Sharismo, una nueva filosofía vital

Es curioso como la red va creando actitudes y formas de ver la vida que contradicen, o al menos suponen una superación, a las que rigen fuera de la red. Durante mucho tiempo se creyó que las cosas se hacían únicamente por dinero. La perspectiva de ganar dinero era la que hacía trabajar a las personas. Sin embargo, con la aparición de internet esa forma de pensar cambió. Recuerdo las primeras webs, antes de la web 2.0, el P2P y las redes sociales. Tenía amigos que me decían que no entendían como alguien podía dedicar su tiempo a crear una página sobre un tema, aunque le gustara mucho, y poner en ella información vital para otros interesados en el mismo tema. Que qué ganaba con eso, me preguntaban. Yo también alucinaba, pero veía detrás de todo aquel voluntarismo pasión, pasión por un tema, pasión por compartir ese tema y la información de la que disponemos.

Ahora, con las redes sociales, con el p2p, la pasión de compartir ha llegado al alcance de los usuarios menos duchos informáticamente hablando. Por mucho que se condene desde las sociedades de gestión de la industria cultural, internet va derivando cada vez más hacia un ecosistema cuya principal motor es compartir. Hemos comenzado compartiendo producciones culturales con copyright, sí, pero hemos continuado con otras que lo han perdido (clásicos) o que nunca lo han tenido (copyleft). Cada vez más, quien comparte a su vez produce lo que comparte. Hemos pasado de ser consumidores pasivos de conocimiento a ser creadores, o al menos, transformadores, resumidores, adaptadores, de ese conocimiento.

La pasión por compartir, por crear conocimiento y ponerlo al alcance de los demás, en la espera de que los demás harán lo mismo y las ideas crecerán y se desarrollarán gracias a todas esas mentes interconectadas ha recibido el nombre de sharismo, un término procedente del inglés to share (compartir). Se podría decir que es una nueva filosofía a la que ha dado lugar la red y el desarrollo de fenómenos como los blogs y las redes sociales. Dolores Reig lo explica con detalle en su blog:

“El sharismo es el Espíritu de la Era de la Web 2.0. Tiene la consistencia de una epistemología naturalizada y de una axiología modernizada, pero también conlleva la promesa de una nueva filosofía en Internet. El sharismo pretende transformar el mundo en un Cerebro Social emergente: un híbrido interconectado de gente y software. Somos Neuronas en Red conectadas entre sí por las sinapsis del software social.”

No hay duda de que esa imagen de cada internauta como una neurona de un inmenso cerebro social es tremendamente atractiva. Es como formar parte de algo que nos trasciende y que, al mismo tiempo, no está compuesto más que de máquinas y personas. Personas a todo lo largo y ancho del mundo que comparten información y crean conocimiento y, en último término, contribuyen a la democracia:

“Cuanta más gente creativa participe en el espíritu del sharismo, más fácil será lograr unos medios de comunicación 2.0 bien equilibrados y equitativos hechos por la gente misma a su medida. Los medios de comunicación no serán controlados por ninguna persona concreta sino que residirán en la propia distribución de la red social. Los “shareros” (Héroes del sharism) se convertirán de forma natural en los líderes de opinión de la nueva red. Los derechos sobre los medios de comunicación pertenecerán a todos. Tú mismo puedes ser productor y consumidor en un sistema de este tipo.”

¿Una utopía esperanzadora en época de crisis? No hay duda de que estamos en un período de cambio.

¿Una nueva forma de leer?

Internet ha cambiado nuestra forma de relacionarnos con la cultura. Hasta ahí todos de acuerdo. Pero ocurre que ese cambio no es, o no debería ser, tan negativo como muchos lo ven. Por una parte tenemos a la industria cultural, para quien todo acceso a cualquier bien cultural sin pasar por taquilla es un delito y debiera ser castigado. Pero por otra también hay un descrédito en cuanto al acceso al conocimiento a través de la red. Se dice que internet fomenta un saber fragmentario, deslavazado, en el que se recogen datos de distintas fuentes y a menudo ni siquiera se comprueba su veracidad. Néstor García Canclini rebate ambos argumentos en un interesante artículo que publica en la Revista Alambre: La lectura en tiempos del Zapping. Parte de una queja muy frecuente entre los profesores universitarios: que los estudiantes no leen los libros completos, que utilizan las fotocopias para leer fragmentariamente. Pero después constata que los profesores no leen de manera muy diferente. Que también la suya es una lectura fragmentaria, una lectura que “salta” y que dialoga con otras lecturas. A partir de esa constatación se pregunta si no será que, de alguna manera, el acceso al conocimiento ha cambiado.

Recuperación de un libro que causó cierto revuelo cuando fue publicado. Lo cita García Canclini en su artículo. Se trata de Cómo hablar de los libros que no hemos leído, de Pierre Bayard. Del mismo solo tengo una referencia, indignada, como la de muchos amantes de la lectura. En su momento me pareció que su planteamiento era cínico y anticultural, que solo era un libro “para brillar en sociedad” y que, de alguna forma, se reía de todo lo que a mí me gustaba. No he vuelto a tener más referencia del mismo hasta este momento, hasta la cita de García Canclini. Y, a pesar de mi rechazo inicial, me reconozco en algunas de las tesis del autor. La idea central es que hay una cierta presión social en torno a los libros que uno debe haber leído, tanto si se dedica profesionalmente a la literatura (como es su caso, puesto que es profesor de la materia en la Universidad de París VIII), como si, simplemente, se considera una persona culta. Bayard reivindica que uno no debe sentirse culpable por no haber leído todos los libros que se supone debe haber leído. Habla de la lectura y la no lectura, y clasifica los libros en función del grado de conocimiento que uno tiene sobre ellos. Hay libros que no se han leído, o que no se han leído completos, pero que se pueden situar en su contexto y sobre los cuales se tiene un buen conocimiento. Tambień hay libros que uno ha olvidado, en todo o en parte. Todos forman parte, a decir de Bayard, de nuestra aproximación a la lectura, de nuestra reconstrucción personal de los libros que leímos o no leímos.

Supongo que la conclusión que se puede extraer del artículo de García Canclini y de las opiniones de Bayard (expresadas en esta entrevista) es que la lectura no es recorrer los libros que deberíamos haber leído desde el principio hasta el final, renglón por renglón, sin saltarnos una coma. Que la lectura debe ser placer, que cada uno construye su propio libro cuando lo lee y que se produce una conversación entre lector y autor, entre lectores y críticos, entre estudiantes y profesores. Y en esa conversación toma parte, y muy activamente, la accesibilidad que nos proporcina intenet. Por otra parte, también podría decirse que en nuestros días se produce una mitificación del objeto libro como único vehículo de la cultura, cuando precisamente parece que podríamos encontrarnos frente a la superación de ese concepto tan rígido. Los libros son objetos, hermosos, pero cada vez más objetos. Y los saberes que atesoran comienzan a circulan al margen de ellos. En su momento, como dice García Canclini, a través de las fotocopias; hoy, a través de internet. ¿Solo es lícito acceder al conocimiento mediante el libro? ¿Hay que desaprovechar las otras vías, las innegables ventajas que ofrece internet?

Algunas citas del artículo de García Canclini:

Otra situación que fomenta equívocos: un libro que se ha leído y se ha olvidado por completo ¿puede considerarse un libro leído? Bayard cita a Montaigne, quien ostentaba ser olvidadizo con los libros de otros y con los propios: algunas personas le recordaban fragmentos que él no conseguía reconocer como parte de su escritura. La “deslectura”, según Bayard, muestra la experiencia de leer como ganancia, y, en ocasiones, como parte de un proceso necesario de pérdida, en el que comprendemos que la cultura tiene que ver con la ampliación de la sabiduría y con la necesidad de seleccionar y olvidar.

El mejor lector no es el que recorre el libro del principio al final, sino el que descubre muchos itinerarios y los conecta entre sí. No veo como buen lector de antropología al que sólo devora aplicadamente a los clásicos. Más bien al que trata de comprender las obras vertebrales de la historia, y además lee aquí y allá por curiosidad, por urgencias personales, saltando de capítulos de libros a debates en la red. Y cuando las dudas en el trabajo de campo o la sorpresa al leer en el periódico que Wall Street operaba como si fuera Las Vegas, lo dejan solo frente a un enigma, conoce en qué libros ir a buscar acompañamiento. O cuando las noticias evidencian que en su propia sociedad, en México, los asesinatos dejaron de ser ritos de iniciación en la mafia en dos ciudades de la frontera norte y suman más de 4000 al año en el conjunto del país, lee las explicaciones sociológicas, económicas y políticas, comparte su desorientación, y además descree que esto se inició en el sexenio pasado o el anterior. Busca en una historia de larga duración cómo fueron transformándose las relaciones entre violencia social y capacidad de simbolizarla, entre trabajo, instituciones, dinero y muerte.

Escribe Pierre Bayard: “Ser culto no consiste en haber leído tal o cual libro, sino en saber orientarse en su conjunto, esto es, saber que forman un conjunto y estar en disposición de situar cada elemento en relación con el resto” (Bayard, 2008:28). Ante una conversación o en un proceso de investigación, el comportamiento más valorable no es la capacidad de citar muchos libros sino la de ser capaz de organizar un trayecto productivo entre los libros que conocemos y la inmensidad de libros no leídos.

[vía Libro de notas]

Los hijos ateos

Nunca tuve creencias religiosas en el sentido estricto de la palabra. Me educaron, como a todo el mundo de mi generación en España, en la religión católica, si bien es cierto que no lo hicieron con mucha convicción: mis padres tampoco tenían un sentimiento religioso muy acusado. Desde el principio rechacé esa educación católica, pero más por estética que por otras razones. Había en todo lo relacionado con la religión algo que me desagradaba, aunque no tenía muy claro qué era. Tal vez la obligatoriedad de que estaba revestido todo el tema en aquellos años (los setenta).

A pesar de ello, no sé por qué, no me atrevía a decirme a mí mismo, con toda claridad, que no creía en Dios. Tenía un cierto temor supersticioso a hacerlo (¿y sí me equivocaba y era cierto que existía, después de todo?).  Con el tiempo lo tuve claro, no creía en Dios, pero eso no implicaba negar su existencia. Era agnóstico, un agnóstico respetuoso que no rebatía a nadie su creencia en seres sobrenaturales.

Con el tiempo, ese respeto que implicaba no discutir los dogmas de la fe católica, ha ido desapareciendo. La época es proclive al resurgimiento social de las distintas religiones. No se ocultan, no permanecen en el ámbito personal, sino que cada vez más aspiran a volver a influir en el común. Sobre todo, con su curioso concepto del respeto, ese mismo que todos los no creyentes mantuvimos durante años, el que implicaba no discutir públicamente los dogmas de la religión. Por eso también surge ahora por primera vez una contestación social de corrientes ateas que proclaman su derecho a rebatir todas aquellas ideas que las religiones consideran intocables (sagradas). Con el peregrino soporte de campañas publicitarias en autobuses urbanos, se ha producido los primeros encontronazos ateos-creyentes.

Leyendo sobre estos temas he caído en el blog de Fernando G. Toledo, y en esta interesante entrada, Cómo criar hijos ateos. Y me ha llamado inmediatamente la atención, puesto que yo también he intentado alejar a mis hijas de las creencias en seres sobrenaturales y no mentirles (lo de los reyes magos ha sido mi única concesión a la presión social y familiar, pero ya se están aproximando a la edad en la que comienzan a cuestionarse su existencia). La entrada recoge parte de una entrevista con el filósofo Alejandro Rozitchner, autor junto a su mujer, la psicóloga Ximena Ianantuoni, del libro Hijos sin Dios. La entrevista, entre otros temas, desmonta un poco la idea de que quienes no tienen dios carecen también de valores morales. Y dice cosas muy interesantes sobre el amor.

Porque el amor es muy predicado en la religión pero poco ejercido. Las religiones matan al amor. Éste tiene más que ver con el deseo, con el cuerpo, con la aceptación de la sensualidad, de la autoestima (a la cual se la denigra llamándole egoísmo) y eso no está permitido en muchas religiones. El culto católico, por ejemplo, no sé de qué amor habla: ¿de un amor sin cuerpo, de un amor ilusorio? Y para educar chicos necesitás amor de verdad, no esa patraña.

Nueva novela de Haruki Murakami

Haruki Murakami en Barcelona

Haruki Murakami en Barcelona

Me acabo de enterar de que Haruki Murakami, en la curiosa visita que ha hecho a Barcelona, ha anunciado una nueva novela. Se titula 1Q84 y tiene todavía la tinta reciente:

Orwell escribió «1984» mirando al futuro, y yo, con mi novela, quiero hacer lo contrario, mirar al pasado, pero sin dejar de ver el futuro. Es mi obra más ambiciosa, y la he entregado justo hace una semana, antes de viajar a España.

Así pues, tenemos una nueva entrega del autor de Tokio blues, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o Al sur de la frontera, al oeste del sol, por mencionar aquellos de sus títulos que me han resultado más interesantes. Pero no podremos disfrutarla en España hasta octubre, por lo menos.

La escritura de Murakami es muy extraña, tal vez por eso mismo ha terminado por convertirse en un superventas, además de candidato al Nobel en la pasada edición. En sus novelas hay sentimientos, sobre todo relacionados con uno mismo, con las metas propias y los deseos. Yo diría que en cada una de sus novelas nos encontramos con una crisis, que puede ser existencial, amorosa; y que esa crisis siempre se supera con una visión más “filosófica” de la vida. Sus personajes parecen hacerse más sabios a medida que se desarrolla la trama, y al lector siempre le queda la sensación de haber comprendido algo que podría aplicar a su propia vida si lograra definirlo con claridad.  Y todo eso se mezcla con elementos fantásticos que se entrelazan con naturalidad con lo cotidiano, pero que en algunos momentos resultan inquietantes.

Al menos esa es la sensación que personalmente he experimentado con sus novelas.

Haruki Murakami: “No me interesan los premios, sino los lectores”

Cambio (ligero) de rumbo

Desde hace algún tiempo (todo el que llevo sin escribir aquí como solía) estoy notando que se está produciendo una mutación en Octaedro. Aunque no haya anotaciones, o las haya mediante el sistema de goteo, Octaedro sigue vivo, sigue funcionando en algún lugar de mi conciencia. Y ahora está cambiando, lo noto. Ya no es, no va a ser, tan literario. La literatura me sigue gustando, por supuesto, pero hay otros campos que me llaman con insistencia y que deberían aparecer por aquí. El ensayo, por ejemplo, pero no el ensayo literario (aunque también podría ser) sino el relacionado con la filosofía, incluso con la psicología y también (aunque habría que definirlo con mayor exactitud) el relacionado con lo que podría llamarse algo así como “la sociedad en red” o “sociedad del conocimiento influido o mediatizado por la red”. Son campos con un interés creciente para mí, campos en los que, cada vez con más asiduidad, se sitúan mis lecturas. Durante mucho tiempo les he dado de lado en Octaedro, porque a Octaedro lo concebí como un espacio dedicado exclusivamente a la literatura, pero esa exclusividad ya no tiene sentido: si quiero seguir escribiendo aquí (y quiero), tengo que abrir el abanico a otros temas.

Así que esto es un aviso, y el que avisa no es traidor: voy a intentar que aquí no haya únicamente literatura, que quepa un poco de todo lo que buye en el interior de mi cabeza. Por supuesto, siempre desde la curiosidad y el deseo de aprender un poco más sobre todo lo que me rodea. Los expertos en estas materias están en otros sitios, que son los que indagaré y procuraré traer aquí, para que tanto vosotros como yo podamos disfrutarlos.

Demasiada lectura

Curiosa la historia de Tipsarevic, el tenista que leía demasiado, un caso verdaderamente extraño, no solo en el mundo deportivo, sino en esta nuestra sociedad actual. Espoleado por su madre, se lanzó a la lectura compulsiva de filosofía. Aunque no los llegaba a comprender del todo, leyó a Kant y a Nietzsche una y otra vez. Supongo que tras esa avidez lectora habría un profundo deseo de saber, de comprender. Pero lo malo que tiene el conocimiento es que derriba muchos de nuestros mitos y nos lleva a cuestionarnos todo aquello que se supone que debemos querer, todo eso relacionado con el éxito, el dinero, etc., etc. Por eso ha dejado de leer, porque antes de cambiar de forma de vivir y renunciar a una carrera tan prometedora…, es más fácil dejar simplemente de leer. Que cada una de las cosas que componen nuestra vida no se pongan nunca en cuestión. Es mejor no saber demasiado:

Tipsarevic está convencido de que «pensar demasiado no es la respuesta». «Claro que no quiero ser estúpido, pero se dice que ser estúpido es una especie de bendición, porque no conoces más, no quieres más y no necesitas más».

La bendición de ser estúpido. ¿Quién le habrá transmitido esa idea? Tal vez alguien interesado en mantenerlo donde debe estar, en el mundo del tenis, dejándose de veleidades intelectuales. No es que prometiera mucho, da la impresión de que todo lo que leía le resbalaba sin dejar huella, pero tal vez la lectura le estuviera haciendo perder la concentración, fundamental para el deporte. Si uno quiere ganar a toda costa, si ganar es lo único que importa, cualquier cosa que lleve a cuestionar ese objetivo debe ser eliminada. Eso es lo que alguien en su entorno debió pensar. Mejor quitarle al chico todos esos libros. Dadle una play.

En el fondo de toda esta historia subyace la idea de que el conocimiento, la cultura, la capacidad crítica están de más. Y no es una idea extraña, que le pertenezca a él y a su entorno en exclusiva. Es una idea que circula por todas partes, que forma parte de nuestra cultura actual. Una idea que, paradójicamente, encuentra también apoyo en la industria cultural, empeñada en convertir el libro en un mero vehículo de entretenimiento, antes que en un revulsivo que nos lleve a cuestionarnos lo que nos rodea. Por eso, toda esa preocupación por la falta de lectura de los adolescentes, todas esas campañas de fomento de la lectura, me parecen tan absurdas. Siempre he dicho que antes que fomentar la lectura, parecen querer fomentar la compra de libros. Pero, bueno, esa es otra historia.

A nuestro tenista, que piensa que ser estúpido es una bendición porque así no quieres más  y no necesitas más, le diría que no se engañe, que por dejar de leer no va a dejar de querer más, de necesitar más. Seguirá queriendo más, más éxito, más dinero. La lectura, si acaso, le hubiera hecho querer más de otras cosas, de aquellas para las que uno no necesita una ambición desatada.

[vía Farrapos de Gaita]

Urgencia de crear

También siento pena por esos llamados artistas, poetas y escritores que sienten que no pueden trabajar, pero de lo que hablan no es de trabajar sino de ganar.
Uno no necesita demasiado para ser capaz de vivir. Lo más importante es poder ser libre en tu trabajo. Por supuesto que es importante poder filmar y exhibir, pero si eso no es posible todavía te queda el asunto más importante de todos: ser capaz de trabajar sin pedirle permiso a nadie.

Si un escritor desprecia sus dones naturales dejando de escribir porque nadie lo va a publicar, entonces no es un escritor. El artista se caracteriza por su urgencia de crear, que por definición es un acompañante del talento.

Andrei Tarkovski, Diarios

John Updike

John Updike

John Updike

La muerte de John Updike me trae de nuevo por aquí, para dejaros algunos enlaces sobre él. No he leído más que su famoso Corre, Conejo!, y tengo que reconocer que no me llamó mucho la atención. Un autor para el redescubrimiento. En todo caso, comparte con John Cheever la consideración de cronista de la clase media norteamericana. Hay más escritores que se ocuparon de esa temática, como Raimond Carver.

Algunos enlaces sobre Updike:

El reverso del sueño americano

El azote de la clase media

Razones para bloguear

Un blog que no se actualiza con frecuencia es un blog muerto, inexistente. Soy consciente de ello. Es absurdo dejarse caer de cuando en cuando por aquí (sobre todo si ese lapso de tiempo es de meses) con una pequeña anotación, o un anuncio breve. Los lectores, si los había, ya han huido hace tiempo. Te han borrado de su agregador de feeds. Pero, al menos, uno está vivo para sí mismo, y volver una y otra vez, a pesar del tiempo transcurrido, se lo recuerda.

Las razones para bloguear que Andrew Sullivan expone en este magnífico artículo -”Why I blog?“, publicado en The Atlantic- son las más convincentes que he encontrado nunca en la red. Sullivan acepta todas las ideas sobre el blogging que circulan por ahí, pero les da la vuelta, les cambia la pátina negativa por otra incluso favorable. Bloguear es escribir, es hacer periodismo, pero es otra forma de escribir, otra forma de hacer periodismo. Hay excesiva inmediatez, poca reflexión, pero debe ser así, porque leer un blog no es lo mismo que leer un ensayo, es un tipo de lectura más conversacional, en la que la profundidad de la reflexión se va construyendo post a post.

Pero tal vez el blogger avant la letre quintaesencial fue Montaigne. Sus ensayos fueron publicados en tres grandes ediciones, cada una de ellas más larga y compleja que la anterior. Escéptico apasionado, Montaigne corregía, añadía y amplificaba sus ensayos en cada edición, volviéndolos tridimensionales a través del tiempo. En las mejores traducciones modernas, cada ensayo está anotado, frase a frase, párrafo a párrafo, con pequeñas letras (A, B y C) para cada una de las ediciones, ayudando al lector a ver como cada reescritura añadía o subvertía, enfatizaba o ironizaba, la versión anterior. Montaigne vivía su escepticismo, atreviéndose a mostrar cómo un escritor evoluciona, cambia de opinión, aprende nuevas cosas, cambia de perspectiva, crece –y todo esto, lejos de ser algo que necesite ser escondido tras una capa de autoridad inmutable, puede ser una virtud, una nueva manera de considerar las pretensiones de autoridad, texto y verdad. Montaigne, en gran medida, también llenó sus ensayos con miríadas de eso que los bloggers llamarían external links. Sus propios pensamientos se entrelazan y complican con aforismos y anécdotas de otros. Investigadores de sus fuentes señalan que muchas de esas “citas” estaban deliberadamente fuera de contexto, añadiendo capas de ironía a una escritura que ya estaba saturada de dudas empíricas.

Juan Carlos Castillón ha traducido el original inglés en lo que el denomina una traducción exprés, pero que es, simplemente, magnífica.

P.S. He elegido el texto de Montaigne, aparte de por su significado en el contexto del artículo, por el hecho de que hoy he terminado de leer el Dietario voluble de Vila-Matas y, casualmente (me encantan las casualidades en el ámbito de la palabra escrita), las últimas anotaciones tienen que ver con este autor francés.

Dietario voluble, de Vila-Matas

Es un placer regresar de vacaciones y encontrarse con un nuevo libro de alguno de los autores que uno prefiere. Ahora es Vila-Matas (siempre preferido entre preferidos) el que se descuelga con un nuevo volumen. Ya andaba por las librerías de Madrid, pero me he tenido que enterar por la expectación que levantaba su llegada tardía a Mexico. Magda (como tantas veces) ha sido la mensajera de este Dietario voluble, recopilación, al parecer, de artículos publicados en El País, que me lanzaré a comprar en cuanto ponga un poco de orden postvacacional en todo este follón de maletas.

Recomienza la vida diaria después de el paréntesis agosteño.

Dietario voluble, Enrique Vila-Matas, Barcelona, Anagrama, 2008

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