No hay repuesto
Siempre me da una cierta rabia que muera un autor del que he leído poco o nada. Es como si mi oportunidad de leerle hubiera pasado y en cierta manera es así, porque no es lo mismo un escritor muerto que uno vivo. Al menos, yo no los leo de la misma forma. Cuando un autor está vivo, lo leo (si me gusta) con la satisfacción de saber que puede escribir más, que aún no está cerrado su cupo. La obra de los escritores fallecidos, por el contrario, está ahí, es la que es. Si es lo suficientemente rica, no se agotará nunca, siempre habrá posibilidades de nuevas interpretaciones. Pero nunca habrá obras nuevas. Como le ocurre ahora a la de Roa Bastos, para el que, como dice Eduardo Galeano, “no hay repuesto“.
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