Günter Grass: Pelando la cebolla

Pelando la cebolla
Como ya os dije en el post anterior, este verano le ha tocado el turno a Pelando la cebolla, la autobiografía de Günter Grass y la confesión de lo que ha sido el mayor pecado de su vida: su pertenencia a las SS durante los años finales de la Segunda Guerra Mundial. Todos recordareis la polvareda que levantó su confesión, sobre todo por dos razones: primera, por haber mantenido oculta durante tanto tiempo esa pertenencia; y segundo, porque a lo largo de su carrera literaria se ha destacado especialmente, como integrante de la izquierda alemana, en intentar que ningún político alemán de derecha se olvidara del papel que jugó en ese gran pecado alemán que fue el nazismo. Evidentemente, la polémica está, en cierta medida, justificada. Pero la valentía de esta confesión, una confesión clara y rotunda, que no busca justificaciones, le ha granjeado la defensa de muchas personalidades del mundo de la cultura y de la política.
Grass no oculta que se presentó voluntario, que estaba fascinado por lo que él veía como heroísmo de las tripulaciones de submarinos, y que, confrontado con la evidencia de que no toda aquella imagen heroica era cierta, que había algo más bajo toda aquella parafernalia, prefirió “no preguntar”. Él mismo reconoce en el libro que no preguntar, no querer saber, supone también una forma de compromiso con una situación determinada. Y él decidió obviar los rumores que iban llegando sobre el destino de los judíos, optó por saber “cosas falsas” sobre el destino del chico rubio y de ojos azules, modelo de ario perfecto, que en el campamento se negó a llevar armas invocando un “nosostrosnohacemoseso”.
Grass narra el final de la guerra, su trabajo en las minas y su comienzo de una carrera artística como escultor, que posteriormente se transformaría en literaria, primero como poeta y más tarde como novelista. Sin embargo, sobre todo el libro planea esa culpabilidad, para la que Grass no encuentra perdón en sí mismo. El tema es interesante. Mientras leía el libro tenía constantemente en la cabeza si yo mismo concedía ese perdón, o no, a Grass. Durante mucho tiempo, después de haber leído y escuchado mucho sobre el tema, de haber visto montones de películas sobre la guerra y los nazis (que constituyen un género en sí mismo), tenía muy asumido el desprecio que me merecían todos aquellos hombres que habían luchado por instaurar el régimen más execrable que han conocido los tiempos. Luego fuí consciente de que muchos de ellos se vieron obligados a secundar el nazismo por la tremenda presión social, cuando no por la coacción directa. Pero hasta ahora no me había encontrado con alguien que hubiera abrazado el nazismo, que hubiera creído en Hitler y en la sociedad que pretendía fundar, y que mereciera ser perdonado. Es cierto que en aquel momento Grass era prácticamente un niño. Es la única disculpa que se me ocurre. Y tal vez, aunque no hubiera sido un niño, se podría invocar una especie de locura colectiva, de rapto alucinado por las ideas imperantes. Pero esas son débiles justificaciones ante la magnitud del horror que el nazismo produjo, y al que muchos como Grass contribuyeron con ese no querer saber.
Creo que todo el mundo tiene derecho a arrepentirse, a darse cuenta de las aberraciones que ha apoyado sin saber o sin querer saber. Y Grass es valiente por hacerlo en un libro como este y de la manera en que lo hace. También es cierto que su reputación como novelista e intelectual es enorme y, de alguna forma, le protege. Pero ha tenido suerte, mucha suerte, de que en todos estos años nadie haya sacado su pasado a la luz pública.
Por cierto, una curiosidad. Grass tuvo un compañero de fatigas con el que compartió su huída al final de la guerra, justo antes de ser internado en un campo como prisionero de guerra. Un tal Joseph, católico convencido y bastante pesado, a juzgar por lo que dice Grass de él. Pues bien, Grass sospecha (aunque luego está casi completamente seguro de ello) que el tal Joseph no era otro que el papa Ratzinger. Creo (no estoy seguro) que Benedicto XVI no ha confirmado esa sospecha, pero sin duda sería muy interesante.
Contrahistoria de la filosofía es una obra en varios volúmenes, de la que hasta ahora han sido publicados los tres primeros. El primero de ellos, Las sabidurías de la antigüedad, rescata a los filósofos que fueron enterrados bajo la denominación de presocráticos (aunque algunos de ellos eran contemporáneos o incluso posteriores a Sócrates) y sofistas. Aristipo de Cirene, Demócrito, Lucrecio, Epicuro. Todos ellos sufrieron la influencia de Platón y fueron condenados al silencio. En el caso de Demócrito incluso estuvo a punto de sufrir la incineración de su obra (Platón quería llevarla a cabo, pero le disuadieron de hacerlo porque ello no hubiera tenido un efecto determinante, puesto que la obra de Demócrito estaba ya en ese momento muy difundida). El que persistió, a pesar del boicot de los idealistas y, posteriormente, de los cristianos, fue Epicuro. Su filosofía demostró ser sumamente resistente, tanto que impregnó a una parte del cristianismo posterior, con lo que llegamos al segundo tomo de la obra, El cristianismo hedonista.
Onfray recoge en este segundo libro visiones cristianas no muy lejanas del espíritu de Epicuro. Cristianos que no ponían el acento tanto en la culpa y en el sufrimiento como en el goce de la vida. La idea era que, puesto que Jesús había muerto en la cruz para redimirnos del pecado, por qué no considerar éste como algo superado y disfrutar de la vida que el propio Jesús ha concedido al hombre. Dicha visión, sin embargo, no fue del agrado de la Iglesia, que reaccionó ante estas “desviaciones” con su instrumento favorito: la hoguera. Así acabaron en gran parte los Hermanos y las Hermanas del Espíritu Libre, una corriente de pensamiento que, a pesar de todo, se las arregló para pervivir oculta en Europa hasta el siglo XVI y que denunciaba la hipocresía de la Iglesia oficial. Posteriormente, durante el Renacimiento, Onfray menciona a una serie de pensadores que se proclamaban cristianos pero que sostuvieron una actitud proclive al epicureismo al considerar que algunos placeres moderados no eran contrarios a la virtud. El libro termina con una extensa parte dedicada a Montaigne, a quien Onfray considera uno de los filósofos más importantes de todos los tiempos y que encarna plenamente el ideal que enuncia el título, ese hedonismo cristiano. De Montaigne he hablado por
Por último, el tercer tomo, el que cierra temporalmente la obra, Los libertinos barrocos. Filosofía francesa fundamentalmente. Una serie de autores que parten de la obra de Montaigne y profundizan en sus planteamientos. Onfray dice de ellos que ninguno niega a dios (el ateismo como tal aún no existe), pero si lo apartan discretamente, haciendo buena aquella máxima de Epicuro que decía que los dioses existen, pero no se ocupan de los hombres. Dios también existe, pero no le interesan los asuntos de los hombres, es decir, de alguna forma estos autores le piden que no se inmiscuya en la vida de los hombres. A cambio nadie negará su existencia. Pierre Charron, Pierre Gassendi, Cyrano de Bergerac, Saint-Évremon, La Mothe Le Vayer son estos libertinos barrocos que han desaparecido de la historia de la literatura. El período se cierra con una de las más importantes figuras de la filosofía, Spinoza. La actitud de Spinoza ante la existencia de dios, el panteísmo (no quería que nadie le pudiera acusar de ser ateo), preludia sin embargo la llegada de la negación de dios. Para Onfray, esta época supone el final del apogeo de la creencia en dios. A partir de entonces la figura de dios irá llevando a cabo un discreto y paulatino mutis en el ámbito de la cultura europea.

