Coetzee
Con el final de las oposiciones he vuelto a una actividad que me apasiona y que fue, en gran medida, la razón por la que comencé a publicar Octaedro. Me refiero a la lectura. Y he vuelto con un autor nuevo para mí: John Maxwell Coetzee, premio Nobel en 2003. Elegí su última novela, Elizabeth Costello, porque como siempre suele ocurrir, cuando no sabemos nada de un autor, la primera información que recibimos siempre es la más reciente en el tiempo. La leí con cierta prevención, todo el mundo decía que era uno de los mejores novelistas vivos, y yo ya tengo experiencia (más o menos negativa) con otros autores de los que se decía algo parecido. Pero no, Coetzee no sólo me ha gustado, me ha sorprendido, me ha encantado. Una vez en el final del libro, he vuelto al principio, para comprender mejor aún al personaje.
Elizabeth Costello es una escritora (trasunto, al parecer, del propio autor) que ya aparecía en algunas novelas anteriores de Coetzee, en un discreto segundo plano. Aquí la desarrolla en toda su plenitud a través de las conferencias que va dando a lo largo del mundo y de sus propias reflexiones. Los temas que recogen las preocupaciones de la autora se refieren a, por ejemplo, las actividades no literarias a las que tienen que dedicarse muchos autores profesionales para asegurarse unos ingresos estables, como el circo de las conferencias; su postura (y la de Coetzee) ante la creación literaria y la responsabilidad que tiene el autor sobre lo que narra (que aparece en el mejor capítulo de la novela, el dedicado al problema del mal). Incluso el vegetarianismo y la preocupación por el sufrimiento de los animales de los que nos alimentamos, que llega a comparar al que experimentaron los judios en los campos de concentración nazis (y que le acarrea una reacción airada de la sociedad, que no la comprende).
Los temas son muy variados, pero todos igualmente necesarios, importantes para la construcción del personaje. Porque la novela es, solamente, Elizabeth Costello, la escritora. Es una novela de un solo personaje, aunque el autor no desdeña introducir otro de una cierta importancia, su hijo, desde el cual vemos a la autora como madre y como escritora ya anciana a la que todos tratan casi como un fenómeno de feria. Aunque ella, en su interior, lo sabe perfectamente.
Seguiré con Coetzee. Precisamente esta misma mañana he acudido a una biblioteca pública (desde la que estoy escribiendo el post de hoy) a por otros dos libros del surafricano. Quiero saber si hay mucho más que descubrir en este autor. Os tendré al corriente de ello.
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