La decisión
Había dejado de escribir hacía meses. Por decisión propia. Desde siempre, desde que podía recordar, había mantenido una relación dolorosa con la escritura, en la que había luchado y sufrido, había intentado todo lo que un hombre puede intentar, y sólo había obtenido textos, textos nada más, escritos con corrección, bien redactados, pero en los que no había nada que pudiera considerarse literatura. Una mañana, después de una infernal noche de trabajo y sólo tres horas de sueño, se levantó con una convicción que sintió tan profunda que le dio miedo: debía dejar de escribir. No albergaba ninguna duda: nunca, por mucho que luchara, por muchas horas que dejara de dormir, sería capaz de producir literatura. Pero, curiosamente, aquella decisión tan firme, que suponía nada menos que tirar por la ventana todo lo que siempre había deseado, no le causó dolor, sino un extraño alivio. Durante los siguientes días vivió como si hubiera iniciado una nueva vida, más liviana y ociosa. Se dijo que tenía que haberlo hecho mucho tiempo atrás.
Pero un día se encontró escribiendo una pequeña nota en el reverso de una factura. Fue un acto inconsciente, casi involuntario. Había comenzado a garrapatear para entretener el tiempo y se dio cuenta de que las palabras que escribía cobraban sentido y formaban algo que podía ser el embrión de una historia. Más aún, comprendió que durante los últimos días no había dejado de pensar en aquello. Su primer impulso fue romper aquella factura, su primer sentimiento fue de culpabilidad. Había dejado de escribir por decisión propia y no se arrepentía, no podía volver a las noches de insomnio, a la frustración y al fracaso. Pero en los días siguientes no pudo evitar hacerlo de nuevo. Nunca iba más allá de un pequeño párrafo, dos o tres frases. Se dio cuenta, sin embargo, de que poco a poco iba construyendo una historia. No le contó a nadie que había vuelto a coger la pluma, oficialmente era un ex-escritor, si aquella cacofonía tenía algún sentido. Pero a escondidas pronto dejó de luchar contra aquel deseo. Su cajón comenzó a llenarse de papelitos, en su cabeza pronto hubo una historia casi lista para ser escrita, a falta de estructurarla y organizarla, lo que, por supuesto, se negó a hacer. Y así continuó el resto de su vida, vaciando de cuando en cuando el cajón de papelitos y soñando con personajes que nunca llegarían a existir, más allá de unas pocas líneas garabateadas en cualquier lugar. Porque nunca volvió a escribir.
