Archive for agosto, 2003

Cientos de cuadernos

No había sido capaz de contestar a los que le preguntaban qué iba a hacer cuando se jubilara, pero el primer día que no tuvo que ir a la oficina se levantó con la certeza de que quería dedicar los próximos años a escribir. Era una idea extraña, por eso no la comentó con su mujer durante el desayuno, y cuando ella le preguntó en qué iba a ocupar el tiempo esa primera mañana, le dijo vagamente que tenía que ir a comprar unas cosas. Ya en el supermercado, en la sección de papelería, se detuvo, un poco confuso. Cuatro libretas de espiral, de papel cuadriculado y unas cien hojas; una pluma y un par de tinteros. Con eso sería bastante, lo tenía claro. Pero bastante, ¿para qué? Nunca había escrito más que los informes de la oficina. Cierto que siempre le había gustado leer, que admiraba la capacidad de aquellos autores para inventar personas, lugares, cosas, vidas en definitiva. Pero eso no tenía nada que ver, nunca quiso ser escritor, ni siquiera se le pasó por la cabeza que también pudiera inventar mundos como aquellos.
Cuando llegó a casa con las libretas y la pluma, se sentía más seguro. Había decidido que no importaba. No sabía lo que iba a escribir, ni siquiera si sería narrativa, como era probable, o ensayo. O simplemente un diario de su jubilación. Sólo sabía que iba a escribir, y así se lo dijo a su mujer. A ella, sin embargo, no pareció sorprenderle. Probablemente lo consideraba un mero voluntarismo de recién jubilado que aún no tiene claro que va a hacer con el tiempo del que ahora dispone, y no le daba más que unos días de vida. No le dijo nada cuando se encerró en el antiguo cuarto de su hijo mayor y se sentó a la mesa en la que había estudiado su ingeniería, y durante las horas siguientes no le molestó.
Tenía la vaga idea de que debía comenzar cuanto antes, por donde fuera, sin demorarse o abandonaría el proyecto. Después de pensar un instante le salió la primera frase, casi de golpe e inusitadamente larga. Era sobre su infancia, un recuerdo de su niñez que le sorprendió. Y le asustó, porque era un mal recuerdo, un momento que, si bien no tenía escondido en el fondo de su corazón, fuera de su conciencia, solía esquivar en cuanto le asaltaba. Tal vez por eso, la segunda frase tardó más tiempo en salir y fue más titubeante. Tuvo que ponerse firme y repetirse en voz baja una y otra vez su propósito. Escribir, lo que fuera, como fuera.
Para la hora de comer tenía siete páginas cubiertas con su apretada letra. Hubiera seguido escribiendo, pero su mujer asomó la cabeza por la puerta y le anunció que tenía un plato de conejo en salsa esperándole en la mesa. Le pareció ver en su rostro una ligera sonrisa, sobre todo cuando su mirada se posó en el cuaderno, pero no dijo nada. ?l se levantó a regañadientes, sin cerrarlo, como si no quisiera archivar aún aquellos recuerdos sobre los que había estado escribiendo las dos horas anteriores. Pero cuando volvió después del café, no le apeteció seguir con ellos. En realidad, quería probar suerte con lo de inventar, sus recuerdos ya le aburrían. Sin comenzar nueva hoja, dejando únicamente un espacio en blanco, comenzó a escribir el embrión de una historia. Su personaje se le parecía sospechosamente, aunque su vida era completamente distinta a la que él había llevado. Aquello le gustó más y se dedicó a ello durante buena parte de la tarde. Luego, después de haber salido un momento del cuarto y haber oído por casualidad un informativo que escuchaba su mujer en la radio mientras corregía exámenes (a ella todavía le quedaba un año para la jubilación y estaba pensando en retrasarla porque decía que el instituto era su vida), comenzó a escribir una amarga crítica contra el gobierno, imitando las formas que tantas veces había leído en la prensa. No duró mucho tiempo en aquella actividad, poco más que una página, antes de dejar la pluma, por fin, sobre el cuaderno. Eran casi las nueve de la noche y llevaba más de tres horas escribiendo sin parar. El cuaderno tenía una apreciable cantidad de hojas escritas y él sentía aún el deseo de continuar escribiendo.
Por la noche, antes de dormirse, su mujer le pidió que le enseñara lo que había escrito con tanto ahínco durante el día, pero él se negó. Tuvo que prometerle que lo haría una vez hubiera terminado el primer cuaderno y pasado al segundo. Contestó vaguedades cuando ella le preguntó extrañada de qué se trataba y luego, durante la madrugada, que se le fue parte en vela, se descubrió pensando en cientos de cuadernos llenos de su letra. Curiosamente, se sentía feliz.

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Democracia

Hasta ahora sólo me he dedicado a escribir sobre escritura (valga la redundancia) y literatura, pero hoy no me resisto a un breve comentario sobre política. Y todo porque esta mañana iba escuchando en la radio del coche el proceso que está teniendo lugar en Gran Bretaña en relación con el suicidio de David Kelly y no he podido evitar sentir envidia. Altos cargos del gobierno británico declarando (y contradiciendose) frente al poder judicial a cuenta del enfrentamiento surgido entre el gobierno y la principal cadena de radiotelevisión pública del país. La acción de gobierno puesta en la picota por un “cuarto poder” público que no teme represalias en forma de despidos. Y todo ello sometido a escrutinio por un poder judicial realmente independiente del ejecutivo. Desde luego, tendrán otros defectos, pero en cuanto a respetar los mecanismos de la democracia nos llevan muchos años de ventaja.

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Nuevo aspecto

De momento parece que lo he conseguido, aunque no estoy totalmente seguro. Cambiar el template (vulgo plantilla), quiero decir. Llevo unos días intentándolo y parece que por fin marcha. Si observais algún problema, los poquitos que me leeis, decídmelo en los comentarios. De todas formas, lo vigilaré durante algunos días por si acaso.

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El libro de la memoria

Intentaba perpetrar un buen artículo, profundo y sesudo, sobre La invención de la soledad, de Paul Auster, que ha sido mi lectura estrella de este verano (y de los últimos meses, porque hacía tiempo que no leía algo tan interesante), pero no ha habido forma. Se ve que el verano me ha dejado un poco descargado. Por eso me voy a limitar a recomendarlo, suponiendo que haya alguien que aun no lo haya leído. Yo no lo había hecho, aunque el norteamericano es un autor que me interesa mucho y este libro es quizá la piedra fundamental de toda su escritura posterior.
No voy a resumirlo, sólo comentar que tiene dos partes tan diferenciadas que cuesta creer que pertenezcan al mismo libro. La primera es una indagación sobre lo que podría llamarse el misterio de su padre, el origen del enigmático comportamiento que adoptó siempre frente a la vida y, lo que es más importante, frente a su hijo. La segunda, la más interesante para mí, es también la más indefinible. Se titula El libro de la memoria y es, aparentemente, una reflexión sobre la memoria y la vuelta a esos recuerdos personales que el tiempo ha enterrado y que son fundamentales para comprender quienes hemos llegado a ser en el momento presente.
Me quedo con una idea, la más fundamental, la que constituye el hallazgo de Auster de la tarde de nochebuena de 1979 (creo recordar), sólo en la habitación de la calle Varick. Que aunque físicamente lo estemos (un hombre sólo en una habitación, es una imagen que se repite a lo largo de esta parte), nunca estamos solos, porque cuando comenzamos a reflexionar sobre esa soledad hemos dejado de estarlo. Los recuerdos, propios y ajenos (incluso los de la sociedad a través de la historia), pueblan nuestro interior en un caos en el que todo está presente al mismo tiempo y en el que es imposible estar solos. Mediante el mecanismo de la memoria recuperamos todos estos recuerdos, con tanta velocidad que es imposible que nuestra pluma pueda tomar nota de ellos. Por eso muchos de ellos desaparecen con la misma celeridad con la que han aparecido, perdidos para siempre o vueltos a recuperar en futuras indagaciones de la memoria.
Hay en el libro muchos otros temas, como el papel que la casualidad juega en las vidas humanas, pero es este, junto con la importancia de la paternidad (otro de los terrenos preferidos por Auster), el más destacable. Lo dicho, un libro muy recomendable.

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Talleres de escritura

Si buscamos en google la palabra “escritura”, nos encontraremos con una cierta cantidad de talleres de escritura que se anuncian en internet, tanto para enseñanza on line como presencial. Si además le agregamos la palabra “talleres”, nos aparecen ya todos los que son. Centenares. La conclusión inmediata es que la escritura creativa (que así la llaman) es una moda y un buen negocio. Cuando comencé a escribir, hace bastantes años, nunca hubiera sospechado que aquello que yo hacía casi a escondidas y que solía sorprender a mi interlocutor cuando se lo confesaba abiertamente, llegaría a ser una afición tan popular. Aunque puede que ya en aquellos años fuéramos muchos y que por culpa de esa incomprensión hayamos permanecido ocultos hasta que comenzaron a soplar vientos más favorables, con la aparición de los primeros talleres, directamente importados de Estados Unidos (y de otros países americanos, donde también parecen tener mucha importancia).
Pero a pesar de todo ese éxito, de todo el interés que suscita la escritura en tantos aficionados, no hay mucho material relacionado con ella en internet. Hay algunos textos con consejos de autores consagrados sobre la manera de enfocar la práctica de la escritura, dirigidos a principiantes; algunas páginas que recogen información de tipo práctico (cómo presentarse a un concurso literario, inscribir trabajos en el Registro de la Propiedad Intelectual y cosas así). Pero prácticamente nada de técnicas narrativas. Parece lógico que defiendan esos materiales quien los emplea como materia prima de su negocio, pero ya sabemos que si por algo se caracteriza internet es por promover el libre acceso a todo tipo de materiales, con o sin copyright. Por eso resulta extraño esa ausencia tan señalada.
Había planeado mencionar unas cuantas páginas que recogen el poco material que circula por la red, que a pesar de no referirse a cuestiones técnicas, siempre es interesante para motivarse. Pero revisando mis favoritos me he dado cuenta de que es mejor que las recoja aquí al lado, junto con los otros enlaces, para que se puedan consultar en cualquier momento, sin tener que ir a buscarlas en este post. No hay más que unos cuantos textos, aviso, que se repiten prácticamente en todas, aunque alguna, como Ciudad Seva, es mucho más completa.

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El oficio de escritor

Una de las preguntas más recurrentes que se le pueden formular a un escritor (a cualquier escritor, lo que ocurre es que algunos tienen más dificultad para contestarlas que otros, en función de la nula fama y los inexistentes ingresos que les proporciona la escritura), es por qué escribe. Es una pregunta que se ha contestado de miles de maneras diferentes: porque no puedo hacer otra cosa, para que me quieran, para huir en cierta medida de la deprimente realidad que nos rodea. Pero después de esa viene otra, más relacionada con las costumbres del escritor, con el modo de enfocar esa tarea que parece casi mágica a quienes leen con avidez y desearían atreverse a escribir: cómo escriben los escritores, de donde sacan sus ideas, cómo son capaces de crear sus personajes. Hasta ahora los autores consagrados no se han mostrado muy dados a satisfacer esas curiosidades, pero cada vez más están superando esa tradicional barrera. No sé si será que existe un cierto agotamiento en la novela (después de todo hace años que se le augura una muerte cercana), que nuestro interés por nuevas historias decae y, por el contrario, quien nos llama ahora la atención es el creador, hasta tal punto que estamos más dispuestos a comprar un libro en donde nos narre sus cuitas como escritor que una novela, que al fin y al cabo es el fin principal de su oficio. O puede que sea que ahora, con la proliferación de talleres de escritura, los escritores seamos legión, y una legión siempre ávida de conocer los secretos de sus maestros.
Y ellos, los consagrados, sensibles a nuestras demandas, comienzan a escribir sobre su trabajo. Ahora lo han hecho Enrique Vila-Matas, en “El mal de Montano”, y Rosa Montero, en “La loca de la casa”, dos libros de los que habla Susana Pezzano en su artículo de La insignia de ayer. No los he leído, no sabía siquiera de su existencia, pero como buen integrante de esta legión educada en talleres de escritura, me voy a poner inmediatamente a buscarlos.

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Esbozos y fragmentos

El sol, la playa o la montaña, la vida fuera de la madriguera, suelen ser perjudiciales para la escritura, al menos en mi caso. El hábito de trabajo, que en este ámbito es una conquista mucho más difícil y dolorosa que en otros, queda anulado por unos pocos días, no muchos pero sí suficientes como para que enfrentarse de nuevo con el espacio en blanco (digital o de origen vegetal) suponga un pequeño sufrimiento. Durante las vacaciones, aunque uno sabe perfectamente que no lo va a hacer, que todos sus torpes intentos van fracasar miserablemente, se lleva un par de cuadernos, discretos pero suficientes, y sólo aspira a producir pequeños textos, relatos mínimos, esbozos de ideas para desarrollar cuando vuelva a sentarse a la mesa, fragmentos que no sabe muy bien dónde encajarán pero que copia pulcramente por si acaso. Y se siente satisfecho de ello porque demuestran que no ha perdido el contacto del todo, que ha mantenido la maquinaria en funcionamiento. Pero es en casa, que es el refugio del invierno (a pesar del calor asfixiante), donde quedan aparcados los grandes proyectos, todavía sin terminar, momentáneamente abandonados, a la espera de que finalicen esos días de vacaciones y la levedad del verano se disipe lo suficiente como para retomar el trabajo serio otra vez.

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