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Necesitar la escritura como el aire

Hay otros autores que necesitan la escritura como el aire. Ganar dinero con su obra puede ser una cuestión secundaria respecto a lo que es una necesidad vital: dar rienda suelta a la palabra, poner el propio ser en cada uno de los párrafos. En estos casos, no hay manera de acceder a la vida del autor que no sea pasando por la obra. Hay quien pone la propia vida en cada palabra, en cada obra, en los personajes, y mucho antes que al entorno social o familiar es a la obra a quien hay que preguntar si se quiere saber algo del autor. La mejor manera de saber quiénes fueron Unamuno, Lorca o Machado es perderse entre sus obras.

Joyce, evidentemente, fue de esos. Leyendo las notas biográficas de introducción al Ulises, me maravillaba de que hubieran existido en otros tiempos autores (o pintores, actores, músicos, científicos; incluso, aunque suene raro, políticos) para quienes lo principal no fuera convertir su trabajo en mercancía para vender en el mercado. Personas que, sí, aspiraban a vivir de lo que hacían, pero solo como condición necesaria para seguir haciéndolo. Sin tener esa aspiración tan actual de convertirse en millonarios. En Boulé, Miguel habla de las dos actitudes ante el papel en blanco.

Boulé: Escribir y vivir

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El valor de escribir y los premios

Éxitos como El código Da Vinci o, más lejano en el tiempo, Los pilares de la tierra, han sido los causantes de la moda literaria que se conoce en el argot editorial como thracul, es decir, lo que podríamos denominar thriller cultural. Gerardo Lombardero lo explica muy bien (con deliciosa ironía) en este artículo de Diario Literario:

El valor de escribir

El artículo anterior es de hace algún tiempo. Lo tenía guardado para comentarlo en algún momento. Para compensar el alcanfor, algo del domingo pasado. El asunto es que se han abierto los archivos de la Academia Sueca y, por tanto, los entresijos del Nobel. El reportaje es de El País y es bastante jugoso. Se revelan algunas cosas, como que Juan Ramón Jiménez fue un Nobel que a nadie convenció: ni a España, ni al exilio español, ni a la propia Academia Sueca:

El caso Juan Ramón es especialmente significativo. En los archivos del Nobel hay constancia de que su poesía “mística” no conquistó al comité sueco de inmediato, pese a los esfuerzos de Bowra, y a los del escritor Hjalmar Gullbert, su principal valedor en la Academia de Estocolmo. Para la institución, no dejaba de ser un intransigente en materia de arte, una criatura fuera del tiempo, que había polemizado con buena parte del universo poético hispano. El suyo no era, a priori, un perfil de Nobel, y los archivos rebelan que si lo conquistó, a la quinta convocatoria, fue también porque España llevaba demasiado tiempo sin conseguirlo.

Unamuno tampoco gustó, aunque en su caso tardaron más tiempo en decidir qué hacer con él. Al contrario que con Jiménez, decidieron no entregarle el premio, a pesar de considerar que quizá fuera el personaje más interesante de la literatura española de la época. Paradojas del mundo literario y del concursístico o premiador, que tenemos una afición tremenda a premiar las cosas más peregrinas, con las envidias y recelos, incluso cabreos, que eso frecuentemente produce. Si no, véase la polémica que se ha montado con el premio BOBs de este año (para quien no lo sepa, los BOBs, Best of Blogs, son los premios que se otorgan anualmente a los mejores blogs del mundo. Es el premio más prestigioso en este ámbito, al menos hasta el momento).

Juan Ramón, Nobel a pesar de España

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