Esbozos y fragmentos
El sol, la playa o la montaña, la vida fuera de la madriguera, suelen ser perjudiciales para la escritura, al menos en mi caso. El hábito de trabajo, que en este ámbito es una conquista mucho más difícil y dolorosa que en otros, queda anulado por unos pocos días, no muchos pero sí suficientes como para que enfrentarse de nuevo con el espacio en blanco (digital o de origen vegetal) suponga un pequeño sufrimiento. Durante las vacaciones, aunque uno sabe perfectamente que no lo va a hacer, que todos sus torpes intentos van fracasar miserablemente, se lleva un par de cuadernos, discretos pero suficientes, y sólo aspira a producir pequeños textos, relatos mínimos, esbozos de ideas para desarrollar cuando vuelva a sentarse a la mesa, fragmentos que no sabe muy bien dónde encajarán pero que copia pulcramente por si acaso. Y se siente satisfecho de ello porque demuestran que no ha perdido el contacto del todo, que ha mantenido la maquinaria en funcionamiento. Pero es en casa, que es el refugio del invierno (a pesar del calor asfixiante), donde quedan aparcados los grandes proyectos, todavía sin terminar, momentáneamente abandonados, a la espera de que finalicen esos días de vacaciones y la levedad del verano se disipe lo suficiente como para retomar el trabajo serio otra vez.

