Los hijos ateos

Nunca tuve creencias religiosas en el sentido estricto de la palabra. Me educaron, como a todo el mundo de mi generación en España, en la religión católica, si bien es cierto que no lo hicieron con mucha convicción: mis padres tampoco tenían un sentimiento religioso muy acusado. Desde el principio rechacé esa educación católica, pero más por estética que por otras razones. Había en todo lo relacionado con la religión algo que me desagradaba, aunque no tenía muy claro qué era. Tal vez la obligatoriedad de que estaba revestido todo el tema en aquellos años (los setenta).

A pesar de ello, no sé por qué, no me atrevía a decirme a mí mismo, con toda claridad, que no creía en Dios. Tenía un cierto temor supersticioso a hacerlo (¿y sí me equivocaba y era cierto que existía, después de todo?).  Con el tiempo lo tuve claro, no creía en Dios, pero eso no implicaba negar su existencia. Era agnóstico, un agnóstico respetuoso que no rebatía a nadie su creencia en seres sobrenaturales.

Con el tiempo, ese respeto que implicaba no discutir los dogmas de la fe católica, ha ido desapareciendo. La época es proclive al resurgimiento social de las distintas religiones. No se ocultan, no permanecen en el ámbito personal, sino que cada vez más aspiran a volver a influir en el común. Sobre todo, con su curioso concepto del respeto, ese mismo que todos los no creyentes mantuvimos durante años, el que implicaba no discutir públicamente los dogmas de la religión. Por eso también surge ahora por primera vez una contestación social de corrientes ateas que proclaman su derecho a rebatir todas aquellas ideas que las religiones consideran intocables (sagradas). Con el peregrino soporte de campañas publicitarias en autobuses urbanos, se ha producido los primeros encontronazos ateos-creyentes.

Leyendo sobre estos temas he caído en el blog de Fernando G. Toledo, y en esta interesante entrada, Cómo criar hijos ateos. Y me ha llamado inmediatamente la atención, puesto que yo también he intentado alejar a mis hijas de las creencias en seres sobrenaturales y no mentirles (lo de los reyes magos ha sido mi única concesión a la presión social y familiar, pero ya se están aproximando a la edad en la que comienzan a cuestionarse su existencia). La entrada recoge parte de una entrevista con el filósofo Alejandro Rozitchner, autor junto a su mujer, la psicóloga Ximena Ianantuoni, del libro Hijos sin Dios. La entrevista, entre otros temas, desmonta un poco la idea de que quienes no tienen dios carecen también de valores morales. Y dice cosas muy interesantes sobre el amor.

Porque el amor es muy predicado en la religión pero poco ejercido. Las religiones matan al amor. Éste tiene más que ver con el deseo, con el cuerpo, con la aceptación de la sensualidad, de la autoestima (a la cual se la denigra llamándole egoísmo) y eso no está permitido en muchas religiones. El culto católico, por ejemplo, no sé de qué amor habla: ¿de un amor sin cuerpo, de un amor ilusorio? Y para educar chicos necesitás amor de verdad, no esa patraña.

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Nueva novela de Haruki Murakami

Haruki Murakami en Barcelona

Haruki Murakami en Barcelona

Me acabo de enterar de que Haruki Murakami, en la curiosa visita que ha hecho a Barcelona, ha anunciado una nueva novela. Se titula 1Q84 y tiene todavía la tinta reciente:

Orwell escribió «1984» mirando al futuro, y yo, con mi novela, quiero hacer lo contrario, mirar al pasado, pero sin dejar de ver el futuro. Es mi obra más ambiciosa, y la he entregado justo hace una semana, antes de viajar a España.

Así pues, tenemos una nueva entrega del autor de Tokio blues, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o Al sur de la frontera, al oeste del sol, por mencionar aquellos de sus títulos que me han resultado más interesantes. Pero no podremos disfrutarla en España hasta octubre, por lo menos.

La escritura de Murakami es muy extraña, tal vez por eso mismo ha terminado por convertirse en un superventas, además de candidato al Nobel en la pasada edición. En sus novelas hay sentimientos, sobre todo relacionados con uno mismo, con las metas propias y los deseos. Yo diría que en cada una de sus novelas nos encontramos con una crisis, que puede ser existencial, amorosa; y que esa crisis siempre se supera con una visión más “filosófica” de la vida. Sus personajes parecen hacerse más sabios a medida que se desarrolla la trama, y al lector siempre le queda la sensación de haber comprendido algo que podría aplicar a su propia vida si lograra definirlo con claridad.  Y todo eso se mezcla con elementos fantásticos que se entrelazan con naturalidad con lo cotidiano, pero que en algunos momentos resultan inquietantes.

Al menos esa es la sensación que personalmente he experimentado con sus novelas.

Haruki Murakami: “No me interesan los premios, sino los lectores”

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Cambio (ligero) de rumbo

Desde hace algún tiempo (todo el que llevo sin escribir aquí como solía) estoy notando que se está produciendo una mutación en Octaedro. Aunque no haya anotaciones, o las haya mediante el sistema de goteo, Octaedro sigue vivo, sigue funcionando en algún lugar de mi conciencia. Y ahora está cambiando, lo noto. Ya no es, no va a ser, tan literario. La literatura me sigue gustando, por supuesto, pero hay otros campos que me llaman con insistencia y que deberían aparecer por aquí. El ensayo, por ejemplo, pero no el ensayo literario (aunque también podría ser) sino el relacionado con la filosofía, incluso con la psicología y también (aunque habría que definirlo con mayor exactitud) el relacionado con lo que podría llamarse algo así como “la sociedad en red” o “sociedad del conocimiento influido o mediatizado por la red”. Son campos con un interés creciente para mí, campos en los que, cada vez con más asiduidad, se sitúan mis lecturas. Durante mucho tiempo les he dado de lado en Octaedro, porque a Octaedro lo concebí como un espacio dedicado exclusivamente a la literatura, pero esa exclusividad ya no tiene sentido: si quiero seguir escribiendo aquí (y quiero), tengo que abrir el abanico a otros temas.

Así que esto es un aviso, y el que avisa no es traidor: voy a intentar que aquí no haya únicamente literatura, que quepa un poco de todo lo que buye en el interior de mi cabeza. Por supuesto, siempre desde la curiosidad y el deseo de aprender un poco más sobre todo lo que me rodea. Los expertos en estas materias están en otros sitios, que son los que indagaré y procuraré traer aquí, para que tanto vosotros como yo podamos disfrutarlos.

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Demasiada lectura

Curiosa la historia de Tipsarevic, el tenista que leía demasiado, un caso verdaderamente extraño, no solo en el mundo deportivo, sino en esta nuestra sociedad actual. Espoleado por su madre, se lanzó a la lectura compulsiva de filosofía. Aunque no los llegaba a comprender del todo, leyó a Kant y a Nietzsche una y otra vez. Supongo que tras esa avidez lectora habría un profundo deseo de saber, de comprender. Pero lo malo que tiene el conocimiento es que derriba muchos de nuestros mitos y nos lleva a cuestionarnos todo aquello que se supone que debemos querer, todo eso relacionado con el éxito, el dinero, etc., etc. Por eso ha dejado de leer, porque antes de cambiar de forma de vivir y renunciar a una carrera tan prometedora…, es más fácil dejar simplemente de leer. Que cada una de las cosas que componen nuestra vida no se pongan nunca en cuestión. Es mejor no saber demasiado:

Tipsarevic está convencido de que «pensar demasiado no es la respuesta». «Claro que no quiero ser estúpido, pero se dice que ser estúpido es una especie de bendición, porque no conoces más, no quieres más y no necesitas más».

La bendición de ser estúpido. ¿Quién le habrá transmitido esa idea? Tal vez alguien interesado en mantenerlo donde debe estar, en el mundo del tenis, dejándose de veleidades intelectuales. No es que prometiera mucho, da la impresión de que todo lo que leía le resbalaba sin dejar huella, pero tal vez la lectura le estuviera haciendo perder la concentración, fundamental para el deporte. Si uno quiere ganar a toda costa, si ganar es lo único que importa, cualquier cosa que lleve a cuestionar ese objetivo debe ser eliminada. Eso es lo que alguien en su entorno debió pensar. Mejor quitarle al chico todos esos libros. Dadle una play.

En el fondo de toda esta historia subyace la idea de que el conocimiento, la cultura, la capacidad crítica están de más. Y no es una idea extraña, que le pertenezca a él y a su entorno en exclusiva. Es una idea que circula por todas partes, que forma parte de nuestra cultura actual. Una idea que, paradójicamente, encuentra también apoyo en la industria cultural, empeñada en convertir el libro en un mero vehículo de entretenimiento, antes que en un revulsivo que nos lleve a cuestionarnos lo que nos rodea. Por eso, toda esa preocupación por la falta de lectura de los adolescentes, todas esas campañas de fomento de la lectura, me parecen tan absurdas. Siempre he dicho que antes que fomentar la lectura, parecen querer fomentar la compra de libros. Pero, bueno, esa es otra historia.

A nuestro tenista, que piensa que ser estúpido es una bendición porque así no quieres más  y no necesitas más, le diría que no se engañe, que por dejar de leer no va a dejar de querer más, de necesitar más. Seguirá queriendo más, más éxito, más dinero. La lectura, si acaso, le hubiera hecho querer más de otras cosas, de aquellas para las que uno no necesita una ambición desatada.

[vía Farrapos de Gaita]

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Urgencia de crear

También siento pena por esos llamados artistas, poetas y escritores que sienten que no pueden trabajar, pero de lo que hablan no es de trabajar sino de ganar.
Uno no necesita demasiado para ser capaz de vivir. Lo más importante es poder ser libre en tu trabajo. Por supuesto que es importante poder filmar y exhibir, pero si eso no es posible todavía te queda el asunto más importante de todos: ser capaz de trabajar sin pedirle permiso a nadie.

Si un escritor desprecia sus dones naturales dejando de escribir porque nadie lo va a publicar, entonces no es un escritor. El artista se caracteriza por su urgencia de crear, que por definición es un acompañante del talento.

Andrei Tarkovski, Diarios

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John Updike

John Updike

John Updike

La muerte de John Updike me trae de nuevo por aquí, para dejaros algunos enlaces sobre él. No he leído más que su famoso Corre, Conejo!, y tengo que reconocer que no me llamó mucho la atención. Un autor para el redescubrimiento. En todo caso, comparte con John Cheever la consideración de cronista de la clase media norteamericana. Hay más escritores que se ocuparon de esa temática, como Raimond Carver.

Algunos enlaces sobre Updike:

El reverso del sueño americano

El azote de la clase media

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Razones para bloguear

Un blog que no se actualiza con frecuencia es un blog muerto, inexistente. Soy consciente de ello. Es absurdo dejarse caer de cuando en cuando por aquí (sobre todo si ese lapso de tiempo es de meses) con una pequeña anotación, o un anuncio breve. Los lectores, si los había, ya han huido hace tiempo. Te han borrado de su agregador de feeds. Pero, al menos, uno está vivo para sí mismo, y volver una y otra vez, a pesar del tiempo transcurrido, se lo recuerda.

Las razones para bloguear que Andrew Sullivan expone en este magnífico artículo -”Why I blog?“, publicado en The Atlantic- son las más convincentes que he encontrado nunca en la red. Sullivan acepta todas las ideas sobre el blogging que circulan por ahí, pero les da la vuelta, les cambia la pátina negativa por otra incluso favorable. Bloguear es escribir, es hacer periodismo, pero es otra forma de escribir, otra forma de hacer periodismo. Hay excesiva inmediatez, poca reflexión, pero debe ser así, porque leer un blog no es lo mismo que leer un ensayo, es un tipo de lectura más conversacional, en la que la profundidad de la reflexión se va construyendo post a post.

Pero tal vez el blogger avant la letre quintaesencial fue Montaigne. Sus ensayos fueron publicados en tres grandes ediciones, cada una de ellas más larga y compleja que la anterior. Escéptico apasionado, Montaigne corregía, añadía y amplificaba sus ensayos en cada edición, volviéndolos tridimensionales a través del tiempo. En las mejores traducciones modernas, cada ensayo está anotado, frase a frase, párrafo a párrafo, con pequeñas letras (A, B y C) para cada una de las ediciones, ayudando al lector a ver como cada reescritura añadía o subvertía, enfatizaba o ironizaba, la versión anterior. Montaigne vivía su escepticismo, atreviéndose a mostrar cómo un escritor evoluciona, cambia de opinión, aprende nuevas cosas, cambia de perspectiva, crece –y todo esto, lejos de ser algo que necesite ser escondido tras una capa de autoridad inmutable, puede ser una virtud, una nueva manera de considerar las pretensiones de autoridad, texto y verdad. Montaigne, en gran medida, también llenó sus ensayos con miríadas de eso que los bloggers llamarían external links. Sus propios pensamientos se entrelazan y complican con aforismos y anécdotas de otros. Investigadores de sus fuentes señalan que muchas de esas “citas” estaban deliberadamente fuera de contexto, añadiendo capas de ironía a una escritura que ya estaba saturada de dudas empíricas.

Juan Carlos Castillón ha traducido el original inglés en lo que el denomina una traducción exprés, pero que es, simplemente, magnífica.

P.S. He elegido el texto de Montaigne, aparte de por su significado en el contexto del artículo, por el hecho de que hoy he terminado de leer el Dietario voluble de Vila-Matas y, casualmente (me encantan las casualidades en el ámbito de la palabra escrita), las últimas anotaciones tienen que ver con este autor francés.

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Dietario voluble, de Vila-Matas

Es un placer regresar de vacaciones y encontrarse con un nuevo libro de alguno de los autores que uno prefiere. Ahora es Vila-Matas (siempre preferido entre preferidos) el que se descuelga con un nuevo volumen. Ya andaba por las librerías de Madrid, pero me he tenido que enterar por la expectación que levantaba su llegada tardía a Mexico. Magda (como tantas veces) ha sido la mensajera de este Dietario voluble, recopilación, al parecer, de artículos publicados en El País, que me lanzaré a comprar en cuanto ponga un poco de orden postvacacional en todo este follón de maletas.

Recomienza la vida diaria después de el paréntesis agosteño.

Dietario voluble, Enrique Vila-Matas, Barcelona, Anagrama, 2008

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Los vicios ocultos de Kafka

Tal y como anuncié en mi último retorno, me dejo caer de nuevo por aquí, en medio de mis vacaciones, para que os quede claro que sí, que he vuelto, y que tengo intención de continuar con Octaedro durante los próximos meses. Pero, por desgracia, hasta septiembre no volveré a tener acceso a la red, así que este post es una pequeña pildorita para ir entreteniendoos hasta entonces. Pero una pildorita cargada nada menos que con el último descubrimiento de un profesor norteamericano. Un descubrimiento sorprendente: mi querido Franz Kakfa, uno de mis escritores favoritos (por cierto, hace mucho que no revisito ninguno de sus libros) tenía una gran colección de pornografía. Las cursivas simbolizan el asombro del profesor James Hawes, a la sazón autor de un libro titulado Excavating Kafka, algo así como Profundizando en Kafka (literalmente, excavando).  Pero no era pornografía normalita, no, lo de Kafka era pornografía dura, cosas con animales y entre mujeres (?). Vamos, que podemos ir tirando La metamorfosis o El proceso a la basura.

Desde Europa han acusado al profesor de ser un mojigato y practicar el sensacionalismo. Al parecer (no lo tengo muy claro, pero es lo que creo interpretar en el artículo de The Guardian que os enlazo), la existencia de la colección de pornografía de Kafka ya había sido revelada en un libro publicado en 1958, o sea, que no es nada nuevo. El escándalo del profesor norteamericano es, por tanto, un mero ejercicio de mercadotecnia, una forma de llamar la atención de sus compatriotas para conseguir aumentar las ventas de su libro. Y si colateralmente echa un poco de porquería sobre uno de los mitos de la literatura del siglo X, pues bueno, tampoco tiene tanta importancia.

Los dos artículos están en inglés. I’m sorry, pero tampoco estaría de más que tanto yo como vosotros (por supuesto, mucho más yo que vosotros) mejoráramos algo nuestro deficiente inglés.

[Vía Librillo de apuntes de Ramón Buenaventura]

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Enésimo retorno

De nuevo retorno del olvido. Recuerdo que tengo un blog que se llama Octaedro, al que llevo la friolera de dos meses sin volver. Como me ocurre con frecuencia. Durante este tiempo he pensado en él, es cierto, pero no para volver a escribir, sino para cerrarlo. Cuando estoy tanto tiempo alejado de él, me entra la tentación de echar el cierre, borrar las entradas y dejar que el olvido se apodere de ese nombre, Octaedro. Y soy un iluso, lo sé, porque el olvido ya le ha afectado hace mucho tiempo. Los que en su dia lo siguieron, hoy ya no se acuerdan de que exista, y eso porque he cometido con frecuencia el único pecado que no se debe cometer en un blog: la falta de regularidad. Escribir, nunca he escrito demasiado aquí, pero ha habido épocas en que, al menos, había dos o tres anotaciones por semana. Durante otras, sin embargo, se ha producido un mutismo de meses. Así, claro está, no hay lectores que aguanten y las únicas visitas terminan siendo las que remite google.

He pensado cerrar Octaedro definitivamente. Está, por así decirlo, marcado por la inconstancia de su autor. Sería mejor olvidarlo y, dentro de un tiempo, cuando me apetezca, abrir un nuevo blog, con otro formato y otro planteamiento, un blog fresco, sin vicios adquiridos, sin mala fama. Que comenzara a recibir visitas desde el primer momento y se hiciera su huequecito en la blogosfera. Pero me he negado tal posibilidad. Aunque me gustaría que las estadísticas me produjeran emociones fuertes, la principal razón por la que escribo aquí (por establecer una, porque a veces no lo tengo nada claro) soy yo mismo, mis intereses, mis gustos, mi “vida interior” de lecturas y descubrimientos. Y para ello, no hay estadísticas que valgan. Así pues, voy a continuar escribiendo, pero ahora sin buscar nada con ello. No quiero figurar en los rankings, ni conquistar la fama bloguera. Solo aspiro a recoger aquí aquello que me interese y compartirlo, eso sí, con quien quiera. Si vuelvo a recibir visitas en un número apreciable, si hay comentarios en mis posts, será porque en alguna ocasión he logrado conectar con algún lector despistado que ha descubierto aquí algo que le ha interesado. Pero fundamentalmente voy a escribir para mí.

Agosto, sin embargo, es mal momento para volver. Las vacaciones muchas veces alejan de la red (no tengo conexión en el lugar en el que voy a pasar el resto de las vacaciones), así que es probable que no vuelva a haber ninguna anotación por aquí hasta septiembre. Pero entonces las habrá. Hablaré, por ejemplo, de Murakami, de quién he leído un par de libros este verano. Y si me es posible, tal vez me asome a mediados de mes para comentar algo.

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