Archive for abril, 2004

Dos artículos de Adolfo

Hace unos días Hernan Cascari hablaba de las bitácoras abandonadas, del extraño silencio que percibía en ellas. Incluso decía que le daban miedo, como si se trataran de viejos caserones en los que ya sólo quedan vagas presencias de sus antiguos dueños. Yo no llego a tanto, sólo me dan pena. Una pena enorme, sobre todo algunos abandonos. Todos tenemos padres en este ámbito, bitácoras que comenzamos a leer antes siquiera de haber decidido abrir la nuestra, bitácoras que en un principio quisimos emular para luego darnos cuenta de que era absurdo. A mi me ocurrió con Adolfo. Yo caí en este mundillo de las bitácoras de rebote, buscando sitios que me hablasen de escritura y de literatura. Di con el de Adolfo y oí hablar por primera vez de bitácoras. Luego, como todos, seguí investigando y abrí Octaedro.

Adolfo se marchó hace tiempo. No sé si tiene intención de volver. En todo caso, ahí está su sitio y sus artículos filosóficos. Todavía podemos leerle. He recuperado un par de artículos que me parecen bastante representativos del nivel que mantenía en su bitácora. El tema es la escritura, por supuesto, y la lectura, en una estrategia aplicable al uso que hacemos a diario de internet y del mundo de las bitácoras.

La escritura que piensa
Lectura vertical: remedio contra el exceso de información

Entradas relacionadas:

El cementerio de los libros olvidados

La sombra del viento
Llevo varios días queriendo hablar de La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón, pero por el camino me he ido encontrando con otros temas de interés y lo he ido dejando y dejando. La novela tampoco me gustó demasiado (en realidad, la dejé a medias) como para hacer una reseña sobre ella. Entonces, se preguntaran mis hipotéticos lectores, por qué no dejar el libro en paz, descansando en su estante, y a otra cosa.

Porque lo que no me gustó fue el desarrollo, ni los personajes, pero sí la idea germinal, que me pareció fascinante. Ese Cementerio de los Libros Olvidados, sin orden ni concierto, donde uno sólo puede leer aquello que cae en sus manos por causalidad, sin referencias previas, sin recomendaciones, donde todos los autores son autores sin nombre y casi sin historia. Recuperarlos un poco al azar y apadrinarlos como si fueran perros abandonados en busca de dueño. Cuando comencé a leerlo me pareció una idea muy estimulante, de esas que uno desearía haber tenido. Pero después de ese comienzo era muy difícil que la continuación estuviera a la altura. El misterio de ese autor desconocido que el protagonista rescata del olvido se me antojó pobre y poco interesante, tampoco fui capaz de soportar el personaje de Fermín, su manera artificial y poco verosimil de hablar.

Me quedo con la idea del principio, con ese cementerio improbable donde yacen tantos mundos inventados, perdidos para siempre, a menos que alguien un día los saque al azar del estante en el que ven pasar el tiempo. No es una biblioteca, aunque se le parece, porque en una biblioteca los libros no están perdidos, los autores existen en los ficheros, hay referencias sobre ellos. Se parece más a una internet desmesurada en la que los bibliotecarios sólo han podido clasificar una parte mínima de la información, y donde subsiste un inmenso territorio inexplorado. Tal vez sea eso lo que más me atrae de la idea. Me gustaría recorrerlo, ir cogiendo libros al azar y leerlos sin referencias previas, en busca de alguna perla. Podría hacerlo sin disponer de un lugar así, hay miles de autores de los que no sé absolutamente nada, sería cuestión de buscar un nombre al azar en el catálogo de cualquier librería y leerlo sin más. Pero no sería lo mismo, la información, aunque yo no la conozca, existe. En el Cementerio no hay ningún modo de averiguar algo sobre un autor, a no ser que uno se dedique a investigar en plan detective de novela negra, como hace el protagonista.

Entradas relacionadas:

¿Nuevo género literario?

En Mexico parece que el debate está aún más vivo que aquí, aunque allí lo enfocan más hacia la literatura que hacia el periodismo. La discusión se centra en si la escritura en bitácoras puede llegar a constituir un nuevo género literario o si, por el contrario, es únicamente un género subsidiario de la literatura tradicional. A mí me parece precipitado hablar de nuevo género literario, aunque escribir para la red, como cualquier tipo de escritura, tiene características propias que más adelante pueden tener reflejo en el ámbito literario. Ya veremos. De momento, el mundo de las bitácoras parece moverse más cada vez.

Entradas relacionadas:

Libro viejo, libro leído

En estos tiempos, incluso aunque sea el Día del Libro, regalar uno es tan manido como antaño era regalar una corbata el Día del Padre. Rafa Marín se ha inventado una nueva forma de hacerlo (copiada, dice de la Semana Negra) que, tal vez, no siente demasiado bien a los defensores de los derechos de autor. Se trata de conjugar el famoso amigo invisible con el intercambio de libros, pero con una salvedad

Pero no un libro nuevo, sino un libro viejo, un libro leído, un libro querido. Y dedicarlo para que su nuevo dueño, cuando lo lea, si lo lee, tenga un recuerdo de su paso por este curso.

¡Qué magnífica idea! No se trata de regalar un libro cualquiera, sino un libro que nos sea querido, con el que nosotros mismos hayamos disfrutado. Estoy deseando ponerla en práctica.

Entradas relacionadas:

Etapas en la vida de un internauta

Yo no he pasado de la tercera etapa, pero eso es más bien un problema personal.

Entradas relacionadas:

La prensa y los blogs

Desde que comencé con Octaedro vengo oyendo que los blogs están de moda, pero lo cierto es que esa moda ha tenido muy poca repercusión fuera de internet. Personalmente, no he encontrado apenas menciones al fenómeno en los medios tradicionales, y he tenido ciertas dificultades a la hora de explicar a muchas de las personas que conozco en qué consiste este nuevo sistema de publicación en internet, porque nunca habían oído hablar de él. Por primera vez (al menos, que yo sepa) El País habla de este mundillo en que nos movemos. Podeis leer el artículo a través de Diario de un jabalí, que lo enlaza en pdf

Entradas relacionadas:

Enseñar a pensar

Hace tiempo que no cuelgo citas en la bitácora. Esta no lo es, en el sentido estricto del término, pero me interesa mucho las ideas que expresa, sobre todo la que se refiere a la facilidad de vivir con una convicción, sea la que sea, que siempre nos resistimos a revisar, y la dificultad (pero por otra parte la riqueza) de vivir en la ambigüedad de las preguntas, de reconocer que no estamos seguros de casi nada.

P. ¿Cómo convencer entonces a alguien para que lea?
R. Hay varios aspectos en esa cuestión. Primero, uno social. Las campañas para que la gente lea son hipócritas. Nuestras sociedades no creen en la importancia del acto intelectual. Los gobiernos le tienen mucho miedo. Cualquier gobierno prefiere un pueblo estúpido a uno inteligente. Es muy difícil gobernar a un pueblo que lea y cuestione las cosas. Cuando Atenas juzga a Sócrates, éste reconoce la validez de ese juicio: corrompe a los jóvenes porque les enseña a pensar. La segunda cuestión es que le tenemos miedo al conocimiento. Es mucho más fácil permanecer en un estado de semiestupidez donde las definiciones nos son dadas, donde todo es blanco o negro. ?se es el discurso de Bush el 11 de septiembre: “Nosotros somos los buenos, ellos son los malos”, que es un eco claro del grito de las Cruzadas: “Los paganos se equivocan, los cristianos tienen razón”. En ese tipo de dialéctica nos sentimos cómodos. Es muy difícil vivir en la ambigüedad, en la tensión que crea una pregunta que no tiene respuesta, como cuál es el sentido de la vida o por qué nos enamoramos o morimos, esas preguntas enormes… Y es justamente eso lo que la literatura propone constantemente. Borges decía que el hecho estético era la inminencia de una revelación que no se produce. Uno termina Romeo y Julieta sin una solución. ¿Cuál es la solución? ¿No enamorarse?

Alberto Manguel: “La lectura electrónica es casi contraria a la lectura misma” (entrevistado por Javier Rodríguez Marcos), suplemento Babelia, El País, 12 de enero de 2002.

Entradas relacionadas:

Escribir en bitácoras

Fabián reflexiona en este post de su bitácora dedicada a la educación sobre el modelo de personas que el sistema educativo vigente tiende a crear: personas incapaces de afrontar nuevos retos, de expresar su creatividad mediante proyectos, personas cuyo tiempo libre parece solamente destinado al consumo. Pero también hay otro tema, que es el que me interesa a mí: tenemos cada vez más medios de comunicación e información a nuestro alcance. ¿Pero para qué los usamos? Todos los sistemas que han ido apareciendo han tenido su momento de gloria: el correo electrónico, el chat, el messenger, los foros. Las bitácoras, creo, lo están teniendo justo ahora. Pero una vez ha pasado la fascinación inicial por las posibilidades que se nos ofrecen, decae su uso. El problema lo apunta Fabián: no sabemos qué decir, para qué usar ese sistema tan revolucionario. Es decir, tenemos el órgano pero aún no hemos sido capaces de crear la función.

Y las bitácoras no son diferentes. En muchos lugares he leído sobre miles de bitácoras abandonadas, paradas en fechas absurdamente lejanas. Uno comienza a escribir con ilusión, satisfecho cuando empieza a registrar las primeras visitas, pero luego la cosa se vuelve un poco difícil, hay que mantener el interés, encontrar temas, tener ganas de pensar, de buscar información, de redactar. Hay que visitar otras bitácoras, mantener conversaciones con sus propietarios. Y quizá, entre toda esa dedicación, echamos un vistazo diario a nuestro contador de visitas y comprobamos que no aumentan, que permanecen estancadas en una cifra que nos parece demasiado baja. Y uno se empieza a cansar, a ponerse excusas a la hora de escribir.

Nos pasa a todos, no sabemos muy bien como enfocar la escritura frecuente en la bitácora. Además, cometemos el absurdo de preocuparnos por las visitas, lo que a la larga terminará por desalentarnos del todo si no conseguimos que la cifra crezca lo suficiente. Y sin embargo, me parece un sistema con futuro, quizá porque reune una serie de características completamente nuevas: confiere una identidad en internet, fomenta (en líneas generales) una reflexión pausada, el diálogo entre bitácoras también es pausado, mucho más meditado que el que se da en los foros. En fin, como digo, es un tema muy interesante.

Entradas relacionadas:

¿Pagar por leer?

Lo confieso: no estoy suficientemente atento a todo lo que se cuece en relación con lo que debería interesar a esta bitácora. Es por eso que no he hablado antes de una situación que resulta cuando menos chocante a un viejo usuario de bibliotecas (desde la época en que leía con pasión los relatos de Guillermo Brown no he dejado de ir por alguna, con mayor o menor frecuencia). Me refiero al canón de bibliotecas. Supongo que todos sabréis que existe una directiva europea que obliga al pago de una cantidad por préstamo a los autores cuyos libros se encuentren a disposición del público en una biblioteca. Dicho así suena completamente aberrante: quieres, por ejemplo, leer Las inquietudes de Shanti Andía, pongo por caso, y el bibliotecario te cobra un euro. Y otro más por cada día de retraso. Alucinante, ¿no es cierto?

Pero las cosas no son tan así. La directiva europea (que España, por lo visto, no ha aplicado bien, ya que en la práctica ninguna biblioteca paga el citado canón) no habla en último término de que sea el usuario de la biblioteca el que deba realizar el pago. La idea es que sea la propia biblioteca quien lo realice o, como muchos países ya están haciendo, el propio estado. Es decir, que el usuario no notaría directamente dicho pago, pero sí la biblioteca, que vería disminuida la cantidad de dinero destinada a la adquisición de libros (y no creo que ahora naden en la abundancia).

La Comunidad Europea presiona a España, a la que prevee multar por su deficiente aplicación de la directiva. El gobierno (hasta ahora el del partido popular, ya veremos que hace el nuevo) ha dado la callada por respuesta, y son las propias bibliotecas las que se han alzado en pie de guerra. Porque, como es evidente, se niegan en redondo a aplicar el citado canón. Cada parte tiene sus razones, que la sociedad gestora de los derechos de autor explica muy bien aquí, y el ámbito bibliotecario (y lector, porque no están solos en esto) aquí. Yo, por mi parte, creo que en el cacareado tema de los derechos de autor se está llegando a un extremo que amenaza con acabar la facilidad de acceso a la cultura de la que ahora gozamos, primero en el ámbito de la música, ahora en el de la lectura. Alegan que sólo tratan de luchar contra la piratería (no sé si habrá algún lector que fotocopie los libros que saca de la biblioteca y los venda en el top manta) y defender los derechos de los autores, pero me temo que están produciendo el efecto contrario. Porque, hoy por hoy, en internet siguen siendo accesibles esos bienes culturales y uno puede caer en la tentación de hacer el mayor acopio posible de ellos por si llegan épocas de mayor escasez.

Entradas relacionadas:

Derecho de autodeterminación

Hace tiempo que no participo en las discusiones de Dialbit, más por pereza que porque no las considere interesantes. Hoy voy a volver a ellas.

Miguel plantea en esta ocasión un tema muy polémico. ¿Tienen los pueblos derecho de autodeterminación? Personalmente, creo que sí. Si las personas tienen derecho a decidir por sí mismas lo que quieren para su futuro, los pueblos, que son una colectividades de personas, también deberían gozar de ese derecho. Sin embargo, el problema surge al tratar de definir el concepto pueblo. Tradicionalmente, se entiende que un pueblo tiene una lengua y una cultura propias, pero esas condiciones, con ser determinantes, parecen no ser suficientes. Hace falta algo más, hace falta una voluntad colectiva de constituirse plenamente como pueblo. Y ahí es donde radica el principal problema, a mi entender. Porque, ¿qué se hace cuando el deseo de autodeterminación alcanza sólo a un porcentaje de la población? La respuesta es sencilla: se recurre a un referéndum. No es una solución exenta de polémica, pero es la única posible, a mi entender, en una democracia.

Las fronteras han variado a lo largo de la historia. No son algo inalterable, aunque sí es deseable que permanezcan estables el mayor tiempo posible. Pero cuando un pueblo, entendido como una colectividad que se identifica con una cultura y una lengua que les son propias, manifiesta su deseo de abandonar esas fronteras para constituir otras, me parece que tratar de impedírselo a la larga solo produce sufrimiento y violencia. Por más razones históricas que se aleguen.

Digo yo.

Entradas relacionadas:

Página siguiente »