Revisión
La escritura de cualquier tipo de texto, no sólo literario, constituye un proceso que se puede dividir en varias partes, a decir de Daniel Cassany. La primera de ellas sería la ideación de ese texto, es decir, la determinación de lo que queremos decir y el establecimiento de una estructura que puede ser más o menos flexible, más o menos cerrada. Con frecuencia también integraría esta parte la búsqueda de documentación. La segunda parte vendría a ser la redacción propiamente dicha. Una vez en posesión de ideas lo suficientemente claras y de la información necesaria sobre el tema a tratar, nos lanzaríamos a escribir, a colocar una palabra tras otra, intentando que nuestro texto se asemeje lo más posible al que teníamos en mente, pero también explorando las nuevas posibilidades que se nos abren a lo largo del camino. Para muchos es la parte más satisfactoria, porque es aquella en la que la idea toma por primera vez una apariencia física, existe, por así decirlo, fuera de nuestra mente. La última parte es, sin embargo, la que resulta menos apetecible: la revisión. Es en el momento en que hemos terminado, o eso creemos, de escribir y nos acomodamos en el sillón para leer con calma lo que hemos escrito. Es la hora de la verdad, cuando nos ponemos frente a nosotros mismos y nos juzgamos. Cuando vemos si lo que hay sobre el papel se corresponde mucho, poco o nada con lo que habíamos planificado en nuestra mente.
De estos tres procesos que componen la escritura (insisto, cualquier escritura, no sólo la literaria), siempre consideré al segundo como el más emparentado con el arte. Si algo es escribir, me decía, es anotar una palabra tras otra, contar una historia de principio a fin, tal como sale de nuestra imaginación. Ahora, sin embargo, sé que no es así, que la auténtica escritura reside más en el tercero, en la revisión. Sólo los genios necesitan apenas de la revisión, sólo ellos son capaces de escribir de un tirón una novela que casi no necesite ser revisada. Los demás, por suerte o por desgracia, debemos centrarnos en esa tercera parte, sudar con esa desagradable tarea. Porque lo que parimos de un primer golpe de inspiración, nace generalmente con defectos, y más o menos alejado de lo que vislumbramos en nuestra mente. Debemos volver una y otra vez a ello, cortar por un lado, pegar por otro, darle más fuerza a un personaje, eliminar escenas superfluas. Modelar, en definitiva, nuestra obra. Nos llevará más o menos tiempo y trabajo según seamos buenos o menos buenos escritores, pero casi nadie se librara de esta actividad. Pero lo curioso es que cuando uno se acostumbra a ella, llega incluso a anhelarla, a desear tener ese primer borrador ya redactado para comenzar a atacarlo con el lápiz rojo cuanto antes. Y eso porque con el tiempo uno se da cuenta de que es la más creativa de todas las que componen el proceso, es la que con más razón merece llamarse escritura.
-Cassany, Daniel, La cocina de la escritura, Anagrama, 2002

