Archive for junio, 2005

Un cumpleaños y una despedida

Esta anotación tiene una doble finalidad que es casi incompatible. Por un lado es una celebración, Octaedro cumplió, ayer mismo, dos años en la red. Podría decir muchas cosas sobre estos dos años, pero sólo diré que han sido un período muy interesante, en el cual he seguido con bastante atención la evolución de internet desde la llamada blogosfera, que poco a poco ha ido convirtiéndose en una parte esencial de la experiencia que significa la red. He hecho algunos amigos, he mantenido algunas conversaciones interesantes y, sobre todo, he aprendido muchas cosas.

Por otro lado, y a pesar de todo lo que me ha aportado Octaedro, es una despedida. A nadie se le oculta que, desde hace ya bastante tiempo, esta bitácora funciona al ralentí. Las entradas son escasas en los últimos meses y, creo yo, poco interesantes. La causa: no dispongo de tanto tiempo libre como tenía antes, ni para leer (algo fundamental en una bitácora que se pretende sobre libros) ni para escribir aquí. Continuamente se me escapan temas que podría tratar y cuando intento escribir algo sobre uno de ellos, me doy cuenta de que no puedo hacerlo con la profundidad que quisiera. Por eso he decidido echar el cierre. Puede que en el futuro se me despejen un poco las cosas y vuelva con un nuevo proyecto, o simplemente resucite Octaedro y lo convierta en lo que siempre quise que fuera, una bitácora ágil e informada, en la que se creara algún tipo de valor.

En fin, que coincidiendo con su segundo cumpleaños, Octaedro desaparece. Os agradezco mucho la atención que me habeis prestado a los que me seguís desde el primer momento. Un saludo afectuoso para todos.

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Escritura, libros y la Feria

Asomo de nuevo por aquí, espoleado por un vago sentimiento de culpabilidad. Os tengo abandonados, dejados de la mano de dios, olvidados desde el 1 de junio. Tengo excusa para ello, indudablemente, pero las bitácoras y las excusas no casan bien, como tampoco casan las excusas y la escritura. Uno siempre puede pergeñar un corto escrito, sin ambición de permanencia, pero de suficiente entidad como para sentirse vivo en el mundo virtual y en el de la escritura. Es cuestión de disposición, de ganas, de robarle un poco de tiempo, no mucho, a todas las ocupaciones que nos secuestran la vida con su urgencia y su pretendida importancia. Los diarios se escriben así, sin plan previo, sin mayor alcance que anotar un pensamiento fugaz que uno ha tenido o una vivencia que ha experimentado. Además, vamos siempre escribiendo, porque escribimos nuestra propia vida, día a día. El problema es anotar lo que escribimos, pasar al papel las líneas que hemos compuesto en nuestra cabeza. Es ahí donde falla la voluntad.

Ayer estuve en la Feria del Libro. Es una visita que casa mal con mi determinación de dejar la lectura por el momento, pero me enorgullezco de no haber faltado ni a una sola de ellas desde, pongamos, los once o doce años. Es una tontería, por supuesto, pero para mí constituye un rito anual. Y, claro, evidentemente compré libros. No tantos como otras veces (sólo dos). ¿Adivinaís cuáles? Los he mencionado en esta bitácora. Sí, 2666, de Roberto Bolaño. Ese por supuesto. El otro: El telón, de Kundera. Días antes, en la FNAC que han inagurado en el parquesur de Leganés, me compré El último lector, de Ricardo Piglia. Así que he vuelto a caer en mi antiguo vicio. De momento los dejaré en la estantería (aunque el de Piglia ya lo he comenzado a leer a ratos perdidos) a la espera de tener tiempo para hincarles el diente.

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Escribir y no publicar

Adolfo me ha dado la solución, como siempre que tengo alguna duda en relación con la escritura. Sus cinco puntos sobre la vida sin blog son lo que vengo tratando de hacer desde hace unas semanas y no consigo, al menos plenamente. Estoy en su mismo caso, el trabajo y otras cuestiones personales me alejan de Octaedro y de la escritura en general, de la reflexión y la calma que siempre he asociado con ella. Pero tengo una moleskine en la que escribo de cuando en cuando y, sobre todo, anoto los libros que me llaman la atención y que leeré cuando vuelva a tener tiempo para mí. Y me siento un poco como él dice, como si estuviera escribiendo una bitácora, pero fuera de internet, una bitácora analógica, de papel y tinta.

Lo que ocurre es que cuando escribo y no publico, lo que escribo se me convierte en íntimo, casi impublicable. En Octaedro intentaba hablar de libros, de cultura, informar (dentro de la medida de mis posibilidades) de lo que llegaba a saber, a leer, a contemplar en un cine o en la pantalla de mi dvd (mi televisor). En la moleskine, en los otros cuadernos, hablo de mis perplejidades y zozobras, de mis dudas y de mis cabreos. Y, hoy por hoy, no se me ocurre una forma válida de trasladarlos a la bitácora. En lo que sí que estoy de acuerdo, y cada vez más, es en que un blog no muere porque uno deje de actualizarlo o porque no lo haga a diario. Un blog continúa estando ahí, aunque haga semanas que no te asomas a él. Al menos eso me gusta pensar.

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