Archive for julio, 2003

Lectura

Parece ser que la lectura es una práctica que nunca ha dejado de ser valorada socialmente, si atendemos a las campañas de fomento que siempre surgen por algún sitio, al interés por las ferias del libro y a la impresionante cantidad de títulos que se publican cada año. Pero sospecho que con ese tema ocurre lo mismo que con las bodas, que la gente apenas tiene auténticas creencias religiosas, pero es muy bonito vestirse de punta en blanco e ir a una iglesia a dar el “sí, quiero” delante de un buen montón de invitados. Es algo que viste. Lo mismo ocurre con la lectura. No se tiene tiempo para leer un libro, pero siempre parece muy bien que se fomente la lectura, sobre todo entre los niños y los adolescentes (como si ellos pudieran ser sustancialmente distintos de lo que somos nosotros, de lo que es la sociedad que les rodea), y cuando llega la feria del libro, siempre caen dos o tres ejemplares, convenientemente firmados por el autor de moda, e incluso se llega a leer alguno de ellos antes de dejarlos definitivamente arrumbados en el estante del salón hasta la próxima feria.

Muchos me dirán que no es cierto, que sí se lee, solo hay que ver el metro, lleno de gente con un libro o un periódico entre las manos. Pero no es esa la lectura a la que me refiero ni la que, en definitiva, persiguen o debieran perseguir las campañas de fomento. Porque esa es una lectura de circunstancias, hecha con un fin determinado, que es entretener el tedio de los cotidianos viajes hasta el trabajo. El hábito reside en los viajes, no en la lectura. Y es una lectura que no deja poso, que pasa tan sin pena ni gloría como un telefilme visto perezosamente en la televisión. Es la otra lectura la que no se practica, la lectura que se hace con el único fin de penetrar en un universo distinto del que habitualmente nos rodea, y sorprendernos, y aprender a ver las cosas desde distintos puntos de vista, y pensar o imaginar. Lectura sin otro objeto que la propia lectura, textos que no son sólo información, sino expresión de un pensamiento o invitación a pensar. Textos que invitan, que casi obligan, a una relectura, lo que no deja de ser una idea un tanto subversiva para una sociedad basada en el consumo.

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Paréntesis

El obligado paréntesis veraniego llega por fin, pero no durará mucho. En agosto me pondré de nuevo a trabajar en la bitácora e intentaré cambiar este template tan “funcional” por algo un poco mejor, es decir, si soy capaz de arreglarmelas con el HTML, que hasta el momento no me ha dado más que quebraderos de cabeza. Espero tener también para entonces nuevos temas, más relacionados con la escritura y un poco más técnicos.

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La decisión

Había dejado de escribir hacía meses. Por decisión propia. Desde siempre, desde que podía recordar, había mantenido una relación dolorosa con la escritura, en la que había luchado y sufrido, había intentado todo lo que un hombre puede intentar, y sólo había obtenido textos, textos nada más, escritos con corrección, bien redactados, pero en los que no había nada que pudiera considerarse literatura. Una mañana, después de una infernal noche de trabajo y sólo tres horas de sueño, se levantó con una convicción que sintió tan profunda que le dio miedo: debía dejar de escribir. No albergaba ninguna duda: nunca, por mucho que luchara, por muchas horas que dejara de dormir, sería capaz de producir literatura. Pero, curiosamente, aquella decisión tan firme, que suponía nada menos que tirar por la ventana todo lo que siempre había deseado, no le causó dolor, sino un extraño alivio. Durante los siguientes días vivió como si hubiera iniciado una nueva vida, más liviana y ociosa. Se dijo que tenía que haberlo hecho mucho tiempo atrás.

Pero un día se encontró escribiendo una pequeña nota en el reverso de una factura. Fue un acto inconsciente, casi involuntario. Había comenzado a garrapatear para entretener el tiempo y se dio cuenta de que las palabras que escribía cobraban sentido y formaban algo que podía ser el embrión de una historia. Más aún, comprendió que durante los últimos días no había dejado de pensar en aquello. Su primer impulso fue romper aquella factura, su primer sentimiento fue de culpabilidad. Había dejado de escribir por decisión propia y no se arrepentía, no podía volver a las noches de insomnio, a la frustración y al fracaso. Pero en los días siguientes no pudo evitar hacerlo de nuevo. Nunca iba más allá de un pequeño párrafo, dos o tres frases. Se dio cuenta, sin embargo, de que poco a poco iba construyendo una historia. No le contó a nadie que había vuelto a coger la pluma, oficialmente era un ex-escritor, si aquella cacofonía tenía algún sentido. Pero a escondidas pronto dejó de luchar contra aquel deseo. Su cajón comenzó a llenarse de papelitos, en su cabeza pronto hubo una historia casi lista para ser escrita, a falta de estructurarla y organizarla, lo que, por supuesto, se negó a hacer. Y así continuó el resto de su vida, vaciando de cuando en cuando el cajón de papelitos y soñando con personajes que nunca llegarían a existir, más allá de unas pocas líneas garabateadas en cualquier lugar. Porque nunca volvió a escribir.

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