Resaca electoral y bibliotecas “vivas”
Hoy es día de resaca electoral. Y también es día de esperanza. No voy a ocultar mi satisfacción porque la derecha continúe en la oposición durante otros cuatro años, ni mi confianza en que esos años le hagan reflexionar y moderar su discurso. Tal vez, esa es mi esperanza, tengamos ahora una legislatura sin crispación, sin insultos ni conspiraciones absurdas, y podamos dejar de indignarnos cada vez que encendemos el televisor o recorremos en la red las páginas de los periódicos.
Y mientras nos recuperamos del empacho electoral, un interesante artículo de Manuel Rodríguez Rivero en El País: Leer por haber leído.
Según el historiador Anthony Grafton, y tal como calculan (un tanto perfunctoriamente, al parecer) los agentes digitalizadores de bibliotecas, el número de títulos publicados a lo largo de la historia podría oscilar entre 32 y 100 millones. Suponiendo que una persona corriente tardase cuatro días en leer un libro “de tamaño mediano” (para entendernos: ni El extranjero ni El hombre sin atributos, por citar sólo ejemplos narrativos), al cabo de una vida lectora de 65 años, sólo podría haber leído 5.931. En el fondo, una miseria.
Es balsámico darse cuenta de que por mucho que lo intentemos, nunca seremos capaces de leer todos los libros que hay que leer. Siempre tendremos lagunas, afortunadamente. Siempre habrá lecturas indispensables que podemos hacer, y disfrutar, en cualquier momento. Por eso, lo mejor como dice el autor de este artículo, es tener una biblioteca que sea más bien un proyecto de lectura. Es lo que yo siempre he llamado “tener una biblioteca viva”, una biblioteca en la que se agazapen libros no leídos, comprados con la intención de leerlos más adelante, y olvidados durante mucho tiempo hasta que son felizmente redescubiertos. No conozco placer mayor que recorrer mis estantes buscando algo que leer y tropezar con alguna joya que estaba esperando su momento. E ir poco a poco cubriendo algunas de esas lagunas.
