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Nominados al Nobel de literatura

Tenemos encima el Nobel de literatura y uno de los nombres que suena más insistentemente es el de Philip Roth. Magda está haciendo su habitual encuesta y en el primer lugar se encuentra el norteamericano. Pero el suyo no es el único lugar de la red en el que se habla de él. En su contra tiene el ser bastante conocido (una de las aficiones de la Academia Sueca es la de conceder el Nobel de Literatura a escritores prácticamente desconocidos, pero pertenecientes a países que por alguna razón política están de actualidad). No sé, ya veremos con qué nos sorprenden este año. Yo, por mi parte, he votado en Apostillas por Milán Kundera. Lo siento, qué le voy a hacer, es uno de mis vicios. Hay otros autores en la lista que he leído y me han gustado (está mi querido Paul Auster), pero si tuviera que elegir a uno, pues ya sabéis.

Me ha llamado la atención que estuviera nominado Haruki Murakami, uno de mis descubrimientos de los últimos tiempos y con quien tengo una relación un poco ambigüa como lector. Dos novelas suyas me gustaron y una tercera no me convenció lo suficiente como para leérmela entera (Crónicas del pájaro que da cuerda al mundo).

Ah, y lo que ya resulta plenamente alucinante es que en la lista figure nada menos que Bob Dylan. Aún estoy intentando entenderlo. Si alguien sabe por qué está ahí, que me lo explique, por favor.

(Aquí tenéis la lista de nominados)

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Un congreso sobre literatura fantástica

La Universidad Carlos III de Madrid, en colaboración con la Asociación Cultural Xatafi, convoca un congreso sobre literatura fantástica y de ciencia-ficción. Bueno, en realidad, si uno se lee el programa, no es únicamente un congreso sobre literatura, también se analiza la ciencia-ficción y lo fantástico en el cine y en la cibercultura. No se menciona la fecha de celebración, pero el tope para enviar comunicaciones y solicitudes de participación es el 15 de febrero de 2008, así que aún queda algún tiempo. Suena bastante interesante, sobre todo si, como se prevee, acuden autores de la cosa.

I Congreso Internacional de Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción

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De vuelta

Ya estoy de vuelta en mi casa virtual. En la otra, la real (o la tangible, porque la de la web no es menos real) estoy hace un par de días. Es curioso, la ciudad digital de los blogs también está en parte “cerrada por vacaciones”. Extraño mes agosto, despoblado en la ciudad, pero lleno a rebosar en otros lugares (las playas de levante, por ejemplo. Apenas uno puede adivinar que debajo de la gente haya arena).

Pero afortunadamente no todos están de vacaciones. Magda continúa ahí, y me da la pista de un artículo interesante de mi admirado Vila-Matas en El País. En relación con la famosa portada de El Jueves y la dignidad del Príncipe (una curiosa profesión para estos tiempos. Los príncipes y las princesas me resultan como las hadas o las brujas: categorías de cuentos infantiles. Cuesta pensar que alguien en estos tiempos sea príncipe en activo). El artículo reseña un libro de ensayos de J. M. Coetzee que viene muy a propósito: Contra la censura.

La idea es que para que haya una ofensa tiene que existir un concepto equivocado de la dignidad: sólo hay ofensa si se ignora que la dignidad es una ficción, un eje más de las ruedas del teatro del universo.

Así es, si así nos parece. El mundo es una ilusión, un escenario en el que todos tenemos frases que decir y un papel que representar. Cierta clase de actores, al reconocer que están en una obra, seguirán actuando a pesar de todo; otra clase de actores, escandalizados de descubrir que están participando en una mascarada, tratarán de irse del escenario y de la obra. Los segundos se equivocan. Se equivocan porque fuera del teatro no hay nada, ninguna vida alternativa a la que uno pueda incorporarse. El espectáculo, al igual que el teatro kafkiano de Oklahoma, es, por así decirlo, el único que hay en la cartelera. Y lo único que uno puede hacer es seguir representando su papel, aunque tal vez con una nueva conciencia, una conciencia cómica.

Vila-Matas, que tan aficionado es a los teatros, sobre todos si son kafkianos. El artículo me abre las ganas de leer el libro de Coetzee y de volver a Vila-Matas, al que hace tiempo que dejé de seguir la pista. Lo que menos me interesa es el tema del Príncipe y de su dignidad. El chiste de El Jueves no dejaba de tener su gracia, aunque es una pena constatar que cada vez tenemos menos sentido del humor.

Por otro lado, me topo en Literatúrame (que me remite a un blog que no conocía, Poemas del alma) con una nueva campaña de esas que llaman de “fomento de la lectura” y que deberían llamar de “fomento de la compra de libros”. Se denomina “Lee en la playa 2007” y consiste en que varios actores disfrazados de personajes literarios (entre los que no podían faltar Don Quijote y Sancho Panza) regalan montones de chorradas si demuestras estar leyendo algo tumbado encima de la toalla. Se me ocurre: entre tanta campaña de fomento de la lectura, ¿alguna vez se le ha ocurrido a alguien publicar estadísticas de uso de bibliotecas públicas o de número de libros prestados? Aunque quizá sea mejor no hacerlo, que con todo ese tema del canon de las bibliotecas puede que esa sea una información que no convenga airear (¿alguien sabe cómo está este tema, si han implantado el famoso canon?).

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Nuevos fichajes

La industria cultural, esa misma que abomina de la red y quiere conservar el papel de garante de la Cultura, así con mayúscula, que durante mucho tiempo se ha arrogado a sí misma, ha hecho un nuevo descubrimiento. Alejandro Santaella es un niño marbellí que continúa con la moda de lo medieval fantástico. Siguiendo los pasos de Christopher Paolini, el autor de Eragon, el muchacho ha vendido ya mil ejemplares de su primera novela y ha conseguido ser fichado por Planeta (esto es como el fútbol, ya se habla de fichajes). Y eso sólo con quince años. La verdad, sorprende la cantidad de talento juvenil que va apareciendo por ahí. Y luego dicen que si la red esto, y la red aquello, que si internet va a asesinar a la cultura. No hace falta internet para cargársela, la industria cultural se las arregla muy bien solita para conseguirlo. El libro, ese objeto sacrosanto cuya lectura hay que fomentar de una forma casi religiosa, es cada vez más un producto (incluso un producto perecedero), condicionado siempre a otro producto (la película). Lo que tenga que ver la literatura con todo el asunto es algo que a los dirigentes de la industria cultural se la trae floja. Pero, eso sí, hay que fomentar la lectura, a ser posible, posteriormente a la compra, no vaya a ser que los niños se aficionen a las bibliotecas públicas y se coman el presupuesto del ministerio de cultura sacando libros a troche y moche.

(Vía Diario literario)

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La asesina de la cultura

The Cult of the AmateurEsta claro que internet les inquieta, y cada vez más. Sienten que están perdiendo el control de los contenidos, que, por primera vez, no son imprescindibles para que alguien publique sus textos o su música. Me refiero a la industria cultural, informativa, cinematográfica. Es decir, a los que marcan lo que se lee, se escucha, se ve. Y está claro que les inquieta porque, de cuando en cuando, nos encontramos con alguna profecía catastrofista sobre la influencia que Internet puede tener en nuestra sociedad. Hemos oído hablar del efecto adictivo que tiene en sus usuarios, de la utilización que hacen de la red pedófilos y terroristas, de cómo el intercambio de archivos va a acabar con los autores y, en último termino, con la cultura. Precisamente esto último es lo que Andrew Keen dice en su libro-denuncia, recientemente publicado (noticia en 20 minutos). Nada menos que Internet está asesinando a la cultura. Y lo dice en el título: “El Culto del Aficionado: cómo Internet está matando nuestra cultura y asaltando nuestra economía”. Ahí es nada.

El problema para él ya no es el p2p, sino la web 2.0, es decir, la facilidad de publicar contenidos de cualquier tipo en la red. Y es un problema porque el papel de los profesionales de la cultura se diluye entre tanto griterío internetero. Vale ya tanto la opinión del profesional como la de los aficionados, con lo que estamos creando una “cacofonía donde todo importa y nada importa”. El autor arremete contra servicios como la Wikipedia y Youtube, al que denomina “plataforma para el exhibicionismo narcisista”. Y propugna un uso responsable de la red, en el que los profesionales del mundo de la cultura vuelvan a tener un papel central. Es decir, que la distinción entre productor y consumidor de cultura, que el uso actual de internet parece haber diluido, vuelva a instaurarse.

En Ciberescrituras (a través del cual he llegado a la noticia), Juliana Boersner contesta a alguno de los planteamientos del autor de este polémico libro. Juliana habla de un cambio en el concepto de cultura, un cambio que será irreversible

Tenemos que partir de una noción de cultura muy distinta a la tradicional. Los antiguos cánones de tipificación han sido fragmentados porque ahora quienes dicen qué es la cultura, son cada vez más todos los integrantes y constructores de esa cultura. No los catedráticos y parece que eso molesta mucho al Sr Keen. Y es que no deja de ser desconcertante este cambio, pero a mi juicio es un cambio que no tiene retorno.

A mí cada vez me impacientan más estas advertencias catastrofistas. Algo está cambiando, y está cambiando muy profundamente. Por el momento han perdido el control de la red, puede que lo recuperen mañana, que consigan hacernos pagar por cualquier cosa que obtengamos de la red, o nos impidan publicar lo que queramos. Pero por el momento, las cosas están así. Por supuesto que los planteamientos de Andrew Keen y de tantos como él son interesados. Están dirigidos claramente a favorecer a la industria cultural, lo que me indigna doblemente, porque la llamada industria cultural no es ese garante de la calidad y de la cultura que se nos quiere hacer creer. La industria cultural está descaradamente volcada en ofrecer mero entretenimiento, cuando no pura bazofia, y su principal finalidad, diga lo que diga, no es preservar la cultura, sino llenar la bolsa. Así que la “cacofonía donde todo importa y nada importa” puede que no sea tal, sino pluralidad, multiplicidad de voces y propuestas no mediatizadas por los intereses económicos de los productores tradicionales de cultura. Tal vez la cacofonía esté en el otro lado, en la cultura oficial. Al menos en una parte de esa cultura oficial. ¿Quién puede asegurar que de todo lo que se publica en papel, nada en ningún caso forma parte de esa cacofonía? Y esas segundas y terceras partes de películas taquilleras, descaradamente creadas para aprovechar el filón económico, ¿no tienen algo de cacofónico, también?

Es innegable que la red es inmensa, que cada vez lo es más. Todo el mundo puede publicar, todos podemos ser autores. Todos llegamos en igualdad de condiciones a la red, sin que ningún intermediario nos impida mostrarnos a los demás. A partir de ahí, está claro que necesitaremos sistemas que filtren de alguna forma todo ese material, sistemas que orienten en medio de la selva digital. Esos sistemas tendrán detrás personas que jugarán el papel del profesional de la cultura al que se refería Andrew Keen. Pero no será un profesional a sueldo de nadie, sino alguien que, a su vez, estará sujeto a evaluación por parte de la red. En la red el estatus lo otorga, no el respaldo de una firma internacional, sino la atención que uno sea capaz de suscitar. También hay gurús, pero aquí es más fácil que cualquiera pueda llegar a serlo, o que alguno establecido deje de ser considerado imprescindible. Dependerá, como en último termino depende todo lo que se publica en la red, de que los demás le lean, de que su sitio obtenga visitas.

En definitiva, que la cultura está cambiando. Aunque algunos no sean capaces de aceptarlo.

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Todos escritores

Una de las características de la llamada web 2.0 es que, por primera vez, el productor de contenidos pasaba a ser cualquiera que tuviera una conexión a internet y algo que contar. Los blogs son el principal ejemplo de ello, pero esa tendencia también llega al mundo real, al que está fuera de la red. Lulu.com, una iniciativa de Bob Young (creador de Red Hat) no es la primera que se plantea la edición por cuenta del autor, pero sí la primera que lo hace estableciendo un porcentaje tan elevado de participación en los beneficios que produzca su obra: un 80%. Se trata de edición bajo demanda: solamente se imprimirán los ejemplares que ya tengan comprador. Y los beneficios para Lulu.com vendrán, si todo sale como Bob Young planea, de la abundancia de autores: en vez de contar con unos pocos autores que vendan mucho, como una editorial tradicional, el proyecto de Young busca tener muchos autores que vendan un poco.

El País: El ingrediente secreto de Lulu.com es que damos al autor el 80% de los beneficios

Lulu.com

Hablando de otra cosa, he actualizado Octaedro a WordPress 2.2., más que nada por los problemas de seguridad que, al parecer, presentan todos los WordPress 2.1. Hay una novedad muy interesante en este WordPress, pero por el momento no he podido usar de ella. Los widgets. Al parecer facilitan la disposición de la barra lateral, pero no todos los temas los admiten, al menos sin una manipulación previa del código. Parece ser, porque tampoco lo he estudiado a fondo.

Upgrading WordPress

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El hundimiento de un imperio

Hace veinte días escribía una entrada sobre Travels in the scriptorium, la nueva novela de Paul Auster. Hoy Magda habla del autor, de una entrevista que el diario Die Zeit publicará mañana y en la que Auster se atreve a decir en voz alta algo que muchos piensan.

Nunca hubo un gobierno en América que estuviese tan lejos como éste del espíritu del país. Somos los testigos del hundimiento de un imperio

Y no sólo eso. También asegura estar convencido de que en las dos elecciones en las que ganó Bush hubo fraude. Son unas declaraciones muy valientes, nos confirman que no es cierto que todos los norteamericanos sigan como borregos a su presidente, envueltos en su bandera. También hay voces disidentes, cada vez más.

Estaré atento a la entrevista, si es que consigo encontrarla en la red (y no está en alemán). Gracias, Magda.

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Tres cuestiones noticiosas

Tres cuestiones que me han llamado la atención esta mañana hojeando la versión virtual de El País. La primera, el fallecimiento de Joseph Barbera, el único integrante del dúo Hanna-Barbera que quedaba vivo. Por si no os suena de nada, os diré que son los autores de Los Picapiedra, Tom y Jerry, El Oso Yogui, Los Supersónicos. Yo crecí con esos dibujos animados, tenía libros gordísimos de cómics con esos personajes (los conocidos como Películas), y me sabía de memoría sus aventuras.

La segunda, la noticia de que Google ha firmado una alianza con la NASA para surtirnos de imágenes de la Luna y Marte y para que podamos seguir desde nuestro ordenador las actividades de exploración espacial. Parece que la Tierra se les ha quedado pequeña a los chicos de Google. El buscador sin fronteras llegará a otros planetas. ¿Algún día introducirán imágenes del interior del cuerpo humano para que podamos recorrerlo desde la pantalla de nuestro ordenador?

La tercera, por último, es la vigencia de la blogosfera rusa, que, por lo visto, crece sin parar como consecuencia del control que ejerce el gobierno de Putin en los medios de comunicación tradicionales. ¿Será Rusia el segundo país, después de China, en tratar de impedir a sus conciudadanos el acceso a los blogs y a otros recursos? ¿Las empresas occidentales se autocensurarán si el todopoderoso Putin se lo exige?

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El valor de la libertad

Somos humanos cuando estimamos tanto el valor de la libertad que estamos dispuesto a pagarlo con el precio de tener que convivir con la irreverencia y lo hortera. No es necesario que nos hagan gracias los chistes, que nos entusiasme una ocurrencia teológica o aplaudamos a rabiar ante la escena de unas cabezas decapitadas. Podemos haber descubierto que el mal gusto o las opiniones peregrinas hacen muy difícil la convivencia, pero que su prohibición la hace radicalmente imposible.

Daniel Innerarity, Un mundo irritable, EL PAIS | Opinión 06-10-2006

(A través de Periodistas 21)

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Biblioteca en guerra

Biblioteca en guerra, una exposición homenaje a quienes durante la Guerra Civil hicieron lo posible por preservar una parte del patrimonio cultural del país, en un momento en que la cultura se había convertido en algo superfluo y sin importancia frente al imperio de las armas. Tomás Navarro Tomás, director de la Biblioteca Nacional durante la Guerra Civil; Juan Viçens, Teresa Andrés, Jordi Rubió y María Moliner (sí, la del famoso diccionario) se comprometieron a preservar los fondos de las bibliotecas del acoso de las bombas. Esta exposición les homenajea hoy, a ellos y a una profesión que, a pesar de pronósticos agoreros que anuncian la desaparición del libro, sigue siendo esencial.

“Biblioteca en guerra”, exposición en la Biblioteca Nacional, Madrid. Hasta el 19 de febrero.

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