. Lo hemos sospechado siempre. Muchos autores han experimentado dolores inmensos que se han reflejado en sus obras y que, en muchos casos, les han conducido al suicidio. Rafael Narbona publica en El cultural un artículo en el que presenta muchos de los casos más famosos de escritores suicidas como enfermos de lo que ahora se conoce como transtorno bipolar.

El suicido de Sylvia Plath reúne todas las características de las tragedias griegas. El 11 de febrero de 1963, después de largas depresiones y anteriores intentos de suicidio, se levantó en su piso de Londres y preparó el desayuno a sus hijos. Después, abrió el horno de la cocina e introdujo la cabeza, abriendo las espitas de gas. Separada de Ted Hughes, había soportado un invierno de soledad y privaciones que exacerbó sus tendencias autodestructivas. Al principio consideró que alquilar el apartamento donde había vivido W. B. Yeats representaba apostar por la vida, pero la herida que estragaba su alma permanecía abierta desde que perdió a su padre a los nueve años. En sus sobrecogedores y bellísimos Diarios, ya había anotado en julio de 1950: “Quizá nunca llegue a ser feliz, pero esta noche estoy contenta”. En 1957, no se apreciaba ningún cambio esperanzador: “He estado dando tumbos por ahí, lúgubre, oscura, desolada, enferma. Si supero este año será la victoria más grande que haya alcanzado nunca”. En 1959, las cosas no han mejorado: “Mi cabeza es un batallón de problemas”. Eso sí, parece que la infelicidad es el estímulo principal de sus Diarios: “Sólo escribo aquí cuando estoy en un callejón sin salida”. En mayo de 1961, se interrumpen los Diarios, pero el 16 de octubre de 1962 escribe, refiriéndose a su asombroso poemario Ariel, compuesto en pocas semanas, presumiblemente en pleno brote de manía: “Soy una escritora de genio; se me ha concedido el don. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán famosa…”.

Tal vez Virginia Woolf es el caso más célebre de escritora bipolar, acosada sin tregua por la enfermedad. La inminencia de una nueva crisis hizo que el 28 de octubre de 1961 se encaminara al río Ouse con los bolsillos llenos de piedras. Se dejó arrastrar por la corriente y no se recuperó su cuerpo hasta el 18 de abril. Su marido enterró sus cenizas al pie de un árbol en Rodmell, Sussex. Virginia dejó una conmovedora nota: “Siento que voy a enloquecer de nuevo. Sé que esta vez no me recuperaré (…). No puedo luchar más. Ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad”.

La fase de manía, de exaltación, del transtorno bipolar sería la responsable de la extraordinaria creatividad de estos artístas.

Retrato del escritor bipolar

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Aire de Dylan, lo nuevo de Vila-Matas

“Aire de Dylan”, la última novela de Vila-Matas, cierra de alguna forma el círculo de la obra del autor, al volver a algunos elementos de “Historia de la literatura portátil”, la primera obra por la que fue conocido. Cierra, que no clausura (espero). En este video el autor explica que la novela surge de una frase de Baudelaire que dice que a los derechos humanos les faltan dos: el derecho a la contradicción y el derecho a irse. El primero lo ejerce el narrador de la novela, que ha decidido no escribir nunca más, pero los acontecimientos le han obligado a redactar una última novela. En cuanto al segundo, aparece una pareja joven que, dominados por el síndrome Oblomov, quieren entregarse al arte de no hacer nada. Es decir, ejercen su derecho de irse del sistema.

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Escritores y procesadores de texto

Escritores y procesadoresA pesar del rechazo que a muchos les produce lo digital (porque perciben la red como una amenaza) muchos escritores han terminado entrando por el aro de la informática y trabajan en ordenadores personales. A la larga es mucho más práctico y se adecúa bien a la forma de trabajar de muchos de ellos. Sin embargo, hay un problema. ¿Qué ocurre con el legado del autor? Muchos autores, una vez alcanzado ese punto álgido de su carrera que implica en cierta medida que su nombre no será olvidado, ceden sus archivos a bibliotecas y universidades para uso de futuros estudiosos de su obra. Pero ahora gran parte de esos archivos son digitales, nacieron digitales. ¿Cómo conservarlos, cómo evitar su obsolescencia en un mundo de cambios tan acelerados como el digital? No es la primera vez que este problema aparece en Octaedro (creo recordar). Matthew Kirschenbaum se ha dedicado a estudiar este problema en un libro titulado Track changes: a literary history of word processing que será publicado en la Harvard University Press a lo largo de 2013. Le entrevistan en la Revista Ñ:

 

Describiría dos cosas. Yo me emociono poniéndome en contacto con la computadora de un autor, o un disquete de un autor que me interesa; o hasta poder abrir un archivo en su software original y la máquina original – con lo cual sé que estoy viendo lo mismo que vio el escritor. Para mí esto es tan emocionante como ver un pergamino o un viejo manuscrito – todas las cosas que mencionamos cuando decimos que amamos los libros como objetos físicos.

Pero también pienso que el tipo de cosas que podemos aprender sobre el proceso creativo y autoral a través de materiales nacidos digitalmente introducen un cambio de paradigma en términos de las operaciones de las investigaciones de textos.

Me llama especialmente la atención un tema que se trata en la entrevista (e imagino que en el libro): la rápida conversión de los materiales informáticos en chatarra. Nadie tiraría su vieja máquina de escribir (a lo sumo, la guardaría en un armario o en un trastero, acumulando polvo, pero no la tiraría) y sin embargo, estamos más que dispuestos a deshacernos de nuestros viejos ordenadores cuando nos compramos uno nuevo. En el mundo de lo digital no existe esa fascinación por lo antigüo que está tan de moda en otros ámbitos. El mundo de la informática no quiere saber nada de lo vintage.

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La muerte de Montaigne, de Jorge Edwards

La torre de MontaigneDe entrada no estoy muy seguro de cómo calificar el texto de Edwards. El propio autor lo considera novela, pero en realidad tiene mucho más de ensayo. En todo caso se trata de un juego literario en el que el autor chileno indaga en la vida de Montaigne desde la suya propia, y se muestra plenamente identificado con el espíritu del autor francés. Porque Montaigne, como el propio Edwards dice que ha intentado siempre ser, es un “güelfo entre los gibelinos y un gibelino entre los güelfos”, es decir, es un personaje de juicio independiente que toma partido en su fuero interno pero que intenta no beneficiar a ninguno de los dos bandos. Porque en la época en que le tocó vivir había dos bandos ferozmente enfrentados, los católicos y los hugonotes, protestantes. Montaigne era un hombre respetado, influyente a su manera (había sido alcalde de Burdeos), muy preocupado por la violencia desatada que se vivía en Francia. De la lectura de esta obra de Edwards se desprende que, en su fuero interno, tenía bastantes simpatías hacia los hugonotes, pero ante todo le preocupaba que Francia por fin respirara en paz bajo el poder de una monarquía que ejerciera un papel unificador.

La novela-ensayo de Edwards pinta los últimos años de la vida de Montaigne. Son aquellos en los cuales transcurre su extraña relación con Marie de Gournay, una joven de 22 años (Montaigne tenía 55), entusiasta de sus ensayos, que le propone ser su fille d’adoption, su hija adoptiva. Al menos en una ocasión, Edwards sospecha (porque una gran parte de la novela tiene un caracter conjetural) que esa relación dejó de ser paterno-filial y se convirtió en amorosa. En todo caso, Montaigne vivió esa relación como la última pasión erótica de su vida, una vida que ya anhelaba recluirse en su torre, rodeada de sus libros y sus escritos, lejos de todo. Sin embargo, esos años también fueron los más difíciles en el ámbito político. El año en que vivió su relación con Marie, Montaigne fue llamado a París por Enrique III. En el camino fue asaltado por una banda de hugonotes como represalía por un asalto que ellos habían sufrido a manos de los católicos. Cuando llegó a París, fue inmediatamente encarcelado en la Bastilla por la Liga católica, puesto que su figura también levantaba sospechas en ese bando. Así pues, zarandeado por uno y otro bando, considerado traidor por ambos, cuando él solo aspiraba a que le dejasen solo con sus libros y sus ensayos.

Edwards admira profundamente al autor de los ensayos. Se deleita haciendo referencia a sus cualidades como lector, al caracter absolutamente independiente de su prosa, juguetona en ocasiones, amante de las digresiones, y el mejor ejemplo de lo que en ese momento se entiende por ensayo. Montaigne escribe “ensayando”, explorando los temas, atravesando cualquier puerta y recorriendo cualquier camino hasta donde puede, aunque en ocasiones deba volver sobre sus pasos y explorar otro. El mismo dice, en algún momento de los ensayos, que si su pluma da para entrar en aguas profundas, lo hace sin temor, pero que si se enfrenta a aguas que no conoce, se contenta con contemplarlas desde la orilla. Pero su amor por los clásicos, su caracter de lector impenitente, con frecuencia le proporcionan base para no quedarse nunca en la orilla.

En fin, que la novela de Edwards respira pasión por Montaigne y es imposible leerla sin tener a mano los Ensayos.


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Por amor al arte

Encuentro en la página venezolana Qué Leer un artículo interesante sobre escritores huraños, refractarios a las luces de los medios de comunicación. Son escritores que rara vez conceden entrevistas, cuando no directamente rehuyen los flashes de los fotógrafos hasta el punto de que apenas si sabemos como son físicamente. Juan Rulfo, J. D. Salinger, Juan Carlos Onetti, Thomas Pynchon, todos ellos han hecho  lo posible por sustraerse a la luz pública en una sociedad en la que lo que más se valora es precisamente lo contrario, los focos, la fama, las continuas apariciones en los medios de comunicación. Algunos de ellos incluso han dejado de publicar, aunque sabemos que continúan escribiendo: simplemente no quieren volver a mostrarse, prefieren cultivar su arte en privado, para sí mismos.

Son rara avis en estos tiempos en que los escritores han dejado de ser artistas solitarios volcados en su arte y se han lanzado a los medios de comunicación, donde cada vez tienen una mayor presencia. En la actualidad, la figura del escritor está cada vez menos ligada a su obra y más a su presencia pública. Sus obras, generalmente novelas, se han convertido en productos que podemos adquirir, pero que no definen esencialmente al escritor. Como alguien decía, parece que a los escritores les gusta cada vez menos escribir y más haber escrito, es decir, tener obras sobre las cuales conceder entrevistas o aparecer en shows de televisión. Creo que de alguna manera se han convertido en marcas, y les ocurre lo mismo que a las grandes compañías, tipo Apple o Mcdonalds, que están más volcados en gestionar su marca que en elaborar los productos que se supone que son el centro de su negocio. Para estos escritores, escribir ha dejado de ser su core business. Se han lanzado al mundo del marketing.

Por eso, autores como los que menciona el artículo de Qué leer nos resultan tan extraños. Van a contracorriente. Se preocupan únicamente de su obra, incluso les da igual si esta es conocida o no. ¿para que querría alguien escribir en secreto, por qué hacer algo que uno no tiene intención de vender? Está aquello tan manido de por amor al arte, una frase que siempre usamos en sentido negativo. Nosotros no hacemos nada “por amor al arte”, pero resulta edificante y extraño que precisamente ellos escriban “por amor al arte de escribir”.

Huraños y esquivos

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1Q84, de Haruki Murakami

Haruki MurakamiComo comentaba hace un par de post, terminé 2011 y comencé 2012 leyendo 1Q84, de Haruki Murakami. Creí que lo había terminado, pero buscando información para escribir este post descubro que no, que en realidad se trata de tres libros y yo solamente he leído los dos primeros (publicados en España en un solo tomo). Aún falta un tercer tomo. He tenido que volver al libro para leer los últimos párrafos: me pareció que la novela se cerraba con un final muy adecuado. Pero estaba equivocado, el final del segundo tomo podría ser perfectamente el de la obra, pero la novela no quedaba cerrada.

En todo caso, la primera y segunda parte tienen entidad suficiente para ser comentadas por su lado. No sé lo que añadirá la tercera parte, aunque ya he conseguido el avance de que en ella aparece un nuevo personaje. Pero lo mejor sería que comenzase por explicar siquiera mínimamente de qué va la novela.

La novela gravita en torno a dos personajes, Tengo y Aomame, que viven historias paralelas en el tiempo. Tengo es profesor de matemáticas en una academia y escritor aficionado. Aunque no le falta talento para ninguna de las dos actividades, no destaca especialmente en ellas, básicamente porque no le interesa. Un día un editor al que conoce por haberse presentado a algún concurso literario le propone realizar la reescritura de una novela muy especial y muy extraña. Se titula La crisálida del aire y la ha escrito una chica de diecisiete años. La novela es muy imaginativa, pero está escrita con una gran pobreza lingüistica. Por esa razón, el editor le propone a Tengo volver a escribirla: tiene la intención de hacer que su autora la presente a un concurso literario y lo gane. Aunque a Tengo no le gusta la idea (le parece una estafa que puede volverse en contra suya en el futuro) acepta. Tras la reescritura conoce a la autora y comprende que lo que ha narrado en la obra no es una fantasía, sino que es real. De alguna manera que no entiende, la chica ha vivido situaciones extrañas y ha entrado en contacto con unos pequeños seres, la Little People que han cambiado su vida.

Aomame, por su parte es una instructora de gimnasia que ejerce una extraña actividad secreta: es una asesina. Mata exclusivamente a hombres que han abusado o maltratado a mujeres. Y lo hace por encargo de una mujer extravagante que quiere cobrarse una deuda con hombres.

La historia transcurre en el año 1984. Cuando acude a cometer una de sus acciones, Aomame debe abandonar una autopista a través de una escalera de servicio. Sin que ella sea consciente en ese momento, ha entrado en otra realidad, en 1Q84, aparentemente igual que 1984, pero solo aparentemente. Tengo y Aomame se mueven en esa nueva realidad y a lo largo de toda la novela pugnan por encontrarse… Y hasta ahí, para saber lo que ocurre tendreis que leer la novela.

Desde muchos sitios se aclama esta novela como una de las mejores de su autor. Para otros, es una concesión al comercialismo: la ven casi como una novela policíaca comprometida, algo parecido a la saga Millenium. En todo caso, si es cierto que supone un cambio en relación con sus otras obras. Es más realista, aunque existe un doble plano de realidad que según va avanzando la historia se confunde hasta el punto de que ninguno de los personajes sabe qué es la realidad o en qué realidad están. Por otro lado, estos si que son plenamente murakamianos: son seres perdidos, que se sienten extraños y no terminan de encajar en ningún lugar. Tengo tiene un talento sobresaliente para las matemáticas y más que notable para la literatura, pero no es más que profesor en una academia de poca monta, y la máxima aspiración de Aomame (antes del final de estas dos primeras partes de la novela) es morir si con eso logra hacer felices a otros seres. Ambos recuerdan a personajes anteriores del autor.

Por lo demás, si que hay cierto comercialismo. Trata temas bastante actuales, como el abuso de niños o las sectas, y hay una presencia mayor de sexo y violencia. El propio autor reconoce que utiliza dichos elementos como una manera de mantener la atención del lector a lo largo de la gran cantidad de páginas de la obra. Sin embargo, y aunque en algunos casos Murakami roza lo más extremo, dichos elementos no son centrales, ni atraen una atención preferente del lector. Son más relevantes los sucesos fantásticos, a la cabeza de los cuales se encuentra la presencia de la Little People, y la manera en que los personajes los asumen y van dejando que esos sucesos determinen el transcurso posterior de sus vidas.

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¿Quién querría dedicarse a esto?

Paul Auster

Escribir nunca me ha servido para resolver nada. La escritura no es ninguna terapia. Como mucho es una compulsión o una enfermedad. Nunca he entendido por qué alguien querría dedicarse a esto, excepto si tiene el sentimiento de que resulta absolutamente necesario. Lo único que puedo decir para justificar mi trabajo es que, durante las últimas tres décadas y media, he dado todo lo que tenía. Lo he hecho lo mejor que podía cada día de mi vida. Incluso cuando todo lo que he escrito durante un día ha terminado en la basura, me he podido levantar del escritorio y decirme a mí mismo: “Por lo menos no has hecho trampas”. Pero se trata de una profesión extraña. Sentarse en una habitación y pasar todo el día solo no es algo que la mayoría de personas quieran hacer con su vida. La gente quiere estar ahí afuera, con los demás, haciendo cosas juntos.

Paul Auster en la entrevista que le realizó Álex Vicente para Público, periódico al que, por cierto, apoyo desde Octaedro.

Mis errores me siguen torturando

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Bauman y la “vida líquida”

Zygmunt Bauman

Zygmunt Bauman, Vida líquida, Ediciones Paidos Ibérica, 2006

Poco a poco vamos comprendiendo mejor cómo actúa este sistema que, en un momento que ya comienza a resultarnos lejano, pareció estallar de repente y que, sin embargo, se ha reconfigurado ante nuestros ojos, arrebatándonos en la jugada (o amenazando con arrebatarnos) muchos de los derechos que adquirimos trabajosamente a lo largo de los años transcurridos desde la Segunda Guerra Mundial. Y vamos comprendiendo gracias a libros como éste de Bauman. Diría que Bauman, junto a otros autores como pueden ser Richard Sennett o Naomi Klein, van desgranando lo que significa este capitalismo tardío, esta vuelta atrás de un capitalismo que había conseguido (en cierta medida) reconciliarse con algunos de los planteamientos del que fuera su gran enemigo, el comunismo. Fue un acuerdo de circunstancias, una forma de evitar que, tras la guerra, las masas de los países occidentales abrazaran la causa de la revolución, que había triunfado en un buen puñado de países del Este de Europa. Así nació el Estado del Bienestar, que ahora esta muriendo bajo nuestra mirada.

Bauman dice que esta es una sociedad “líquida”, en la que mantenemos relaciones “líquidas” con el trabajo y con nuestro entorno social. La metáfora de lo líquido es lo más querido para Bauman: la desarrolla en un buen número de los libros que ha publicado. La vida líquida, que es la que ahora nos ocupa es aquella en la que “las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos o en unas rutinas determinadas”. Es decir, es una vida en la que nada dura lo suficiente, en la que hay que estar constantemente pendiente para ver de que lado sopla el viento y actuar en consecuencia, porque si no, nos podemos quedar rezagados, podemos vernos excluidos de la rueda, y caer entre los prescindibles, una “infraclase” compuesta por quienes no participan en el sistema,  puros residuos humanos.

La lógica del sistema es el consumo. Pero lo más importante no es la adquisición de las cosas, su posesión, sino ser capaz de desprenderse de ellas con la suficiente rapidez. Saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas. De todas las cosas. Bauman habla incluso de que el amor funciona también mediante esta lógica: el principal problema consiste en ser capaz de deshacerse de una relación con la agilidad suficiente. El ritmo de consumo (de cualquier cosa, puesto que todo, absolutamente todo, se entiende como mercancía) es cada vez más vertiginoso. Y nos obliga a estar pendientes para no quedarnos con aquello que hoy ya no vale, aunque ayer fuera imprescindible. Una de las características de nuestro tipo de vida es el temor a quedarnos rezagados, a perder pie y vernos arrastrados fuera del sistema.

Para Bauman existen fundamentalmente dos clases sociales. Una élite internacional que maneja el conocimiento necesario y se mueve con agilidad en una sociedad de valores cambiantes. Es una clase despreocupada, segura en este tipo de sociedad, puesto que maneja (impone) las claves que controlan todo. Otra es la antigua clase media, los que con gran esfuerzo conquistaron una posición más cómoda y que ahora, en esta nueva “vida líquida” del capitalismo tardío, ven como todo aquello que daba solidez a sus vidas desaparece. Abrumados por la incertidumbre, no tienen más remedio que jugar el juego que se les impone, so pena de precipitarse al abismo de la “infraclase”.

En el último capítulo, “Pensar en tiempos oscuros”, Bauman reclama como principales influencias a Hannah Arendt y Theodor Adorno. Curiosamente, la primera es la mentora filosófica de Richard Sennett, el otro pensador del capitalismo tardío. Con respecto a Adorno, Bauman comenta que escribía sus libros como quien lanza botellas al mar con la esperanza de que el mensaje sea alguna vez leído y entendido. Esa misma es la intención de Bauman, lanzar “botellas” al mar y tal vez conseguir que el mensaje llegue antes de que sea demasiado tarde. En realidad, cada vez hay más botellas en el mar, cada vez hay más mensajes de alarma en forma de libros, videos que circulan por la red. Y que nos dicen que nos precipitamos al vacío a una velocidad endiablada.

Otros comentarios sobre la obra:

Revista Criterio

Quaderns Digitals.net

Página/12

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Leyendo a Murakami en fin de año

Las cosas que se pueden comprar con dinero es mejor comprarlas sin pensar demasiado si ganas o pierdes. Es mejor ahorrar las energías para aquellas cosas que no pueden comprarse con dinero.

Termino el año leyendo 1Q84, de Murakami. No había vuelto a él desde hace mucho tiempo porque me llegó un momento en que, leyendo una de sus novelas, no entendí demasiado bien qué se proponía su escritura. Entonces me interesaba un cierto tono que podríamos llamar “filosófico”: sus personajes, generalmente jóvenes, se preguntaban por la vida, vivían intentando responder a esa pregunta. 1Q84, sin embargo, tiene un tono distinto: sus personajes también son jóvenes, y también la vida les ha tocado. Pero en su caso el tono reflexivo parece estar ausente.

Aún no la he terminado, así que no continúo hablando de ella. Lo haré más adelante.

El último día del año, un año más que se cierra. Veremos el 2012.

(La cita es, creo, de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo)

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Pequeñas decisiones (relato)

Una pequeña historia.

“Hace rato que piensa en levantarse pero no se mueve. No tiene sueño, ni ganas de permanecer en la cama, incluso le apetece tomarse un café y echar un vistazo al periódico en Internet, pero no se mueve. Simplemente no puede tomar la decisión de levantarse, tal vez porque entonces tendría que ir al baño y mear, ir a la cocina y encender la máquina del café, sacar la leche del frigorífico, la taza, etc., etc. Todo pequeñas decisiones que ahora mismo, en este preciso instante, no le apetece tomar. Pero el instante pasa y de repente se levanta como si hubiera recordado algo urgente. Hace todo eso que unos segundos atrás no se sentía capaz de hacer y se sienta frente al ordenador. Ahora sí, ahora prefiere haberse levantado. Mientras sorbe un poco de café, conecta el navegador y entra en la página de su periódico habitual. En realidad no le interesa la política desde hace ya bastante tiempo, pero no puede evitar echar su vistazo diario a las noticias. Es una especie de rito diario. Lo malo es que consume demasiado tiempo, tiempo que podría dedicar a otra cosa. Hoy, sin embargo, no se permite que esto ocurra. En realidad, no le atrae la información que lee. Apaga el ordenador, se levanta y vuelve a la habitación. Se viste. Sobre la mesa del estudio ha quedado un resto de café que aún está caliente. Lo bebe con placer. Deja la taza de nuevo en la mesa y se marcha de la casa.

La calle está tranquila, solo unas pocas personas aparecen a la vista. Es fin de semana, domingo tal vez, no lo sabe a ciencia cierta. Brilla el sol, la temperatura es agradable. Comienza a caminar por la calle experimentando una sensación de disfrute. De repente repara en que hacía mucho tiempo que no tenía una sensación así y se detiene. Levanta la cara hacia el cielo con los ojos cerrados y se esfuerza por sentir el calor del sol en su cara. En la acera de enfrente una persona se ha parado y le mira. Es repentinamente consciente de este hecho, puede decir que junto al calor del sol ha sentido la mirada fija en él. Abre los ojos y mira fijamente a quien le contempla. Es un hombre joven, absurdamente abrigado en un día como ese. Su aspecto es agradable en líneas generales, pero hay algo en él que le inquieta. Comienza a andar. El hombre permanece inmóvil, pero no deja de mirarle, de seguirle con la mirada. Poco a poco se va alejando de él, pero no puede saber si aún continúa mirándole porque no quiere volverse.

Llega hasta la esquina y la dobla. Respira aliviado y ahora si se atreve a volverse. A su espalda no hay nadie, nadie ha pasado por esa esquina. Camina ahora más despacio y trata de recuperar la sensación que ha sentido antes al volver la cara hacia el sol, pero no puede. Tiene la sensación, sabe, que aquel hombre camina ahora en dirección a la esquina que él ha dejado atrás, en unos instantes la doblará y aparecerá ante él. La idea le espanta. De repente no lo puede soportar y echa a correr. Cada vez más deprisa, llega hasta la siguiente esquina, pero no la dobla, continúa corriendo en la misma dirección, cruza la calle y sigue su carrera alocada. Solamente durante un instante se atreve a volverse y le ve. El hombre está bastante cerca, pero no parece estar corriendo, si andando con paso firme. Él intenta correr más deprisa, dobla, ahora si, la siguiente esquina y se encuentra de repente en una zona de aparcamiento. Se agacha entre dos coches y trata de calmar su respiración agitada. Al cabo de un rato se asoma con precaución por debajo del coche y consigue ver los pies del hombre, un poco más arriba, inmóviles. No se atreve a mirar más, se acuclilla de nuevo y de repente experimenta una sensación casi dolorosa de culpabilidad. Aquel hombre está allí por algo, le sigue por algo. No sabe lo que es ese algo, pero lo siente presente, importante, ominoso. Y sobre todo sabe que es responsabilidad suya, que no puede justificarse. Aquel hombre no le va a escuchar, y tiene razón, está cargado de razón. Podría levantarse y reconocerlo, ir abiertamente hacia él y decir “de acuerdo, es cierto. No tengo nada que decir, no lo puedo explicar” y quedarse inmóvil frente a él. Pero eso le obligaría a bajar la vista, a humillarse en cierta medida, y casi le da más miedo eso que huir, aunque en su huida corra el peligro de ser atrapado.

Los coches están aparcados en batería, pero entre sus morros y la pared del edificio hay un pequeño pasillo. Se levanta a medias y se acerca a él. No mira hacia atrás, tiene miedo de comprobar que él hombre sigue allí, esperándole, acechándole. Como un niño que quiere hacer desaparecer una amenaza simplemente cerrando los ojos, comienza a andar por el pasillo sin volverse. No sabe si el hombre le sigue o no, pero no oye sus pasos en el silencio del túnel. Le gustaría recuperar la sensación de alivio de un rato antes, cuando dobló la esquina después de su alocada carrera, pero ahora no puede. No, porque ya es consciente de su culpabilidad. Sabe que su huida es en vano, que nunca conseguirá escapar, pero aún así continúa caminando entre los morros de los coches y la pared, agachándose de cuando en cuando para evitar golpearse con los tubos cuadrados de extracción de humos que transcurren por el techo cada pocos metros.

Alguien corre a sus espaldas, acaba de comprenderlo. Echa también a correr, pero se golpea las espinillas con los morros de los coches. Aún así continúa, con las rodillas doloridas, una de ellas ha comenzado a sangrar. Como los pasos a su espalda se aceleran, intenta correr más deprisa. No puede evitar tropezar y caer. Cierra los ojos instantáneamente. El contacto del asfalto con su mejilla le resulta agradable, más agradable que lo que sin duda le espera, más agradable que la vida que podría vivir a partir de ese momento. Pero los pasos se han detenido, su perseguidor está cerca, muy cerca de él, tal vez junto a la parte trasera del coche frente al que se ha caído. Intenta escuchar algún sonido, el roce de la ropa, un ligero carraspeo, pero no oye nada. Sin embargo, sigue ahí, está seguro de ello…

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