Escritura automática
Escribir en Octaedro siempre me produce un poco de ansiedad. A veces hay temas concretos sobre los que hablar, y la cosa se produce casi naturalmente, aparentemente sin esfuerzo. Pero otras veces no tengo un tema definido y en cambio sí deseo escribir. Si lo estuviera haciendo en un archivo destinado únicamente a ser guardado en mi ordenador, exclusivamente para mi uso, no habría mayor inconveniente. El problema es la aguda conciencia que siento de que escribo para la red, para que otros me lean, incluso para que opinen a través de los comentarios.
Pessoa dijo en alguna ocasión que le gustaba “palabrear”, sentarse a veces frente al papel en blanco sin la intención de escribir algo en concreto, sólo para eso, para escribir. Palabras. Luego las palabras van conformando ideas, creando imágenes (si uno es lo suficientemente afortunado). Es el acto mecánico de escribir el que nos proporciona el tema. Yo, por ejemplo, lo estoy haciendo ahora. ¿Cuál es mi tema? La ansiedad de la escritura, combinada con el deseo de poner una palabra, y luego otra, y otra. Dos cosas que puestas en contacto producen un chirrido ensordecedor. ¿Qué hacer? Prescindir de una u otra, de escribir o de sentir ansiedad. ¿Es fácil hacer oídos sordos a la ansiedad? No, a mí me cuesta mucho. ¿Debo dejar de escribir, por lo tanto? Por favor, no puedo. Como dicen en muchas películas americanas, dejar de escribir no es una opción.
Continuaré, pues, manchando el espacio blanco de la pantalla, como he hecho tantas y tantas veces cuando sentía la imperiosa necesidad de escribir. Sólo que ahora, y ello introduce un punto de emoción en el proceso, lo hago para la red, para colocarlo en donde alguien puede leerlo y hacer un gesto de desdén, del que yo sólo me enteraré si después lo traduce en un comentario. Pero no dejaré de sentir la ansiedad, una cierta ansiedad que desaparece en el momento en que aprieto el botón “save”.
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