Archive for Noviembre, 2003

La vuelta del cine de terror

darkwater.jpg
Desde hace algún tiempo me siento de enhorabuena. Por una razón muy tonta: el cine de terror vuelve a estar de moda. Colecciono (más bien grabo lo que puedo) películas del género y hasta ahora sólo había podido verlas en el salón de mi casa, de madrugada, cuando el resto de mi familia descansa. Ahora las puedo ver en la pantalla grande, lo cual es un lujo, pero no es eso lo que más me importa, sino que ya no tengo la sensación de ser una especie de mutante aficionado a las más extrañas aberraciones. Ahora sé que mi afición es compartida, al menos por los productores de Hollywood, lo cual me reconforta algo.

Sin embargo, las últimas que he visto y disfrutado no provienen de aquel lugar, sino de otros tan exóticos como Japón o Hong Kong. Son tres películas que me han sorprendido, sobre todo porque han logrado que vuelva a creerme algo tan manido como las apariciones de fantasmas. Ringu (o The ring), Dark Water y The eye (que es la de Hong Kong) no son películas de casquería o de asesinato de adolescentes, sino de eso, de fantasmas. Y su virtud es, precisamente, que la aparición de una figura surgiendo de la pantalla del televisor (Ringu) no resulta ridícula, como si me resultaría, sospecho, si la película fuera de la serie de Screem y similares.

Ringu tiene una versión made in hollywood y puede que las otras lleguen a tenerla, si no la tienen ya. Pero no me interesa demasiado verlas. Sobre la de Ringu me han dicho quienes la han visto que es mucho más efectista, que da más miedo, por decirlo claramente. No lo dudo, pero me quedo con el tempo más pausado de los japoneses, con la parquedad de sus diálogos y con sus apariciones fantasmales, más creibles (para mí) precisamente por su ausencia de efectismo.

Sobre The eye hay que hacer una matización. Y es que el final desdice del resto de la película. Da la impresión que los hermanos Pang se recrearon en esas imágenes impagables (sobre todo las del hospital, cuando la protagonista acaba de recuperar la vista y aún no es capaz de determinar si esas extrañas imágenes pertenecen o no a la realidad), pero luego, con la película cerca de su final, decidieron que había que hacer algo para ganarse el mercado norteamericano. Es la única explicación que se me ocurre para ese final tan apocalíptico que tan poco tiene que ver con el resto de la película y que a punto está de estropearla.

Una dedicación personal

trastienda.jpg

La trastienda del escritor. Una vocación y un oficio, de Pepa Roma, es mucho más que uno de esos libros sobre escritura, principalmente dirigidos a talleristas, que tan de moda están ahora. Aquí se pretende dar una imagen integral de lo que supone el trabajo y la vida del escritor, con un paseo por todos los elementos que conforman esa vida, desde los comienzos hasta la consagración. Si algo me queda claro después de la lectura de este libro, es que la escritura es una dedicación estrictamente personal, que no se manifiesta de manera similar ni siquiera en dos escritores cualesquiera que podamos considerar. Cada uno tiene su manera de enfrentarse a ella, su manera de concebir sus trabajos, de escribirlos, de corregirlos. Por eso, los consejos de escritores que se recogen en tantos sitios (uno de ellos justo aquí al lado) no pueden ser tomados más que como curiosidades. A pesar de haber sido asiduo de talleres de escritura en el pasado, cada vez estoy más convencido de que en este oficio (o afición, que es lo que es para mí) la única forma de aprender es escribir sin descanso, y leer, pero leer fundamentalmente las obras. Los libros de consejos quedarían únicamente como una curiosidad a la que uno puede asomarse de tanto en tanto.

Literatura “fría”

gao-xingjian.jpg
Y un buen ejemplo de esos francotiradores de los que hablaba Carmen Martín Gaite en mi post anterior lo tenemos en los escritores. O por lo menos lo eran en otros tiempos. Siempre se ha hablado de escritores comprometidos, de hecho era una de las primeras nociones que uno aprendía a asociar a la literatura cuando estudiaba la materia en el bachillerato. Y, sin embargo, creo que nunca se ha llegado a entender correctamente, a pesar de que es muy sencilla: un escritor sólo debe estar comprometido con su obra. Lo demás viene a través de ella, a través de la sensibilidad que se manifiesta en ella.

Pero la sociedad siempre ha entendido otra cosa, ha entendido que el compromiso era con los valores generalmente aceptados en el momento que el autor había tenido la suerte o la desgracia de vivir. Por eso siempre se espera del escritor que los defienda y si no lo hace se le considera un traidor. Un traidor a la democracia, un traidor a las ideas de igualdad de sexos (ahí tenemos un caso reciente), o como en la sociedad de la que ha formado parte Gao Xingjian, a la revolución. De eso es de lo que habla en este artículo, al que he llegado a través de Libro de notas. El escritor chino defiende lo que llama literatura “fría”, una literatura que sólo estaría comprometida consigo misma, que nada tiene que ver con la política, que es una actividad puramente intelectual. Evidentemente, la postura del nobel chino es, quizá, demasiado radical. Aquí, en occidente, sospecho que no se entiende demasiado bien ese “el arte por el arte” que parece defender Gao Xingjian, pero debemos darnos cuenta de que procede de una sociedad en la que ese compromiso del que hablábamos se convierte casi en una obligación. De ahí su rechazo a toda componenda que pueda influir en su literatura, incluso a la que implica la sociedad de consumo, que para nosotros es tan habitual que ni siquiera nos la cuestionamos.

No he leído la obra de Gao Xingjian, pero tengo la impresión de que ni siquiera se le puede adjudicar la etiqueta de “francotirador”. Quizá la de “lobo estepario” (en sentido no peyorativo, por supuesto) sea la que más le convenga.

Francotirador

martingaite.jpg
Manía de colgarle de antemano letreros al narrador, de vincular lo que dice con su personalidad, con su presunta ideología. ¿Y si no tuviera otra que la que se configura a través de las palabras que va tejiendo? Estamos deteriorados por el abuso de un oído polémico. La España de los abogados, de las defensas, de las banderías. ¿Pero tú quién eres para decir eso? ¿De qué bando eres tú? Y si se contesta: “de tal bando”, ya hay un apaciguamiento por parte del oyente; a la tempestuosa urgencia por clasificar sucede la calma chicha. “¡Ah!, bueno, entonces ya sé lo que me vas a decir, sé a qué atenerme. Paso a preparar mi defensa o mi adhesión.” Para que todo quede atado y bien atado, ha llegado a adjudicarse letrero incluso a lo que no admite ninguno, porque no le gustan, porque se los sacude todos: a ése se le llama “francotirador”.

Carmen Martín Gaite, El cuento de nunca acabar

Navegando

Navegando por el mar de las bitácoras, me encuentro con algo que no es bitácora (propiamente dicho) pero recoge material sobre el vicio de escribir. Nada especial es la página personal de Mariana Torres, alumna del Taller de Escritura de Madrid, al que un día yo también acudí con la esperanza de aprender a escribir. En mi caso fue una esperanza vana (por mi culpa, ellos hicieron todo lo posible por enseñarme), espero que en el de Mariana Torres no lo sea. En todo caso, su página recoge, como ya he dicho, fragmentos sobre técnicas de escritura, cuentos de grandes autores y curiosidades. Lo bastante para merecer una visita larga (supongo que yo volveré con frecuencia).

El móvil y el amor

Jose C. publica en su bitácora un cuento corto de Juan José Millás titulado El móvil. Le he dejado un comentario, pero no me he quedado tranquilo, tal vez porque justo acabo de comprarme un móvil, yo que siempre me había negado a utilizarlo. Le decía en el comentario que el móvil no es sólo un teléfono, otro aparato más en nuestras vidas. Como todos los otros, nos sirve para prolongar nuestras naturales capacidades de comunicación. Pero hay algo más. Cuando alguien nos llama, parece hablarnos directamente dentro de nosotros mismos, en una especie de telepatía tecnológica. Por eso el móvil es el más personal de los teléfonos, y yo nunca me he sentido cómodo llamando al de un desconocido, por más que tuviera que comunicarle algo de su interés.

También por eso es el más adecuado medio tecnológico para el amor. Un teléfono fijo, aunque sepamos que es el de la casa del objeto de nuestro amor y sólo él puede contestar, parece que siempre está más expuesto a que lo coja cualquiera. Un móvil no. En realidad, cuando contestamos el móvil de otra persona, nos convertimos un poco en ella, usurpamos de alguna manera su personalidad. De ahí el interés de este relato de Juan José Millás. ¿Quién no ha soñado alguna vez en usurpar el puesto de alguien en un amor del que nos sentimos envidiosos?

Por qué escribo

Lo explica George Orwell en este largo artículo al que he llegado a través de Periodista digital. Orwell (ahora que estamos en el centenario de su nacimiento tal vez este feo decirlo) es un escritor que ha perdido relevancia con el paso del tiempo. Su carácter de escritor político, panfletario en ocasiones, como el mismo reconoce, ha ligado parte de su obra a unas circunstancias muy concretas que poco a poco van alcanzando la consideración de históricas. Sin embargo, quedará como el autor de 1984 y de ese “Gran hermano” que todo lo ve, aunque la mayoría de los que usan esa expresión no sepan de donde procede.

El kitsch

Releyendo a Milan Kundera (La insoportable levedad del ser) me encuentro con la muy interesante teoría del kitsch, una teoría fascinante que puede aplicarse a todo tiempo y lugar. El kitsch, según Kundera, es la negación absoluta de la mierda, la eliminación de todo lo que en la existencia humana se considera inaceptable. Kundera se refiere fundamentalmente al ámbito político, en concreto al sistema comunista que durante tantos años imperó en su país. El kitsch comunista era una máscara de belleza que se colocaba el régimen y que se plasmaba fundamentalmente en las festividades del primero de mayo. Pero el kitsch no es privativo de ese sistema político: es en realidad el ideal estético de todos los partidos políticos y de todo tipo de movimiento. Lo que ocurre es que en un sistema en el que coexisten varias corrientes políticas, éstas se contrarrestan y es posible escapar a él. Pero cuando existe un solo movimiento político que detenta todo el poder, ya no hay nada que hacer. Es el kitsch totalitario, del que ya no se puede huir.

El kitsch es la negación de la fealdad, de la existencia de una cara negativa o siniestra en cualquier movimiento político. Una de sus características es no admitir discrepancias, más aún, ni siquiera admite preguntas. Porque todas las respuestas ya están dadas. Quien busca más, quien pregunta, es simplemente molesto: se le ignora, se le acusa de derrotista, de poco patriota. Hay una imagen oficial, fuera de la cual no existe nada y no se puede opinar nada.

Salvando las lógicas distancias, ¿a qué suena todo esto?