Cientos de cuadernos
No había sido capaz de contestar a los que le preguntaban qué iba a hacer cuando se jubilara, pero el primer día que no tuvo que ir a la oficina se levantó con la certeza de que quería dedicar los próximos años a escribir. Era una idea extraña, por eso no la comentó con su mujer durante el desayuno, y cuando ella le preguntó en qué iba a ocupar el tiempo esa primera mañana, le dijo vagamente que tenía que ir a comprar unas cosas. Ya en el supermercado, en la sección de papelería, se detuvo, un poco confuso. Cuatro libretas de espiral, de papel cuadriculado y unas cien hojas; una pluma y un par de tinteros. Con eso sería bastante, lo tenía claro. Pero bastante, ¿para qué? Nunca había escrito más que los informes de la oficina. Cierto que siempre le había gustado leer, que admiraba la capacidad de aquellos autores para inventar personas, lugares, cosas, vidas en definitiva. Pero eso no tenía nada que ver, nunca quiso ser escritor, ni siquiera se le pasó por la cabeza que también pudiera inventar mundos como aquellos.
Cuando llegó a casa con las libretas y la pluma, se sentía más seguro. Había decidido que no importaba. No sabía lo que iba a escribir, ni siquiera si sería narrativa, como era probable, o ensayo. O simplemente un diario de su jubilación. Sólo sabía que iba a escribir, y así se lo dijo a su mujer. A ella, sin embargo, no pareció sorprenderle. Probablemente lo consideraba un mero voluntarismo de recién jubilado que aún no tiene claro que va a hacer con el tiempo del que ahora dispone, y no le daba más que unos días de vida. No le dijo nada cuando se encerró en el antiguo cuarto de su hijo mayor y se sentó a la mesa en la que había estudiado su ingeniería, y durante las horas siguientes no le molestó.
Tenía la vaga idea de que debía comenzar cuanto antes, por donde fuera, sin demorarse o abandonaría el proyecto. Después de pensar un instante le salió la primera frase, casi de golpe e inusitadamente larga. Era sobre su infancia, un recuerdo de su niñez que le sorprendió. Y le asustó, porque era un mal recuerdo, un momento que, si bien no tenía escondido en el fondo de su corazón, fuera de su conciencia, solía esquivar en cuanto le asaltaba. Tal vez por eso, la segunda frase tardó más tiempo en salir y fue más titubeante. Tuvo que ponerse firme y repetirse en voz baja una y otra vez su propósito. Escribir, lo que fuera, como fuera.
Para la hora de comer tenía siete páginas cubiertas con su apretada letra. Hubiera seguido escribiendo, pero su mujer asomó la cabeza por la puerta y le anunció que tenía un plato de conejo en salsa esperándole en la mesa. Le pareció ver en su rostro una ligera sonrisa, sobre todo cuando su mirada se posó en el cuaderno, pero no dijo nada. ?l se levantó a regañadientes, sin cerrarlo, como si no quisiera archivar aún aquellos recuerdos sobre los que había estado escribiendo las dos horas anteriores. Pero cuando volvió después del café, no le apeteció seguir con ellos. En realidad, quería probar suerte con lo de inventar, sus recuerdos ya le aburrían. Sin comenzar nueva hoja, dejando únicamente un espacio en blanco, comenzó a escribir el embrión de una historia. Su personaje se le parecía sospechosamente, aunque su vida era completamente distinta a la que él había llevado. Aquello le gustó más y se dedicó a ello durante buena parte de la tarde. Luego, después de haber salido un momento del cuarto y haber oído por casualidad un informativo que escuchaba su mujer en la radio mientras corregía exámenes (a ella todavía le quedaba un año para la jubilación y estaba pensando en retrasarla porque decía que el instituto era su vida), comenzó a escribir una amarga crítica contra el gobierno, imitando las formas que tantas veces había leído en la prensa. No duró mucho tiempo en aquella actividad, poco más que una página, antes de dejar la pluma, por fin, sobre el cuaderno. Eran casi las nueve de la noche y llevaba más de tres horas escribiendo sin parar. El cuaderno tenía una apreciable cantidad de hojas escritas y él sentía aún el deseo de continuar escribiendo.
Por la noche, antes de dormirse, su mujer le pidió que le enseñara lo que había escrito con tanto ahínco durante el día, pero él se negó. Tuvo que prometerle que lo haría una vez hubiera terminado el primer cuaderno y pasado al segundo. Contestó vaguedades cuando ella le preguntó extrañada de qué se trataba y luego, durante la madrugada, que se le fue parte en vela, se descubrió pensando en cientos de cuadernos llenos de su letra. Curiosamente, se sentía feliz.
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