W.G. Sebald: Los emigrados
Como ya he dicho en más de una ocasión, una de las funciones principales de este blog es descubrir nuevos autores (autores que no he leído) y compartirlos por quienes se dejan caer por aquí de cuando en cuando. En esta ocasión el descubierto es W. G. Sebald, y el libro es Los emigrados. No me atrevo a llamarlo novela ni colección de cuentos. Lo primero, porque no hay unidad entre las distintas historias, a no ser la que confiere el narrador, aparentemente el propio Sebald, aunque Susan Sontag lo pone en duda en el extenso artículo que dedicó al autor, W. G. Sebald: El viajero y su lamento:
¿Es Sebald el narrador? ¿O es un personaje de ficción a quien el autor ha prestado su nombre, con detalles selectos de su biografía?
Salvo por ese detalle, los relatos se pueden leer como piezas independientes, lo que abonaría la idea de que estamos ante una colección de cuentos. Sin embargo, hay demasiada unidad en el tema, el tono y los personajes, más de la que es dado encontrar en una colección de cuentos. Dejaré, por tanto, el término libro, más indeterminado pero menos comprometedor.
Bueno, pues este libro presenta una colección de historias melancólicas, de personajes desarraigados que en un momento u otro debieron dejar su país. En el exilio son siempre emigrados, gente que no ha echado auténticas raíces en el sitio que han elegido para vivir, gente que permanece atada a viejos recuerdos. Sebald es judio, como todos los personajes de este libro, y de alguna forma esa condición le ha determinado en la elección de sus temas. Los judios son los emigrantes universales, los que nunca pertenecen al lugar en el que viven. Por eso, Sebald ha hecho de viaje, del desplazamiento (la mayoría de sus relatos comienzan con uno) uno de los temas fundamentales de su prosa.
También la memoria es otro de los temas, el hilo conductor de estos relatos. Los personajes recuerdan, pero no solo recuerdan, recuperan recuerdos que creían perdidos, sienten algunos recuerdos como más reales que la vida que están viviendo. En ese sentido una particularidad de Sebald es el empleo de fotografías en su obra. Todos sus libros incluyen fotografías en blanco y negro, con aire antiguo, ajado. A veces, páginas de periódicos, fotografías de documentos o incluso de objetos. Cuando uno lee en el texto referencias a una de esas imágenes, la tentación de considerar lo que se está leyendo como basado en hechos reales, como sucesos y personas que han formado parte de la vida de Sebald, es muy fuerte. Sin embargo, pronto toma cuerpo la sospecha de que no todo es real, que probablemente haya una mezcla entre ficción y realidad, y que esas fotografías provienen en parte de tiendas de anticuarios o de mercadillos callejeros.
El viaje, el desarraigo, la memoria y la melancolía son los temas de estos relatos. También la curiosidad por las vidas ajenas, podríamos decir. El narrador (ya sabemos que Susan Sontag no está del todo segura de que sea el propio Sebald) emprende un viaje en solitario para indagar, para buscar vestigios de la vida de uno de sus personajes. Visita las ciudades en las que vivió, se deja penetrar por su decadencia. Siempre solo. Es un escritor viajero, interesado por las vidas de otros viajeros, en este caso, viajeros a la fuerza.
Son cuatro relatos, cada uno de ellos la vida de un personaje. Dice Susan Sontag que el libro tiene una estructura musical de cuatro movimientos, in crescendo hasta llegar al apogeo de la cuarta narración, la historia del pintor Max Ferber. Es la historia más terrible, porque su exilio estuvo marcado por la muerte de sus padres a manos de los nazis. A causa de este último relato, se ha etiquetado la obra de Sebald como “literatura del holocausto”. Erróneamente, puesto que el tema aquí no es el destino de los judíos, sino el desarraigo del emigrante.
En suma, un libro enigmático y fascinante.

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