Lecturas: Una mujer en Berlín
Hace unos días terminé Una mujer en Berlín (de autora anónima), que, como ya anuncié hace un par de anotaciones, ha sido mi vuelta a la lectura. Os pongo en antecedentes por si no habeis oído hablar del libro: se trata del diario de una mujer alemana a la que tocó vivir la entrada de las tropas rusas en el Berlín derrotado de la Segunda Guerra Mundial. Es un diario íntimo, una forma de supervivencia en unas circunstancias difíciles: su autora nunca había pensado en publicarlo, de hecho, una vez convencida de hacerlo, no quiso que su nombre apareciera. Por ello tal vez está redactado de una manera extremadamente realista, y en él no se ahorran comentarios negativos sobre la manera de actuar de sus compatriotas. Hay un eje temático, el principal problema que las mujeres vivieron en ese momento de crisis y disolución de una sociedad: las violaciones. El ejército ruso entró en Berlín a la caza de cuanta mujer se dejaba ver. Supongo que como han hecho todos los ejércitos a lo largo de la historia de las distintas guerras que en el mundo han sido. Estaba compuesto, en su mayor parte, por jóvenes campesinos, hijos de un pueblo joven e inexperto, y las mujeres alemanas les parecían sofisticadas, distintas a las mujeres de su tierra. Los primeros días las violaciones eran generalizadas y en masa. Las mujeres temblaban en cuanto las botas de los soldados rusos resonaban por las escaleras de sus casas. Más adelante, como le ocurrió a la autora del diario, aprendieron a “buscarse un lobo que las protegiera de los demás lobos”, a ser posible de alta graduación. Con el tiempo, las violaciones se convirtieron en intercambios. Ellas daban sexo a cambio de comida, porque sus amantes rusos siempre llegaban con arenques o tocino debajo del brazo.
Se fueron acomodándo a la situación, más preocupadas por la vida de todos los días y la manera de seguir adelante entre el hambre y la destrucción de su mundo, dando por buena la intuición de la autora de que ellas eran el auténtico “sexo fuerte”. Los hombres alemanes permanecían en un discreto segundo plano. La autora narra como, en una ocasión, asistió al momento en que unos soldados rusos trataban de sacar a una mujer por la fuerza de un refugio. La mujer se resistía con todas sus fuerzas. Desde la puerta del refugio, un hombre asomado le recriminaba su comportamiento: “vaya con ellos, mujer, que nos está poniendo a todos en peligro”. La actitud es lo suficientemente elocuente. Sin embargo, cuando llega el final de la ocupación (al menos las tropas que habían estado acampadas en su calle se marchan y comienza a haber un mínimo de organización que pone en marcha de nuevo la vida social de la ciudad), los hombres, que vuelven a asomar la cabeza y a reclamar su derecho a sus mujeres y a su mundo, les recriminan su actitud. Ellas, para soportar la situación, habían recurrido al humor y hablar abiertamente de lo ocurrido. Así, la autora, a cada mujer que conoce, le pregunta cuantas veces ha sido violada. Con algunas intercambia bromas y burlas sobre la capacidad amatoria de los rusos. Pero cuando su novio vuelve de su ausencia militar, no entiende lo que le parece “desvergüenza” de las mujeres alemanas.
Merece la pena leer Una mujer en Berlín, sobre todo porque el sufrimiento de otros pueblos durante la Segunda Guerra Mundial está suficientemente documentado, no así el del pueblo alemán. Cierto es que ellos fueron los principales causantes de la tragedia europea, pero no está demás comprobar que, detrás de unos líderes despiadados había un pueblo, unas personas, una vida diaria en parte ajenas a lo que ocurría en los campos de concentración y en los países invadidos (los alemanes escondidos en los refugios comentan la crueldad del ejército que se les viene encima, sobre la que han oído rumores. Alguien comenta entonces que también los alemanes, los “nuestros” se comportaron con extrema violencia durante el intento de invasión de la Unión Soviética).
