
Reivindicación de la lectura no demasiado original, a mis ojos, pero que contiene una idea que me ha interesado profundamente. Dice Pennac (en un tono que me recuerda al de ¡Duérmete, niño!, aquel famoso libro que todos los que han tenido hijos conocen) que todos los intentos de imponer a los jóvenes lo que él llama “el dogma”, es decir, la idea “hay que leer”, están condenados al fracaso. En primer lugar, porque lo que se establece como una obligación que tras su hipotético cumplimiento se va a someter a control, es muy difícil que llegue a convertirse en un acto libre, en un deseo libremente sentido y realizado. Y en segundo lugar, y esta es la idea con que me quedo del libro, que la cultura siempre ha sido y continúa siendo de transmisión oral. A pesar de los libros, del cine, de las nuevas tecnologías, la base de la cultura sigue siendo oral. Cuando los hijos son pequeños, los padres cumplen con la tradición, contándoles cuentos en voz alta. Ese es el momento en que los niños se encuentran más cerca del placer de la lectura. Sus padres se han convertido en su Sherezade, en su novelista particular, en aquel que les conduce todas las noches al reino de la fantasía. Sin embargo, con la llegada del niño al colegio, los padres asumen que su papel de cuentistas ha terminado, y dejan de leerle cada noche. Allí le enseñaran a hacerlo por sí mismo, piensan.
Pero en el colegio lo que era un placer compartido bajo la acogedora luz de la lamparilla de la mesilla de noche, se convierte en una obligación. Hay que leer, hay que leer. Los niños enseguida aprenden el dogma y comienzan a leer. Al principio sigue resultando divertido, el profesor se encarga del papel que ha abandonado el padre. Pero según van creciendo, los libros se vuelven más serios y también el profesor les abandona. Además, saben que cuando terminen el libro habrán de contestar unas preguntas sobre él, sólo para demostrar que lo han entendido. O puede que incluso entre para el examen. Y la lectura pierde el poco placer que le quedaba. El adolescente ahora lee contando las páginas que le quedan para terminar, temiendo el día en el que tendrá que dar cuentas de lo que ha leído. No le quedan ganas de disfrutar con el libro.
Pero, si sus padres hubieran continuado leyéndole en voz alta, o compartiendo con él de alguna otra forma el placer de la lectura, tal vez no le resultara tan difícil leerse esa novela para el examen. Pero es que ellos previamente no sentían placer alguno, por mucho que dijeran lo contrario. De hecho, tal vez cogieron un cuento o un libro, después de mucho tiempo de no hacerlo, sólo para contárselo. Porque pensaban que era su obligación. Y ya se han liberado de ella. Ahora le toca a la escuela.
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