Los vicios ocultos de Kafka

Tal y como anuncié en mi último retorno, me dejo caer de nuevo por aquí, en medio de mis vacaciones, para que os quede claro que sí, que he vuelto, y que tengo intención de continuar con Octaedro durante los próximos meses. Pero, por desgracia, hasta septiembre no volveré a tener acceso a la red, así que este post es una pequeña pildorita para ir entreteniendoos hasta entonces. Pero una pildorita cargada nada menos que con el último descubrimiento de un profesor norteamericano. Un descubrimiento sorprendente: mi querido Franz Kakfa, uno de mis escritores favoritos (por cierto, hace mucho que no revisito ninguno de sus libros) tenía una gran colección de pornografía. Las cursivas simbolizan el asombro del profesor James Hawes, a la sazón autor de un libro titulado Excavating Kafka, algo así como Profundizando en Kafka (literalmente, excavando).  Pero no era pornografía normalita, no, lo de Kafka era pornografía dura, cosas con animales y entre mujeres (?). Vamos, que podemos ir tirando La metamorfosis o El proceso a la basura.

Desde Europa han acusado al profesor de ser un mojigato y practicar el sensacionalismo. Al parecer (no lo tengo muy claro, pero es lo que creo interpretar en el artículo de The Guardian que os enlazo), la existencia de la colección de pornografía de Kafka ya había sido revelada en un libro publicado en 1958, o sea, que no es nada nuevo. El escándalo del profesor norteamericano es, por tanto, un mero ejercicio de mercadotecnia, una forma de llamar la atención de sus compatriotas para conseguir aumentar las ventas de su libro. Y si colateralmente echa un poco de porquería sobre uno de los mitos de la literatura del siglo X, pues bueno, tampoco tiene tanta importancia.

Los dos artículos están en inglés. I’m sorry, pero tampoco estaría de más que tanto yo como vosotros (por supuesto, mucho más yo que vosotros) mejoráramos algo nuestro deficiente inglés.

[Vía Librillo de apuntes de Ramón Buenaventura]

Enésimo retorno

De nuevo retorno del olvido. Recuerdo que tengo un blog que se llama Octaedro, al que llevo la friolera de dos meses sin volver. Como me ocurre con frecuencia. Durante este tiempo he pensado en él, es cierto, pero no para volver a escribir, sino para cerrarlo. Cuando estoy tanto tiempo alejado de él, me entra la tentación de echar el cierre, borrar las entradas y dejar que el olvido se apodere de ese nombre, Octaedro. Y soy un iluso, lo sé, porque el olvido ya le ha afectado hace mucho tiempo. Los que en su dia lo siguieron, hoy ya no se acuerdan de que exista, y eso porque he cometido con frecuencia el único pecado que no se debe cometer en un blog: la falta de regularidad. Escribir, nunca he escrito demasiado aquí, pero ha habido épocas en que, al menos, había dos o tres anotaciones por semana. Durante otras, sin embargo, se ha producido un mutismo de meses. Así, claro está, no hay lectores que aguanten y las únicas visitas terminan siendo las que remite google.

He pensado cerrar Octaedro definitivamente. Está, por así decirlo, marcado por la inconstancia de su autor. Sería mejor olvidarlo y, dentro de un tiempo, cuando me apetezca, abrir un nuevo blog, con otro formato y otro planteamiento, un blog fresco, sin vicios adquiridos, sin mala fama. Que comenzara a recibir visitas desde el primer momento y se hiciera su huequecito en la blogosfera. Pero me he negado tal posibilidad. Aunque me gustaría que las estadísticas me produjeran emociones fuertes, la principal razón por la que escribo aquí (por establecer una, porque a veces no lo tengo nada claro) soy yo mismo, mis intereses, mis gustos, mi “vida interior” de lecturas y descubrimientos. Y para ello, no hay estadísticas que valgan. Así pues, voy a continuar escribiendo, pero ahora sin buscar nada con ello. No quiero figurar en los rankings, ni conquistar la fama bloguera. Solo aspiro a recoger aquí aquello que me interese y compartirlo, eso sí, con quien quiera. Si vuelvo a recibir visitas en un número apreciable, si hay comentarios en mis posts, será porque en alguna ocasión he logrado conectar con algún lector despistado que ha descubierto aquí algo que le ha interesado. Pero fundamentalmente voy a escribir para mí.

Agosto, sin embargo, es mal momento para volver. Las vacaciones muchas veces alejan de la red (no tengo conexión en el lugar en el que voy a pasar el resto de las vacaciones), así que es probable que no vuelva a haber ninguna anotación por aquí hasta septiembre. Pero entonces las habrá. Hablaré, por ejemplo, de Murakami, de quién he leído un par de libros este verano. Y si me es posible, tal vez me asome a mediados de mes para comentar algo.

Vivir

En ocasiones me vuelvo consciente de repente de que las cosas no son tan difíciles, que todo consiste en dejarse llevar y hacer aquello que tenemos que hacer como si lo hicieramos bien ya desde el principio. Vivir no es actuar, no hay que aprenderse previamente un papel y desempeñarlo sin equivocarse en una coma. Vivir es avanzar, aunque a nuestro paso se vayan quedando jirones, cuestiones sin resolver, tareas mal hechas o sin terminar. Hay que confiar en que, por mucho que dejemos a nuestro paso, lo que llevamos adelante es lo suficiente como para justificarnos, al menos ante nosotros mismos.

Javier Marías, académico

Y sin embargo, junto a esa creencia popular y generalizada de que todas las lenguas denominan en el fondo las mismas cosas, los mismos objetos, los mismos sentimientos, pensamientos, acciones, pasiones, las mismas sutilezas y los mismos hechos —la creencia, en suma, de que todo puede decirse y de que las lenguas son sólo el instrumento intercambiable para referirse y nombrar lo existente, que es en cambio inmutable en todas partes—, nos encontramos a veces con que hasta aquello visible a todos, que comparte la humanidad entera y que parece ser idéntico en todas las latitudes y para todos los individuos, independientemente de su procedencia y su cultura, tiene que ser por fuerza distinto en virtud del vocablo que se emplee para denominarlo.

Javier Marías, nuevo académico de la lengua, en su discurso de ingreso.

Texto completo y respuesta de Francisco Rico 

Nueva versión de Ubuntu

Tenemos nueva versión de Ubuntu (la 8.04, Hardy Heron). Me imagino que ya lo conocéis, que sabéis que se trata de una distribución de Linux que acerca al competidor de Windows (hasta ahora solamente para informáticos y frikis más o menos enterados) a los usuarios normales. Que es gratuito y tiene detrás una gran comunidad de gente dispuesta a echarte una mano (el portal hispano de Ubuntu, por ejemplo). Y que cada vez tiene más programas que son alternativa a los tradicionales para windows, gratuitos también.

¿Por qué os hablo de todo esto? Porque en mis dos ordenadores corre ubuntu (aunque mantengo una partición con windows, para poder ejecutar aquellos programas que me son necesarios y que, impepinablemente, solo funcionan en el entorno de Bill Gates) desde hace más de un año, y mi experiencia con este sistema ha sido fantástica. He tenido algunos problemas, pero nada que no haya podido solucionar con la ayuda de la gente que puebla los foros de ubuntu-es. Os lo cuento por si os sirve, por si estáis considerando la posibilidad de abandonar las puñetitas de windows y probar con este nuevo sistema que, poco a poco, va convirtiéndose en una alternativa perfectamente válida. Quizá uno de los argumentos de más peso que os pueda ofrecer es que en el universo linux no existen los virus (sí, habéis oído bien), como dice Enjuto Mojamuto en este video:

Vicio ya no tan solitario

Todo está cambiando, ya no hay vuelta atrás. La creación literaria ya no es el vicio solitario del escritor, se convierte en un espectáculo a la vista de todos. Internet, los blogs, la inmediatez que dan los nuevos medios tienen la culpa. Se puede escribir y leer casi al instante, ya no hace falta un trámite tan largo para que lo escrito llegue al lector. En Buenos Aires (ahora cubierto de humo) lo saben bien. Han organizado una jam session de escritores. Improvisación literaria frente al público lector. Con un portatil y un cañón van desgranando frases que los asistentes leen inmediatamente en la pantalla. Asisten al proceso de creación en directo, ven como el autor teclea a toda velocidad, como se detiene y borra una o dos frases, como los personajes y la historia van cobrando forma allí mismo, frente a ellos. Lo que antes hacía el autor en la más estricta soledad, ahora lo hace frente a todos. Hay que tener valor, de todas formas.

Desde la trastienda de la creación

La biblioteca universal y el temor al exceso

La utopía de la biblioteca universal que soñara Borges es posible gracias a los nuevos textos electrónicos. Y deseable. Pero al mismo tiempo existe el miedo al exceso. Muchas veces nos lo tropezamos en post y comentarios. Es la idea que expresa quien comenta que en internet hay mucha basura, o quien se angustia ante la imposibilidad de leer todo lo que se ha escrito -y se está escribiendo-. Ante el exceso, la selección, pero esa es una idea que también angustia.

De todo ello habla Roger Chartier, historiador francés de la lectura (enseguida me viene a la mente Alberto Manguel, con cuyo libro Una historia de la lectura disfruté enormemente -os lo recomiendo-) en esta entrevista en el diario Clarín. Sus opiniones en torno a los dos temas que he mencionado:

-El hombre ha soñado con la idea de hacer una biblioteca universal, que tenga todos los libros y manuscritos que existen ¿Con la era electrónica es posible pensar en esta utopía?

-Hay dos problemáticas. Por un lado el tema de la biblioteca universal, donde el hombre ha tenido la angustia, quizás desde la Edad Media, de la pérdida, esa idea que si faltasen algunos textos o libros, sería una herida para el progreso del conocimiento. De ahí se explica por qué se han buscado los manuscritos antiguos, por qué se han multiplicado los libros impresos, por qué se han creado clases de libros, catálogos, que tienen contenidos de las bibliotecas, nombres de títulos y autores. También se explica la construcción de bibliotecas que intentaban ser universales, portadoras de todo el conocimiento mundial. Ahora podemos pensar que esa angustia se ha trasladado a nuestros días y se piensa en la biblioteca electrónica, en la digitalización de libros y documentos, ante el temor de perderlos. Que haya una biblioteca universal de este tipo es una realidad posible, porque si se piensa que todos los libros que fueron publicados en forma impresa o todos los textos que existen en forma manuscrita pueden convertirse en textos electrónicos, no hay razón para pensar que puede haber límites.

-¿Junto a este deseo de compilar todo, convive el miedo al exceso?

-Es inquietante el tener en exceso, pero también es útil. Pienso en la obra de Borges Funes el memorioso donde la memoria aparece como paradisíaca para el pensamiento y a su vez un obstáculo para el saber. El gran desafío de la biblioteca universal digital es cumplir el deseo de la universalidad y a su vez convivir con la angustia del exceso.

(a través de El blog del futuro del libro)

El lamento de Portnoy, Philip Roth

Mis ocupaciones, y un cambio de costumbres (he dejado de ir a trabajar en metro), han hecho resentirse a mi ritmo de lecturas. Esa es una de las razones por las que cada vez publico menos “reseñas” en Octaedro. Esa y que cada vez publico menos de cualquier cosa en Octaedro, pero eso es otro tema. Voy a ver si vuelvo a donde solía y os puedo dar noticia de los libros que cada tanto voy descubriendo. Ahora estoy leyendo “Música para camaleones”, de Truman Capote: ya os lo comentaré cuando lo acabe. Por el momento, os dejo un post que tenía escrito y guardado en las entrañas de Octaedro, en espera de revisión.

El lamento de Portnoy, de Philip Roth, adopta la forma de una larga conversación, en realidad monólogo, entre el personaje de Alexander Portnoy y su, suponemos, psicoanalista. En esta confesión se van desgranando las claves de la vida de Portnoy, la explicación de su descontento y de su sufrimiento. Portnoy es judío y fue educado en los valores judíos. El problema es que sus padres eran un par de neuróticos que le trataron de inculcar, desde su deforme visión de la vida, el sentimiento de culpabilidad que todo judío debe acarrear.

Adolescencia. Educación en los valores judíos desde algo semejante a una enfermedad mental. Complejo de culpabilidad, sienten culpa por todo, como si la culpa fuera un mal heredado, inevitable. Le inculcan también el respeto a sus padres, pero desde la neurosis (”tus padres se han esforzado por tí, se han sacrificado. Tu padre trabaja como un burro por tí, mírale”. Y su padre adopta el gesto de quien desfallece o sufre intensamente). Portnoy se rebela ante esta visión del mundo y de la vida que su madre le presenta. Y se revela como lo haría cualquier adolescente: negándose a complacer a sus padres en cosas nimias, sin importancia. Pero en su casa eso es una tragedia. El mero hecho de no ponerse traje el día de una festividad judía (ahora no recuerdo cuál es) hace que sus padres se desesperen y exageren el intenso dolor que les causa el hijo.

Toda esta educación desemboca en la represión sexual de Portnoy. Portnoy no llega a tener una relación normal con el sexo. En su adolescencia se dedica a masturbarse furiosamente, pero lo hace con un tremendo sentimiento de culpabilidad. Más tarde, sus relaciones con las mujeres serán erráticas. Irá de relación en relación, buscando únicamente el sexo y el placer, pero al mismo tiempo, añorará una relación estable, una familia, hijos. La relación más fuerte que encuentra es, precisamente, con una mujer que no hace ascos a cualquier tipo de relación sexual, pero que es de una educación inferior a la suya. Y que también es gentil. Una de los aspectos claves de su castrante educación es que un judío no puede mantener ningún tipo de relación con una mujer gentil. Como es fácilmente adivinable, son precisamente las mujeres gentiles las que excitan y hacen gozar a Portnoy: otro factor más para el tremendo sufrimiento que infringe a sus padres.

Portnoy atraviesa la vida sin una dirección definida, de exceso en exceso, escandalizando y despreciando a sus padres y a todo lo relacionado con la vida que ha vivido hasta ese momento. Y en realidad, lo que más anhela es precisamente que esos padres le quieran y reconozcan sus méritos (social y laboralmente ha alcanzado un estatus elevado) más allá de la estrechez de miras que su forma de interpretar su religión y su cultura les impone.

Lo dramático de la historia de Portnoy se refleja en la novela con un tono claramente humorístico, sobre todo cuando se hace referencia a la adolescencia del protagonista. Lo ridículo de las situaciones por las que pasa aligera un poco la sordidez de la historia y la convierten en una novela bastante divertida.

La lectura será un culto

¿Tampoco confía en el tan alabado Kindle, el libro electrónico que acaba de aparecer en Estados Unidos? No lo he visto todavía, sé que anda por ahí, pero dudo que reemplace un artefacto como el libro. La clave no es trasladar libros a pantallas electrónicas. No es eso. No. El problema es que el hábito de la lectura se ha esfumado. Como si para leer necesitáramos una antena y la hubieran cortado. No llega la señal. La concentración, la soledad, la imaginación que requiere el hábito de la lectura. Hemos perdido la guerra. En veinte años, la lectura será un culto.

¿Y los lectores serán una especie de gente rara, de espectros? No, no, tampoco. Será un hobby minoritario. Unos criarán perros y peces tropicales, otros leerán. Como lo que es hoy leer poesía. Existen poetas, se les publica, pero los lectores de poesía son una minoría. Eso ocurrirá.

Probablemente Philip Roth haya dado en el clavo. De todas formas, no es ningún secreto, ni nada sorprendente. Cierto que, como dice Juliana, las pantallas nos han llevado a reencontrarnos con la lectura, pero no a todos, ni a la mayoría. Algunos somos capaces de leer un texto largo en la pantalla, mejor dicho, estamos dispuestos a ello, tenemos paciencia para hacerlo. Pero la mayoría no. Por mucho que se empeñen los editores o el estado, la lectura, entendido como el hábito de dedicar tiempo y paciencia a desentrañar un texto más o menos largo, más o menos denso, es algo en retroceso.

La entrevista es de hace unos días. En El País.

Los libros y la red en Babelia

El suplemento cultural de El País, Babelia, tiene como tema principal hoy la revolución de internet en el mundo del libro. Explica cómo el mundo del libro, el más reticente hasta el momento en integrarse en la red, en aprovechar todas sus posibilidades, comienza a descubrir nuevas formas narrativas. Y, sobre todo, comienza a darse cuenta de que la escritura y la red no son enemigas, sino que están condenadas a entenderse. Les está costando. Todo eso de lo que hablan en El País ya es casi viejo en la red, pero, personalmente, siempre me alegro cuando alguna posibilidad de la red, algo que comienza a imponerse, a desarrollarse, salta a los medios de comunicación tradicionales. De hecho, creo que de un tiempo a esta parte ha dejado de mencionarse a internet exclusivamente en relación con la pederastia o el ciberterrorismo. Ahora también se habla de literatura. Es un avance.

Me voy de vacaciones. La semana que viene estaré alejado de la red, pero no de los libros (al menos, no del todo). Tal vez a la vuelta tenga material para retomar aquellos comentarios sobre mis lectura que hace tiempo que no hago.

(Por cierto, ¿alguien entiende esa obsesión que tiene El País por no enlazar? En los artículos que os comento se mencionan un montón de páginas web. Pues bien, no hay un maldito enlace. ¿Alguien entiende por qué?)

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