Archive for Abril, 2009

Sharismo, una nueva filosofía vital

Es curioso como la red va creando actitudes y formas de ver la vida que contradicen, o al menos suponen una superación, a las que rigen fuera de la red. Durante mucho tiempo se creyó que las cosas se hacían únicamente por dinero. La perspectiva de ganar dinero era la que hacía trabajar a las personas. Sin embargo, con la aparición de internet esa forma de pensar cambió. Recuerdo las primeras webs, antes de la web 2.0, el P2P y las redes sociales. Tenía amigos que me decían que no entendían como alguien podía dedicar su tiempo a crear una página sobre un tema, aunque le gustara mucho, y poner en ella información vital para otros interesados en el mismo tema. Que qué ganaba con eso, me preguntaban. Yo también alucinaba, pero veía detrás de todo aquel voluntarismo pasión, pasión por un tema, pasión por compartir ese tema y la información de la que disponemos.

Ahora, con las redes sociales, con el p2p, la pasión de compartir ha llegado al alcance de los usuarios menos duchos informáticamente hablando. Por mucho que se condene desde las sociedades de gestión de la industria cultural, internet va derivando cada vez más hacia un ecosistema cuya principal motor es compartir. Hemos comenzado compartiendo producciones culturales con copyright, sí, pero hemos continuado con otras que lo han perdido (clásicos) o que nunca lo han tenido (copyleft). Cada vez más, quien comparte a su vez produce lo que comparte. Hemos pasado de ser consumidores pasivos de conocimiento a ser creadores, o al menos, transformadores, resumidores, adaptadores, de ese conocimiento.

La pasión por compartir, por crear conocimiento y ponerlo al alcance de los demás, en la espera de que los demás harán lo mismo y las ideas crecerán y se desarrollarán gracias a todas esas mentes interconectadas ha recibido el nombre de sharismo, un término procedente del inglés to share (compartir). Se podría decir que es una nueva filosofía a la que ha dado lugar la red y el desarrollo de fenómenos como los blogs y las redes sociales. Dolores Reig lo explica con detalle en su blog:

“El sharismo es el Espíritu de la Era de la Web 2.0. Tiene la consistencia de una epistemología naturalizada y de una axiología modernizada, pero también conlleva la promesa de una nueva filosofía en Internet. El sharismo pretende transformar el mundo en un Cerebro Social emergente: un híbrido interconectado de gente y software. Somos Neuronas en Red conectadas entre sí por las sinapsis del software social.”

No hay duda de que esa imagen de cada internauta como una neurona de un inmenso cerebro social es tremendamente atractiva. Es como formar parte de algo que nos trasciende y que, al mismo tiempo, no está compuesto más que de máquinas y personas. Personas a todo lo largo y ancho del mundo que comparten información y crean conocimiento y, en último término, contribuyen a la democracia:

“Cuanta más gente creativa participe en el espíritu del sharismo, más fácil será lograr unos medios de comunicación 2.0 bien equilibrados y equitativos hechos por la gente misma a su medida. Los medios de comunicación no serán controlados por ninguna persona concreta sino que residirán en la propia distribución de la red social. Los “shareros” (Héroes del sharism) se convertirán de forma natural en los líderes de opinión de la nueva red. Los derechos sobre los medios de comunicación pertenecerán a todos. Tú mismo puedes ser productor y consumidor en un sistema de este tipo.”

¿Una utopía esperanzadora en época de crisis? No hay duda de que estamos en un período de cambio.

¿Una nueva forma de leer?

Internet ha cambiado nuestra forma de relacionarnos con la cultura. Hasta ahí todos de acuerdo. Pero ocurre que ese cambio no es, o no debería ser, tan negativo como muchos lo ven. Por una parte tenemos a la industria cultural, para quien todo acceso a cualquier bien cultural sin pasar por taquilla es un delito y debiera ser castigado. Pero por otra también hay un descrédito en cuanto al acceso al conocimiento a través de la red. Se dice que internet fomenta un saber fragmentario, deslavazado, en el que se recogen datos de distintas fuentes y a menudo ni siquiera se comprueba su veracidad. Néstor García Canclini rebate ambos argumentos en un interesante artículo que publica en la Revista Alambre: La lectura en tiempos del Zapping. Parte de una queja muy frecuente entre los profesores universitarios: que los estudiantes no leen los libros completos, que utilizan las fotocopias para leer fragmentariamente. Pero después constata que los profesores no leen de manera muy diferente. Que también la suya es una lectura fragmentaria, una lectura que “salta” y que dialoga con otras lecturas. A partir de esa constatación se pregunta si no será que, de alguna manera, el acceso al conocimiento ha cambiado.

Recuperación de un libro que causó cierto revuelo cuando fue publicado. Lo cita García Canclini en su artículo. Se trata de Cómo hablar de los libros que no hemos leído, de Pierre Bayard. Del mismo solo tengo una referencia, indignada, como la de muchos amantes de la lectura. En su momento me pareció que su planteamiento era cínico y anticultural, que solo era un libro “para brillar en sociedad” y que, de alguna forma, se reía de todo lo que a mí me gustaba. No he vuelto a tener más referencia del mismo hasta este momento, hasta la cita de García Canclini. Y, a pesar de mi rechazo inicial, me reconozco en algunas de las tesis del autor. La idea central es que hay una cierta presión social en torno a los libros que uno debe haber leído, tanto si se dedica profesionalmente a la literatura (como es su caso, puesto que es profesor de la materia en la Universidad de París VIII), como si, simplemente, se considera una persona culta. Bayard reivindica que uno no debe sentirse culpable por no haber leído todos los libros que se supone debe haber leído. Habla de la lectura y la no lectura, y clasifica los libros en función del grado de conocimiento que uno tiene sobre ellos. Hay libros que no se han leído, o que no se han leído completos, pero que se pueden situar en su contexto y sobre los cuales se tiene un buen conocimiento. Tambień hay libros que uno ha olvidado, en todo o en parte. Todos forman parte, a decir de Bayard, de nuestra aproximación a la lectura, de nuestra reconstrucción personal de los libros que leímos o no leímos.

Supongo que la conclusión que se puede extraer del artículo de García Canclini y de las opiniones de Bayard (expresadas en esta entrevista) es que la lectura no es recorrer los libros que deberíamos haber leído desde el principio hasta el final, renglón por renglón, sin saltarnos una coma. Que la lectura debe ser placer, que cada uno construye su propio libro cuando lo lee y que se produce una conversación entre lector y autor, entre lectores y críticos, entre estudiantes y profesores. Y en esa conversación toma parte, y muy activamente, la accesibilidad que nos proporcina intenet. Por otra parte, también podría decirse que en nuestros días se produce una mitificación del objeto libro como único vehículo de la cultura, cuando precisamente parece que podríamos encontrarnos frente a la superación de ese concepto tan rígido. Los libros son objetos, hermosos, pero cada vez más objetos. Y los saberes que atesoran comienzan a circulan al margen de ellos. En su momento, como dice García Canclini, a través de las fotocopias; hoy, a través de internet. ¿Solo es lícito acceder al conocimiento mediante el libro? ¿Hay que desaprovechar las otras vías, las innegables ventajas que ofrece internet?

Algunas citas del artículo de García Canclini:

Otra situación que fomenta equívocos: un libro que se ha leído y se ha olvidado por completo ¿puede considerarse un libro leído? Bayard cita a Montaigne, quien ostentaba ser olvidadizo con los libros de otros y con los propios: algunas personas le recordaban fragmentos que él no conseguía reconocer como parte de su escritura. La “deslectura”, según Bayard, muestra la experiencia de leer como ganancia, y, en ocasiones, como parte de un proceso necesario de pérdida, en el que comprendemos que la cultura tiene que ver con la ampliación de la sabiduría y con la necesidad de seleccionar y olvidar.

El mejor lector no es el que recorre el libro del principio al final, sino el que descubre muchos itinerarios y los conecta entre sí. No veo como buen lector de antropología al que sólo devora aplicadamente a los clásicos. Más bien al que trata de comprender las obras vertebrales de la historia, y además lee aquí y allá por curiosidad, por urgencias personales, saltando de capítulos de libros a debates en la red. Y cuando las dudas en el trabajo de campo o la sorpresa al leer en el periódico que Wall Street operaba como si fuera Las Vegas, lo dejan solo frente a un enigma, conoce en qué libros ir a buscar acompañamiento. O cuando las noticias evidencian que en su propia sociedad, en México, los asesinatos dejaron de ser ritos de iniciación en la mafia en dos ciudades de la frontera norte y suman más de 4000 al año en el conjunto del país, lee las explicaciones sociológicas, económicas y políticas, comparte su desorientación, y además descree que esto se inició en el sexenio pasado o el anterior. Busca en una historia de larga duración cómo fueron transformándose las relaciones entre violencia social y capacidad de simbolizarla, entre trabajo, instituciones, dinero y muerte.

Escribe Pierre Bayard: “Ser culto no consiste en haber leído tal o cual libro, sino en saber orientarse en su conjunto, esto es, saber que forman un conjunto y estar en disposición de situar cada elemento en relación con el resto” (Bayard, 2008:28). Ante una conversación o en un proceso de investigación, el comportamiento más valorable no es la capacidad de citar muchos libros sino la de ser capaz de organizar un trayecto productivo entre los libros que conocemos y la inmensidad de libros no leídos.

[vía Libro de notas]