Archive for enero, 2004

El deseo de repetir

Dice Milan Kundera (en La insoportable levedad del ser) que la felicidad es el deseo de repetir. No recuerdo sus palabras exactas, pero la idea es que la vida idílica es aquella en la cual repetimos una y otra vez los mismos actos y eso nos causa felicidad. Dice incluso más, que lo que ocurre una sola vez es como si no ocurriera nunca. Son ideas chocantes en una sociedad en la que la repetición es sinónimo de rutina, en la que se desean fundamentalmente novedades, en la que uno no pasa dos veces por la misma experiencia si puede evitarlo, porque entiende que ese acto repetido es tiempo perdido, tiempo que podía haberse dedicado a realizar otro acto completamente nuevo.

Pero la idea de Kundera tiene todo el aspecto de ser acertada. Después de todo, se considera a la infancia como uno de los períodos más felices de la vida, sino el que más. Y la infancia es un permanente deseo de repetir, de ver hasta la saciedad la misma película o jugar al mismo juego una y otra vez. Y el enamoramiento, otro de los sucesos más felices de la vida, es también el deseo de repetir, de estar haciendo constantemente las mismas cosas con la misma persona (al menos durante la fase de la pasión, que luego ya vendrá el anhelo de novedades).

Sin embargo, el modelo de sociedad en el que vivimos fomenta todo menos la repetición. Presenta otro modelo distinto de felicidad, basado en la idea contraria. No podemos instalarnos en algo permanentemente, tenemos de cambiarlo cada poco tiempo por algo más nuevo, más interesante, más felicitario. Lo que causa felicidad se consume rápido, tan rápido que la idea de felicidad va asociada a esta misma rapidez. Pero como también dice Kundera, lo que ocurre una sola vez es como si no ocurriera nunca. Lo que consumimos con tanta premura (libros, discos, películas, por poner un ejemplo) nos atraviesa con tal ligereza, que no tardaremos en olvidarlo. Como si no hubiera ocurrido nunca. Y lo peor es que a veces parece no haber ocurrido, no haber existido. Muchos de esos sucesos culturales de los que hablo no tardan en pasar de moda y sumirse en el olvido. A lo sumo, uno recuerda haberlos leído/visto/escuchado, recuerda de que iban. Pero poco más. Y tampoco estaría dispuesto a volver a ellos, porque ya hay otros que están reclamando su atención.

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La libertad según Paul Auster

Al ver mi obra en retrospectiva, me doy cuenta de que se mueve entre esos dos polos: el confinamiento y el vagabundeo: el espacio abierto y el espacio hermético. Al mismo tiempo, esto encierra una curiosa paradoja: cuanto más encerrados están los personajes de mis libros, más libres parecen ser. Y cuanta más libertad tienen para vagar, más perdidos y confusos están. Así que, de manera curiosa, hay una inversión de expectativas en esos dos estados. En mi primer libro en prosa, “La invención de la soledad”, hay un largo párrafo acerca de mi amigo el compositor, el hombre que llamo “S”. Vivían en un espacio mínimo, el más diminuto que he visto nunca. Y sin embargo, probablemente su inteligencia era la más grande que he conocido, y lograba habitar ese espacio como si fuese totalmente libre. Más recientemente, un personaje como Nashe, en “La música del azar”, es un trotamundos. Se pasa todo un año recorriendo Estados Unidos, y sin embargo, en cierto sentido, es un prisionero. Le aprisiona la idea de libertad que él mismo se ha creado. Pero para él la libertad no es posible hasta que se detiene y se instala en algún sitio y asume la responsabilidad de algo, de alguien.

Hay un paradójico movimiento de vaivén entre ambos personajes, pero ninguno representa lo que uno imaginaría al principio. Creo que lo que me resulta estimulante de todo esto no es la idea de viajar a un destino elegido de antemano, sino el hecho de explorar lo desconocido. Tal como hizo Cabeza de Vaca, por ejemplo, el primer hombre blanco que puso pie en América del Norte. Es una historia de extravíos, de errancias sin fin, de nunca saber lo que va a pasar. Como escribir, supongo, al menos tal como yo lo hago. Cada día emprendo un viaje hacia lo desconocido y sin embargo estoy todo el tiempo sentado en mi habitación. La puerta está cerrada, nunca me muevo, y sin embargo el confinamiento me proporciona una absoluta libertad: de ser quien yo desee, de ir donde me lleven mis pensamientos.

Paul Auster, Experimentos con la verdad

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París no se acaba nunca

París no se acaba nunca
Pero por desgracia el libro de Enrique Vila-Matas, sí. Y digo libro porque es difícil definirlo. No es una novela, ni un ensayo; tiene mucho de autobiográfico, pero no es un libro de memorias. Es todo eso junto. Vila-Matas nos narra sus años (escasos) de aprendizaje del oficio de escritor en París, adonde había ido movido por las mismas razones que animaron a otros escritores a encarar la aventura parisina antes que él. Fue en pos de uno de ellos, de uno sólo, del que era su modelo literario: Hemingway. Para el norteamericano, París fue una fiesta, en París fue muy pobre pero muy feliz. A Vila-Matas le ocurrió lo contrario, acudió allí en busca de algo que no sabía bien qué era, pero que debía ayudarle a escribir. Algo que le sirviera para aprender. Como su héroe literario fue también muy pobre, pero no encontró ni asomo de esa felicidad de la que hablaba Hemingway.
Y eso es lo que nos narra en este libro. Deshace el mito según el cual hay alguna relación entre la pobreza y la autenticidad. Esos años de incertidumbre, de total anonimato, no tuvieron para él nada de felices. Entró en contacto con escritores (su casera fue nada menos que Marguerite Duras), les pidió consejo, trató de aprender de ellos. Y con tremendas dificultades consiguió escribir su primera novela, casi a pesar de esos consejos más que gracias a ellos. Pero no logró formar parte del mundo literario de París, no logró abrirse camino, ni siquiera ser tenido en cuenta como aprendiz del oficio, como un talento con futuro. Posteriormente aprendió la ironía, y gracias a ella consiguió sacar algo en claro de aquellos dos años en París. Pero eso ya fue de vuelta en España, en Barcelona, a donde decidió regresar unos días después de que la buhardilla que habitaba se quedara sin luz por falta de pago.
Vila-Matas habla del vacío, de la soledad, del aburrimiento. Pero también habla de la confusión del escritor principiante que era en aquella época, obsesionado por encontrar quien le diera unas indicaciones prácticas que le permitieran emprender su trabajo literario con ciertas garantías de éxito. Y lo que aprendió es que no hay instrucciones a seguir, que cada uno se construye su propio camino, que el único consejo que se podía tener en cuenta era el que Raymond Queneau le dio a Marguerite Duras años atrás: ?Usted escriba, no haga otra cosa en la vida?.

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Garabatos

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Cuando se alcanza un cierto nivel, o uno cree que lo ha alcanzado, en la práctica de la escritura, las metas que nos imponemos suelen ser más ambiciosas. Nos olvidamos entonces de una de las máximas que todos los profesores de escritura creativa repiten una y otra vez: no dejes de escribir, cualquier cosa, simples ejercicios, borradores. Escribe sobre algún recuerdo especialmente querido o sobre algo que te ha ocurrido esta misma mañana, por más banal que sea. Pero escribe siempre, sin dejar de hacerlo ni un solo día. Sentimos que esa es una etapa ya superada y que esos consejos sólo son útiles a principiantes menos avezados que nosotros. Lo nuestro es otra cosa, tiene otro empaque. Ya no escribimos ejercicios de estilo porque ya no cogemos la pluma ?o el ordenador? si no es para algo de mayor enjundia, un relato o incluso una novela. Y nos resistimos a abandonar esas altas miras incluso cuando nos hallamos sumidos en el bloqueo. Porque hacerlo sería un retroceso, un reconocer que tal vez nos exigíamos demasiado y que esa exigencia ha terminado con el placer que la escritura debe producir. Que es el primero y más importante motivo por el cual escribimos.

Un escritor bloqueado ante su novela, incapaz ya de disfrutar con la escritura porque esta se ha convertido en una labor casi académica, como aquellos trabajos que nos encargaban en la universidad, no tiene mejor opción para salir de donde se encuentra que volver a los consejos que con tanto entusiasmo nos daba Natalie Goldberg: escribir, escribir y escribir. Sentarse frente al ordenador o al papel en blanco y escribir la impresión que nos ha causado conocer por fin a la nueva novia de nuestro mejor amigo, o relatar con todo detalle el placer que sentimos mientras pintábamos nuestra habitación preferida de otro color. Banalidades, por otra parte, para un auténtico novelista. Lo malo es que con el bloqueo hemos dejado de ser novelistas y nos hemos vuelto a convertir en niños que hacen garabatos en una hoja de papel, y como ellos tenemos que empezar de nuevo desde el principio, aprender de nuevo, experimentar de nuevo lo que se siente la primera vez que uno se enfrenta a las palabras. Pero no se trata de escribir de cualquier manera, textos a los que nunca volveremos y que intuimos plagados de errores; es escribir, sólo escribir, como lo hacíamos al principio, cuando no creíamos que nuestros textos pudieran llegar a gozar del aprecio de otros y nos sentíamos en plena libertad de escribir lo que nos apetecía. La única meta que nos planteábamos entonces era llegar a satisfacernos, aunque fuera por la mínima, a nosotros mismos. Corregíamos una y otra vez, hasta que nos convencíamos de que, por mucho que lo intentáramos, aquel texto no iba a ser mejor de lo que era, que habíamos tocado nuestro techo de entonces. Y esa convicción no nos amargaba el día porque sabíamos que estábamos aprendiendo y que a nuestro alcance, como al de cualquiera, se hallaba la posibilidad de escribir bien, al menos de ser capaces de narrar una historia correctamente. Y esa convicción, la de que estamos aprendiendo, es la que hemos de recuperar si queremos vencer el bloqueo.

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La objetividad de la historia

Creo que, en la mayor parte de los casos, el tiempo se ocupa de poner las cosas en su lugar. Es cierto, como habitualmente se dice, que la historia la escriben los vencedores, incluso diría más, en tiempo de paz la escribe el poder. Además, el cine y la literatura (un determinado tipo de cine y un determinado tipo de literatura) la banalizan, la tergiversan, nos hacen creer en la realidad de lo que no es sino invención. Pero el paso del tiempo permite que se oigan otras voces distintas, y a veces, entre unas y otras, se va abriendo paso algo que se asemeja a la verdad y que a veces se contradice con la versión aceptada en primera instancia. Claro que para lograr ese efecto, es necesario que el tiempo transcurrido sea mucho, que las generaciones cambien, a veces incluso ni eso es suficiente.

Mi respuesta, por tanto, es que la historia, lo que entendemos por historia, es una disciplina seria, con pretensiones, si no de objetividad, si de análisis y de aplicación de la razón. Otra cosa es que haya muchas otras historias que interesadamente se confundan con la auténtica en un intento de banalizarla o, lo que es peor, de tergiversarla. Como he dicho en algún post anterior, la forma más perfecta de censura de las ideas que existe es enterrar las que verdaderamente importan entre toneladas de hojarasca, de manera que termine por confudirse a unas con la otra y se consiga el fin deseado, que no es otro que lograr que nadie preste atención a lo que molesta al poder.

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Por fin

Tenemos las navidades prácticamente liquidadas. Menos mal. Sólo nos queda un día de compromisos sociales (el más agradecido, por cierto, para los que tienen hijos) y habremos terminado con la estupidez anual de la alegría obligada y el exceso por el exceso. Buen momento para volver a las ocupaciones interesantes que las incesantes visitas han dejado aplazadas durante las vacaciones menos aprovechadas de todas. Buen momento para volver a la lectura y a las cosas que importan.

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