Leyendo 2666
No he conseguido dejar 2666 desde que comencé a leerlo, hace como una semana y media. La parte en la que estoy ahora (la de los crímenes) me inquieta, me tiene intranquilo. Aunque en ocasiones llega a ser monótona la enumeración de mujeres muertas y de las circunstancias de sus muertes (Roberto Bolaño emplea un tono seco y neutro, como el de un informe policial) a veces no puede uno sustraerse al horror implícito. En ocasiones la monotonía se rompe y alguno de los casos cobra una mayor relevancia. Aparecen los policías que investigan el caso, sus distintas sensibilidades, las familias. La única muerta que obtiene una “reparación”, así, entre comillas, porque la reparación es aún más brutal que el asesinato de la chica, es la hija de un hombre de dinero. Las demás acaban indefectiblemente en la fosa común.
Hay más en la novela. Hay un escritor alemán, Archimboldi, a quien buscan sus críticos sin dar con él. Lo apasionante, lo que me va a llevar hasta el final, es conocer la relación entre este escritor y los crímenes de mujeres del desierto de Sonora, en Mexico, que con tanta profusión y detalle narra Bolaño. Ya, ya os contaré.
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