Archive for enero 14th, 2005

¿Cybercomunistas?

Un porrón de años después de que el último desapareciera de Rusia, han vuelto los comunistas, los rojos de toda la vida. Y, vaya por dios, quién lo iba a decir, somos nosotros. Lo que hacemos en la red es de comunistas, lo ha dicho Bill Gates, y lo ha dicho con un tono que no deja lugar a dudas sobre lo que piensa sobre los “comunistas”. ¿Se sentirán también perseguidos los capitalistas, ofendidos en su fe monetaria? En fin.

Podeis leer sobre las interesantes declaraciones de este gran visionario en Escolar.net, Mangas verdes, Guerra eterna en Oriente Medio, Chinchetru y Enrique Dans

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Los Diarios de John Cheever

John CheeverMi opinión sobre los diarios de John Cheever es contradictoria. Por una parte me parecen el registro de una vida gris, triste y mezquina, además de vulgar, con una vulgaridad muy americana; por otra tienen, como dijo de ellos alguien que no recuerdo, lirismo y fuerza. A John Cheever lo aquejaron una serie de males, de los cuales tal vez el mayor fuera su bisexualidad. Le costó aceptar que le atraían los hombres, lo que tal vez le condujo al alcohol y pudo producir el desencuentro con su mujer que llegó a convertirse en algo cercano al odio. Esos eran sus tres problemas fundamentales, su sexualidad, el alcohol y su mujer. A los dos primeros les hizo frente y logro, en cierta medida, solucionarlos. Con el tercero aprendió a convivir: nunca se planteo el divorcio como posible solución, tal vez porque era un hombre religioso. Esos procesos aparecen reflejados en el diario con una tremenda carga de angustia y depresión. Pero la vida de Cheever, o el reflejo que hace de ella en sus diarios, tenía también otros elementos.

Ahora se me ocurre que tal vez, y creo que es la hipótesis más válida, no dejó a su mujer porque amaba la familia, el confort del hogar. En eso era un hombre tremendamente convencional. Amaba a sus hijos, pero la relación que ellos mantenían con él era mucho más ambivalente, está claro que por el influjo de su madre, quien habitualmente le mostraba un profundo desprecio. Y en medio de todo este torbellino, Cheever escribía. Sus relatos, que fundamentalmente publicaba en The New Yorker, también novelas, como la saga de los Wapshot, o Bullet Park. Curiosamente, en su diario apenas si aparecen referencias al proceso de escritura de sus trabajos literarios, como si ambas cosas, la escritura y la vida, estuvieran en compartimentos estancos, y el diario fuera exclusivamente expresión de la vida. A pesar de ello, sus ficciones eran trasuntos de sus estados de ánimo, de sus vivencias. Por eso su mujer también las menospreciaba: en ellas encontraba muchos de los defectos que odiaba en su marido.

Y sin embargo, a pensar de que los diarios resultan deprimentes, y en ocasiones Cheever se muestra mezquino en ellos, hay una cierta poesía, que se muestra frecuentemente en la contemplación del paisaje en el transcurso de los numerosos viajes que hizo la familia. El autor es especialmente sensible al espectáculo de la naturaleza, se diría incluso que las montañas, los bosques y los ríos le compensaban en cierta medida de las dificultades que encontraba en su vida.

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