Retorno y algunas lecturas
Mis ausencias de Octaedro son tan frecuentes, los pocos que me leéis estáis tan acostumbrados a ellas que, simplemente, me parece absurdo intentar justificarlas. Ocurre que, de cuando en cuando, el blog desaparece de mis listas de prioridades. No sé muy bien por qué, tampoco se trata de que tenga mucho trabajo en otros ámbitos. Simplemente ocurre. Y luego, de repente, un día me da por volver a él. Así, sin más. Supongo que uno no tiene más remedio que asumirse como es, que no tiene objeto luchar denodadamente por autoimponerse una periodicidad que tal vez no vaya con su carácter. En fin, que aquí estoy de nuevo.
Lo curioso es que durante ese tiempo no abandono la actividad que se halla en la base de este blog. Como siempre, sigo leyendo, tanto literatura como referencias a ella en otros blogs. Ahora, por ejemplo, tengo dos libros para comentar en Octaedro. Por una parte, Sin destino, de Imre Kertész, que lo debía desde el verano (fundamentalmente a Magda, que fue quién me lo recomendó). Y el otro, nada menos que lo último de mi querido Vila-Matas, Exploradores del abismo. Vamos, pues, con el primero.
La historia de Sin destino es de sobra conocida. Un adolescente judío en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial. El acoso de los nazis y fascistas locales es imparable. Un día su padre es destinado a un campo de trabajo. György lo registra con cierto distanciamiento, como si no fuera muy consciente de lo que ocurre. Su familia adopta variadas actitudes ante la situación, entre las que predominan la resignación y la obediencia. En todo caso, todos confían en que sea cosa de poco tiempo: los nazis van perdiendo la guerra y pronto puede llegar la liberación.
En un momento posterior es el propio György el que experimenta en su persona “el destino común de los judíos”. De repente recibe la noticia de que debe abandonar los estudios y comenzar a trabajar, lo que en realidad no le disgusta del todo. Pero un día, camino de ese trabajo, su autobús es detenido y todos los judíos que lo ocupan son deportados. El destino será un pueblo cuyo nombre no les dice nada: Auschwitz-Birkenau.
A partir de ese momento, el protagonista conoce el mundo de los campos de concentración. Aprende que hay dos tipos, los de trabajo y los de exterminio, que, a primera vista, se distinguen con facilidad por el número de chimeneas que hay en unos y en otros. Como es un joven ágil y fuerte, su destino es acabar en uno en el que solo hay una chimenea, Buchenwald. Allí trabaja como una mula, recibe golpes y termina contrayendo sarna y teniendo heridas abiertas en el costado. Acaba en la enfermería, de donde ya no saldrá hasta el momento de la liberación.
Lo más chocante de la novela es el tono en que está narrada. Hay un cierto distanciamiento, cierta objetividad que hace al autor narrar los hechos sin introducir ningún tipo de interpretación de los mismos. Gyorgy, el protagonista, simplemente observa lo que le rodea y trata de comprender. Pero lo hace con una actitud desapasionada, una actitud que no se rebela, que no maldice su destino. Simplemente, lo acepta. Incluso, aunque parezca increíble, llega a sentirse feliz cuando por fin se encuentra en la enfermería, con una cama para él solo, libre del sufrimiento y de las obligaciones de los sanos. Se arrebuja entre las mantas y piensa con agrado que no tiene que formar ante su barracón ni marchar al trabajo, que no tiene que luchar por conseguir una porción mayor de rancho. Se siente en esos momentos libre de preocupaciones y obligaciones.
Cuando llega la liberación y puede volver a su país, a su ciudad, reflexiona por primera vez acerca de la experiencia que acaba de vivir. Un periodista le pregunta por sus sentimientos en relación con lo vivido. György examina por primera vez su interior y descubre con cierta sorpresa que siente odio. Odio hacia sus compatriotas, que les dejaron marchar a los campos nazis sin mover un solo dedo, que incluso ayudaron a su traslado, contentos de no ser ellos los deportados. Es el primer sentimiento del protagonista que aparece en la novela, al menos que aparece inequívocamente. Y lo hace sin pasión, casi de forma inesperada. Gyorgy comprueba que siente odio como quien se da cuenta de que tiene hambre. De repente, todo lo vivido se le manifiesta en toda su magnitud. Se podría decir que hasta ese momento no ha sido consciente de lo que ha sufrido.
Kertesz, como dice Magda, es uno de los mejores escritores vivos. Al menos uno de los mejores que he leído.
P.S. El otro libro que he mencionado al principio, Exploradores del abismo, de Enrique Vila-Matas…, lo dejo para otro día.

Querido Juan Carlos, que bueno que leíste Sin destino y nos cuentas tu lectura.
A mi lo que dices que es más chocante de la novela: “el tono en que está narrada”, es de las cosas que más me sorprendieron. Es increíble esta estrategia narrativa que hace de la novela, entre muchas cosas más, extraordinaria. Sabiendo como se sabe que Kertész, vivió en carne propia toda esta experiencia espantosa del protagonista sorprende aun más.
Es conmovedor, y muy lógico, que György se sienta feliz por tener una cama, un poco de comida, sábanas limpias, estar libre de tanto sufrimiento que lo dejan a un paso de la muerte. Sólo tiene 15 años y llega a la enfermería , además de con la infección, con piojos, la experiencia demoledora y el espíritu hecho pedazos.
Quizá acepte que el ser humano no tiene destino porque siendo casi un niño tiene que asumir ese no tener un destino el cual forme parte de ti mismo hacerlo como quieras. Él tiene que aceptar a fuerzas su sin destino. Hasta su regreso a Budapest puede reflexionar sobre lo sucedido porque de lo contrario hubiera muerto ante tan inmenso dolor, ante esa realidad vivida tan increíble de vivir.
Una magistral novela de un excelente MAESTRO.
Comprendo la actitud del protagonista, entiendo que la propia supervivencia necesita a veces perder de vista la magnitud del horror que se está viviendo y fijarse en las pequeñas cosas, en esa cama individual y en ser eximido del trabajo brutal. Es simplemente que parece paradójico que en una situación como esa se pueda hacer abstracción del dolor y el sufrimiento y sentirse casi feliz con esas pequeñas cosas.
Estoy de acuerdo contigo en lo de magistral y maestro. Debo confesarte que la he leído dos veces (la segunda para reforzar el recuerdo en mi mente antes de escribir sobre ella), y las dos la he disfrutado enormemente.