Hace unos días que he terminado la trilogía de Javier Marías, Tu rostro mañana. Leí los libros según fueron apareciendo, pero cuando publicó el último no me pude resistir a volver a ellos para leerme la obra de un tirón, lo que puede parecer excesivo cuando estamos hablando de mil seiscientas páginas. Pero no me ha resultado costoso recorrer las reflexiones de Marías y los sucesos, morosos por analizados obsesivamente, de esta curiosa novela.
Tenemos el personaje de Jaime, o Jacobo, o Jacques (por decir sólo algunos de sus nombres) Deza. Acaba de separarse de su mujer y para no estorbarla en el proceso de acostumbrarse a la decisión que ha tomado (ya que ha sido ella quien le ha echado de su lado), se marcha a vivir a Londres. Es su “segunda temporada” allí, en el pasado (antes incluso de conocer a su mujer), estuvo trabajando como profesor en la universidad de Oxford. En aquella época conoció a Toby Rylands y a Peter Wheeler, así como tuvo una amante, Claire Bates. De todos ellos solo queda Wheeler, que es quien le hace una curiosa propuesta y le presenta a un personaje inquietante que tendrá que ver mucho en su vida a partir de ese momento.
El profesor Deza tiene una extraña cualidad, una cualidad que poseen muy pocas personas. La tenía Rylands, y también Wheeler, y son ambos quienes la descubren en él. Se trata de la capacidad de ver en el interior de las personas, de captar, a través de sus palabras, de sus gestos, de sus comportamientos, cómo será su “rostro mañana”. Es decir, Deza y los que son como él son capaces de prever los comportamientos futuros a partir de las actitudes presentes. En el fondo, parece querer decir Marías en esta novela, todos somos capaces de ver en los demás mucho más allá de lo que vemos, lo que ocurre es que no queremos ver, no queremos saber qué hay en el fondo de los demás. Preferimos confiar, aunque haya señales palpables que nos avisen de que no debemos hacerlo. Nos cegamos en nuestra relación con los demás y preferimos verlos como a nosotros nos gustaría que fuesen antes que como son en realidad.
Deza y los que poseen su cualidad simplemente no pueden ponerse esa venda ante los ojos. Ven en el alma de los demás, aunque ellos mismos no sean conscientes de ello. Es por eso que Peter Wheeler le presenta a Bertram Tupra, un extraño personaje que dirige un grupo no menos extraño del que Deza pasa a formar parte. Ese grupo (que no tiene nombre y se reúne en un edificio también sin nombre) tiene como función el analizar a personas que se les proponen, mediante entrevistas o vídeos, y determinar hasta dónde podrían llegar en su comportamiento. Si serían capaces de matar, que es la pregunta última de cada uno de los análisis. Son una especie de agentes secretos que trabajan en teoría para el gobierno británico, aunque a veces existe la sospecha de que los destinatarios últimos de sus análisis podrían ser simples particulares, con un objetivo nada claro.
Deza se integra en el grupo, disfruta de su trabajo, que le parece más entretenido que cualquier otro. Pero un día se da de narices con la violencia. En el fondo de todo late la violencia, lo aprende en una ocasión en que Tupra intimida a alguien con una violencia calculada, limitada, utilizada con la intención de asustar. En un primer momento, la rechaza, rechaza las explicaciones y las justificaciones de Tupra. Pero luego él mismo la emplea cuando regresa a su país y descubre que su mujer mantiene una relación que él cree peligrosa con otro hombre. Deza se descubre capaz de ejercer esa violencia que le había repugnado en Tupra, y sobre todo, descubre que le gusta sentir la sensación de poder que confiere el tener la capacidad de intimidar a otro ser humano. Descubre su rostro y descubre que no es tan diferente del de Tupra.
Todo ello compone la trama principal, pero hay algo más, apasionante también, un tributo de Javier Marías a la realidad. Wheeler, y Juan Deza, el padre de Jacobo, son, en realidad, Sir Peter Russell y el padre del autor, Julían Marías. De ambos toma prestadas sus memorias, lo que vivieron y padecieron en sus respectivas guerras (la guerra mundial y nuestra guerra civil) y lo utiliza para reflexionar. Las guerras son un gran desperdicio, concluye, y uno participa en ellas haciendo cosas que luego, cuando llegue la paz, difícilmente será capaz de justificar ante sí mismo. Pero también la guerra tiene un efecto adictivo. Muchos, una vez concluida, la echan de menos. En su transcurso vivieron más intensamente, preocupándose sólo por aquello que era esencial, y siempre sabían qué podían considerar esencial. La vida adquiría en guerra otro matiz, parecía mucho más vivida.
La novela se lee con rapidez, a pesar de que las reflexiones del autor son muy abundantes y de que da la impresión de que examina las escenas desde fuera, aunque realmente lo hace desde el protagonista. Hay también algún problema con el personaje de Pérez Nuix, que da la impresión de que va a cobrar fuerza según se desarrolle el relato pero luego termina aparcado, casi olvidado, sin que se tenga una impresión clara de cuál era su papel en la trama. Sin embargo, todo esto son problemas que se le pueden perdonar. Tu rostro mañana es una novela sumamente interesante por lo que tiene de ejercicio de reflexión en torno al ser humano, a las relaciones entre los seres humanos, a lo que son capaces de hacer los seres humanos de acuerdo con las circunstancias en las que viven. Y, sobre todo, una reflexión sobre la responsabilidad individual, sobre la autojustificación. Las cosas “que no cuentan” porque se hicieron en otro país, en otra vida. O en el transcurso de una guerra.
Tu rostro mañana. 1 Fiebre y lanza.
Tu rostro mañana. 2 Baile y sueño.
Tu rostro mañana. 3 Veneno y sombra y adiós.
Editorial Alfaguara
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