Archive for febrero, 2004

Cortázar

He dejado pasar el veinte aniversario de la muerte de Cortázar sin decir una sola palabra, a pesar de que este es un blog sobre libros y escritura, y de que le debo el nombre bajo el cual me oculto. Voy a subsanar mi omisión recuperando del estante mi manoseado ejemplar de Rayuela (más bien polvoriento, porque debo reconocer que ha pasado tiempo desde la última vez que lo leí), y copiando aquí uno de mis fragmentos preferidos. A modo de homenaje.

Hacer. Hacer algo, hacer el bien, hacer pis, hacer tiempo, la acción en todas sus barajas. Pero detrás de toda acción había una protesta, porque todo hacer significaba salir de para llegar a, o mover algo para que estuviera aquí y no allí, o entrar en esa casa en vez de no entrar o entrar en la de al lado, es decir que en todo acto había la admisión de una carencia, de algo no hecho todavía y que era posible hacer, la protesta tácita frente a la continua evidencia de la falta, de la merma, de la parvedad del presente. Creer que la acción podía colmar, o que la suma de las acciones podía realmente equivaler a una vida digna de este nombre, era una ilusión de moralista. Valía más renunciar, porque la renuncia a la acción era la protesta misma y no su máscara.

Julio Cortázar. Rayuela

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Internet de papel

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La oposición que he comenzado a prepararme ha tenido una consecuencia no prevista, curiosa en lo que tiene de vuelta al pasado. Como mis hijas convierten la casa en un lugar poco adecuado para el recogimiento que es necesario en el estudio, no he tenido más remedio que acudir a la biblioteca del barrio. No lo hacía desde que acabé los estudios, al menos no de manera habitual, porque alguna vez sí que la he visitado. Compro casi todos los libros que leo, y tengo tantos por leer (lo que quiere decir que casi tengo más vicio por comprar libros que por leerlos) que desde hace muchos años la visita a bibliotecas se me ha convertido en algo superfluo. Pero siempre he conservado el interés por el lugar en el que se fraguó mi afición a la lectura.

Así que allí estoy de nuevo, sentado con mis folios en blanco y mis apuntes, levantando de cuando en cuando la cabeza y echando una mirada aburrida a mi alrededor. Y las caras que veo no difieren mucho de las que veía entonces. Son igual de jóvenes, pero yo ya no lo soy, al menos no tanto. Y estudian las mismas cosas. La que más ha cambiado es la misma biblioteca. Por ejemplo, han desaparecido aquellos ficheros de fichas amarillentas escritas a máquina. Por supuesto, ahora hay ordenadores y bases de datos, más eficientes y rápidos a la hora de buscar un libro. Pero echo de menos los ficheros, que permitían que los abrieras al azar y fueras recorriendo una a una las fichas, en busca de un título lo suficientemente sugerente como para arriesgarte a coger el libro y comprobar si su contenido responde a lo que prometía el título. Con el ordenador no es lo mismo, a la base de datos siempre hay que preguntarle algo, no se deja curiosear sin que tengas que exprimirte el cerebro en busca de alguna palabra que pueda esconder algo interesante detrás.

Pero los estantes continúan guardando alguna sorpresa. Un descubrimiento perogrullesco: no todo es internet, también hay información de papel. Uno está tan enviciado con la red que a menudo olvida que en las bibliotecas también se pueden encontrar artículos y ensayos, las leyes que necesito para la oposición y, quien sabe (lo cierto es que no se me ha ocurrido buscarla hasta este momento), tal vez información sobre la propia red.

Una internet de papel, que existe desde que el mundo es mundo, y que la virtual me había hecho olvidar.

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Gracias

Por cierto, Octaedro aparece hoy como bitácora de la semana en Libro de notas. Favor que nos hacen y que les agradecemos de corazón.

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Como una novela

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Reivindicación de la lectura no demasiado original, a mis ojos, pero que contiene una idea que me ha interesado profundamente. Dice Pennac (en un tono que me recuerda al de ¡Duérmete, niño!, aquel famoso libro que todos los que han tenido hijos conocen) que todos los intentos de imponer a los jóvenes lo que él llama “el dogma”, es decir, la idea “hay que leer”, están condenados al fracaso. En primer lugar, porque lo que se establece como una obligación que tras su hipotético cumplimiento se va a someter a control, es muy difícil que llegue a convertirse en un acto libre, en un deseo libremente sentido y realizado. Y en segundo lugar, y esta es la idea con que me quedo del libro, que la cultura siempre ha sido y continúa siendo de transmisión oral. A pesar de los libros, del cine, de las nuevas tecnologías, la base de la cultura sigue siendo oral. Cuando los hijos son pequeños, los padres cumplen con la tradición, contándoles cuentos en voz alta. Ese es el momento en que los niños se encuentran más cerca del placer de la lectura. Sus padres se han convertido en su Sherezade, en su novelista particular, en aquel que les conduce todas las noches al reino de la fantasía. Sin embargo, con la llegada del niño al colegio, los padres asumen que su papel de cuentistas ha terminado, y dejan de leerle cada noche. Allí le enseñaran a hacerlo por sí mismo, piensan.

Pero en el colegio lo que era un placer compartido bajo la acogedora luz de la lamparilla de la mesilla de noche, se convierte en una obligación. Hay que leer, hay que leer. Los niños enseguida aprenden el dogma y comienzan a leer. Al principio sigue resultando divertido, el profesor se encarga del papel que ha abandonado el padre. Pero según van creciendo, los libros se vuelven más serios y también el profesor les abandona. Además, saben que cuando terminen el libro habrán de contestar unas preguntas sobre él, sólo para demostrar que lo han entendido. O puede que incluso entre para el examen. Y la lectura pierde el poco placer que le quedaba. El adolescente ahora lee contando las páginas que le quedan para terminar, temiendo el día en el que tendrá que dar cuentas de lo que ha leído. No le quedan ganas de disfrutar con el libro.

Pero, si sus padres hubieran continuado leyéndole en voz alta, o compartiendo con él de alguna otra forma el placer de la lectura, tal vez no le resultara tan difícil leerse esa novela para el examen. Pero es que ellos previamente no sentían placer alguno, por mucho que dijeran lo contrario. De hecho, tal vez cogieron un cuento o un libro, después de mucho tiempo de no hacerlo, sólo para contárselo. Porque pensaban que era su obligación. Y ya se han liberado de ella. Ahora le toca a la escuela.

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Opinión y criterio

Una de las cosas que me parece más interesante del artículo de Guelbenzu (ver post anterior) es la diferenciación que hace entre opinión y criterio. “Opinión tiene cualquiera, pero una opinión que no se funda en un criterio no pasa de ser una inconsecuencia”, dice. Y el criterio se adquiere por la experiencia y el estudio. Es una falacia aparentemente democrática, políticamente correcta, incluso, considerar que todas las opiniones son igual de respetables. En ese sentido estoy de acuerdo con Guelbenzu. ¿Pero cómo distinguimos una mera opinión de una opinión respaldada por un criterio? Sólo hay una forma: a través de los argumentos. Una opinión que no se presenta avalada por argumentos que cualquiera puede poner en cuestión y debatir no es más que una preferencia subjetiva, como las que enunciamos cuando hablamos de nuestras comidas favoritas, por poner un ejemplo. Y como tal no debería ser tomada en cuenta en un debate que se pretende serio. Pero, sin embargo, estas opiniones inconsecuentes, absolutamente subjetivas y sin argumentos, son las que más nos enfurecen cuando nos topamos con ellas en una discusión como las que se producen habitualmente en los muchos foros políticos de internet. Me pregunto por qué.

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Lectura y lectores

No estoy completamente de acuerdo con Guelbenzu, pero creo que sí tiene una buena dosis de razón. Otra cosa es que entre los lectores de esa generación de la que habla, a punto de extinguirse, y los lectores “apisonadora”, que se tragan todo lo que se publicita convenientemente a través de los medios de comunicación, haya diversas gradaciones, que las hay.

(Curiosa la coincidencia con el título de mi último post)

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Buenos lectores

La verdad, no sé qué decir, no me esperaba todas esas palabras de aliento ante el cierto desanimo que destilaba mi post anterior. Lo único que se me ocurre es daros las gracias y deciros que sí, que voy a continuar estando por aquí, con poco o con mucho tiempo, porque nunca he sido capaz de dejar de escribir del todo, sea lo que sea y donde sea. Para mí, como dice el subtítulo de mi bitácora, la escritura es un vicio. Pero desde un tiempo a esta parte, lo que se me ha convertido en un auténtico vicio es escribir para el puñado de buenos lectores que sé que tengo por ahí. Gracias otra vez.

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No hay carpetazo

Llevo varios días considerando la posibilidad de dar carpetazo a esta bitácora, al menos durante un tiempo. El motivo es que he empezado a preparar una oposición y la necesidad de urdir unas pocas palabras de cuando en cuando para colocarlas aquí me quitaría algo de un tiempo que está claro que no me sobra. Y también, aunque eso me cuesta más reconocerlo, que en los ocho meses que llevo con Octaedro, la bitácora no ha logrado despegar de un número de visitas anecdótico. Al final, sin embargo, he optado por continuar, aunque Octaedro sea una perla en el fango. O tal vez precisamente por eso, por no abandonar el intento de hacer de ella una bitácora un poco (sólo un poco) más visitada. Trataré de compaginar el estudio con las anotaciones y las visitas diarias a mis favoritas. Me gusta demasiado la blogosfera, desde que la descubrí hace aproximadamente un año. Las bitácoras me parecen un excelente medio de comunicación entre personas, un medio parecido a los foros, pero que los supera. A través de una bitácora, uno adquiere una presencia constante en internet, una identidad virtual, incluso un domicilio que sus interlocutores en la red pueden visitar y juzgar. Se pierde parte del anonimato, lo que para muchos puede ser una desventaja, pero que a mí me resulta incluso satisfactorio, dejar de ser un fantasma que se mueve en la red, un mirón que solo curiosea, para convertirme en alguien que aporta su grano de arena. O que añade un poco más de confusión.

Seguiré, pues, incrementando incluso las anotaciones, si logro imponer un poco de orden en mi tiempo y disciplinarme lo suficiente. Me gustaría recuperar temas que en un primer momento pensé en tratar y que quedaron un poco en el tintero, como el cine y la literatura fantásticos y de terror, y hablar de escritura con un poco más de rigor que como lo he venido haciendo. Aunque para hacer todo eso más me valdría darle un repaso al ordenador y hacerme con una mejor conexión a internet.

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