Botella al mar

¿Sentirían otros escritores lo que él experimentaba ante un desconocido que ha leído sus libros? Una mezcla de vergüenza, curiosidad y temor. A veces, como en ese momento, era un chico, un estudiantes que lleva las insignias de sus tribulaciones y amarguras, y entonces trataba de imaginarse por qué leía sus libros, qué páginas podrán ayudarlo en sus ansiedades, y cuales, por el contrario, sólo servirían para intensificarlas; qué fragmentos marcaría con ferocidad o alegría, como prueba de su rencor contra el universo, o como confirmación de una sospecha sobre el amor o la soledad. Pero otras veces era un hombre, una dueña de casa, una mujer de mundo. Lo que más le asombraba era esa variedad de seres que pueden leer el mismo libro, como si fueran muchos y hasta infinitos libros diferentes; un único texto que no obstante permite innumerables interpretaciones, distintas y hasta opuestas, sobre la vida y la muerte, sobre el sentido de la existencia. Porque de otro modo resulta incomprensible que apasionase a un muchacho que piensa en la posibilidad de asaltar un banco y a un empresario que ha triunfado en los negocios. “Botella al mar”, se ha dicho. Pero con un mensaje equívoco, que puede ser interpretado de tantas maneras que difícilmente el naufrago sea localizado. Más bien una vasta posesión, con su castillo bien visible, pero también complicadas dependencias para sirvientes y súbditos (en alguna de las cuales tal vez esté lo más importante), cuidados parques pero también enmarañados bosques con lagunas y pantanos, con temibles grutas. De modo que cada visitante se siente atraído por partes diferentes del vasto y complejo dominio, fascinado por las oscuras grutas y disgustado por los cuidados parques, o recorriendo con temeroso furor las grandes ciénagas pobladas de serpientes mientras otros escuchan frivolidades en los salones estucados.
Ernesto Sabato, Abbadón el exterminador
