He terminado. Faltan aún un par de cosas pero son de menor importancia, pero de estudiar, al menos, me olvido (por el momento). Aún no sé el resultado y tampoco las tengo todas conmigo, pero he terminado y me siento aliviado. Puedo volver aquí, a leer, a escribir, a comentar. Puedo regresar a los libros y, con el tiempo, tal vez incluso a escribir alguno de esos relatos de los que solía ocuparme tiempo ha, cuando no estudiaba.
Lo peor que tienen las oposiciones es que el período de incubación es muy largo y uno nunca tiene la certeza de que vaya a servir para algo. Con el tiempo, sí. Se suelen aprobar si uno se dedica a fondo a ellas y tiene algo de suerte. Pero para eso tiene que estar muy concienciado, convencido de que todo ese esfuerzo merece la pena. Yo lo estoy, a ratos. En otros momentos, pienso que no, que me está exigiendo demasiado en forma de tiempo y dedicación a todo aquello que tiene realmente importancia para mí, empezando por mis hijas y continuando con la escritura (ámbito en el que se integra esta bitácora). Además, aunque las oposiciones tengan que ver directamente con nuestros estudios e intereses, el mecanismo siempre es agotador. La competitividad lo convierte en agotador, hasta tal punto que el interés que pudiéramos sentir por los temas de estudio se desvanece. La precisión con la que es necesario conocerlos si quiere uno tener algo que hacer en la competición quita, para mí, cualquier atisbo de interés que se pudiera sentir por ellos. Repetir, machacar, hasta que aquello se convierta en parte de uno, hasta que uno respire a través de la materia, hace que uno termine odiándola. Al menos a mí me pasa.
Tal vez sea porque en mí caso la materia no presenta siquiera ese atractivo inicial. Leyes farragosas, mal redactadas, derogadas parcialmente por otras o parcialmente en vigor. En fin, un campo de minas, más que un territorio a explorar. Con la concepción que tengo, lo raro sería que estuviera motivado, diréis. Pues lo estoy. A ratos, como he dicho. Porque machacar sobre unos temas puede convertirlos en odiosos, o puede producir una especie de síndrome de Estocolmo y llevarte incluso a sentir un cierto interés por ellos. En fin, que voy fluctuando entre una cosa y otra. De ahí que en estos tiempos apenas dé pie con bola en lo que no sean oposiciones.
(Estoy bastante mal. Lo reconozco. Pero se me pasará)
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