Escritura, libros y la Feria
Asomo de nuevo por aquí, espoleado por un vago sentimiento de culpabilidad. Os tengo abandonados, dejados de la mano de dios, olvidados desde el 1 de junio. Tengo excusa para ello, indudablemente, pero las bitácoras y las excusas no casan bien, como tampoco casan las excusas y la escritura. Uno siempre puede pergeñar un corto escrito, sin ambición de permanencia, pero de suficiente entidad como para sentirse vivo en el mundo virtual y en el de la escritura. Es cuestión de disposición, de ganas, de robarle un poco de tiempo, no mucho, a todas las ocupaciones que nos secuestran la vida con su urgencia y su pretendida importancia. Los diarios se escriben así, sin plan previo, sin mayor alcance que anotar un pensamiento fugaz que uno ha tenido o una vivencia que ha experimentado. Además, vamos siempre escribiendo, porque escribimos nuestra propia vida, día a día. El problema es anotar lo que escribimos, pasar al papel las líneas que hemos compuesto en nuestra cabeza. Es ahí donde falla la voluntad.
Ayer estuve en la Feria del Libro. Es una visita que casa mal con mi determinación de dejar la lectura por el momento, pero me enorgullezco de no haber faltado ni a una sola de ellas desde, pongamos, los once o doce años. Es una tontería, por supuesto, pero para mí constituye un rito anual. Y, claro, evidentemente compré libros. No tantos como otras veces (sólo dos). ¿Adivinaís cuáles? Los he mencionado en esta bitácora. Sí, 2666, de Roberto Bolaño. Ese por supuesto. El otro: El telón, de Kundera. Días antes, en la FNAC que han inagurado en el parquesur de Leganés, me compré El último lector, de Ricardo Piglia. Así que he vuelto a caer en mi antiguo vicio. De momento los dejaré en la estantería (aunque el de Piglia ya lo he comenzado a leer a ratos perdidos) a la espera de tener tiempo para hincarles el diente.
Comments(2)
