Archive for octubre, 2005

Clasificar la información sí es necesario

Mi post del miércoles pasado, La innecesaria clasificación de la información, ha merecido un enlace por parte de El florido byte. Eso, con ser muy halagador, no es lo que me interesa ahora, sino los comentarios que siguieron al citado enlace. En concreto, el de Paz, que nos muestra lo que podría ser un excelente uso de la red, de Google y del ordenador. Un excelente uso porque no desdeña otros métodos tradicionales, sino que los compagina con los más avanzados. La biblioteca de toda la vida, los libros de papel, los cuadernos de notas, la escritura a mano.

Yo he aprendido a organizar mi escritura y mis territorios de papel, utilizo buscadores y herramientas virtuales, sigo haciendo de celestina entre mi cerebro izquierdo y mi cerebro derecho, ordeno el disco duro, favoritos y documentos una vez a la semana, sé exactamente dónde buscar en mi biblioteca, sigo haciendo uso de índices e índices temáticos, pienso sobre papel, tengo ficheros a la antigua usanza, hago listas, escribo orgánicamente (siempre con pluma sobre cuaderno pautado, poniendo el cuerpo, manchándome los dedos), leo dos veces, una por placer y otra para extractar, tomar notas y copiar citas, empleo post its reales y virtuales y encuentro que el digitalizar mi material analógico es también una tarea creativa que ha multiplicado exponencialmente mi productividad y mi memoria.

Frente al mensaje que nos transmite Google (no hace falta ordenar, nosotros buscamos la información por ti), mantener esa relación con la información de la que hace gala Paz en su comentario. Porque la información que uno no clasifica, que uno no estudia o no resume, es una información que es menos propia, que puede estar en nuestro ordenador sin que nosotros sepamos casi de su existencia. Será fácil encontrarla, no hay duda, lo malo es que no sabremos que queremos buscarla si apenas la hemos leído por encima.

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El placer de trabajar

El suplemento de libros de El País de ayer, Babelia, recoge una entrevista con el escritor inglés Ian MacEwan. Independientemente de los temas de los que en ella habla (relacionados con su último libro, Sábado, y con la guerra de Irak), hay algo que dice que me llama la atención:

[El trabajo] Me parece una área de la experiencia que no se explora mucho en la literatura contemporánea. No me refiero al trabajo en el sentido marxista de opresión o desde la perspectiva de que somos esclavos del trabajo. Conozco a mucha gente, incluido el tipo que está pintando la habitación de arriba (la entrevista se lleva a cabo en su casa de campo, que en este preciso momento está siendo decorada), que siente gran satisfacción con el trabajo y sus connotaciones de autoidentidad, estatus profesional… La liberación fruto de una concentración profunda no se describe ni se celebra lo suficiente. Estar absorto en el trabajo es uno de los placeres de la vida. No se corresponde exactamente con la felicidad, puesto que en ese momento ni siquiera sabes que existes y, sólo cuando terminas la tarea, saboreas esa libertad. Como dice Perowne: “Estás entonces totalmente cualificado para existir”.

En estas palabras coincide casi exactamente con Montaigne, que también, en algún lugar de sus memorias, dice:

Envidio la felicidad de aquéllos que saben gozar y obtener satisfacción con su trabajo, pues es un medio fácil de darse placer puesto que se saca de uno mismo. Especialmente, si se da cierta firmeza en su obstinación.

La entrevista se centra en el libro que McEwan acaba de publicar, Sábado, en el que relata los sentimientos y pensamientos de un neurocirujano durante una jornada en la que se dan las más importantes manifestaciones contra la guerra de Irak en Gran Bretaña. No es mi intención haceros aquí un resumen, así que si queréis saber del libro de McEwan, lo mejor que podéis hacer es leer esta reseña de Guillermo Martínez, “El ejemplo crítico”, o el propio artículo de Babelia (no soy capaz de encontrarlo en la red, ya sabéis que El País e Internet mantienen una relación un tanto tensa). Lo que me interesa ahora es, exclusivamente, esa concepción del trabajo como fuente de placer y de libertad. Y más en el caso de la literatura, en el que se dan aún más las condiciones para uno sufra un “rapto” mientras escribe una novela. Al fin y al cabo, narrar una historia es casi vivirla. El autor asume temporalmente otra personalidad (o se trata de la suya en otra época de su vida) mientras “sueña” situaciones y peripecias. Eso le separa de la realidad inmediata y le induce una especie de sueño despierto. Como alguien me dijo una vez, el escritor “juega” como un niño a crear un mundo que no es el real, el inmediato. En ese sentido, la escritura debe ser una de las profesiones más absorbentes y más capaces de producir ese placer del que hablan McEwan y Montaigne.

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Grandeza

No se ha de juzgar lo que es posible y lo que no lo es, según lo que es creíble o increíble para nuestro juicio, como ya he dicho antes; y es gran defecto y en el que sin embargo caen la mayoría de los hombres [...] que cueste creer de otros lo que uno no sabría o no querría hacer. A cada cual le parece que la forma maestra de la naturaleza está en él, que es la piedra de toque, y a ella remite todas las demás. Son fingidas y artificiales las actitudes que no se adaptan a las suyas. ¡Cuán bestial estupidez! Yo considero a muchos hombres muy por encima de mí y sobre todo a muchos de los antiguos; y aunque reconozca claramente mi impotencia para seguir sus pasos, no dejo de seguirlos con la mirada ni de juzgar los resortes que los elevan así, cuya semilla percibo en mí de algún modo: otro tanto hago con la extrema bajeza de las almas, la cual ni me asombra ni dejo de creer. Bien veo el impulso que toman para subir; y admiro su grandeza y abrazo esos vuelos que tan hermosos hallo; y si no llegan a ellos mis fuerzas, al menos se aplica gustoso mi juicio.

Montaigne. Ensayos.

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La innecesaria clasificación de la información

Hace unos días Javí, de Tannhauser, me mencionó una anécdota de un libro de Vila-Matas en los comentarios. Yo no la recordaba y comenté que echaba en falta en los libros de papel, los de toda la vida, algo parecido a un buscador, algo que te llevara exactamente a la página en la que se encuentra el pasaje que estás buscando. Por supuesto es una tontería: no estoy tan penetrado u obsesionado con lo digital como para que ese deseo sea algo más que una broma (que ni siquiera soy el primero en mencionar, ya lo hizo Adolfo en este post), pero si es cierto que en otras ocasiones me he encontrado ante una situación semejante a la que se me planteaba con el comentario de Javi. Es decir, que recordaba haber leído algo en determinado libro, pero no era capaz de encontrarlo por mucho que lo hojeara. Y en ese momento sí eché en falta una forma de hallar lo extraviado. Sin tener que leer otra vez el libro, por supuesto. Algo mágico, que hiciera aparecer ante mí el párrafo sin más. Es decir, ni más ni menos que un buscador.

¿Y qué buscador puede hallar un pasaje en un libro de papel? Sí, ya sé que Google pronto será capaz de hacerlo, cuando cumpla su objetivo de digitalizar todos los libros del planeta, cosa que en gran medida ya ha comenzado a lograr. Pero existía una alternativa previa que pronto dejará de tener sentido. Las notas. Los subrayados, los asteriscos, cualquier anotación hecha en el margen del libro. Ese siempre ha sido el buscador natural que todos en alguna medida hemos empleado. Antes de la era digital, por supuesto, ahora ya no es necesario. Y esa es la reflexión que quiero hacerme tras todo este largo preambulo. Hasta ahora, la única forma de poder hallar información que fuera relevante para nosotros consistía en leer y tomar notas. Leer para encontrar y tomar notas para archivar, de alguna manera, la información encontrada. Dejábamos pistas escritas para poder volver a recorrer el camino y llegar hasta aquello que nos interesaba. Con el Google desktop, con el concepto de buscador, eso ya no es necesario. Antes ordenábamos la información en carpetas (físicas o virtuales) por materias, por importancia, por…, yo qué sé que criterios personales. Ahora el mensaje es, no hace falta ordenar nada, google encuentra cualquier cosa. No hace falta clasificar, google sólo necesita un par de datos para localizar lo que buscas.

Supongo que es mucho más cómodo así, guardar todo en el ordenador, de cualquier manera, a mogollón, y que otro se encargue de localizar lo que necesitamos, pero creo que también perdemos algo. La necesidad de clasificar, de dejar notas escritas sobre la información que manejamos, también nos empuja a leerla con más detenimiento, a “estudiarla”, a hacerla más nuestra. Con la ayuda de Google, lo único que hace falta es echar un somero vistazo, quizá decidir un poco por encima si puede sernos útil, y guardarla allí donde nos pille.

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2666

Hace ya algún tiempo que terminé 2666. De hecho, he leído ya desde entonces algún otro libro y empezado alguno más. La pereza, que es una de las fuerzas que me mueven (que la pereza pueda ser una fuerza es una idea que algún día desarrollaré un poco más profundamente), me ha hecho ir dejando de lado el comentario que había prometido sobre esta novela, tal vez porque no tengo muy claro qué puedo decir sobre ella. En algún lugar he leído que es una obra de un nivel semejante a Cien años de soledad, a las de Juan Rulfo, o a cualquiera de las centrales del boom latinoamericano. Estoy de acuerdo con esa opinión. Y con todos los entusiastas de este escritor fallecido hace tan poco tiempo y a una edad tan absurda.

Es sabida la historia de esta novela. Roberto Bolaño, sabiéndose sentenciado por la enfermedad que acabó con su vida, decidió que debía publicarse por partes, tantas como las que tenía la novela. Cada una de esas partes podía ser leída como una novela independiente, así que no había, en principio ningún problema. La razón de ello era asegurar una fuente de ingresos más o menos estable para sus hijos tras su muerte. Sin embargo, aquel a quien nombró su albacea literario, Ignacio Echevarría, un conocido crítico que escribe (o escribía) en El País, optó por no seguir su deseo. Cada parte podía leerse por separado, sí, pero eso supondría desmembrar una novela que sólo cobraba pleno sentido cuando se leían todas sus partes en conjunto. Además, no era necesario utilizar el sistema propuesto por Bolaño: la fuente de ingresos para sus hijos quedaba asegurada por su enorme calidad.

Creo que Ignacio Echevarría tomó la decisión correcta. Aunque cada una de las partes podría ser una novela independiente, el sentido de cada una por separado no tiene nada que ver con el que adquieren al ser leídas conjuntamente. Hay partes más intensas que otras: la de Fate, por ejemplo, en mi opinión no pasa de ser una especie de novela negra, muy interesante, pero que quedaría sólo en eso sin el apoyo de las demás. La de los crímenes, por su parte, a mi me resultó un tanto monótona por la repetición de los casos de asesinato en tono de informe policial. Es curioso porque, al mismo tiempo, fue la que más me intranquilizó. Si hubiera constituido una novela sin ningún otro referente, sin que la lectura desembocara en ninguna otra parte, quizá no me hubiera gustado tanto. Luego hay otras, como la de Archimboldi o la de los críticos que sí se dejan leer independientemente, que, en mi caso, podrían ser objeto por si mismas de nuevas lecturas.

En apoyo del criterio de publicar la novela completa está la propia actitud del autor, que durante su redacción se jactaba de vérselas con un proyecto de dimensiones colosales, mucho más ambicioso y extenso que su otra novela, Los detectives salvajes.

Qué triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino en lo desconocido. Escogen los ejercicios perfectos de los grandes maestros. O lo que es lo mismo: quieren ver a los grandes maestros en sesiones de esgrima de entrenamiento, pero no quieren saber nada de los combates de verdad, en donde los grandes maestros luchan conata aquello, ese aquello que nos atemoriza a todos, ese aquello que acoquina y encacha, y hay sangre y heridas mortales y fetidez. (pags. 289 y 290 de la edición de Anagrama, única por el momento)

El pensamiento de Amalfitano, recogido también en el epílogo de Echevarría, acalló la conciencia de los editores. Aun contraviniendo sus últimos deseos, habían sido respetuosos con la voluntad del autor. Y habían favorecido a los lectores, que se encontraban de repente con un mundo enorme, inmenso, en sus manos.

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Gombrowicz

Estoy en un momento mágico, estoy comenzando a descubrir a un autor. Se trata de Gombrowicz. Aun no he leído nada suyo, bueno, en realidad sí, un texto o un relato titulado Yo y mi doble, que trata de un extraño y casi obsceno amor a sí mismo. Voy averiguando, por otra parte, cosas de su vida. Que vivió en Buenos Aires desde 1939 (se marchó allí pocos días antes de que estallara la guerra en su país, Polonia) hasta 1963, año en que regresó. Seis años después falleció. Que durante una parte de esos veinticuatro años que vivió en Buenos Aires fue empleado del Banco Polaco en dicha ciudad (no puedo evitar acordarme de Kafka, otro oficinista ilustre) y que cuando regresó a Polonia apenas si era conocido como escritor en algunos círculos de Buenos Aires. La fama le llegó, pues, en los últimos años de su vida, cuando ya se hallaba de vuelta en Europa. Antes de marcharse a la Argentina había publicado el que es su libro más conocido, Ferdydurke, el libro que precisamente en este momento me dispongo a comenzar.

Es, como digo, un momento mágico. Lo mismo me ocurrió hace algún tiempo con Roberto Bolaño, otro reciente descubrimiento. Por cierto, tengo pendiente una anotación sobre 2666, libro que, por supuesto, ya he acabado. Uno de estos días, a no mucho tardar.

Witold Gombrowicz. Documentos inéditos

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La polémica del Planeta

Y continúa la polémica del Planeta. Juan Marsé ha tirado de la manta y ha dejado al descubierto lo que todos sabíamos que había debajo: mercancía pura y dura, marketing, gente guapa que sale en la tele con un letrero debajo que dice “escritor” o “escritora”. Pero libros, literatura, de eso no hay. El florido byte dice que ya casi no hay nada que leer, que las librerías, las librerías de verdad, están cerrando y que quienes amamos los libros ya casi no encontramos libros que leer. Quedan las bibliotecas, claro está, y la propia, esa que uno ha ido construyendo durante años.

Me llaman la atención unas palabras de Juan Benet que menciona el florido byte. Que los libros deberían publicarse de forma anónima, con un código de barras a lo sumo, se le ocurrió decir. ¡Hombre, ya! ¿Y la propiedad intelectual, qué?

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El prêt-á-porter de la literatura

“Ocurre, simplemente, que estoy un poco harto de novelas insustanciales con premio o sin premio que ocupan tanto espacio mediático en perjuicio de otras con empeños más honestos y ambiciosos, pero que apenas les dejan espacio para respirar. Sé que esto tiene difícil arreglo, que así está el mercado, que el cotarro cultural y mediático es el que tenemos y que responde a intereses y bolsillos que tienen muy poco que ver con la literatura según yo la entiendo, pero en cualquier caso yo me niego a dar gato por liebre, ya sea como miembro del jurado en un concurso literario o como simple ciudadano al que le piden una opinión sobre un libro”.

“Me gustaría añadir lo que ya dije una vez en relación con la literatura de ficción, tal como hoy se nos vende, en tanto premios: que es una literatura que se asemeja cada vez más al mundo del prêt-á-porter, y que el verdadero reto para un escritor actual no es entrar en ese mundo, sino ser capaz de rechazarlo”.

Juan Marsé, exmiembro del jurado del premio planeta.

Creo que nadie se llama a engaño, que todos sabemos que hace tiempo que la literatura (y la música y el cine) se está conviertiendo sólo en una mercancía. Que cada vez cuenta menos la calidad y más “el entretenimiento”. Pero lo malo de las cosas que se dan por sabidas y nadie dice en voz alta es que parecen no existir. De vez en cuando es bueno verbalizar una determinada situación porque, aunque creamos conocerla, en realidad es entonces cuando nos la planteamos en toda su amplitud.

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Sin pelos en la lengua

Juan Marsé se atrevió a decir el otro día lo que todos sospechábamos hacía años: que el premio Planeta está más relacionado con el mundo de las bambalinas, los medios de comunicación y la gente guapa, que con la auténtica literatura. Rompió con eso que se ha dado en llamar la corrección política en plena entrega de los premios y soltó, sin cortarse lo más mínimo, sin suavizarla, la opinión que le merecían las dos novelas ganadoras, que no pudo ser más contundente. Bien por él, bien por todo aquel que se atreve a denunciar imposturas como la de este premio literario. También Miguel Delibes denunció en su momento el “tongo” del Planeta, que le habían ofrecido ganar sin tener siquiera una novela preparada para presentar.

No tengo tiempo de nada más. Os dejo los enlaces sobre el premio para que juzgueis vosotros mismos.

Marsé, una exigente oveja negra
El «Planeta» de la discordia

Actualizando casi a la hora de comer:

Antonio Galvez también habla sobre el tema y despotrica (con toda la razón) contra la autocomplacencia literaria y lectora que nos rodea. Completamente de acuerdo con sus palabras.

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El escalón intermedio de la lectura

Ayer Carmen Calvo, nuestra querida ministra de cultura, dijo algo en relación con el canon que, si se cumplen los planes de la Unión Europea, deberán pagar las bibliotecas en concepto de derechos de autor. Dijo una cosa muy buena, seguro que a todos nos lo parece, y es que el gobierno “se esforzará” porque el canon no repercuta en los ciudadanos. Se esforzará. Más le vale, porque si no, ya puede echar el cierre a las bibliotecas públicas y buscarles otros puestos a los esforzados bibliotecarios. Pero no hay cuidado, el gobierno “se esforzará”.

Pero no solamente dijo eso, también dijo otra cosa interesante. La copio aquí:

La ministra de Cultura, que residió varios años en la localidad extremeña, defendió el papel que desempeñan las bibliotecas como ‘puertas del conocimiento’ y advirtió del ‘peligro que significa Internet saltándonos el escalón intermedio de la lectura‘.

A veces me pregunto de dónde han podido salir estas personas. ¿Alguna vez la señora ministra se ha asomado a internet? Supongo que sí, que como es la responsable de un área como la de cultura, tendrá que estar al día de todo lo que esté relacionado con la misma. ¿O tal vez es que piensa que la red no tiene ni por asomo nada que ver con lo que ella gestiona? Quizá son sus asesores los que navegan por la red y la tienen completamente engañada. El peligro que significa internet saltándonos el escalón intermedio de la lectura. Sorprendida se quedaría si supiera lo que uno lee diariamente en la red, lo que podría leer si tuviera tiempo para ello. Y sin dejar de leer libros de los de toda la vida. Pero está claro que eso para ella no es leer, leer debe ser lo que viene después de adquirir un libro, lo otro seguro que se parece a piratear. Ah, y si tan convencida está de que las bibliotecas son “las puertas del conocimiento” que se aplique un poco más en conseguir que la entrada por esas puertas sea libre, que no sé yo si acabaremos teniendonos que sacar un bonolibro para preparar un examen o buscar información en una biblioteca.

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