Los signos de puntuación
En un artículo de Javier Cercas en el país semanal (no recuerdo exactamente de qué semana se trataba, yo soy así de impreciso) se hablaba de un tema que me resultó muy interesante. Se decía que no era tan absurdo hablar de las distintas versiones del Quijote según qué académico la hubiera compuesto, ya que el Quijote, originariamente, estaba escrito sin signos de puntuación. Es decir, los signos de puntuación son un “invento” posterior, no destinado exclusivamente a fastidiar a los escolares, como todos creímos en su momento, sino a facilitar la lectura. Inmediatamente pensé en algo que había leído hace tiempo en no sé dónde (me estoy pasando de impreciso), en relación también con la escritura: al principio se escribía sin separar las palabras unas de otras, todas se arremolinaban en una fila de hormigas sin fin. Relacionando ambos asuntos, ahora comprendo por qué no se comenzó a practicar la lectura silenciosa hasta mucho después: antes fue preciso favorecerla mediante la separación de las palabras. Con el tiempo, los signos de puntuación fueron indicando las pausas correctas, y la introducción, ya en nuestros días de otros elementos, no sé si llamarlos tipográficos, como la separación entre párrafos, la letra bastardilla o negrita, han terminado por facilitar esa lectura silenciosa al máximo.
Es decir, la escritura humana en un primer momento era muy similar a los primeros lenguajes de programación de ordenadores: era dura de aprender y difícil de entender. Con el paso del tiempo, los lenguajes de programación se han ido aproximando al habla humana, lo que ha facilitado su empleo. Exactamente igual que le ha ocurrido a la escritura. Es una similitud curiosa y sorprendente.
(Impreciso y todo, hay un excelente libro de Alberto Manguel sobre el tema, Una historia de la lectura, que a mí me resultó apasionante).
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