Archive for the 'artículo' Category

La muerte de Montaigne, de Jorge Edwards

La torre de MontaigneDe entrada no estoy muy seguro de cómo calificar el texto de Edwards. El propio autor lo considera novela, pero en realidad tiene mucho más de ensayo. En todo caso se trata de un juego literario en el que el autor chileno indaga en la vida de Montaigne desde la suya propia, y se muestra plenamente identificado con el espíritu del autor francés. Porque Montaigne, como el propio Edwards dice que ha intentado siempre ser, es un “güelfo entre los gibelinos y un gibelino entre los güelfos”, es decir, es un personaje de juicio independiente que toma partido en su fuero interno pero que intenta no beneficiar a ninguno de los dos bandos. Porque en la época en que le tocó vivir había dos bandos ferozmente enfrentados, los católicos y los hugonotes, protestantes. Montaigne era un hombre respetado, influyente a su manera (había sido alcalde de Burdeos), muy preocupado por la violencia desatada que se vivía en Francia. De la lectura de esta obra de Edwards se desprende que, en su fuero interno, tenía bastantes simpatías hacia los hugonotes, pero ante todo le preocupaba que Francia por fin respirara en paz bajo el poder de una monarquía que ejerciera un papel unificador.

La novela-ensayo de Edwards pinta los últimos años de la vida de Montaigne. Son aquellos en los cuales transcurre su extraña relación con Marie de Gournay, una joven de 22 años (Montaigne tenía 55), entusiasta de sus ensayos, que le propone ser su fille d’adoption, su hija adoptiva. Al menos en una ocasión, Edwards sospecha (porque una gran parte de la novela tiene un caracter conjetural) que esa relación dejó de ser paterno-filial y se convirtió en amorosa. En todo caso, Montaigne vivió esa relación como la última pasión erótica de su vida, una vida que ya anhelaba recluirse en su torre, rodeada de sus libros y sus escritos, lejos de todo. Sin embargo, esos años también fueron los más difíciles en el ámbito político. El año en que vivió su relación con Marie, Montaigne fue llamado a París por Enrique III. En el camino fue asaltado por una banda de hugonotes como represalía por un asalto que ellos habían sufrido a manos de los católicos. Cuando llegó a París, fue inmediatamente encarcelado en la Bastilla por la Liga católica, puesto que su figura también levantaba sospechas en ese bando. Así pues, zarandeado por uno y otro bando, considerado traidor por ambos, cuando él solo aspiraba a que le dejasen solo con sus libros y sus ensayos.

Edwards admira profundamente al autor de los ensayos. Se deleita haciendo referencia a sus cualidades como lector, al caracter absolutamente independiente de su prosa, juguetona en ocasiones, amante de las digresiones, y el mejor ejemplo de lo que en ese momento se entiende por ensayo. Montaigne escribe “ensayando”, explorando los temas, atravesando cualquier puerta y recorriendo cualquier camino hasta donde puede, aunque en ocasiones deba volver sobre sus pasos y explorar otro. El mismo dice, en algún momento de los ensayos, que si su pluma da para entrar en aguas profundas, lo hace sin temor, pero que si se enfrenta a aguas que no conoce, se contenta con contemplarlas desde la orilla. Pero su amor por los clásicos, su caracter de lector impenitente, con frecuencia le proporcionan base para no quedarse nunca en la orilla.

En fin, que la novela de Edwards respira pasión por Montaigne y es imposible leerla sin tener a mano los Ensayos.


Entradas relacionadas:

1Q84, de Haruki Murakami

Haruki MurakamiComo comentaba hace un par de post, terminé 2011 y comencé 2012 leyendo 1Q84, de Haruki Murakami. Creí que lo había terminado, pero buscando información para escribir este post descubro que no, que en realidad se trata de tres libros y yo solamente he leído los dos primeros (publicados en España en un solo tomo). Aún falta un tercer tomo. He tenido que volver al libro para leer los últimos párrafos: me pareció que la novela se cerraba con un final muy adecuado. Pero estaba equivocado, el final del segundo tomo podría ser perfectamente el de la obra, pero la novela no quedaba cerrada.

En todo caso, la primera y segunda parte tienen entidad suficiente para ser comentadas por su lado. No sé lo que añadirá la tercera parte, aunque ya he conseguido el avance de que en ella aparece un nuevo personaje. Pero lo mejor sería que comenzase por explicar siquiera mínimamente de qué va la novela.

La novela gravita en torno a dos personajes, Tengo y Aomame, que viven historias paralelas en el tiempo. Tengo es profesor de matemáticas en una academia y escritor aficionado. Aunque no le falta talento para ninguna de las dos actividades, no destaca especialmente en ellas, básicamente porque no le interesa. Un día un editor al que conoce por haberse presentado a algún concurso literario le propone realizar la reescritura de una novela muy especial y muy extraña. Se titula La crisálida del aire y la ha escrito una chica de diecisiete años. La novela es muy imaginativa, pero está escrita con una gran pobreza lingüistica. Por esa razón, el editor le propone a Tengo volver a escribirla: tiene la intención de hacer que su autora la presente a un concurso literario y lo gane. Aunque a Tengo no le gusta la idea (le parece una estafa que puede volverse en contra suya en el futuro) acepta. Tras la reescritura conoce a la autora y comprende que lo que ha narrado en la obra no es una fantasía, sino que es real. De alguna manera que no entiende, la chica ha vivido situaciones extrañas y ha entrado en contacto con unos pequeños seres, la Little People que han cambiado su vida.

Aomame, por su parte es una instructora de gimnasia que ejerce una extraña actividad secreta: es una asesina. Mata exclusivamente a hombres que han abusado o maltratado a mujeres. Y lo hace por encargo de una mujer extravagante que quiere cobrarse una deuda con hombres.

La historia transcurre en el año 1984. Cuando acude a cometer una de sus acciones, Aomame debe abandonar una autopista a través de una escalera de servicio. Sin que ella sea consciente en ese momento, ha entrado en otra realidad, en 1Q84, aparentemente igual que 1984, pero solo aparentemente. Tengo y Aomame se mueven en esa nueva realidad y a lo largo de toda la novela pugnan por encontrarse… Y hasta ahí, para saber lo que ocurre tendreis que leer la novela.

Desde muchos sitios se aclama esta novela como una de las mejores de su autor. Para otros, es una concesión al comercialismo: la ven casi como una novela policíaca comprometida, algo parecido a la saga Millenium. En todo caso, si es cierto que supone un cambio en relación con sus otras obras. Es más realista, aunque existe un doble plano de realidad que según va avanzando la historia se confunde hasta el punto de que ninguno de los personajes sabe qué es la realidad o en qué realidad están. Por otro lado, estos si que son plenamente murakamianos: son seres perdidos, que se sienten extraños y no terminan de encajar en ningún lugar. Tengo tiene un talento sobresaliente para las matemáticas y más que notable para la literatura, pero no es más que profesor en una academia de poca monta, y la máxima aspiración de Aomame (antes del final de estas dos primeras partes de la novela) es morir si con eso logra hacer felices a otros seres. Ambos recuerdan a personajes anteriores del autor.

Por lo demás, si que hay cierto comercialismo. Trata temas bastante actuales, como el abuso de niños o las sectas, y hay una presencia mayor de sexo y violencia. El propio autor reconoce que utiliza dichos elementos como una manera de mantener la atención del lector a lo largo de la gran cantidad de páginas de la obra. Sin embargo, y aunque en algunos casos Murakami roza lo más extremo, dichos elementos no son centrales, ni atraen una atención preferente del lector. Son más relevantes los sucesos fantásticos, a la cabeza de los cuales se encuentra la presencia de la Little People, y la manera en que los personajes los asumen y van dejando que esos sucesos determinen el transcurso posterior de sus vidas.

Entradas relacionadas:

Bauman y la “vida líquida”

Zygmunt Bauman

Zygmunt Bauman, Vida líquida, Ediciones Paidos Ibérica, 2006

Poco a poco vamos comprendiendo mejor cómo actúa este sistema que, en un momento que ya comienza a resultarnos lejano, pareció estallar de repente y que, sin embargo, se ha reconfigurado ante nuestros ojos, arrebatándonos en la jugada (o amenazando con arrebatarnos) muchos de los derechos que adquirimos trabajosamente a lo largo de los años transcurridos desde la Segunda Guerra Mundial. Y vamos comprendiendo gracias a libros como éste de Bauman. Diría que Bauman, junto a otros autores como pueden ser Richard Sennett o Naomi Klein, van desgranando lo que significa este capitalismo tardío, esta vuelta atrás de un capitalismo que había conseguido (en cierta medida) reconciliarse con algunos de los planteamientos del que fuera su gran enemigo, el comunismo. Fue un acuerdo de circunstancias, una forma de evitar que, tras la guerra, las masas de los países occidentales abrazaran la causa de la revolución, que había triunfado en un buen puñado de países del Este de Europa. Así nació el Estado del Bienestar, que ahora esta muriendo bajo nuestra mirada.

Bauman dice que esta es una sociedad “líquida”, en la que mantenemos relaciones “líquidas” con el trabajo y con nuestro entorno social. La metáfora de lo líquido es lo más querido para Bauman: la desarrolla en un buen número de los libros que ha publicado. La vida líquida, que es la que ahora nos ocupa es aquella en la que “las condiciones de actuación de sus miembros cambian antes de que las formas de actuar se consoliden en unos hábitos o en unas rutinas determinadas”. Es decir, es una vida en la que nada dura lo suficiente, en la que hay que estar constantemente pendiente para ver de que lado sopla el viento y actuar en consecuencia, porque si no, nos podemos quedar rezagados, podemos vernos excluidos de la rueda, y caer entre los prescindibles, una “infraclase” compuesta por quienes no participan en el sistema,  puros residuos humanos.

La lógica del sistema es el consumo. Pero lo más importante no es la adquisición de las cosas, su posesión, sino ser capaz de desprenderse de ellas con la suficiente rapidez. Saber librarse de las cosas prima sobre saber adquirirlas. De todas las cosas. Bauman habla incluso de que el amor funciona también mediante esta lógica: el principal problema consiste en ser capaz de deshacerse de una relación con la agilidad suficiente. El ritmo de consumo (de cualquier cosa, puesto que todo, absolutamente todo, se entiende como mercancía) es cada vez más vertiginoso. Y nos obliga a estar pendientes para no quedarnos con aquello que hoy ya no vale, aunque ayer fuera imprescindible. Una de las características de nuestro tipo de vida es el temor a quedarnos rezagados, a perder pie y vernos arrastrados fuera del sistema.

Para Bauman existen fundamentalmente dos clases sociales. Una élite internacional que maneja el conocimiento necesario y se mueve con agilidad en una sociedad de valores cambiantes. Es una clase despreocupada, segura en este tipo de sociedad, puesto que maneja (impone) las claves que controlan todo. Otra es la antigua clase media, los que con gran esfuerzo conquistaron una posición más cómoda y que ahora, en esta nueva “vida líquida” del capitalismo tardío, ven como todo aquello que daba solidez a sus vidas desaparece. Abrumados por la incertidumbre, no tienen más remedio que jugar el juego que se les impone, so pena de precipitarse al abismo de la “infraclase”.

En el último capítulo, “Pensar en tiempos oscuros”, Bauman reclama como principales influencias a Hannah Arendt y Theodor Adorno. Curiosamente, la primera es la mentora filosófica de Richard Sennett, el otro pensador del capitalismo tardío. Con respecto a Adorno, Bauman comenta que escribía sus libros como quien lanza botellas al mar con la esperanza de que el mensaje sea alguna vez leído y entendido. Esa misma es la intención de Bauman, lanzar “botellas” al mar y tal vez conseguir que el mensaje llegue antes de que sea demasiado tarde. En realidad, cada vez hay más botellas en el mar, cada vez hay más mensajes de alarma en forma de libros, videos que circulan por la red. Y que nos dicen que nos precipitamos al vacío a una velocidad endiablada.

Otros comentarios sobre la obra:

Revista Criterio

Quaderns Digitals.net

Página/12

Entradas relacionadas:

La cena, de Hernan Koch

La cenaUna indigente muere abrasada en el cajero automático en el que dormía. Los culpables, tres chicos de clase media que se querían divertir. Todo comenzó como una broma, una travesura. Posteriormente en el juicio declararían que solo pretendían molestar, nunca matar. Cuando se percataron de que aquello que olía tan mal en el cajero, aquel revoltijo de mantas, era una mujer -porque también eso subyace en el fondo de toda la historia, que la indigente era una mujer  y, por tanto, débil-, comenzaron a tirarle cosas, bromeando, probablemente insultándola. Hasta que a alguno de ellos se le ocurrió tirarle además una lata con un líquido inflamable y prenderle fuego.

La historia ocurrió en Cataluña, en 2005. Hernan Koch la ha utilizado como tema central de su novela La cena. El planteamiento parte de una sencilla pregunta: ¿Qué harías si supieras que tu hijo ha asesinado a alguien? ¿Lo denunciarías? A lo largo de la novela Koch nos muestra la respuesta a esa pregunta de varios personajes, al tiempo que nos empuja a buscar nuestra propia respuesta.

Dos parejas quedan para cenar en un restaurante de lujo. Deben hablar del futuro de sus hijos, envueltos en un suceso que echará a perder sus vidas si se llega a conocer su identidad. Ellos son los únicos que saben que sus hijos participaron en el asesinato de la indigente del cajero automático, un caso que ha conmocionado a todo el país. Deben decidir que hacer.

Koch presenta una galería de personajes con caracteres bastante definidos. En primer lugar tenemos a los hermanos Lohman, padres de los chavales. Serge Lohman se dedica a la política y tiene grandes posibilidades de convertirse en el próximo primer ministro del país. A decir de su hermano, que es quien narra la historia y desde cuya mirada subjetiva vemos todo lo que ocurre, es el típico político fatuo, siempre preocupado de su imagen y de la ganancia o pérdida en votos que puede suponer cualquier comportamiento público. Desde que sus posibilidades de hacer carrera en la política se han acrecentado, se ha aficionado al lujo: buenos vinos, restaurantes caros (como aquel en el que se celebra la presente cena). Su hermano, Paul, es un hombre tranquilo, aparentemente sencillo, que le desprecia por anteponer su carrera política a cualquier otra cosa. Sin embargo, poco a poco nos vamos dando cuenta de que no es tan razonable como aparenta ser. Mediante flashbacks que se insertan a lo largo de la novela y que narran algunos momentos puntuales de su vida, se ponen de manifiesto lo que podríamos llamar sus peculiaridades. En realidad, se trata de un personaje irascible, propenso a perder los estribos y a arreglar los problemas mediante la violencia. La presencia de su hijo en algunas de esas situaciones no le disuade de su comportamiento, al contrario, parece que, de alguna manera, le enardece ser contemplado por él.

Babette y Claire son las mujeres de Serge y Paul, respectivamente. Claire es una mujer decidida y que sabe lo que quiere. Babette es más indecisa. En ocasiones la vemos cercana al desprecio hacia su marido, pero cuando está a punto de que ese desprecio tenga alguna consecuencia de importancia, enseguida recula, para desesperación de su cuñado, deseoso de verla enfrentarse a su aborrecido Serge.

Por otro lado están los chicos. Michel, Rick y Beau, también llamado Faso, un niño africano adoptado por Serge como forma de mostrar un rostro más concienciado y progresista ante la opinión pública. Al menos eso es lo que cree Paul. Michel es el lider del grupo y, según sospecha Serge, una mala influencia para Rick.

La noche del asesinato los tres andaban de juerga. Necesitaban algo de dinero para poder continuar con su peregrinación nocturna, así que se acercan a un cajero automático en el que descubren un amasijo de mantas y un olor nauseabundo que les cuesta soportar. Oculto bajo él duerme una indigente que les increpa cuando la despiertan. A partir de ese momento, se burlan de ella, le arrojan objetos. Y como el suceso real en el que se basa la novela,  al final alguien lanza una lata con un líquido inflamable y aparece un mechero.

Aunque las cámaras de seguridad del banco graban parte del suceso, nadie puede reconocerlos porque van cubiertos con capuchas. Nadie excepto sus padres. La madre de Michel, Claire, conoce la historia la misma noche, mediante la confesión de su hijo. Su padre, viendo las imágenes de las cámaras de seguridad del banco en un programa de televisión. Le reconoce sin lugar a dudas. Los padres de Rick y Beau, también se enteran de lo ocurrido. Y como ellos se plantean qué hacer.

A partir de este momento surge el conflicto. Beau, que no ha participado en la agresión, tiene, sin embargo, una grabación de video en la que se les ve el rostro. Amenaza con subirla a internet si no le pagan 3.000 euros. Por su parte, Serge  siente que un suceso así terminará con con su carrera política, así que se plantea no comenzarla siquiera: quiere confesar que su hijo es el culpable de la muerte de la indigente e inmediatamente después presentar su dimisión. Pero la familia que forman Paul, Claire y Michel no está dispuesta a permitir que nadie acabe con su felicidad o con su futuro. Y el resto no se puede contar.

La mirada de Koch sobre la sociedad es irónica. Un restaurante de lujo, con una absurda exhibición de platos de mínimo contenido alimenticio pero profusamente y ridículamente explicados por el maitre. Un político feliz de serlo y de las perspectivas que se le presentan, que acude al restaurante preocupado únicamente por ser reconocido y admirado. Ambos son los elementos para la ironía. El resto es una familia aparentemente integrada y feliz pero que esconde una disfuncionalidad. Sobre todo Paul, pero también Claire y Michel no hacen ascos al recurso a la violencia cuando algo se interpone en su camino.

Y ahí radica precisamente la mayor diferencia entre la novela y el suceso real. En la historia de Koch, la familia es el caldo de cultivo necesario para el comportamiento asesino del hijo. Con esa familia, con un padre agresivo hasta la violencia y una madre tolerante, incluso complaciente, con esos estallidos de rabia, parece que lo normal es que el hijo termine protagonizando un suceso como el que se narra. Hay complacencia en la violencia, premio para ese tipo de comportamientos. Sin embargo, la realidad fue mucho más inquietante. Allí no había un padre con esencia de psicópata, ni una madre satisfecha con los “huevos” de su macho. No, allí había una familia normal, de personas tranquilas y en absoluto agresivas. Si el germen de la violencia fue transmitido de alguna manera (cosa que no sabemos, aunque podamos sospecharla), no fue mediante el ejemplo. Tal vez fue a través de las palabras. A veces la violencia que se ejerce mediante las palabras puede ser mucho más perniciosa, sobre todo porque puede conducir a otros a poner en práctica lo que se dice. Quizá eso ocurrió en este caso.

Entradas relacionadas:

Cheever y el “hecho”

John CheeverEstoy leyendo a John Cheever en una edición digital en inglés. Tal vez podría decir que Cheever me aburre, que sus relatos sobre la clase media americana de los años cincuenta, con personajes tan semejantes a los que uno se cruza todos los días en las escaleras de casa, me resultan tan poco atrayentes como para que desee abandonar la lectura en pos de algo menos “normal”. Sin embargo, poco a poco uno se va introduciendo, va quitando capas y comenzando a atisbar lo que hay bajo la aparente normalidad que envuelve a los personajes. Y, lo que es mejor, comienza a darse cuenta de que todo eso que Cheever le va dejando ver de la clase media americana está vigente, se puede aplicar aquí y ahora. Que las personas son las personas, en cualquier momento de la historia, y que el cotilleo, el que dirán y el guardar las apariencias son constantes del ser humano. Las vidas que narra Cheever son corrientes, están sumidas en la rutina de las relaciones sociales, el trabajo, la vecindad, las vacaciones.  Y el alcohol, omnipresente aunque no en grandes cantidades, que permite soportar toda esa normalidad.

Pero bajo toda esa apariencia transcurren corrientes que poco a poco van cobrando mayor fuerza. Hasta que se produce el “hecho”. En todos los cuentos hay un “hecho”, un suceso que rompe esa apariencia de normalidad. Las corrientes afloran entonces a la superficie…, pero no tienen la suficiente fuerza para arrasar con todo. El “hecho” daña la normalidad y revela lo que hay debajo del caparazón de cada uno, pero solo durante un instante. Luego se resuelve sin plantear un conflicto grave, dejándolo todo tal cual estaba. Tras el suceso la vida continúa como un instante antes del mismo. La sensación que se tiene entonces es de oportunidad perdida. Los personajes han estado a punto de escapar de su inanidad y convertirse en seres auténticos, trágicos, pero en realidad no ha ocurrido nada. O sí ha ocurrido, el “hecho” les ha vuelto repentinamente conscientes del vacío y la insignificancia de su vida.

Hace tiempo leí los diarios de Cheever. En aquel momento no conocía absolutamente nada de su obra, no sabía que tipo de escritor era, pero leyendo sus notas sobre la vida que vivía, no esperaba encontrarme otra cosa. Tal vez un sentimiento más trágico, menos anodino. Porque la vida de Cheever tiene un tono de tragedia que no encuentro en sus relatos. Alcoholismo y homosexualidad, una mujer que le desprecia, pero que no se separa de él por sentimientos religiosos. Y un ambiente amargo y triste. En sus relatos todo ello queda sumergido en la normalidad, en esa necesidad de hacer que la vida transcurra como siempre, y de aparentar que se es feliz.

Entradas relacionadas:

Los ojos de Julia

Los ojos de juliaBuscando inspiración para escribir algo sobre la película de Guillem Morales he aprendido una nueva palabra: giallo. La wikipedia dice que es un subgénero cinematográfico de origen italiano que deriva del cine de terror y del thriller. El origen de la palabra estaría en el amarillo (giallo significa amarillo en italiano) de una popular colección de novelas policiacas editadas por Mondadori en los años 30. La mayoría de las películas encuadradas en ese subgénero se habrían producido entre los años 60 y los 80. A algunos puede que os suene Mario Bava o Dario Argento, el iniciador y el finalizador (rodó en 1982 Tenebrae, considerada la última película del género), respectivamente, del subgénero. Si quereis saber más, en Pasadizo lo explican con más detalle.

Pues bien, parece ser que Los ojos de Julia sería una especie de giallo tardío y español, aunque yo, personalmente, no encuentro en ella algunas de las marcas de fábrica que caracterizaban el subgénero italiano. Sobre todo en lo que se refiere al erotismo, omnipresente en los filmes italianos. La violencia extrema (para la época) sí que aparece, aunque en la escena que a mí me resulta más ridícula de toda la película. Por si no la habéis visto, os diré que me refiero a la forma en la que muere uno de los personajes, directamente extraida del mundo del terror para adolescentes.

Personalmente, la película no me ha gustado. No demasiado. Sobre todo después de haber visto a Belén Rueda en El orfanato me esperaba algo más. El argumento parte de una idea interesante, relativo al carácter del personaje que encarna el mal: alguien obsesionado por su insignificancia social hasta el punto de creer que lo hace invisible. Pero el guión pronto hace aguas y se convierte en algo previsible y absurdo a ratos.

Hay un momento que salvaría, junto con la interpretación de Belén Rueda y Lluis Homar, que resulta fantástica. Y es el encuentro de la protagonista con las mujeres ciegas en la ducha mientras están hablando de su propia hermana. Es uno de esos momentos de escalofrio que luego recuerdas cuando hace ya mucho tiempo que has olvidado el resto de la película. Un momento como el del niño recorriendo en triciclo los pasillos de un hotel vacío en El resplandor. Es por esos momentos por los que me gusta el cine de terror.

Entradas relacionadas:

Soledad e indecisión. Juventud, de Coetzee

JuventudNo hace mucho tiempo que leí la última entrega de las memorias de Coetzee: Verano. No he hablado de él en Octaedro porque, como habreis podido comprobar, Octaedro ha estado injustificadamente abandonado desde las polémicas elecciones de mayo. Lo haré más adelante, puesto que es probable que vuelva a leer la novela.

Cuento todo esto porque el último libro que he leído es, precisamente, Juventud, el anterior en la trilogía vital de Coetzee. En su momento leí y comenté Infancia, pero no continué con las peripecias vitales de Coetzee. Y ahora, al leer Juventud, me pregunto por qué no lo hice. Juventud es la narración de las primeras experiencias del autor (encarnado en el personaje de un joven universitario) en otro país y en relación con sus primeros trabajos remunerados. Ha finalizado sus estudios de matemáticas en Sudáfrica y se marcha a Inglaterra sin saber muy bien por qué, ni qué es lo que quiere hacer allí. Tiene la vaga pretensión de convertirse en poeta, pero una vez en Londres no sabe cómo relacionarse con los círculos en los que, supone, se desarrolla el mundo artístico de la ciudad. Como no tiene más remedio que trabajar, de repente, sin saber muy bien cómo, se convierte en programador informático. Estamos en 1962 y la informática comienza a despegar. Son los tiempos en los que la primera empresa informática del mundo es IBM y allí recala Coetzee, matemático contratado para aprender la lógica de los ordenadores, unas máquinas prácticamente desconocidas, salvo para unas cuantas personas.

Pero Coetzee quiere ser poeta. Cada día se levanta, se enfunda un traje negro y va con su maletín hasta su despacho en IBM, un despacho gris e inhóspito en el que siente que está dejando su vida sin saber muy bien por qué. Se siente un oficinista (entonces no tenía ni idea de a dónde llegaría el mundo de la informática, ni la importancia que cobrarían posteriormente los programadores) aburrido y solitario y, lo peor de todo, no encuentra que su vida le vaya conduciendo a lo que siempre ha deseado, el arte. También hay otras tribulaciones que le aquejan, y que se relacionan con su anhelo del arte: su incapacidad para entablar una relación satisfactoria con una mujer. Está apegado a la imagen más conocida del artista, aquella que le supone una vida bohemia, dedicada al arte y al amor. Puede prescindir de la parte relativa a la bohemia (nunca ha entendido por qué el vivir sin dinero, dando sablazos a los amigos y sin pagar el alquiler, se entiende como algo relacionado con el arte), pero no del amor. Un poeta debe amar, si aspira a plasmar sentimientos auténticos en su poesía, y debe amar a mujeres fascinantes, o debe convertirlas en fascinantes al amarlas. Sin embargo, a él no le ocurre así. Sus relaciones son todas frustrantes por algo que hace mal y no comprende cuando se relaciona con mujeres.

En general, Coetzee no sale demasiado bien parado en sus propias memorias. Se suele mostrar a sí mismo como una persona tímida y retraida, con dificultades para relacionarse con los demás. Así ocurre también en Verano, su última entrega. Sin embargo, en Juventud ese retraimiento se une con la sensación de ser un extranjero en cierta medida despreciado (puesto que es un sudafricano blanco, un africaneer, en la época en que arrecia el apartheid y comienzan las condenas internacionales contra Sudáfrica), lo que ahonda aún más su sensación de aislamiento.

Juventud tiene un planteamiento más lineal que Verano, pero se tiene la sensación de comprender más profundamente al personaje en el que se encarna Coetzee.

Entradas relacionadas:

Ernesto Sabato: “Creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema”

Cuando alguien muere a la edad de Ernesto Sabato, la desaparición, aunque sentida, genera menos dolor. No hay sorpresa, por lo que el choque emocional parece menos profundo. La muerte, como en el libro de García Márquez, estaba anunciada hace mucho tiempo. Además, a los 99 años quedaba ya muy poco de Sabato en Sabato. Había dejado de leer y de escribir, porque su vista ya no se lo permitía. Tan solo pintaba y esperaba el momento, que por fin llegó ayer.
Sabato siempre fue un escritor muy filosófico. En sus novelas, mucho más que en las de cualquier otro, palpita una intensa preocupación por el ser humano y su vida en este mundo que él mismo ha creado. Y también una honda tristeza. Fruto de esta preocupación son sus posiciones políticas, que se plasmaron en su participación en la Comisión de la Verdad (Comisión Sabato) que se ocupó de investigar las desapariciones durante la dictadura argentina de los años 70 y 80.
En 2000 publicó La resistencia, un ensayo en el que critica la sociedad deshumanizada producto del capitalismo salvaje que condiciona al ser humano. Como se puede ver, un tema muy actual:

 

En el vértigo todo es temible y desaparece el diálogo entre las personas. Lo que nos decimos son más cifras que palabras, contiene más información que novedad. La pérdida del dialogo ahoga el compromiso que nace entre las personas y que puede hacer del propio miedo un dinamismo que lo venza y les otorgue una mayor libertad. Pero el grave problema es que en esta civilización enferma no sólo hay explotación y miseria, sino que hay una correlativa miseria espiritual. La gran mayoría no quiere la libertad, la teme. El miedo es un síntoma de nuestro tiempo. Al extremo que, si rascamos un poco la superficie, podremos comprobar el pánico que subyace en la gente que vive tras la exigencia del trabajo en las grandes ciudades. Es tal la exigencia que se vive automáticamente, sin que un sí o un no haya precedido a los actos.
La mayoría de la humanidad es empleada de un poder abstracto. Hay empleados que ganan más y otros que ganan menos. Pero ¿quién es el hombre libre que toma las decisiones? Ésta es una pregunta radical que todos hemos de hacernos hasta escuchar, en el alma, la responsabilidad a la que somos llamados.
Creo que hay que resistir: éste ha sido mi lema. Pero hoy, cuántas veces me he preguntado cómo encarnar esta palabra. Antes, cuando la vida era menos dura, yo hubiera entendido por resistir un acto heroico, como negarse a seguir embarcado en ese tren que nos impulsa a la locura y al infortunio. ¿Se le puede pedir a la gente del vértigo que se rebele? ¿Puede pedirse a los hombres y a las mujeres de mi país que se nieguen a pertenecer a este capitalismo salvaje si ellos mantienen a sus hijos, a sus padres? Si ellos cargan con esa responsabilidad, ¿Cómo habrían de abandonar esa vida?

Ernesto Sabato: La resistencia

 

Aquí tenéis un vídeo homenaje realizado en su 97 cumpleaños.

 

 

Imagen de previsualización de YouTube

 

 

 

Entradas relacionadas:

  • No hay entradas relacionadas

La máquina de escribir

John Cheever y la máquina de escribir

Cuando una tecnología sustituye a otra, ambas conviven durante un tiempo más o menos largo. Luego, un día de repente nos damos cuenta de que la más antigua ha desaparecido: ya no la usamos, y no conocemos a nadie que la use. Recuerdo el día en que comprendí que los vinilos habían desaparecido. En mi tienda de discos favorita, los estantes, de repente, casi de un día para otro, se habían llenado de discos compactos. En ese momento fui consciente de que ya no vería más los discos negros a no ser en una tienda de coleccionista.

Con la máquina de escribir ocurrió algo semejante: de repente ya nadie la usaba. No soy capaz de recordar en qué momento tecleé algo por última vez en la mía. Desaparecieron de un día para otro. Pero a diferencia del tocadiscos, que nadie parece echar de menos, la máquina de escribir siempre tuvo un aura de máquina mágica. Probablemente porque era el arma principal del escritor. Es cierto que formaba parte del mobiliario de las oficinas, del trabajo diario de mucha gente, pero siempre se la ha asociado, sobre todo a la labor creativa, a la narración de mundos de ficción o de realidades lejanas. Era tan fascinante que se convirtió en un objeto de decoración mientras aún seguía siendo un objeto de uso.

¿Llegarán a ser los portátiles de hoy tan fascinantes como las máquinas de escribir? Ya comienzan a sufrir una cierta obsolescencia: la “tableta” (ipad y similares) comienza a extenderse y hay quien dice que ha venido a sustituirlos.

 

In praise of the Typewriter, una galería fotográfica de la revista Life con la máquina de escribir como centro.

 

Entradas relacionadas:

Sunset Park, Paul Auster

Y vuelvo con uno de mis autores habituales: Paul Auster. Y el libro, el último que ha publicado, Sunset Park. Como creo que ya he comentado en alguna ocasión, con Auster siempre experimento la extraña sensación de no exigirle demasiado. Cuando empiezo una novela suya, concibo expectativas que luego, según avanzo en la lectura, comienzo a sospechar que quedarán frustradas. Y sin embargo, sus libros no me decepcionan. Cuando llego al final, de repente me doy cuenta de que he olvidado mis expectativas y de que, a pesar de todo, he disfrutado de la novela.

Sunset Park cuenta la historia de Miles Heller, un hombre joven con un curioso trabajo y una curiosa costumbre: forma parte de una brigada que se dedica a limpiar casas cuyos propietarios han tenido que dejar por no poder pagar la hipoteca. Trabaja para un banco y su función es borrar de esas casas abandonadas con precipitación toda huella de quienes vivieron allí. Hasta aquí, el trabajo. La costumbre es fotografiar todas esas huellas antes de retirarlas. Miles saca una fotografía de los objetos dejados atrás que habla de vidas interrumpidas repentinamente por culpa de la crisis económica.

Miles había abandonado a su familia y sus estudios siete años atrás para vagabundear por los Estados Unidos, trabajando en todo lo que le salía al paso. En ello hay un motivo que su familia, de la que se nos habla en esta parte, no llega a comprender del todo. Al comienzo de la novela, sin embargo, el vagabundeo parece haber terminado: Miles se ha establecido en Florida. Allí ha encontrado a Pilar y ha iniciado una relación con ella. El problema es que ella es menor de edad. También que tiene una hermana codiciosa que le amenaza para que robe para ella en las casas en las que trabaja. Puesto que hasta que Pilar no cumpla la mayoría de edad no podrán iniciar una vida en común lejos de la hermana, toma la decisión de desaparecer de la vida de la chica hasta que ese momento llegue. Y vuelve a Nueva York, la ciudad en la que vivía con su familia y en la que estudiaba.

A partir de este punto la novela experimenta un giro, Auster se vuelca ahora en otros personajes y deja de colocar el foco sobre Miles. Continúa hablando de él, pero ahora en el contexto de sus relaciones con los demás. Volvemos ahora a su historia familiar y conocemos por fin el motivo de su marcha y su larga ausencia: su hermanastro falleció a consecuencia de un confuso accidente del que Miles se siente, en parte, culpable. El no es el único que lo piensa: un día asiste de manera involuntaria a una conversación entre su padre y su madrastra y comprende que ella también le culpa de lo ocurrido.

La presencia de Miles en Nueva York se convierte en un revulsivo para la vida de las personas con las que entra en contacto: su padre y su madre, su mejor amigo (que durante todos esos años ha ejercido para sus padres, sin él saberlo, el papel de chivato de sus andanzas) y dos chicas a las que conoce en ese momento. La vuelta de Miles les hace evolucionar, superar viejos problemas o entenderse a sí mismos, pero él no experimenta el mismo cambio: el suyo parece forzado, no muy verosímil. Parece reconciliarse con su pasado, pero sin que hayamos visto qué es lo que le ha hecho cambiar. Otra cuestión interesante es el papel de Pilar, la chica de la que se enamora y la que, en última instancia, es la culpable de que regrese a Nueva York. Literalmente desaparece de la historia. Se convierte en un elemento lejano, una especie de anclaje que Miles utiliza para adentrarse en su antigüa vida sin perder pie. Es el cabo de cuerda que le arrastrará fuera de ella en el caso de que las cosas se pongan feas. Y ese es su único papel.

Los personajes de esta novela viven situaciones de crisis o experimentan conflictos vitales de importancia, pero la evolución consiguiente no aparece clara para el lector. A veces es una evolución demasiado repentina. Auster parece no haberlos desarrollado plenamente: uno tiene la impresión de que se podría escribir mucho más sobre ellos. Y, sin embargo, como he dicho al principio de la entrada, he disfrutado de la novela. Tal vez porque el universo Auster es reconocible, porque los personajes recuerdan a otros de novelas anteriores y ello permite entenderlos mejor. O simplemente porque son intensamente humanos.

Entradas relacionadas:

Página siguiente »