Archive for octubre, 2004

Crueldad

Releyendo mis anteriores entradas, rescato el enlace a un artículo de Paul Graham, que publicó JR en su momento, un artículo referido a la realidad norteamericana pero que es perfectamente aplicable a la española. Lo rescato porque vuelve a estar de actualidad. Me pregunto si la situación que denuncia, una situación que se produce desde siempre (o al menos desde que el que escribe puede recordar), se ha recrudecido con el tiempo, si es que hemos llegado a un punto máximo de tolerancia a la crueldad, si el endurecimiento de estos comportamientos tienen que ver con el tipo de sociedad que hemos llegado a tener.

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Ensayo sobre la lucidez

Se me está acumulando el trabajo. Tengo una serie de libros pendientes de comentar, libros leídos en los últimos tiempos de los que no he dicho absolutamente nada en esta bitácora. Y eso no puede ser. Empecemos, pues, por Saramago y Ensayo sobre la lucidez.

Lo primero que debo decir es que el libro del que este se supone continuación (Ensayo sobre la ceguera), fue mi primera lectura del autor portugues. Y me fascinó. Me fascinó ese universo creado con ciegos sin nombre (curiosamente, siempre que pronuncio la palabra “ciegos” me viene a la mente el Informe sobre ciegos de Sabato, aunque nada tiene que ver), me fascinó, paradójicamente la fuerza de las imágenes que la angustia de los ciegos creaba en ese sanatorio tan complejo como un mundo.

Después de ese primer libro vinieron unos cuantos más. El evangelio según Jesucristo, Todos los nombres, La caverna, La balsa de piedra. Citados así, sin orden ninguno. La fascinación del principio por el autor que acababa de descubrir no se repitió. Algunas de sus novelas me gustaron, incluso me gustaron mucho. Otras, no, tengo que confesarlo. Saramago me parece un buen autor, pero tiene lo que para mí es un defecto: la historia narrada es un elemento secundario para él. Lo esencial es la tesis que defiende. Todos sus libros parten de una tesis, de una idea. ¿Qué ocurriría si España se desgajara de Europa y navegase al encuentro de América Latina? (La balsa de piedra). La inhumanidad de los centros comerciales (La caverna). ¿Y si el sufrido pueblo se revelase y se negase a acatar el devaluado sistema democrático en que le han confinado los partidos políticos tradicionales? (la que ahora nos ocupa, Ensayo sobre la lucidez). Y partiendo de esa idea, crea uno o varios personajes intensos, auténticos, pero totalmente desgajados de su realidad. El mísmo lo reconoce en esta novela, el espacio físico apenas existe. El comisario, más que un personaje, es una conciencia. Vive, habla, se desespera dentro de sí mismo. La realidad que lo rodea, que existe a pesar de todo, es una realidad esquemática, somera. Saramago se arregla con un par de pinceladas, lo que para mí a veces convierte sus libros en un poco artificiales.

Otro problema es el estilo. Saramago tiene un estilo muy personal, demasiado personal, diría yo. Escribe en un solo párrafo, sin puntos y aparte, e incluye en el también los diálogos, con sus acotaciones casi sin separación. Es un estilo en apariencia dificil, pero sólo en apariencia. En realidad, cuando uno ha comenzado a leer, cuando se ha metido en la novela, se da cuenta de que aquello va fluyendo muy bien y no le molesta la carencia de blancos. Lo que le molesta, al menos a mí me molesta, es un cierto tono de letanía, de un discurso continuo y un poco monótono. Personalmente, nunca me han gustado los autores que tienen un estilo muy marcado, inconfundible. Me dan la sensación de ser únicamente estilo, sin contenido. Probablemente no sea ese el caso de Saramago, pero tengo que reconocer que su estilo me disuade en gran medida de leer más libros suyos.

Y el caso es que me parece un buen autor, aunque creo que tiene más alma de ensayista que de novelista.

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Lectura obligatoria

¿Obligar a leer? Absurdo contrasentido. La obligación hará más por matar el gusto por la lectura que todas las televisiones, los ordenadores y las playstation del mundo juntas. Además, me fastidia la hipocresía: siempre son los jóvenes los que deben leer, siempre es la escuela la que debe luchar por recuperar la afición por la lectura. Total, los adultos ya están perdidos, se pueden relajar y presionar a sus hijos para que lean, para que hagan algo que ellos no hacen.

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El peligro de internet

La sobreabundancia de información que permite internet la convierte en uno de los grandes peligros del futuro. Eso es lo que dice Umberto Eco en una entrevista que publica hoy un diario alemán. Cada uno de nosotros puede, merced a esa información caótica y abundante, crearse su propia enciclopedia, su propia biblioteca y ver confirmada constantemente su visión del mundo, sin que exista un filtro común para todos, como era hasta ahora la cultura tal y como la entendíamos. Y eso, sigue diciendo el autor italiano, a la larga puede ser más peligroso que el enfrentamiento entre el Islam y Occidente.

Supongo que tiene razón. En cierta medida tiene razón. La cultura oficial, por decirlo de alguna forma, es un filtro relativamente eficaz para saber qué tiene importancia y qué no lo tiene, qué es cierto y qué no lo es. En internet la facilidad de publicar y comunicar juega en contra de esa certeza, esos filtros no existen… ¿O, sí? El problema, a mi modo de ver, es que internet se toma como un todo, como una realidad completamente separada de las demás. Y no es así. Internet es un canal en el que conviven muchas realidades. Exactamente igual que el mundo de la prensa, de las editoriales, de las televisiones. En el mundo real también hay un caos de información, y los filtros no son tan evidentes como parecen. Lo que ocurre es que hay determinados medios (prensa, editoriales, televisiones) que tienen un prestigio ganado que les permite actuar de filtros sobre la realidad. Exactamente igual podría ocurrir en la red, si no ocurre ya. No hay nada que impida la existencia de medios creíbles que sirvieran de filtros de contenidos, exactamente igual que en esa cultura oficial. Y uno, cuando navega, debería saber casi siempre dónde lee las cosas y la confianza que le merecen los sitios donde las lee.

Para mí, ese es el error de Eco, considerar a internet como una realidad independiente, como un mundo caótico en el cual no existen reglas. Quizá lo que ocurra es que el mundo, en general, no sólo el de la red, es cada vez más caótico. Internet es un canal que amplifica ese caos, pero no es el caos en sí mismo.

También mencionan el tema:
Atalaya
Barrapunto
Pensamientos radicalmente eclécticos

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Coetzee

Con el final de las oposiciones he vuelto a una actividad que me apasiona y que fue, en gran medida, la razón por la que comencé a publicar Octaedro. Me refiero a la lectura. Y he vuelto con un autor nuevo para mí: John Maxwell Coetzee, premio Nobel en 2003. Elegí su última novela, Elizabeth Costello, porque como siempre suele ocurrir, cuando no sabemos nada de un autor, la primera información que recibimos siempre es la más reciente en el tiempo. La leí con cierta prevención, todo el mundo decía que era uno de los mejores novelistas vivos, y yo ya tengo experiencia (más o menos negativa) con otros autores de los que se decía algo parecido. Pero no, Coetzee no sólo me ha gustado, me ha sorprendido, me ha encantado. Una vez en el final del libro, he vuelto al principio, para comprender mejor aún al personaje.

Elizabeth Costello es una escritora (trasunto, al parecer, del propio autor) que ya aparecía en algunas novelas anteriores de Coetzee, en un discreto segundo plano. Aquí la desarrolla en toda su plenitud a través de las conferencias que va dando a lo largo del mundo y de sus propias reflexiones. Los temas que recogen las preocupaciones de la autora se refieren a, por ejemplo, las actividades no literarias a las que tienen que dedicarse muchos autores profesionales para asegurarse unos ingresos estables, como el circo de las conferencias; su postura (y la de Coetzee) ante la creación literaria y la responsabilidad que tiene el autor sobre lo que narra (que aparece en el mejor capítulo de la novela, el dedicado al problema del mal). Incluso el vegetarianismo y la preocupación por el sufrimiento de los animales de los que nos alimentamos, que llega a comparar al que experimentaron los judios en los campos de concentración nazis (y que le acarrea una reacción airada de la sociedad, que no la comprende).

Los temas son muy variados, pero todos igualmente necesarios, importantes para la construcción del personaje. Porque la novela es, solamente, Elizabeth Costello, la escritora. Es una novela de un solo personaje, aunque el autor no desdeña introducir otro de una cierta importancia, su hijo, desde el cual vemos a la autora como madre y como escritora ya anciana a la que todos tratan casi como un fenómeno de feria. Aunque ella, en su interior, lo sabe perfectamente.

Seguiré con Coetzee. Precisamente esta misma mañana he acudido a una biblioteca pública (desde la que estoy escribiendo el post de hoy) a por otros dos libros del surafricano. Quiero saber si hay mucho más que descubrir en este autor. Os tendré al corriente de ello.

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