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Elecciones en España

Hace algunos minutos han comenzado las, a decir de muchos, elecciones más importantes de la democracia. Y todas las estadísticas apuntan a una victoria segura del PP. La única incógnita que nos queda es saber si obtienen esa mayoría tan tremendamente absoluta que auguran todas las encuestas, o si, como efecto del 15m y todas las reflexiones a que nos ha obligado la política y la economía a lo largo de estos meses de incertidumbre, los otros partidos, los que se encuentran fuera de la línea pp-psoe, obtienen una representación suficiente para tener algún tipo de peso en el parlamento.

Durante estos meses nos hemos interesado por la economía y por la política. Nos ha indignado como se toman decisiones que afectan a nuestras vidas en lugares muy alejados, de acuerdo con entes tan vagos como “los mercados”, como en algunos países europeos se han impuesto gobiernos a los que nadie ha votado, o como, simplemente, se ha desdeñado conocer nuestra opinión sobre lo que está ocurriendo. Y la indignación ha crecido, y no solo en nuestro país. Los ciudadanos de Estados Unidos han tomado el relevo y han comenzado a hacerse conocidos por combatir desde allí, desde el mismo corazón del capitalismo, la lógica que nos está llevando al caos.

Hay que votar, aunque solo sea para evitar que esa mayoría sea tan absoluta como dicen que va a ser. Luego, una vez pasen las elecciones, empezará probablemente el peor capítulo de toda esta historia. Los políticos continuarán a lo suyo, y colaborarán para evitar que los sustituyan desde esos lejanos despachos por tecnócratas entrenados en Goldman Sachs, como ha ocurrido en Italia y en Grecia. Y veremos  como se reducen poco a poco (o de un plumazo como ocurre en Madrid o en Cataluña) la sanidad, la educación y todas esas cosas que “ya no nos podemos permitir”, como dicen algunos.

Y nosotros deberemos volver a las calles para protestar por todo ello. Para dejar claro nuestro desacuerdo, nuestra creciente rabia. Como los egipcios, que se libraron de Mubarak y ahora tienen que volver a la plaza Tahrir para librarse del ejercito que le echó, que le ha cogido gusto al poder y ahora no quiere soltarlo. Si algo hemos aprendido en estos meses, es que quienes dicen representarnos no nos representan. Se representan a sí mismos, a sus partidos, a sus patrocinadores. No a nosotros. No nos queda más remedio que estar ahí, en la calle, recordándoles en todo momento que somos los que dicen representar y que no nos fiamos de ellos. Y está claro que algo tendremos que decir sobre lo que están haciendo con nuestra sociedad y nuestra vida.

 

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Resaca electoral y bibliotecas “vivas”

Hoy es día de resaca electoral. Y también es día de esperanza. No voy a ocultar mi satisfacción porque la derecha continúe en la oposición durante otros cuatro años, ni mi confianza en que esos años le hagan reflexionar y moderar su discurso. Tal vez, esa es mi esperanza, tengamos ahora una legislatura sin crispación, sin insultos ni conspiraciones absurdas, y podamos dejar de indignarnos cada vez que encendemos el televisor o recorremos en la red las páginas de los periódicos.

Y mientras nos recuperamos del empacho electoral, un interesante artículo de Manuel Rodríguez Rivero en El País: Leer por haber leído.

Según el historiador Anthony Grafton, y tal como calculan (un tanto perfunctoriamente, al parecer) los agentes digitalizadores de bibliotecas, el número de títulos publicados a lo largo de la historia podría oscilar entre 32 y 100 millones. Suponiendo que una persona corriente tardase cuatro días en leer un libro “de tamaño mediano” (para entendernos: ni El extranjero ni El hombre sin atributos, por citar sólo ejemplos narrativos), al cabo de una vida lectora de 65 años, sólo podría haber leído 5.931. En el fondo, una miseria.

Es balsámico darse cuenta de que por mucho que lo intentemos, nunca seremos capaces de leer todos los libros que hay que leer. Siempre tendremos lagunas, afortunadamente. Siempre habrá lecturas indispensables que podemos hacer, y disfrutar, en cualquier momento. Por eso, lo mejor como dice el autor de este artículo, es tener una biblioteca que sea más bien un proyecto de lectura. Es lo que yo siempre he llamado “tener una biblioteca viva”, una biblioteca en la que se agazapen libros no leídos, comprados con la intención de leerlos más adelante, y olvidados durante mucho tiempo hasta que son felizmente redescubiertos. No conozco placer mayor que recorrer mis estantes buscando algo que leer y tropezar con alguna joya que estaba esperando su momento. E ir poco a poco cubriendo algunas de esas lagunas.

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