Archive for enero 8th, 2004

Garabatos

escribiendo.jpg
Cuando se alcanza un cierto nivel, o uno cree que lo ha alcanzado, en la práctica de la escritura, las metas que nos imponemos suelen ser más ambiciosas. Nos olvidamos entonces de una de las máximas que todos los profesores de escritura creativa repiten una y otra vez: no dejes de escribir, cualquier cosa, simples ejercicios, borradores. Escribe sobre algún recuerdo especialmente querido o sobre algo que te ha ocurrido esta misma mañana, por más banal que sea. Pero escribe siempre, sin dejar de hacerlo ni un solo día. Sentimos que esa es una etapa ya superada y que esos consejos sólo son útiles a principiantes menos avezados que nosotros. Lo nuestro es otra cosa, tiene otro empaque. Ya no escribimos ejercicios de estilo porque ya no cogemos la pluma ?o el ordenador? si no es para algo de mayor enjundia, un relato o incluso una novela. Y nos resistimos a abandonar esas altas miras incluso cuando nos hallamos sumidos en el bloqueo. Porque hacerlo sería un retroceso, un reconocer que tal vez nos exigíamos demasiado y que esa exigencia ha terminado con el placer que la escritura debe producir. Que es el primero y más importante motivo por el cual escribimos.

Un escritor bloqueado ante su novela, incapaz ya de disfrutar con la escritura porque esta se ha convertido en una labor casi académica, como aquellos trabajos que nos encargaban en la universidad, no tiene mejor opción para salir de donde se encuentra que volver a los consejos que con tanto entusiasmo nos daba Natalie Goldberg: escribir, escribir y escribir. Sentarse frente al ordenador o al papel en blanco y escribir la impresión que nos ha causado conocer por fin a la nueva novia de nuestro mejor amigo, o relatar con todo detalle el placer que sentimos mientras pintábamos nuestra habitación preferida de otro color. Banalidades, por otra parte, para un auténtico novelista. Lo malo es que con el bloqueo hemos dejado de ser novelistas y nos hemos vuelto a convertir en niños que hacen garabatos en una hoja de papel, y como ellos tenemos que empezar de nuevo desde el principio, aprender de nuevo, experimentar de nuevo lo que se siente la primera vez que uno se enfrenta a las palabras. Pero no se trata de escribir de cualquier manera, textos a los que nunca volveremos y que intuimos plagados de errores; es escribir, sólo escribir, como lo hacíamos al principio, cuando no creíamos que nuestros textos pudieran llegar a gozar del aprecio de otros y nos sentíamos en plena libertad de escribir lo que nos apetecía. La única meta que nos planteábamos entonces era llegar a satisfacernos, aunque fuera por la mínima, a nosotros mismos. Corregíamos una y otra vez, hasta que nos convencíamos de que, por mucho que lo intentáramos, aquel texto no iba a ser mejor de lo que era, que habíamos tocado nuestro techo de entonces. Y esa convicción no nos amargaba el día porque sabíamos que estábamos aprendiendo y que a nuestro alcance, como al de cualquiera, se hallaba la posibilidad de escribir bien, al menos de ser capaces de narrar una historia correctamente. Y esa convicción, la de que estamos aprendiendo, es la que hemos de recuperar si queremos vencer el bloqueo.

Entradas relacionadas: