Archive for mayo, 2005

La atención, un bien con valor económico

Uno de los temas que más me interesan, como buen usuario de la red, es la polémica entre la defensa de los llamados “derechos de autor” y las posibilidades que ofrecen internet y las tecnologías que permiten la copia de los “productos” culturales. El famoso plan antipiratería del gobierno, las quejas de sociedades tipo SGAE, me han llevado a temer que un día se terminaría esta magnífica forma de acceder a la cultura, de compartir cultura, que es la red. Pues, bien, en el contexto de mi interés por este tema, descubro un nuevo concepto que me aclara, en parte, el significado de lo que está naciendo en la red y que muchos se empeñan en matar antes de que comience a dar sus primeros pasos: la economía de la atención.

El asunto es muy sencillo. La red tiene vocación de inmensidad. Millones de páginas, miles de millones de páginas. Y cada día va creciendo a un ritmo imparable. En este preciso momento, lo importante no es la información que hay en la red, lo importante es la capacidad de encontrar esa información. Esto no es nada nuevo, es ahí donde se fundamenta el imperio que poco a poco va creando Google. En este inmenso mar de palabras el reto es ser encontrado. Para que una empresa, o una persona, puedan lograr que sus clientes lleguen hasta ellos, deberán multiplicar todo lo posible su presencia en la red. De ahí que en la nueva economía digital sea más importante regalar nuestros contenidos que cobrar por ellos. Permitir la copia masiva de los mismos, que tratar de venderlos en un soporte material que ya no tiene casi sentido en un mundo digital. ¿Y la remuneración del autor? Está por ver, de momento, en el mundo digital que se está gestando, parece ser la atención. Prestigio, la atención de hipotéticos lectores, espectadores, clientes. La remuneración es existir para ellos, tener presencia en la red. Puede que esa remuneración se traduzca en dinero en el futuro, a través de la publicidad, pero por el momento el mecanismo no está implantado.

Pepe Cervera lo explica con mucha más claridad, sin duda, en estos artículos:
216 segundos…
Incomprensión del futuro
Economía IP y el fin de la dicotomía ocio/negocio

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Saramago

Más que novelista, Saramago es filósofo. Sus relatos son vehículos a través de los que transmite sus ideas sobre el mundo y la sociedad. Y a mí, que siempre me han gustado los novelistas que tienen algo de filósofos (una historia así, sin más, no me llama la atención, a menos que a través de ella descubra la manera de ser en el mundo de un personaje), como Milán Kundera o Ernesto Sabato, no podía dejar de llamarme la atención una bitácora como Saramago, opiniones, que recoge las pequeñas perlas que el portugués va diseminando con generosidad por el mundo. Por ejemplo, ésta, relacionada con algo que a todos los que andamos por la blogosfera nos gusta hacer.

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Privaciones casi insoportables

Roberto Bolaño
Desde hace algún tiempo, ya demasiado, he dejado de leer. No, no es que me haya aburrido, o que ya no sea capaz de encontrar libros que me enganchen, no. Ha sido una decisión voluntaria, motivada por la importancia de otras tareas que me tienen, si no absorbido, si enfangado. Me conozco lo suficiente como para saber que una novela buena puede engancharme hasta más allá de lo que sería aceptable en las presentes circunstancias. Otra cosa es que encuentre una novela buena, lo que no ocurre todos los días, pero ese es otro tema y yo no puedo correr el riesgo. Así que estoy casi completamente privado de palabras escritas (bueno, “casi”, me queda el truco de no darme por enterado de que en internet leo todos los días).

Pues bien, me he dado cuenta de que yo así no puedo seguir. Soy, no hay nada como la privación para conocer lo que uno ama, un lector compulsivo. Mucho más que escritor, eso desde luego. Sin juntar palabras puedo vivir (y no sabeis lo que me cuesta decir esto), pero no sin leerlas. Hace un momento, en la bitácora de Martín Moreno, martinalia.com, he leído un comentario tremendamente elogioso hacia un libro que tengo en mi lista de futuras piezas: 2666, de Roberto Bolaño. El otro día lo tuve en las manos en una librería, pero lo solté por mor de mi maldito compromiso con la no lectura. A Martín le ha parecido tan fascinante como Rayuela, o Cien años de soledad, y esas comparaciones me han hecho revolveme inquieto en la silla, deseando salir de casa en busca de la primera librería abierta.

Pero, no. Voy a mantener mi compromiso. Ahora que ya sé que la lectura forma un todo indisoluble conmigo me siento más tranquilo. Algún día volveré a ella.

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Los signos de puntuación

En un artículo de Javier Cercas en el país semanal (no recuerdo exactamente de qué semana se trataba, yo soy así de impreciso) se hablaba de un tema que me resultó muy interesante. Se decía que no era tan absurdo hablar de las distintas versiones del Quijote según qué académico la hubiera compuesto, ya que el Quijote, originariamente, estaba escrito sin signos de puntuación. Es decir, los signos de puntuación son un “invento” posterior, no destinado exclusivamente a fastidiar a los escolares, como todos creímos en su momento, sino a facilitar la lectura. Inmediatamente pensé en algo que había leído hace tiempo en no sé dónde (me estoy pasando de impreciso), en relación también con la escritura: al principio se escribía sin separar las palabras unas de otras, todas se arremolinaban en una fila de hormigas sin fin. Relacionando ambos asuntos, ahora comprendo por qué no se comenzó a practicar la lectura silenciosa hasta mucho después: antes fue preciso favorecerla mediante la separación de las palabras. Con el tiempo, los signos de puntuación fueron indicando las pausas correctas, y la introducción, ya en nuestros días de otros elementos, no sé si llamarlos tipográficos, como la separación entre párrafos, la letra bastardilla o negrita, han terminado por facilitar esa lectura silenciosa al máximo.

Es decir, la escritura humana en un primer momento era muy similar a los primeros lenguajes de programación de ordenadores: era dura de aprender y difícil de entender. Con el paso del tiempo, los lenguajes de programación se han ido aproximando al habla humana, lo que ha facilitado su empleo. Exactamente igual que le ha ocurrido a la escritura. Es una similitud curiosa y sorprendente.

(Impreciso y todo, hay un excelente libro de Alberto Manguel sobre el tema, Una historia de la lectura, que a mí me resultó apasionante).

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Milán Kundera vuelve

Milán Kundera ha vuelto a publicar, lo que no puede ser más que motivo de alegría para cualquiera a quien apasione la literatura y el pensamiento, precisamente ambas cosas, porque el checo es un maestro a la hora de fundir ficción y ensayo, como lo es también (por ejemplo) Ernesto Sabato. Bienvenido sea, por tanto este nuevo libro, “El telón” en el que Kundera reflexiona sobre el arte de la novela (precisamente otro de sus ensayos se titula así) y en el que hay un punto de polémica con quienes defendemos un acceso libre a la cultura:

el nacimiento de la novela quedó atado a la toma de conciencia del derecho del autor y a su defensa feroz. El novelista y su obra son una misma cosa, el novelista es el único dueño de su obra; es su obra. No siempre fue así.Y no siempre será así. Pero entonces el arte de la novela, la herencia de Cervantes, habrá dejado de existir

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