Archive for diciembre, 2003

Empacho navideño

Pascal
Mi torpeza informática (que ha dejado fuera de juego mi ordenador doméstico) y las vacaciones navideñas me han alejado durante todo este tiempo de la bitácora. Si a eso unimos que la necesaria dedicación a mis hijas y los compromisos familiares también me han alejado de la lectura (andaba enfrascado en el segundo tomo de los Ensayos de Montaigne: lo he recuperado esta mañana, mientras venía al trabajo), tenemos como resultado que no hay mucho que comentar en este post, y menos referido a libros. Como no sea…, que en uno de esos típicos días de resaca navideña en los cuales nadie espera que vayas a su casa o se deja caer por la tuya, me acerqué hasta la FNAC y coseché tres tomos muy prometedores. La vida, instrucciones de uso, de Georges Pèrec, que hace tiempo tenía ganas de leer (supongo que es el título lo que me atraía); Como una novela, de Gabriel Pennac, una reivindicación de la lectura sobre la que he encontrado muchas referencias (no tenía intención de comprarla, no la buscaba, fue uno de esos encuentros felices que a veces uno tiene en las librerías); y un clásico que tengo en e-book, pero que he preferido comprarme en papel (lo siento, José, pero uno no puede evitar el vicio de tocar la literatura), los Pensamientos de Pascal. Si a eso le unimos un clásico del cine de terror poco conocido (La legión de los hombres sin alma, ahora mismo no recuerdo quién es el director), tenemos que salí de allí muy contento, con ganas de llegar a casa para hojear con detenimiento mis piezas. Por el momento las he colocado en la estantería y refrenaré mi deseo de hincarles el diente hasta que no haya acabado con Montaigne. Pero prometo hablar de ellas cuando las lea.

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Fahrenheit 451

De Fahrenheit 451, más que la novela o la película, recuerdo la idea en sí. Cuando leí la novela, me pareció fascinante, la metáfora perfecta de la censura, un país en el cual no sólo está prohibido decir, o leer determinados libros, está prohibido poseer cualquiera. En definitiva, está prohibido pensar. Y para evitar tentaciones hay un cuerpo de bomberos cuya función es, paradójicamente, provocar fuegos, grandes piras en las que quemar esos productos perniciosos que impulsan a los ciudadanos a examinar la realidad con ojos críticos y a rebelarse contra el poder. Un poder que, como todos los poderes, incluidos los democráticos, los querría tranquilos, con la mente llena de esas imágenes que aparecían en las pantallas eternamente encendidas.

Pero la censura nunca necesitó procedimientos tan expeditivos como el que imaginó Ray Bradbury. Inventó el procedimiento perfecto, el procedimiento que, sin prohibir ningún libro, sin censurar la teórica libertad de expresión, iba a conseguir el mismo efecto: que esos libros tan odiados no fueran leídos. El sistema es muy sencillo, se trata unicamente de rodear esos libros de montañas de productos con forma similar, compuestos también de palabras, pero sin nada que ver con las ideas o la inteligencia. Sobre cualquier tema, preferentemente relacionado con las imágenes que continúan apareciendo en nuestras pantallas eternamente encendidas. De esa manera se consigue crear tal confusión de textos y de mensajes, que los realmente válidos pasan completamente desapercibidos, quedan ahogados entre la hojarasca. Para que los que aún insisten en leer, los pocos que no se conforman ya con lo que vomitan las pantallas eternamente encendidas, tengan mucho donde elegir (y les cueste tanto hacerlo que al final opten por aceptar lo que otros -el mercado, los críticos- han elegido para ellos).

Por eso me hacen tanta gracia las campañas de fomento de la lectura y las pegatinas con poesías que decoran los vagones del metro.

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Los animales

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¿Es el hombre un animal más? ¿Tienen derecho los animales? En estas dos preguntas se cifra el primer debate de DialBit, de Diálogo y Bitácoras, una iniciativa interesante, semejante a algo que proponía yo un par de anotaciones atrás y que ya había visto reflejado en otras bitácoras. El debate no tiene nada que ver con mi tema, o sí, porque estos días precisamente he encontrado algo relacionado con él en los Ensayos de Montaigne. Sostiene Montaigne que la pretensión del hombre de ser superior a los animales es infundada, que en muchas cosas nos igualan o nos superan, sin que nosotros sepamos valorarlo porque

Es la presunción nuestra enfermedad natural y original. El hombre es la criatura más calamitosa y frágil de todas, y al mismo tiempo, la más orgullosa. Se siente y se ve colocada aquí, entre el lodo y el excremento del mundo, ligada y clavada a la parte peor, más muerta y vil del universo, en el nivel más bajo de la morada y el más alejado de la bóveda celeste, con los animales de la peor condición; y se coloca con la imaginación por encima del círculo de la luna poniendo el cielo a sus pies. Es por la vanidad de esa misma imaginación por lo que se iguala a Dios, se atribuye cualidades divinas, se elige a sí mismo y se separa de la multitud de las demás criaturas, divide las raciones para los animales sus congéneres y compañeros y les reparte la porción de facultades y de fuerzas que a él le parece. ¿Cómo conoce, mediante el esfuerzo de su inteligencia, los movimientos internos y secretos de los animales? ¿De qué comparación entre ellos y nosotros deduce la necedad que les atribuye?

Tal vez Montaigne es demasiado duro con la especie humana, pero es posible que sí, que sea presunción nuestra el considerar a los animales incapaces de pensar, entendiendo pensar como la capacidad de resolver problemas. Tal vez el instinto natural que les atribuíamos no sea tal y como nosotros lo imaginamos. En todo caso, las respuestas a las preguntas que formula la bitácora Boulé es sí, en los dos casos. El hombre es un animal más, con una evolución distinta a la del resto (la nota diferenciadora, además del mayor desarrollo de la inteligencia, es creo yo la conciencia de sí mismo), pero animal al fin y al cabo. La evolución podría haber favorecido a otra especie y habernos dejado a nosotros eternamente colgados de los árboles. Por eso, porque el hombre es un animal más, porque entre la nuestra y algunas otras especies las diferencias no son tan profundas como solemos pensar, está claro que los animales también tienen derechos que deben ser respetados.

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La honestidad en la escritura

En sus Ensayos, Montaigne se plantea un reto al que nadie se había enfrentado hasta entonces: escribir desde su yo, plasmar en sus escritos su visión personal de las cosas. Él mismo nos confiesa que su discernimiento no es el mismo frente a todos los problemas que llega a plantearse, que algunos le superan con mucho, pero que todos afronta aunque lo haga reconociendo simplemente su incapacidad para ir más allá de una mera exposición superficial. No pretende sentar cátedra, ni analizar exhaustivamente ninguno de ellos, porque no es ese el planteamiento desde el cual escribe. Y jamás pretendo tratarlos por entero. Pues de nada puedo ver el todo. Aquellos que prometen mostrárnoslo, no lo hacen. De cien partes o rostros que cada cosa tiene, tomo uno de ellos, ya sólo para lamerlo, ya para rozarlo, ya para pellizcarlo hasta el hueso. Penetro en él, no con amplitud sino con la mayor profundidad que puedo. Su sistema es aparentemente imperfecto, ya que no puede aspirar a lograr un análisis exhaustivo de los temas, pero es muy personal. Sus escritos son el fruto de su exploración interior. No engaña a nadie, no pretende ser más de lo que es (que ya es suficiente), y escribe con la humildad del que se sabe incapaz de satisfacer todas las expectativas. No hay, en sus escritos, grandilocuencia, pretenciosidad, deseo de lucirse. Sólo honestidad.

No hay, pues, que temer a la censura. Ni a esas críticas que a veces nos desalientan. Escribir desde nuestro yo, sin pretender ser nada más que nosotros mismos, con la honestidad que practicaba Montaigne. Sin tener miedo a ningún tema, porque en cualquiera de ellos solo pretendemos dar una opinión, ofrecer nuestra forma de verlo, siempre abierta a otras opiniones, a otros matices. En último término, la única persona a quien debemos satisfacer por completo es a nosotros mismos. Bien si nos leen, todos lo deseamos, pero tener lectores es algo que se debe dar por añadidura: si somos capaces de deleitarnos a nosotros mismos, probablemente también lo consigamos con los demás.

La filosofía de Montaigne, su actitud ante la escritura, me parece la más apropiada para una bitácora personal.

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Coloquio

Hace unos quince días, Jose C. proponía comenzar una especie de coloquio entre bitácoras que fuera más allá de los meros comentarios. Entonces no recogí la propuesta, más que nada por desidia, no porque me pareciera mala idea. El tema era el compromiso político del escritor, mejor dicho la postura del escritor, su identificación con un lado u otro del espectro político, y la incidencia que esa identificación podría tener en su producción literaria. Debo decir que el tema también me apasiona, y más en estos tiempos en los que, sin darnos cuenta, asistimos a una cierta reaparición de la pasión política. Así que, si el tema os interesa, a cualquiera de los que me leeis, podríamos iniciar el coloquio, empleando para ello tanto el sistema clásico de los comentarios como las propias bitácoras. Cuando querais.

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El terror y el cómic

Ya conoceis por una anotación anterior mi faceta de aficionado al cine de terror. El tema también me interesa en el ámbito de la literatura (Lovecraft, por supuesto), pero nunca me había ocupado del mundo del cómic. Tal vez por lo mismo que dice Rafael Marín en este artículo: porque nunca me había parecido que dieran auténtico miedo.

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Botella al mar

Ernesto Sabato
¿Sentirían otros escritores lo que él experimentaba ante un desconocido que ha leído sus libros? Una mezcla de vergüenza, curiosidad y temor. A veces, como en ese momento, era un chico, un estudiantes que lleva las insignias de sus tribulaciones y amarguras, y entonces trataba de imaginarse por qué leía sus libros, qué páginas podrán ayudarlo en sus ansiedades, y cuales, por el contrario, sólo servirían para intensificarlas; qué fragmentos marcaría con ferocidad o alegría, como prueba de su rencor contra el universo, o como confirmación de una sospecha sobre el amor o la soledad. Pero otras veces era un hombre, una dueña de casa, una mujer de mundo. Lo que más le asombraba era esa variedad de seres que pueden leer el mismo libro, como si fueran muchos y hasta infinitos libros diferentes; un único texto que no obstante permite innumerables interpretaciones, distintas y hasta opuestas, sobre la vida y la muerte, sobre el sentido de la existencia. Porque de otro modo resulta incomprensible que apasionase a un muchacho que piensa en la posibilidad de asaltar un banco y a un empresario que ha triunfado en los negocios. “Botella al mar”, se ha dicho. Pero con un mensaje equívoco, que puede ser interpretado de tantas maneras que difícilmente el naufrago sea localizado. Más bien una vasta posesión, con su castillo bien visible, pero también complicadas dependencias para sirvientes y súbditos (en alguna de las cuales tal vez esté lo más importante), cuidados parques pero también enmarañados bosques con lagunas y pantanos, con temibles grutas. De modo que cada visitante se siente atraído por partes diferentes del vasto y complejo dominio, fascinado por las oscuras grutas y disgustado por los cuidados parques, o recorriendo con temeroso furor las grandes ciénagas pobladas de serpientes mientras otros escuchan frivolidades en los salones estucados.

Ernesto Sabato, Abbadón el exterminador

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