El lector, de Bernand Schlink
Leo El lector, de Bernard Schlink. No he visto la película, y no sé si la quiero ver. El tráiler me ha mostrado a Kate Winslet en el papel de Hanna y reconozco que no me ha convencido demasiado. Para mí Hanna es más dura, más seca. La Winslet le da un tono más dulce.
Pero, a lo que ibamos. De un tiempo a esta parte, y ya lo he discutido aquí en alguna ocasión, está de moda la historia de la Segunda Guerra Mundial, la Alemania nazi y el holocausto de los judíos. Sin embargo, obras sobre el tema, sobre todo sobre el sufrimiento de los judíos existen desde hace mucho tiempo. Esto de ahora es diferente, ahora se trata de bucear en la mentalidad de los alemanes, de entender sobre todo a aquellos alemanes no comprometidos con el nazismo, pero que se vieron envueltos en el horror de los campos de exterminio por su pasiva aceptación de las circunstancias.
La novela de Schink (de la que no voy a contar el argumento porque lo supongo suficientemente conocido) plantea precisamente un dilema en ese sentido. Hanna y Michael Berg representan las dos generaciones más directamente implicadas en lo sucedido: la de Hanna, directamente, por acción u omisión; la de Michael, como heredera de la culpa. El dilema se le plantea a la generación de Michael: ¿debemos despreciar a nuestros padres por no haber sabido parar lo que estaba ocurriendo, por no haber querido simplemente verlo?, o , por el contrario, ¿podemos de alguna forma perdonarles y perdonarnos a nosotros mismos alegando ese ¿qué hubiera hecho usted? que Hanna le espeta al presidente del tribunal en un par de ocasiones? Porque Hanna es culpable, pero no es un monstruo que disfrutara con la humillación de las mujeres judías que tenía bajo su control. Ese es probablemente, el punto clave de toda la obra. Hanna no representa al nazi, despiadado con los judíos, absolutamente fascinado por la figura de Adolf Hitler. No, Hanna representa a la sociedad de la época, a quienes aceptaron la situación como algo dado y simplemente trataron de continuar con su vida como si lo que estaba ocurriendo apenas tuviera nada que ver con ellos. Ello da lugar al dilema de Michael: si Hanna hubiera sido nazi, si hubiera cometido las acciones por las que se la acusa con frialdad y no quedara patente que se arrepentía de ellas, Michael nunca hubiera continuado amándola.
Se podría ver en la novela un intento de justificación del pueblo alemán. Ese ¿qué hubiera hecho usted? parece dirigirse al resto del mundo, a todos los que se horrorizan ante el holocausto y condenan al pueblo aleman por no haberse opuesto, por no haber resistido de alguna manera, por no haber querido ver. ¿Qué hubiera hecho usted en una sociedad dominada por la locura colectiva? ¿Cómo se hubiera comportado, dónde se hubiera situado ante la maquinaria nazi, perfectamente engrasada, controlando todos los aspectos de la sociedad y la vida? ¿Qué hubiera hecho usted?, es la pregunta que queda al final de la novela.
Considerando únicamente el aspecto literario, la novela en sí, aunque es ágil y está bien narrada, tiene demasiado en primer plano el tema, lo que oscurece en cierta medida todo lo demás. Sobre todo a los personajes. Tal vez Hanna pudiera haber tenido un mayor desarrollo. Esa obsesión por ocultar su analfabetismo tal vez hubiera dado para más.
Contrahistoria de la filosofía es una obra en varios volúmenes, de la que hasta ahora han sido publicados los tres primeros. El primero de ellos, Las sabidurías de la antigüedad, rescata a los filósofos que fueron enterrados bajo la denominación de presocráticos (aunque algunos de ellos eran contemporáneos o incluso posteriores a Sócrates) y sofistas. Aristipo de Cirene, Demócrito, Lucrecio, Epicuro. Todos ellos sufrieron la influencia de Platón y fueron condenados al silencio. En el caso de Demócrito incluso estuvo a punto de sufrir la incineración de su obra (Platón quería llevarla a cabo, pero le disuadieron de hacerlo porque ello no hubiera tenido un efecto determinante, puesto que la obra de Demócrito estaba ya en ese momento muy difundida). El que persistió, a pesar del boicot de los idealistas y, posteriormente, de los cristianos, fue Epicuro. Su filosofía demostró ser sumamente resistente, tanto que impregnó a una parte del cristianismo posterior, con lo que llegamos al segundo tomo de la obra, El cristianismo hedonista.
Onfray recoge en este segundo libro visiones cristianas no muy lejanas del espíritu de Epicuro. Cristianos que no ponían el acento tanto en la culpa y en el sufrimiento como en el goce de la vida. La idea era que, puesto que Jesús había muerto en la cruz para redimirnos del pecado, por qué no considerar éste como algo superado y disfrutar de la vida que el propio Jesús ha concedido al hombre. Dicha visión, sin embargo, no fue del agrado de la Iglesia, que reaccionó ante estas “desviaciones” con su instrumento favorito: la hoguera. Así acabaron en gran parte los Hermanos y las Hermanas del Espíritu Libre, una corriente de pensamiento que, a pesar de todo, se las arregló para pervivir oculta en Europa hasta el siglo XVI y que denunciaba la hipocresía de la Iglesia oficial. Posteriormente, durante el Renacimiento, Onfray menciona a una serie de pensadores que se proclamaban cristianos pero que sostuvieron una actitud proclive al epicureismo al considerar que algunos placeres moderados no eran contrarios a la virtud. El libro termina con una extensa parte dedicada a Montaigne, a quien Onfray considera uno de los filósofos más importantes de todos los tiempos y que encarna plenamente el ideal que enuncia el título, ese hedonismo cristiano. De Montaigne he hablado por
Por último, el tercer tomo, el que cierra temporalmente la obra, Los libertinos barrocos. Filosofía francesa fundamentalmente. Una serie de autores que parten de la obra de Montaigne y profundizan en sus planteamientos. Onfray dice de ellos que ninguno niega a dios (el ateismo como tal aún no existe), pero si lo apartan discretamente, haciendo buena aquella máxima de Epicuro que decía que los dioses existen, pero no se ocupan de los hombres. Dios también existe, pero no le interesan los asuntos de los hombres, es decir, de alguna forma estos autores le piden que no se inmiscuya en la vida de los hombres. A cambio nadie negará su existencia. Pierre Charron, Pierre Gassendi, Cyrano de Bergerac, Saint-Évremon, La Mothe Le Vayer son estos libertinos barrocos que han desaparecido de la historia de la literatura. El período se cierra con una de las más importantes figuras de la filosofía, Spinoza. La actitud de Spinoza ante la existencia de dios, el panteísmo (no quería que nadie le pudiera acusar de ser ateo), preludia sin embargo la llegada de la negación de dios. Para Onfray, esta época supone el final del apogeo de la creencia en dios. A partir de entonces la figura de dios irá llevando a cabo un discreto y paulatino mutis en el ámbito de la cultura europea.