Ironía
[...] creí advertir en su más amplia dimensión el poder de las palabras escritas, y eso me condujo, por un intrincado atajo, a intuir la importancia de éstas como medio de adquirir cierta distancia de lo que llamaban realidad, que era algo -como lo ha sido siempre para tantas y tantas personas jóvenes- muy decepcionante. Creí advertir de pronto, bajando aquellas escaleras, esa necesidad que tenía de las palabras y también la de que éstas pudieran resultarme útiles para distanciarme del mundo real. Seguramente empecé a hacerme realmente escritor en aquellas escaleras. Pero como aún no había tenido acceso a la ironía, poco podían hacer ese día por mí las palabras, aunque eso no podía saberlo en aquel momento, precisamente a causa de mi falta de sentido de la ironía. Era como el pez que se muerde la cola. Desde luego, es más bien complicado ser joven, aunque eso no implica ni muchísimo menos que uno deba andar desesperado. Claro que la madurez tampoco es que sea una maravilla. En la madurez conoces la ironía, sí, Pero ya no eres joven y la única posibilidad que te queda de serlo un poco estriba en resistir, no renunciar demasiado, con el paso del tiempo, a aquella húmeda imaginación del arcón de Neauphle-le-Château. Sólo te queda resistir, no ser como aquellos que, a medida que la intensidad de su imaginación juvenil va decayendo, se acomodan a la realidad y se angustian el resto de su vida. Sólo te queda tratar de ser de los más obstinados, mantener la fe en la imaginación durante más tiempo que otros. Madurar con obstinación y resistencia: madurar, por ejemplo, dictando una conferencia de tres días sobre la ironía de no haber conocido de joven la ironía. Y después envejecer, envejecer mucho y mandar al diablo la ironía, pero aferrándote patéticamente a ella para no quedarte sin nada y ser el blanco espeluznante de la ironía de los otros.
Enrique Vila-Matas, París no se acaba nunca, Anagrama, 2003, pág. 101.
(Hacía mucho que no echaba mano de Arturo. La tengo tan olvidada que esta cita es de finales del año pasado. Creo que en algún lugar de Octaedro hay un comentario sobre el libro)

Celebro comprobar tras mi vuelta que hay cosas que no han cambiado, que han “resistido” la contrariedad, y han seguido en su sitio con su simple pasión a la palabra.
un saludo.
No he resistido, simplemente no podía hacer otra cosa. He comprobado cuanto me tira este mundo, el mundo de internet y el mundo de la palabra en internet. Así compagino las dos cosas que más me gustan, la escritura y la informática. Un saludo para ti también, Javi.
Efectivamente, en enero de 2004 hay comentarios sobre esta obra sublime de Enrique Vila-Matas. Ya me he deshecho en elogios antes sobre ella, así que ahora sólo me queda animar a leer una obra que calará hondo sobre todo a aquellos que os gusten las vanguardias y la vida de la “bohemia”
Es cierto, Virginia. En enero del 2004. Entonces solo había leído “París…”. Ahora también he leído “El mal de Montano” y “Bartleby y compañía” (no los he comentado en la bitácora porque estoy muy aperreado, pero algún día voy a escribir un post general sobre todos ellos), y tengo que decirte que Vila-Matas me apasiona.