Archive for septiembre, 2003

Un tiempo más grato

La literatura nos ofrece también la fascinante posibilidad de evadirnos por su portillo secreto hacia un tiempo más grato y propicio a la reflexión. El tiempo que se vive al leer una novela nos saca de nuestro tiempo histórico y nos sumerge en otro que es como un desahogo, tiempo sin esquinas ni obligaciones, que, al permitirnos ser testigos desde la sombra, aguza nuestras dotes de percepción tantas veces abotargadas cuando se trata de entender argumentos próximos. Relajada la inteligencia del hombre en el seno de ese tiempo ficticio, es capaz de aprender por la vía de la literatura muchas cosas que le conciernen y que -lo comprueba con sorpresa- le están iluminando parcelas confusas de su propia vida y proporcionándole remedios y normas aplicables a ella. Y así, al acabar de leer, reingresamos en ese tiempo que nos era ingrato provistos de una nueva lucidez, propensos a interpretar la vida como lo hacían aquellos personajes del relato cuyas desgracias y problemas nos han brindado la capacidad de identificación y a quienes hemos amado sobre todo porque nos han dejado ver sus fallos.

Carmen Martín Gaite, El cuento de nunca acabar, Anagrama, 1988

No me resisto a citar otro de los textos de mi archivo, como ya hice hace unos días.

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Dos tipos de texto

Se me ocurre que habitualmente se nos proponen (a través de todos los medios por los que nos llega información: prensa, internet, libros) dos tipos de textos. Por denominarlos de alguna manera, podríamos decir que unos son cerrados y otros abiertos. Ya sé que es una denominación un tanto imprecisa, pero resume bien la idea que trato de transmitir. El primer tipo, el cerrado, es el más frecuente. Es un texto en el que el contenido está totalmente explícito, es decir, lo que hay es lo que ves, como dicen algunos programas informáticos. Se requiere una lectura directa, todo lo más una toma de postura. Una vez leído, y adoptada esa toma de postura en su caso, no queda nada más. En realidad, es un texto informativo, que se vacía de sentido en cuanto ha cumplido su función.
El segundo tipo, el abierto, es aquel texto que no podemos leer sin tener la impresión de que, más allá de las palabras que realmente contiene, hay mucho más, que el autor solamente nos ha mostrado un vistazo de un mundo mucho más amplio, inmenso muchas veces, cuya intuición queda a nuestro albedrío. Esta segunda forma es la que adoptan normalmente los textos literarios, tanto en prosa como en poesía. La información que nos proporciona es casi nula: los pocos datos que aparecen son imprecisos y a menudo contradictorios. Pero tenemos la sensación de que ese texto tiene validez más allá de lo que dicen las palabras, intuimos que es una puerta de entrada a algo que tiene más importancia que los datos puramente objetivos. Por eso podemos volver a leerlo, no se agota con una lectura, ni dos. Está abierto, por otra parte, a diversas interpretaciones, tantas que podemos decir que no es sólo un texto, sino tantos textos como lectores ha tenido.
El problema es que muchas veces no identificamos correctamente el tipo de texto que tenemos delante, y lo leemos como el que no es. Y eso, en el caso del texto abierto, supone condenarlo a convertirse en un galimatías indescifrable.

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Ficciones

Siempre me he preguntado por qué necesitamos tanto de las ficciones. ¿Porque anhelamos sentir a través de sus personajes aquellas cosas que nuestro estilo de vida nos impide experimentar de otra manera? ¿Porque es cómodo vivir esas experiencias sin tener que asumir el riesgo que conllevan? Podríamos decir que nuestras vidas son grises y monótonas, que de esa manera, a través de los personajes con los que nos identificamos, añadimos un poco de variedad y diversión. Pero si eso fuera así, sólo elegiríamos ficciones positivas (divertidas, con final feliz) y es un hecho, aunque cada vez seamos menos los que lo hacemos, que también elegimos ficciones negativas en las que se nos presentan vidas más difíciles que las nuestras, situaciones que nada tienen de emocionante o agradable. Luego ese argumento no vale, al menos por sí solo.
Más bien creo que surgen de la necesidad de comunicarnos, de entender lo que sienten los otros. En el mundo real eso es algo muy difícil de conseguir, no podemos llegar con garantías a lo que ocurre en el interior de otro, por muy cercano que nos sea. Por eso recurrimos a las ficciones. Nos hacemos la ilusión de contemplar a otro ser humano en su totalidad, como si fuera una persona realmente existente de la que vemos todo y no solamente lo que ella misma tiene interés en mostrar.
Es un tema sobre el que se podría reflexionar largo y tendido. Tal vez lo haga más adelante.

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Recuperar el disfrute

Es la primera vez que escribo directamente en el blogger, sin pasar previamente por el tratamiento de textos, sin tirarme un buen rato pensando en un tema sobre el que escribir. Voy a colgar este post sin apenas revisarlo, tal y como me salga. El tema será, como casi siempre, la escritura, pero hoy mi escritura, no en general sino en particular. Y personalizando al máximo, justo como siempre me negué a hacer. Hay una buena razón para ello, no muy original, es cierto. Lo que me ocurre es lo que lo que Adolfo Ramirez comentó en alguna ocasión: estoy perdiendo la escritura. No es nada nuevo, qué sería de un escritor si no experimentase de vez en cuando el famoso bloqueo, sería casi un bicho raro. Ni siquiera es nada nuevo en mí: lo he experimentado con cierta frecuencia. Lo que ocurre es que ahora los períodos creativos son cada vez más cortos. Creo que cada vez disfruto menos con la escritura, incluso llego a considerarla una obligación para la que debo disciplinarme. Sé que la escritura es libertad, creatividad, experimentación. El único ámbito en que a uno se le permite jugar, disfrutar. Pero cada vez más siento la responsabilidad de escribir bien, de producir textos perfectos, literariamente apreciables. Y como siento que la mayoría de las veces no lo consigo, mi papelera acaba llena y mi carpeta vacía.
La consecuencia de todo esto es que uno se vuelve a los libros, a los apuntes de los talleres, a los consejos de los grandes. Hojea de nuevo a Natalie Goldberg, y llega a la conclusión de que, por mucho que la idea le tiente, no puede dejar de escribir. Que lo que debe hacer es ejercer esa libertad y recuperar el disfrute. Y, sobre todo, acabar con los encorsetamientos que se ha impuesto a sí mismo.

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Demencia

Si la fuerza es contagiosa, la debilidad no lo es menos: tiene sus atractivos; no es fácil resistírsele. Cuando los débiles son legión, os encantan, os aplastan: ¿cómo luchar contra un continente de abúlicos? Dado que el mal de la voluntad es además agradable, uno se entrega a él gustoso. Nada más dulce que arrastrarse al margen de los acontecimientos; y nada más razonable. Pero sin una fuerte dosis de demencia, no hay iniciativa alguna, ni empresa, ni gesto. La razón: herrumbre de nuestra vitalidad. Es el loco que hay en nosotros el que nos obliga a la aventura; si nos abandona, estamos perdidos: todo depende de él, incluso nuestra vida vegetativa; es él quien nos invita a respirar, quien nos fuerza a ello, y es también él quien empuja a la sangre a pasearse por nuestras venas. ¡Si se retira, nos quedamos solos! No se puede ser normal y vivo a la vez. Si me mantengo en posición vertical y me dispongo a ocupar el instante venidero, si, en suma, concibo un futuro, es a causa de un afortunado desarreglo de mi espíritu. Subsisto y actúo en la medida en que desvarío, en que llevo a bien mis divagaciones. En cuanto me vuelvo sensato, todo me intimida: me deslizo hacia la ausencia, hacia manantiales que no se dignan afluir, hacia esa postración que la vida debió conocer antes de concebir el movimiento, accedo a fuerza de cobardía al fondo de las cosas, completamente arrinconado hacia un abismo en el que nada puedo hacer, ya que me aísla del futuro.

Cioran, La tentación de existir, Taurus Ediciones, Madrid, 1973.

¿Quién no suscribiría este texto de Cioran? Y, sin embargo, que poca demencia nos queda, cuánto hemos de trabajar para que no desaparezca del todo y nos deje abandonados en el sofá, frente al televisor.

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