Archive for octubre 30th, 2005

El placer de trabajar

El suplemento de libros de El País de ayer, Babelia, recoge una entrevista con el escritor inglés Ian MacEwan. Independientemente de los temas de los que en ella habla (relacionados con su último libro, Sábado, y con la guerra de Irak), hay algo que dice que me llama la atención:

[El trabajo] Me parece una área de la experiencia que no se explora mucho en la literatura contemporánea. No me refiero al trabajo en el sentido marxista de opresión o desde la perspectiva de que somos esclavos del trabajo. Conozco a mucha gente, incluido el tipo que está pintando la habitación de arriba (la entrevista se lleva a cabo en su casa de campo, que en este preciso momento está siendo decorada), que siente gran satisfacción con el trabajo y sus connotaciones de autoidentidad, estatus profesional… La liberación fruto de una concentración profunda no se describe ni se celebra lo suficiente. Estar absorto en el trabajo es uno de los placeres de la vida. No se corresponde exactamente con la felicidad, puesto que en ese momento ni siquiera sabes que existes y, sólo cuando terminas la tarea, saboreas esa libertad. Como dice Perowne: “Estás entonces totalmente cualificado para existir”.

En estas palabras coincide casi exactamente con Montaigne, que también, en algún lugar de sus memorias, dice:

Envidio la felicidad de aquéllos que saben gozar y obtener satisfacción con su trabajo, pues es un medio fácil de darse placer puesto que se saca de uno mismo. Especialmente, si se da cierta firmeza en su obstinación.

La entrevista se centra en el libro que McEwan acaba de publicar, Sábado, en el que relata los sentimientos y pensamientos de un neurocirujano durante una jornada en la que se dan las más importantes manifestaciones contra la guerra de Irak en Gran Bretaña. No es mi intención haceros aquí un resumen, así que si queréis saber del libro de McEwan, lo mejor que podéis hacer es leer esta reseña de Guillermo Martínez, “El ejemplo crítico”, o el propio artículo de Babelia (no soy capaz de encontrarlo en la red, ya sabéis que El País e Internet mantienen una relación un tanto tensa). Lo que me interesa ahora es, exclusivamente, esa concepción del trabajo como fuente de placer y de libertad. Y más en el caso de la literatura, en el que se dan aún más las condiciones para uno sufra un “rapto” mientras escribe una novela. Al fin y al cabo, narrar una historia es casi vivirla. El autor asume temporalmente otra personalidad (o se trata de la suya en otra época de su vida) mientras “sueña” situaciones y peripecias. Eso le separa de la realidad inmediata y le induce una especie de sueño despierto. Como alguien me dijo una vez, el escritor “juega” como un niño a crear un mundo que no es el real, el inmediato. En ese sentido, la escritura debe ser una de las profesiones más absorbentes y más capaces de producir ese placer del que hablan McEwan y Montaigne.

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