Un porno muy especial

Cuando veo estanterías cuajadas de libros ordenados, o desordenados, flamantemente nuevos, o viejos, dudo si alguna vez me acostumbraré al e-reader. Si la biblioteca que comienzo a almacenar dentro de mi ordenador alguna vez me hará sentir como la “bibliotequilla” que he reunido a lo largo de los años en mi casa. Sospecho que no, que leeré muchos libros digitales, pero que al mismo tiempo rezaré (es un decir) porque no desaparezcan las librerías de toda la vida, las que tienen algo más que novedades. Y porque en las bibliotecas públicas no lleguen a imponerse las pantallas sobre los libros.

A uno “le pone” ver tanto libro acumulado. En esta página lo saben, y por eso han acumulado tanto “porno” para amantes de los libros. Porno duro, todo hay que decirlo, que puede herir la sensibilidad del no lector. Y hacer las delicias del lector.

Bookshelf Porn.

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La máquina de escribir

John Cheever y la máquina de escribir

Cuando una tecnología sustituye a otra, ambas conviven durante un tiempo más o menos largo. Luego, un día de repente nos damos cuenta de que la más antigua ha desaparecido: ya no la usamos, y no conocemos a nadie que la use. Recuerdo el día en que comprendí que los vinilos habían desaparecido. En mi tienda de discos favorita, los estantes, de repente, casi de un día para otro, se habían llenado de discos compactos. En ese momento fui consciente de que ya no vería más los discos negros a no ser en una tienda de coleccionista.

Con la máquina de escribir ocurrió algo semejante: de repente ya nadie la usaba. No soy capaz de recordar en qué momento tecleé algo por última vez en la mía. Desaparecieron de un día para otro. Pero a diferencia del tocadiscos, que nadie parece echar de menos, la máquina de escribir siempre tuvo un aura de máquina mágica. Probablemente porque era el arma principal del escritor. Es cierto que formaba parte del mobiliario de las oficinas, del trabajo diario de mucha gente, pero siempre se la ha asociado, sobre todo a la labor creativa, a la narración de mundos de ficción o de realidades lejanas. Era tan fascinante que se convirtió en un objeto de decoración mientras aún seguía siendo un objeto de uso.

¿Llegarán a ser los portátiles de hoy tan fascinantes como las máquinas de escribir? Ya comienzan a sufrir una cierta obsolescencia: la “tableta” (ipad y similares) comienza a extenderse y hay quien dice que ha venido a sustituirlos.

 

In praise of the Typewriter, una galería fotográfica de la revista Life con la máquina de escribir como centro.

 

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Necesitar la escritura como el aire

Hay otros autores que necesitan la escritura como el aire. Ganar dinero con su obra puede ser una cuestión secundaria respecto a lo que es una necesidad vital: dar rienda suelta a la palabra, poner el propio ser en cada uno de los párrafos. En estos casos, no hay manera de acceder a la vida del autor que no sea pasando por la obra. Hay quien pone la propia vida en cada palabra, en cada obra, en los personajes, y mucho antes que al entorno social o familiar es a la obra a quien hay que preguntar si se quiere saber algo del autor. La mejor manera de saber quiénes fueron Unamuno, Lorca o Machado es perderse entre sus obras.

Joyce, evidentemente, fue de esos. Leyendo las notas biográficas de introducción al Ulises, me maravillaba de que hubieran existido en otros tiempos autores (o pintores, actores, músicos, científicos; incluso, aunque suene raro, políticos) para quienes lo principal no fuera convertir su trabajo en mercancía para vender en el mercado. Personas que, sí, aspiraban a vivir de lo que hacían, pero solo como condición necesaria para seguir haciéndolo. Sin tener esa aspiración tan actual de convertirse en millonarios. En Boulé, Miguel habla de las dos actitudes ante el papel en blanco.

Boulé: Escribir y vivir

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Los productos de la mente humana

Pero ¿qué significa existir? ¿Sólo existen las rocas, los vegetales, los animales, la fuerza de gravedad y otras entidades por el estilo? No hace falta creer en fuerzas sobrenaturales para sospechar que las fronteras de lo real se hallan bastante más allá. “Los materialistas afirman que hay un solo mundo, el mundo de los objetos físicos, y que todo lo demás es pura ficción”, escribió el filósofo Karl Popper para argumentar, acto seguido, que los productos de la mente humana -mitos, teorías científicas, construcciones matemáticas, obras musicales y literarias- son tan reales como las piedras: “Reales en un sentido muy similar a las fuerzas físicas; reales porque pueden provocar cambios en nosotros y en el mundo tangible”.

 

Mori Ponsowy acude a Dublín después de haber leído el Ulises, y camina de un lado a otro, pensando en los lugares por los que transitaba Leopoldo Bloom, en lo que veía nada más salir por la puerta de su casa. Pero Bloom era un personaje de ficción, no vio nada, no caminó por ningún lugar salvo en la mente de Joyce, y sin embargo…, ¿no son a veces más reales que los personajes reales, los de carne y hueso, los que recorrieron la historia dejando a veces una huella mucho menos tangible? En Londres, el 221B de Baker Street es un lugar de obligada visita. Hay un museo incluso. Pero allí nunca vivió Sherlock Holmes. Como Bloom, solo lo hizo en la mente de su autor.

Por cierto, he comenzado a leer el Ulises.

[vía Libro de Notas]

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Josefina Aldecoa

Ha muerto Josefina Aldecoa. En Wikipedia tenéis su trayectoria, tanto literaria como pedagógica. Porque era una mujer con dos facetas: escritora y educadora. Incluso se podría decir que era más lo segundo que lo primero. En ese sentido, su proyecto pedagógico, que puso en práctica con la creación del colegio Estilo, estaba vinculado a la Institución Libre de Enseñanza, el proyecto educativo fundado por Giner de los Ríos e interrumpido por la Guerra Civil. Precisamente eso es lo más destacable de su figura: que en un país en el cual la educación continúa siendo un problema no resuelto, ella y otros como ella propugnaban la continuidad de un experiencia que se demostró fructífera (solamente hay que ver la cantidad de intelectuales de talla que estuvieron vinculados al mismo),  pero que la guerra y el franquismo sepultaron en el olvido.

Algunas entrevistas:

En España todavía hay un fondo retrógrado en la educación

Revista Fusión

 

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Jams de escritura

Hace tres años hablé aquí sobre algo que me sorprendió mucho: jam sesions de escritura. Es decir, con la ayuda de un portatil y un cañón, un escritor muestra al público su proceso creativo. Se sienta frente a él y comienza a teclear. Las palabras aparecen en la pantalla, una historia empieza a perfilarse. En algunos momentos se detienen mientras el escritor piensa; en otros, desaparecen unas pocas, tal vez incluso lo hagan una o dos frases. La escritura tal y como uno la vive en su soledad. Vicio ya no tan solitario, titulé aquella entrada, porque la escritura siempre me ha parecido un vicio que se practica en privado. Y he aquí que un escritor estaba dispuesto a mostrar al público sus dudas, sus vacilaciones, sus torpezas, sus textos a medio hacer. Incluso sus faltas de ortografía. En ese momento me pareció simplemente una ocurrencia graciosa, una manera de pasar un rato divertido. No tenía idea de que aquello iba a cuajar, de que iba a albergarse en ferias del libro, ni de que incluso iba a ser patrocinado por grandes editoriales.

La escritura lleva mucho tiempo convirtiéndose en algo mediático. Ya no basta escribir un libro y ser entrevistado en televisión. Hay que hacer un trailer del libro, ahora incluso escribir frente a los lectores. Convertir el proceso de la escritura en espectáculo. No es casual que en estas “jams” de escritura el trabajo del autor sea completado con el de un disc jockey que monta músicas previamente elegidas por el protagonista de la sesión: las dos cosas se complementan, el autor es un disc jockey de la escritura. Tiene mérito, como dije en la otra anotación, escribir así, a vuelapluma, intentar enhebrar una historia y procurar divertir al público. Otra cosa será lo que salga de ahí, supongo que no más que una historia simple, un texto divertido. O tal vez no: algunos de los textos que aparecen en el blog (Jam de escritura) no están mal, tienen algo del germen de una idea. Tal vez bajo la presión de una de estas sesiones alguno de los autores consiga el comienzo de una novela.

Por cierto, una curiosidad: ¿os habéis fijado en que la mayoría de los autores escribe con dos dedos? Debe ser que desde que murió la máquina de escribir ya nadie aprende mecanografía.

[vía Literatura electrónica]

Imagen de previsualización de YouTube

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Sunset Park, Paul Auster

Y vuelvo con uno de mis autores habituales: Paul Auster. Y el libro, el último que ha publicado, Sunset Park. Como creo que ya he comentado en alguna ocasión, con Auster siempre experimento la extraña sensación de no exigirle demasiado. Cuando empiezo una novela suya, concibo expectativas que luego, según avanzo en la lectura, comienzo a sospechar que quedarán frustradas. Y sin embargo, sus libros no me decepcionan. Cuando llego al final, de repente me doy cuenta de que he olvidado mis expectativas y de que, a pesar de todo, he disfrutado de la novela.

Sunset Park cuenta la historia de Miles Heller, un hombre joven con un curioso trabajo y una curiosa costumbre: forma parte de una brigada que se dedica a limpiar casas cuyos propietarios han tenido que dejar por no poder pagar la hipoteca. Trabaja para un banco y su función es borrar de esas casas abandonadas con precipitación toda huella de quienes vivieron allí. Hasta aquí, el trabajo. La costumbre es fotografiar todas esas huellas antes de retirarlas. Miles saca una fotografía de los objetos dejados atrás que habla de vidas interrumpidas repentinamente por culpa de la crisis económica.

Miles había abandonado a su familia y sus estudios siete años atrás para vagabundear por los Estados Unidos, trabajando en todo lo que le salía al paso. En ello hay un motivo que su familia, de la que se nos habla en esta parte, no llega a comprender del todo. Al comienzo de la novela, sin embargo, el vagabundeo parece haber terminado: Miles se ha establecido en Florida. Allí ha encontrado a Pilar y ha iniciado una relación con ella. El problema es que ella es menor de edad. También que tiene una hermana codiciosa que le amenaza para que robe para ella en las casas en las que trabaja. Puesto que hasta que Pilar no cumpla la mayoría de edad no podrán iniciar una vida en común lejos de la hermana, toma la decisión de desaparecer de la vida de la chica hasta que ese momento llegue. Y vuelve a Nueva York, la ciudad en la que vivía con su familia y en la que estudiaba.

A partir de este punto la novela experimenta un giro, Auster se vuelca ahora en otros personajes y deja de colocar el foco sobre Miles. Continúa hablando de él, pero ahora en el contexto de sus relaciones con los demás. Volvemos ahora a su historia familiar y conocemos por fin el motivo de su marcha y su larga ausencia: su hermanastro falleció a consecuencia de un confuso accidente del que Miles se siente, en parte, culpable. El no es el único que lo piensa: un día asiste de manera involuntaria a una conversación entre su padre y su madrastra y comprende que ella también le culpa de lo ocurrido.

La presencia de Miles en Nueva York se convierte en un revulsivo para la vida de las personas con las que entra en contacto: su padre y su madre, su mejor amigo (que durante todos esos años ha ejercido para sus padres, sin él saberlo, el papel de chivato de sus andanzas) y dos chicas a las que conoce en ese momento. La vuelta de Miles les hace evolucionar, superar viejos problemas o entenderse a sí mismos, pero él no experimenta el mismo cambio: el suyo parece forzado, no muy verosímil. Parece reconciliarse con su pasado, pero sin que hayamos visto qué es lo que le ha hecho cambiar. Otra cuestión interesante es el papel de Pilar, la chica de la que se enamora y la que, en última instancia, es la culpable de que regrese a Nueva York. Literalmente desaparece de la historia. Se convierte en un elemento lejano, una especie de anclaje que Miles utiliza para adentrarse en su antigüa vida sin perder pie. Es el cabo de cuerda que le arrastrará fuera de ella en el caso de que las cosas se pongan feas. Y ese es su único papel.

Los personajes de esta novela viven situaciones de crisis o experimentan conflictos vitales de importancia, pero la evolución consiguiente no aparece clara para el lector. A veces es una evolución demasiado repentina. Auster parece no haberlos desarrollado plenamente: uno tiene la impresión de que se podría escribir mucho más sobre ellos. Y, sin embargo, como he dicho al principio de la entrada, he disfrutado de la novela. Tal vez porque el universo Auster es reconocible, porque los personajes recuerdan a otros de novelas anteriores y ello permite entenderlos mejor. O simplemente porque son intensamente humanos.

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Un año y medio

Es el tiempo que llevo sin escribir aquí. Un año y medio. Nada menos. Demasiado tiempo alejado de los blogs y de la escritura. Pero no de la red. Durante todo este tiempo he continuado leyendo, tanto en ella como fuera. He sido un observador que absorbe información pero no participa. Y ha llegado el momento de devolver algo de lo absorbido.

Octaedro ha permanecido durante todo este tiempo abandonado. Con sus viejas anotaciones a merced de cualquier búsqueda en la red, pero sin contenido nuevo. Cuando comencé a plantearme volver a escribir, consideré la posibilidad de cerrarlo y abrir un nuevo sitio. Hubiera sido lo lógico, habida cuenta de que ya nadie se pasa por aquí si no le manda google. Sin embargo, me dio pena hacerlo: después de todo, Octaedro responde plenamente a mis planteamientos e intereses: escribo sobre libros y literatura y sobre lo relacionado con la red que de cuando en cuando me va tentando. Justo lo que solía ser Octaedro. Así, ¿por qué cambiar de escenario cuando lo que importa sobre todo es lo que se representa en ese escenario? Además, durante mucho tiempo concebí el blog como un lugar de comunicación, cierto, pero también como un repositorio personal de enlaces y anotaciones. En ese sentido, me daba pena pensar en retirar de la red todo lo acumulado (aunque no es mucho) y guardarlo en algún remoto archivo de mi ordenador.

No voy a cerrarlo, pues. Al contrario, lo voy a intentar reanimar. Como una casa que ha permanecido cerrada durante mucho tiempo a la que, de repente, vuelven sus antiguos dueños y le conceden una segunda oportunidad. Y voy a continuar con la línea que me marqué en la primera: libros, literatura y filosofía, novela y ensayo, desde el punto de vista de un aficionado lector y curioso de la cultura. Pero también lo demás, cómo se interrelacionan la cultura y la red, ahora que la contestada aprobación de la ley Sinde ha convertido esa interrelación en motivo de reflexión y polémica.

Eso sí, volveré al planteamiento inicial, pero tratando de no cometer los mismos errores de entonces. Un blog, tal y como yo lo concibo, implica algún tipo de compromiso con los eventuales lectores (ahora desaparecidos): al menos el mantenimiento de una cierta periodicidad. Evidentemente, no diaria. Lo mejor semanal (incluso bisemanal), incluso, en el peor de los casos ,quincenal. Pero sin caer ya en esos frecuentes alejamiento que a veces duraban varios meses.

 

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Günter Grass: Pelando la cebolla

Pelando la cebolla

Pelando la cebolla

Como ya os dije en el post anterior, este verano le ha tocado el turno a Pelando la cebolla, la autobiografía de Günter Grass y la confesión de lo que ha sido el mayor pecado de su vida: su pertenencia a las SS durante los años finales de la Segunda Guerra Mundial. Todos recordareis la polvareda que levantó su confesión, sobre todo por dos razones: primera, por haber mantenido oculta durante tanto tiempo esa pertenencia; y segundo, porque a lo largo de su carrera literaria se ha destacado especialmente, como integrante de la izquierda alemana, en intentar que ningún político alemán de derecha se olvidara del papel que jugó en ese gran pecado alemán que fue el nazismo. Evidentemente, la polémica está, en cierta medida, justificada. Pero la valentía de esta confesión, una confesión clara y rotunda, que no busca justificaciones, le ha granjeado la defensa de muchas personalidades del mundo de la cultura y de la política.

Grass no oculta que se presentó voluntario, que estaba fascinado por lo que él veía como heroísmo de las tripulaciones de submarinos, y que, confrontado con la evidencia de que no toda aquella imagen heroica era cierta, que había algo más bajo toda aquella parafernalia, prefirió “no preguntar”. Él mismo reconoce en el libro que no preguntar, no querer saber, supone también una forma de compromiso con una situación determinada. Y él decidió obviar los rumores que iban llegando sobre el destino de los judíos, optó por saber “cosas falsas” sobre el destino del chico rubio y de ojos azules, modelo de ario perfecto, que en el campamento se negó a llevar armas invocando un “nosostrosnohacemoseso”.

Grass narra el final de la guerra, su trabajo en las minas y su comienzo de una carrera artística como escultor, que posteriormente se transformaría en literaria, primero como poeta y más tarde como novelista. Sin embargo, sobre todo el libro planea esa culpabilidad, para la que Grass no encuentra perdón en sí mismo. El tema es interesante. Mientras leía el libro tenía constantemente en la cabeza si yo mismo concedía ese perdón, o no, a Grass. Durante mucho tiempo, después de haber leído y escuchado mucho sobre el tema, de haber visto montones de películas sobre la guerra y los nazis (que constituyen un género en sí mismo), tenía muy asumido el desprecio que me merecían todos aquellos hombres que habían luchado por instaurar el régimen más execrable que han conocido los tiempos. Luego fuí consciente de que muchos de ellos se vieron obligados a secundar el nazismo por la tremenda presión social, cuando no por la coacción directa. Pero hasta ahora no me había encontrado con alguien que hubiera abrazado el nazismo, que hubiera creído en Hitler y en la sociedad que pretendía fundar, y que mereciera ser perdonado. Es cierto que en aquel momento Grass era prácticamente un niño. Es la única disculpa que se me ocurre. Y tal vez, aunque no hubiera sido un niño, se podría invocar una especie de locura colectiva, de rapto alucinado por las ideas imperantes. Pero esas son débiles justificaciones ante la magnitud del horror que el nazismo produjo, y al que muchos como Grass contribuyeron con ese no querer saber.

Creo que todo el mundo tiene derecho a arrepentirse, a darse cuenta de las aberraciones que ha apoyado sin saber o sin querer saber. Y Grass es valiente por hacerlo en un libro como este y de la manera en que lo hace. También es cierto que su reputación como novelista e intelectual es enorme y, de alguna forma, le protege. Pero ha tenido suerte, mucha suerte, de que en todos estos años nadie haya sacado su pasado a la luz pública.

Por cierto, una curiosidad. Grass tuvo un compañero de fatigas con el que compartió su huída al final de la guerra, justo antes de ser internado en un campo como prisionero de guerra. Un tal Joseph, católico convencido y bastante pesado, a juzgar por lo que dice Grass de él. Pues bien, Grass sospecha (aunque luego está casi completamente seguro de ello) que el tal Joseph no era otro que el papa Ratzinger. Creo (no estoy seguro) que Benedicto XVI no ha confirmado esa sospecha, pero sin duda sería muy interesante.

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Mañana, al trabajo

Las vacaciones me han alejado de la red durante todo el mes, lo que supone una desconexión muy conveniente de vez en cuando. Y, ¡sorpresa!, se puede vivir sin la red, sin información de ningún tipo (sobre todo, sin la política), sin relaciones virtuales (las reales suelen resultar suficientes para hacer turismo, para la piscina y las terrazas de los bares). Se puede vivir sin ella, pero vivir con ella es mucho más interesante, aunque quizá me convendría ajustar un poco los ámbitos en los que me muevo. Tendría que hacer una pequeña limpieza en los blogs que sigo y en las redes sociales en las que tomo parte (precisamente para tomar parte de forma real, más frecuente). Participar en menos para participar mejor, sería la idea.

Filosofía no ha habido mucho este verano (he releído partes de uno de los libros de Onfray, La fuerza de existir), pero sí literatura. Günter Grass, Pelando la cebolla, que aún no he terminado; y otro libro, este muy curioso: Misterio, emoción y riesgo, una recopilación de escritos de Fernando Savater relacionados con la literatura y el cine de aventuras, policíaco y fantástico. Es una especie de enciclopedia de estos ámbitos literarios y cinematogŕaficos, y me ha abierto el apetito por volver a estos mundos (que nunca debí abandonar).

Por su parte, el de Günter Grass es el de la polémica de hace dos años. En él, Grass confiesa que a sus diecisiete años formó parte de las SS en los estertores del nazismo. Incluso no niega que lo hizo plenamente convencido y que en ese momento no había para él nadie mejor que el Führer. Un libro interesante para la reflexión que tal vez pudiera llevarnos a entender como puede ocurrir algo como lo que sucedió en Alemania antes y durante la Segunda Guerra Mundial. Hablaré de ello cuando termine mi lectura.

En fin. Vuelvo entonces por aquí con un poco de filosofía (voy a continuar leyendo al francés e intentando captar algo de todos los autores a los que cita), y un poco de literatura fantástica y de ciencia ficción. Buena combinación, sin duda.

Y mañana, al trabajo.

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