Fahrenheit 451
De Fahrenheit 451, más que la novela o la película, recuerdo la idea en sí. Cuando leí la novela, me pareció fascinante, la metáfora perfecta de la censura, un país en el cual no sólo está prohibido decir, o leer determinados libros, está prohibido poseer cualquiera. En definitiva, está prohibido pensar. Y para evitar tentaciones hay un cuerpo de bomberos cuya función es, paradójicamente, provocar fuegos, grandes piras en las que quemar esos productos perniciosos que impulsan a los ciudadanos a examinar la realidad con ojos críticos y a rebelarse contra el poder. Un poder que, como todos los poderes, incluidos los democráticos, los querría tranquilos, con la mente llena de esas imágenes que aparecían en las pantallas eternamente encendidas.
Pero la censura nunca necesitó procedimientos tan expeditivos como el que imaginó Ray Bradbury. Inventó el procedimiento perfecto, el procedimiento que, sin prohibir ningún libro, sin censurar la teórica libertad de expresión, iba a conseguir el mismo efecto: que esos libros tan odiados no fueran leídos. El sistema es muy sencillo, se trata unicamente de rodear esos libros de montañas de productos con forma similar, compuestos también de palabras, pero sin nada que ver con las ideas o la inteligencia. Sobre cualquier tema, preferentemente relacionado con las imágenes que continúan apareciendo en nuestras pantallas eternamente encendidas. De esa manera se consigue crear tal confusión de textos y de mensajes, que los realmente válidos pasan completamente desapercibidos, quedan ahogados entre la hojarasca. Para que los que aún insisten en leer, los pocos que no se conforman ya con lo que vomitan las pantallas eternamente encendidas, tengan mucho donde elegir (y les cueste tanto hacerlo que al final opten por aceptar lo que otros -el mercado, los críticos- han elegido para ellos).
Por eso me hacen tanta gracia las campañas de fomento de la lectura y las pegatinas con poesías que decoran los vagones del metro.
