Un tiempo más grato
La literatura nos ofrece también la fascinante posibilidad de evadirnos por su portillo secreto hacia un tiempo más grato y propicio a la reflexión. El tiempo que se vive al leer una novela nos saca de nuestro tiempo histórico y nos sumerge en otro que es como un desahogo, tiempo sin esquinas ni obligaciones, que, al permitirnos ser testigos desde la sombra, aguza nuestras dotes de percepción tantas veces abotargadas cuando se trata de entender argumentos próximos. Relajada la inteligencia del hombre en el seno de ese tiempo ficticio, es capaz de aprender por la vía de la literatura muchas cosas que le conciernen y que -lo comprueba con sorpresa- le están iluminando parcelas confusas de su propia vida y proporcionándole remedios y normas aplicables a ella. Y así, al acabar de leer, reingresamos en ese tiempo que nos era ingrato provistos de una nueva lucidez, propensos a interpretar la vida como lo hacían aquellos personajes del relato cuyas desgracias y problemas nos han brindado la capacidad de identificación y a quienes hemos amado sobre todo porque nos han dejado ver sus fallos.
Carmen Martín Gaite, El cuento de nunca acabar, Anagrama, 1988
No me resisto a citar otro de los textos de mi archivo, como ya hice hace unos días.
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