Archive for junio, 2003

Palabras

La tarde en soledad ha terminado por sentarme frente al ordenador y me ha impuesto llenar el espacio en blanco de la pantalla con palabras, palabras que luego puedan ser reproducidas en algún otro sitio, o atesoradas en algún cuaderno o fichero informático, que para el caso es lo mismo. Pero palabras a las que les cuesta salir en el orden requerido, palabras que tienden a amontonarse, agrupándose con las de su condición, los sustantivos, con los sustantivos, los verbos con sus paisanos los verbos, negando todo sentido, desestructurando el texto hasta convertirlo en un galimatías insoportable. Pero yo, paciente, las vuelvo a meter dentro y las hago salir según las voy llamando: un artículo, para empezar, y un nombre después. Una preposición y otro nombre, antes de que venga el verbo. Y ahora sí, salen como yo quiero, o como creo que quiero.
Pero no dicen lo que yo quisiera decir, y no por culpa suya ahora, sino mía. Al cabo de un rato ya no sé a qué palabra pedir que salga. Digo una cualquiera y la colocó en último lugar: apenas soy capaz de pensar si es ahí donde debe estar, o si en su lugar debería haber otra. Estoy cansado, muy cansado, tan cansado que optó por introducir un poco de azar en mi fila de hormigas. Otra vez las dejo salir a su aire, y ellas lo hacen, al principio con timidez, luego se van envalentonando y brotan a borbotones, hasta llenar la página. Estilete, hormigón, azalea, venir, amar, neblina, madrugada, adiós, dolor. No sé ya lo que dicen, ni me importa.

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Revisión

La escritura de cualquier tipo de texto, no sólo literario, constituye un proceso que se puede dividir en varias partes, a decir de Daniel Cassany. La primera de ellas sería la ideación de ese texto, es decir, la determinación de lo que queremos decir y el establecimiento de una estructura que puede ser más o menos flexible, más o menos cerrada. Con frecuencia también integraría esta parte la búsqueda de documentación. La segunda parte vendría a ser la redacción propiamente dicha. Una vez en posesión de ideas lo suficientemente claras y de la información necesaria sobre el tema a tratar, nos lanzaríamos a escribir, a colocar una palabra tras otra, intentando que nuestro texto se asemeje lo más posible al que teníamos en mente, pero también explorando las nuevas posibilidades que se nos abren a lo largo del camino. Para muchos es la parte más satisfactoria, porque es aquella en la que la idea toma por primera vez una apariencia física, existe, por así decirlo, fuera de nuestra mente. La última parte es, sin embargo, la que resulta menos apetecible: la revisión. Es en el momento en que hemos terminado, o eso creemos, de escribir y nos acomodamos en el sillón para leer con calma lo que hemos escrito. Es la hora de la verdad, cuando nos ponemos frente a nosotros mismos y nos juzgamos. Cuando vemos si lo que hay sobre el papel se corresponde mucho, poco o nada con lo que habíamos planificado en nuestra mente.
De estos tres procesos que componen la escritura (insisto, cualquier escritura, no sólo la literaria), siempre consideré al segundo como el más emparentado con el arte. Si algo es escribir, me decía, es anotar una palabra tras otra, contar una historia de principio a fin, tal como sale de nuestra imaginación. Ahora, sin embargo, sé que no es así, que la auténtica escritura reside más en el tercero, en la revisión. Sólo los genios necesitan apenas de la revisión, sólo ellos son capaces de escribir de un tirón una novela que casi no necesite ser revisada. Los demás, por suerte o por desgracia, debemos centrarnos en esa tercera parte, sudar con esa desagradable tarea. Porque lo que parimos de un primer golpe de inspiración, nace generalmente con defectos, y más o menos alejado de lo que vislumbramos en nuestra mente. Debemos volver una y otra vez a ello, cortar por un lado, pegar por otro, darle más fuerza a un personaje, eliminar escenas superfluas. Modelar, en definitiva, nuestra obra. Nos llevará más o menos tiempo y trabajo según seamos buenos o menos buenos escritores, pero casi nadie se librara de esta actividad. Pero lo curioso es que cuando uno se acostumbra a ella, llega incluso a anhelarla, a desear tener ese primer borrador ya redactado para comenzar a atacarlo con el lápiz rojo cuanto antes. Y eso porque con el tiempo uno se da cuenta de que es la más creativa de todas las que componen el proceso, es la que con más razón merece llamarse escritura.

-Cassany, Daniel, La cocina de la escritura, Anagrama, 2002

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Adjetivos

Un escritor aficionado no se atreve siquiera a pensar que algún día pudiera recibir dinero por uno de sus escritos, pero eso le ocurre, en realidad, porque es lo que desea con mayor intensidad. Pero hay un momento, si es un verdadero escritor, si lo lleva en el corazón, en que deja de preocuparse por el dinero y lo único que quiere es ser leído. Es entonces cuando deja de ser aficionado y se convierte simplemente en escritor, mejor o peor, pero escritor. Uno es aficionado cuando existe la posibilidad, aunque sea remota, de ser profesional. Si uno desiste de esa posibilidad, simplemente se ha librado de los adjetivos. Y eso es lo que he hecho yo. Por eso no tengo otro remedio que quitar ese que puse por ahí, en algún lado.

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Arranque

Considero a internet el ámbito natural de los escritores aficionados. La red es muchas cosas, por supuesto, pero esta es una de las más importantes, sobre todo a partir del auge que han tomado las bitácoras. Todos aquellos que una vez desearon escribir, incluso profesionalmente, y no consiguieron más que ganar algún que otro concurso, encuentran aquí un lugar en el que exponer sus trabajos y donde pueden razonablemente esperar que alguien los lea. Incluso, con un poco de suerte, hasta se pueden recibir un email de algún lector moderadamente entusiasta. Con esa esperanza, y una cierta inquietud, a pesar de que sé que hay bitácoras a miles, escritores a millones y cada vez menos lectores, comienzo hoy a trabajar en esta. Si alguien me pidiese que la definiera, lo haría quizás colgándole el letrero de ?literaria?, que es una calificación vaga y pretenciosa, pero también la que más responde a lo que intento hacer aquí. Podría precisar más, lo sé, quizá diciendo que la literatura que más me interesa es la emparentada con lo fantástico, que me gusta mucho leer (por supuesto) y que no me privaré de reseñar algún libro que me intrigue especialmente. Y también, por otra parte, que no todo es literatura y que la realidad tiene muchos temas que se pueden tocar en un lugar como este. Con eso está dicho todo, y tal vez en ese todo no hay nada distinto a lo que ofrecen miles de bitácoras en internet. El tiempo lo dirá. Por el momento, un saludo a todos los que hayais caído aquí por casualidad.

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