Hace unos cuantos días Miguel se hacía una pregunta que todos los que escribimos bitácoras nos hemos hecho alguna vez. En su caso, la pregunta era ¿se escribe demasiado? En el de Fabián, que le contestaba en cierta medida, y en el de muchos otros bitacoreros la pregunta cambiaba a ¿por qué, para qué escribo? Las respuestas a ambas preguntas llegaban en la nota de Fabián y en los comentarios que suscitó el post de Miguel. Suscribo todas esas respuestas, como siempre he suscrito todas las explicaciones posibles al misterioso acto o anhelo de escribir. Todas me han parecido esencialmente válidas. Tal vez porque aún no he encontrado una que lo sea completamente para mí.
¿Por qué escribo? Y, sobre todo, ¿por qué escribo en esta bitácora, a la vista de todos? Durante mucho tiempo me he hecho la misma pregunta y, como no encontraba respuesta, una respuesta válida, casi terminé por abandonar la escritura. Por aquel entonces para mí la escritura estaba vinculada a una ambición, una ambición enorme, que hoy me hace reír. Uno acariciaba en secreto el sueño de llegar a ser algún día escritor. Con el tiempo, el tamaño de esa ambición terminó por ahogar la práctica de la escritura. Si uno no escribe para publicar y para ganar algo (dinero, fama, o que sé yo) con sus libros, pensaba, no tiene sentido escribir. Y por eso casi dejé de hacerlo, incluso cuando ya me ocupaba de Octaedro. Pero luego, leyendo libros, bitácoras, artículos y todo lo que se me ponía a tiro y que podía estar relacionado con lo que me interesaba, la escritura, llegué a algunas conclusiones en relación con esta extraña práctica. Conclusiones que me parecían válidas exclusivamente para mí, pero que Fabián ha reproducido en parte en su artículo:
Posiblemente la acción de escribir y publicar sea una respuesta a múltiples necesidades. Se escribe desde la soledad que la escritura rompe. Escribir es siempre una búsqueda de no se sabe qué. Escribir ocupa un tiempo que ninguno de los grandes espectáculos de la sociedad de masas satisface. Escribir implica profundizar un poco en el conocimiento de ese gran desconocido que somos nosotros mismos. Escribir es también luchar contra esa gran ausencia e insuficiencia de palabras que nunca son del todo válidas para expresar las ideas, sentimientos y emociones propios.
Escribir para uno mismo, para comprender. Esa es la idea que ahora me anima a continuar, en Octaedro y fuera de Octaedro. Creo que era Virginia Woolf quien animaba en sus cartas a alguien que no recuerdo a escribir en su diario los acontecimientos del día, para lograr así darles una existencia real, una existencia que no se diluyera en el tiempo. Para ella, lo que no se escribía desaparecía, era como si en definitiva no hubiera sido vivido. El punto de vista que sostengo es semejante en cierta medida a lo que decía Virginia Woolf. Escribir para que lo leído no se escape entre los dedos, para comprenderlo, para hacerlo propio. Escribir sobre lo que preocupa para que la preocupación cobre forma, se defina, y no se mantenga en el limbo de lo intuido pero nunca concretado. Otra idea relacionada, recogida al vuelo en una bitácora: la cultura (cito de memoria) es el pequeñísimo poso que nos va quedando de nuestras lecturas, del arte que contemplamos o escuchamos. Y la forma de aprehender ese poso cultural, de darle consistencia y conseguir que forme parte de nosotros, es escribiendo. Aunque nunca nadie nos lea.
Pero entonces, ¿por qué hacerlo públicamente? ¿Por qué no guardar nuestros escritos en la intimidad de nuestro ordenador? Yo creo que por generosidad, por afán de compartir. Tal vez escribiendo alcancemos alguna iluminación, alguna idea curiosa e interesante. Todo es posible. En ese caso, sería muy desconsiderado por nuestra parte no ponerla a disposición de quien, de tarde en tarde, se asoma por nuestra página.
En fin, la respuesta a la pregunta de Miguel es sí, probablemente se escribe demasiado. Probablemente no tenemos tantas cosas que decirnos unos a otros, ni siquiera a nosotros mismos. Pero también es posible que, de tanto en tanto, hagamos algún feliz descubrimiento, comprendamos algo que hasta el momento nos parecía oscuro o se nos ocurra una idea para poner en práctica la mar de estimulante. Sólo porque existe esa posibilidad (yo al menos) continuamos escribiendo y leyendo.
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