Una necesidad
Hace más o menos año y medio que comencé a escribir en Octaedro. No es el momento de hacer balance, ya lo sé, se hace al cumplir el año en la red (creo recordar que entonces también lo hice), pero me apetece hablar un poco de lo que es y sigue siendo el mundo de las bitácoras para mí. Es una discusión eterna de la cual sobresalen dos ideas que se han convertido casi en tópicos: las bitácoras son un medio de comunicación que va a cambiar la red tal y como la conocemos, y no sólo la red, sino los medios de comunicación tradicionales (léase periódicos); y la blogosfera es un mundo cerrado en sí mismo, que se mira el ombligo y se cree con mayor influencia de la que tiene en realidad. Esas dos ideas aparte, las bitácoras o blogs admiten casi infinitas posibilidades, de hecho lo único que tienen en común y que permite considerarlas como algo diferente al resto de las páginas web, es que todas se basan en un sistema de publicación que permite actualizarlas de inmediato.
Hay muchos tipos de bitácoras. Los dos grupos fundamentales podrían ser las periodísticas y las tecnológicas. Al menos son las que más visitas parecen recibir. Pero luego hay bitácoras personales (la inmensa mayoría), de crítica de libros, cine e imagino que arte, aunque yo no he frecuentado ninguna. Y comienzan a aparecer bitácoras que se utilizan con un medio de comunicación dentro de una empresa o, incluso, como una manera de informar al público por parte de alguna que otra administración pública (es el caso de un juzgado de no recuerdo qué lugar).
Una de sus principales virtudes es la inmediatez. Con muy pocos conocimientos de informática, por no decir ninguno, uno puede abrir su propia bitácora y ponerla a funcionar sin más. Y entrar de esa manera a formar parte (más o menos) de lo que se denomina ?la blogosfera?. Porque una bitácora (a no ser las que se utilizan para un fin informativo concreto y limitado, como las empresariales) no tiene sentido sin las demás bitácoras. Por eso, otro de los atractivos que posee son los comentarios. Nosotros publicamos y los que nos leen (si quieren) nos dejan un comentario, que en la mayor parte de las ocasiones es simplemente una prueba de que nos han leído. Y si eso anima a escribir, lo que a uno ya le alimenta el ego en mayor medida es recibir un trackback, es decir, la comunicación de que nuestra bitácora ha sido citada en otra, de que el artículo que escribimos ha resultado tan interesante que lo enlazan desde otras bitácoras.
Por todo esto y por muchas más cosas (como el placer de escribir y no guardar nuestros escritos en un cajón, sino colocarlos donde pueden ser leídos por otros) una bitácora se convierte en un vicio. Octaedro lo es para mí. Al poco tiempo de comenzar, estuve a punto de dejarla: no le veía mucho sentido a eso de escribir cosas para colocarlas en la red, en una página que prácticamente sólo yo visitaba. Pero continué escribiendo, sin mucha asiduidad, lo reconozco, pero sin abandonar. Merced a los comentarios me enteré de que había unos pocos por ahí que me leían, nunca demasiados, porque la mayoría de las visitas que recogía el contador procedían de buscadores (es decir, despistados) y de mí mismo, incapaz de controlar mi deseo de ver una y otra vez en la página. Y poco a poco se me fueron pasando las ganas de abandonar.
Hoy, después de un par de traslados de alojamiento, y a pesar de que las visitas han caído a mínimos históricos, tanto que casi me siento en Octaedro como en la intimidad de mi casa, hablando para mí mismo, no se me ocurriría dejar de escribir y cerrar la página. Al contrario, esa misma sensación de intimidad me impulsa a escribir con mayor libertad. Y eso es para mí una bitácora: un lugar en el que uno no está constreñido, en el que puede escribir cómo quiera y de lo que quiera, con la esperanza, además, de ser leído por alguien. Una manera de pensar con los dedos, como decía Adolfo, y de tener la oportunidad de recabar la opinión ajena sobre esos pensamientos.
Octaedro, pues, se me ha convertido en una necesidad. Espero que no en una necedad, pero tampoco me importaría mucho, siempre y cuando pudiera seguir escribiendo.
