Relato: “Historia de un escritor”
Esta es la historia de un escritor que dejó de escribir. Desde su infancia había anhelado crear historias como las que leía en los libros, deleitarse imaginando peripecias en su cabeza antes de pasarlas al papel, y hay que decir que había logrado hacerlo, al menos en una cierta medida. Pero luego el anhelo cambió, se transformó en el anhelo de publicar, de vivir de la escritura. La escritura dejó de ser para él un juego, un vicio solitario, para convertirse en una profesión. Y ahí se encontró con su cruz. Escribía bien, sí, pero no lo suficiente como para poder soñar con convertirse alguna vez en algo más que un escritor secreto. Se esforzó durante un tiempo, pero luego lo dejó. No era un buen escritor. Durante mucho tiempo intentó convencerse de que sí, de que era capaz de escribir algo que se publicara y que le diera dinero, pero en su interior no estaba convencido de ello. Así que la escritura se convirtió en un tormento para él. Cuando se sentaba ante la pantalla blanca del ordenador enseguida sentía la necesidad de levantarse de inmediato: había olvidado hacer algo o simplemente tenía hambre, sed o necesidad de ir al lavabo. Luego, cuando regresaba, aún se demoraba un rato en cualquier página de internet. Cuando al fin reunía la voluntad suficiente, no conseguía sobrepasar las diez o doce líneas sin tener la fuerte tentación de eliminarlas al instante.
Estaba tan desesperado que un día dejó de estarlo. Una noche en la que tampoco escribió, que desperdició sentado frente al televisor mientras en su mente la idea de que debía escribir le horadaba y le deprimía, pensó de repente que no tenía necesidad. ?¡A la escritura que le den!?, se susurró a sí mismo. ¿Qué necesidad tenía? ¿Por qué? ¿Para qué? No era un buen escritor, ya no le gustaba escribir. Muy bien, pues punto en boca. Ya estaba. No había más que decir. De repente se sintió extrañamente aliviado. Podía mirar la pantalla del televisor y desperezarse con una sensación de liviandad como no había sentido en mucho tiempo. ¡A la escritura que le den! En la pantalla del televisor había un par de chavales haciendo lo que parecía ser una prueba de un concurso absurdo. Lo miró ahora con interés, saboreando la sensación de que aquel tiempo era suyo y no tenía que rendir cuentas de él a nadie.
Sin embargo, su aparente decisión le desveló aquella noche. No podía dejar de pensar en ello mientras daba vueltas en la cama. ¿De verdad era aquello una decisión, una decisión que estaba tomada, una decisión firme? ¿Iba a dejar la escritura? Pensó en el placer que le producía antes escribir, desgranar sus pensamientos frente a la pantalla del ordenador, corregir el texto una vez escrito. No podía creerse que aquello fuera a acabar. Había ocasiones en que no era capaz de imaginar algo, comprender un suceso hasta sus últimas consecuencias si antes no lo había escrito, si no lo había trabajado sobre el papel. En ocasiones no sabía que pensaba sobre un cierto tema si antes no había intentado escribir sobre él, si no había diseñado un discurso por escrito. Eso no podía haber terminado. Sintió un fuerte deseo de levantarse de la cama y ponerse a escribir, pero no hizo porque sospechaba que, una vez sentado frente al ordenador, sentiría lo mismo que había venido sintiendo durante los últimos meses.
A la mañana siguiente se sentó frente a la mesa con un propósito claro. La noche anterior había terminado por dormirse, no sin antes tomar una determinación, esta sí, completamente seria. Frente a la mesa, la recordó. Se trataba de recuperar la escritura, pero no la escritura que había intentado practicar, la escritura profesional, la que conlleva publicar y ganar dinero. No, esa no, la otra, la que siempre le había gustado. La escritura como práctica, como terapia, la escritura porque sí, porque quiero escribir, porque me gusta escribir y no me importa si me sale un churro de cuando en cuando.
(continuará)
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