Privaciones casi insoportables

Desde hace algún tiempo, ya demasiado, he dejado de leer. No, no es que me haya aburrido, o que ya no sea capaz de encontrar libros que me enganchen, no. Ha sido una decisión voluntaria, motivada por la importancia de otras tareas que me tienen, si no absorbido, si enfangado. Me conozco lo suficiente como para saber que una novela buena puede engancharme hasta más allá de lo que sería aceptable en las presentes circunstancias. Otra cosa es que encuentre una novela buena, lo que no ocurre todos los días, pero ese es otro tema y yo no puedo correr el riesgo. Así que estoy casi completamente privado de palabras escritas (bueno, “casi”, me queda el truco de no darme por enterado de que en internet leo todos los días).
Pues bien, me he dado cuenta de que yo así no puedo seguir. Soy, no hay nada como la privación para conocer lo que uno ama, un lector compulsivo. Mucho más que escritor, eso desde luego. Sin juntar palabras puedo vivir (y no sabeis lo que me cuesta decir esto), pero no sin leerlas. Hace un momento, en la bitácora de Martín Moreno, martinalia.com, he leído un comentario tremendamente elogioso hacia un libro que tengo en mi lista de futuras piezas: 2666, de Roberto Bolaño. El otro día lo tuve en las manos en una librería, pero lo solté por mor de mi maldito compromiso con la no lectura. A Martín le ha parecido tan fascinante como Rayuela, o Cien años de soledad, y esas comparaciones me han hecho revolveme inquieto en la silla, deseando salir de casa en busca de la primera librería abierta.
Pero, no. Voy a mantener mi compromiso. Ahora que ya sé que la lectura forma un todo indisoluble conmigo me siento más tranquilo. Algún día volveré a ella.
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