Archive for the tag 'Escritores'

Escritores bipolares

Escritores suicidas o con trastornos psíquicosEntre el genio literario y el transtorno mental hay muchos puntos de relación. Lo hemos sospechado siempre. Muchos autores han experimentado dolores inmensos que se han reflejado en sus obras y que, en muchos casos, les han conducido al suicidio. Rafael Narbona publica en El cultural un artículo en el que presenta muchos de los casos más famosos de escritores suicidas como enfermos de lo que ahora se conoce como transtorno bipolar.

El suicido de Sylvia Plath reúne todas las características de las tragedias griegas. El 11 de febrero de 1963, después de largas depresiones y anteriores intentos de suicidio, se levantó en su piso de Londres y preparó el desayuno a sus hijos. Después, abrió el horno de la cocina e introdujo la cabeza, abriendo las espitas de gas. Separada de Ted Hughes, había soportado un invierno de soledad y privaciones que exacerbó sus tendencias autodestructivas. Al principio consideró que alquilar el apartamento donde había vivido W. B. Yeats representaba apostar por la vida, pero la herida que estragaba su alma permanecía abierta desde que perdió a su padre a los nueve años. En sus sobrecogedores y bellísimos Diarios, ya había anotado en julio de 1950: “Quizá nunca llegue a ser feliz, pero esta noche estoy contenta”. En 1957, no se apreciaba ningún cambio esperanzador: “He estado dando tumbos por ahí, lúgubre, oscura, desolada, enferma. Si supero este año será la victoria más grande que haya alcanzado nunca”. En 1959, las cosas no han mejorado: “Mi cabeza es un batallón de problemas”. Eso sí, parece que la infelicidad es el estímulo principal de sus Diarios: “Sólo escribo aquí cuando estoy en un callejón sin salida”. En mayo de 1961, se interrumpen los Diarios, pero el 16 de octubre de 1962 escribe, refiriéndose a su asombroso poemario Ariel, compuesto en pocas semanas, presumiblemente en pleno brote de manía: “Soy una escritora de genio; se me ha concedido el don. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán famosa…”.

Tal vez Virginia Woolf es el caso más célebre de escritora bipolar, acosada sin tregua por la enfermedad. La inminencia de una nueva crisis hizo que el 28 de octubre de 1961 se encaminara al río Ouse con los bolsillos llenos de piedras. Se dejó arrastrar por la corriente y no se recuperó su cuerpo hasta el 18 de abril. Su marido enterró sus cenizas al pie de un árbol en Rodmell, Sussex. Virginia dejó una conmovedora nota: “Siento que voy a enloquecer de nuevo. Sé que esta vez no me recuperaré (…). No puedo luchar más. Ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Si alguien podía haberme salvado habrías sido tú. Todo lo he perdido excepto la certeza de tu bondad”.

La fase de manía, de exaltación, del transtorno bipolar sería la responsable de la extraordinaria creatividad de estos artístas.

Retrato del escritor bipolar

Entradas relacionadas:

La muerte de Montaigne, de Jorge Edwards

La torre de MontaigneDe entrada no estoy muy seguro de cómo calificar el texto de Edwards. El propio autor lo considera novela, pero en realidad tiene mucho más de ensayo. En todo caso se trata de un juego literario en el que el autor chileno indaga en la vida de Montaigne desde la suya propia, y se muestra plenamente identificado con el espíritu del autor francés. Porque Montaigne, como el propio Edwards dice que ha intentado siempre ser, es un “güelfo entre los gibelinos y un gibelino entre los güelfos”, es decir, es un personaje de juicio independiente que toma partido en su fuero interno pero que intenta no beneficiar a ninguno de los dos bandos. Porque en la época en que le tocó vivir había dos bandos ferozmente enfrentados, los católicos y los hugonotes, protestantes. Montaigne era un hombre respetado, influyente a su manera (había sido alcalde de Burdeos), muy preocupado por la violencia desatada que se vivía en Francia. De la lectura de esta obra de Edwards se desprende que, en su fuero interno, tenía bastantes simpatías hacia los hugonotes, pero ante todo le preocupaba que Francia por fin respirara en paz bajo el poder de una monarquía que ejerciera un papel unificador.

La novela-ensayo de Edwards pinta los últimos años de la vida de Montaigne. Son aquellos en los cuales transcurre su extraña relación con Marie de Gournay, una joven de 22 años (Montaigne tenía 55), entusiasta de sus ensayos, que le propone ser su fille d’adoption, su hija adoptiva. Al menos en una ocasión, Edwards sospecha (porque una gran parte de la novela tiene un caracter conjetural) que esa relación dejó de ser paterno-filial y se convirtió en amorosa. En todo caso, Montaigne vivió esa relación como la última pasión erótica de su vida, una vida que ya anhelaba recluirse en su torre, rodeada de sus libros y sus escritos, lejos de todo. Sin embargo, esos años también fueron los más difíciles en el ámbito político. El año en que vivió su relación con Marie, Montaigne fue llamado a París por Enrique III. En el camino fue asaltado por una banda de hugonotes como represalía por un asalto que ellos habían sufrido a manos de los católicos. Cuando llegó a París, fue inmediatamente encarcelado en la Bastilla por la Liga católica, puesto que su figura también levantaba sospechas en ese bando. Así pues, zarandeado por uno y otro bando, considerado traidor por ambos, cuando él solo aspiraba a que le dejasen solo con sus libros y sus ensayos.

Edwards admira profundamente al autor de los ensayos. Se deleita haciendo referencia a sus cualidades como lector, al caracter absolutamente independiente de su prosa, juguetona en ocasiones, amante de las digresiones, y el mejor ejemplo de lo que en ese momento se entiende por ensayo. Montaigne escribe “ensayando”, explorando los temas, atravesando cualquier puerta y recorriendo cualquier camino hasta donde puede, aunque en ocasiones deba volver sobre sus pasos y explorar otro. El mismo dice, en algún momento de los ensayos, que si su pluma da para entrar en aguas profundas, lo hace sin temor, pero que si se enfrenta a aguas que no conoce, se contenta con contemplarlas desde la orilla. Pero su amor por los clásicos, su caracter de lector impenitente, con frecuencia le proporcionan base para no quedarse nunca en la orilla.

En fin, que la novela de Edwards respira pasión por Montaigne y es imposible leerla sin tener a mano los Ensayos.


Entradas relacionadas:

Por amor al arte

Encuentro en la página venezolana Qué Leer un artículo interesante sobre escritores huraños, refractarios a las luces de los medios de comunicación. Son escritores que rara vez conceden entrevistas, cuando no directamente rehuyen los flashes de los fotógrafos hasta el punto de que apenas si sabemos como son físicamente. Juan Rulfo, J. D. Salinger, Juan Carlos Onetti, Thomas Pynchon, todos ellos han hecho  lo posible por sustraerse a la luz pública en una sociedad en la que lo que más se valora es precisamente lo contrario, los focos, la fama, las continuas apariciones en los medios de comunicación. Algunos de ellos incluso han dejado de publicar, aunque sabemos que continúan escribiendo: simplemente no quieren volver a mostrarse, prefieren cultivar su arte en privado, para sí mismos.

Son rara avis en estos tiempos en que los escritores han dejado de ser artistas solitarios volcados en su arte y se han lanzado a los medios de comunicación, donde cada vez tienen una mayor presencia. En la actualidad, la figura del escritor está cada vez menos ligada a su obra y más a su presencia pública. Sus obras, generalmente novelas, se han convertido en productos que podemos adquirir, pero que no definen esencialmente al escritor. Como alguien decía, parece que a los escritores les gusta cada vez menos escribir y más haber escrito, es decir, tener obras sobre las cuales conceder entrevistas o aparecer en shows de televisión. Creo que de alguna manera se han convertido en marcas, y les ocurre lo mismo que a las grandes compañías, tipo Apple o Mcdonalds, que están más volcados en gestionar su marca que en elaborar los productos que se supone que son el centro de su negocio. Para estos escritores, escribir ha dejado de ser su core business. Se han lanzado al mundo del marketing.

Por eso, autores como los que menciona el artículo de Qué leer nos resultan tan extraños. Van a contracorriente. Se preocupan únicamente de su obra, incluso les da igual si esta es conocida o no. ¿para que querría alguien escribir en secreto, por qué hacer algo que uno no tiene intención de vender? Está aquello tan manido de por amor al arte, una frase que siempre usamos en sentido negativo. Nosotros no hacemos nada “por amor al arte”, pero resulta edificante y extraño que precisamente ellos escriban “por amor al arte de escribir”.

Huraños y esquivos

Entradas relacionadas:

Los Simpsons y los escritores

Gore VidalNo soy un seguidor asiduo de los Simpsons, aunque sí un fan de la serie. La veo con frecuencia en la televisión, cuando mi hija la encuentra de repente entre la maraña de canales (que cada vez son más y cambian misteriosamente de lugar), pero a menudo encuentro en la red referencias a tal o cual capítulo que habla sobre algún tema que me parece de interés. Después de apuntármelo y archivar la referencia, no suelo ver el capítulo, se me olvida. Algún día tengo que recopilar todas esas referencias que tengo desperdigadas por ahí y ponerme a ver capítulos de la serie que no he visto.

La revista Ñ (suplemento cultural del diario Clarín) publica un artículo en el que se recogen las apariciones de escritores en distintos capítulos de los Simpson. Todos de lengua inglesa, no podía ser de otra manera, pero todos muy conocidos. Será curioso verlos (me voy a apuntar las referencias a ver si algún día me acuerdo de verlos).

 Revista Ñ: Escritores en los Simpsons

Entradas relacionadas:

Cheever y el “hecho”

John CheeverEstoy leyendo a John Cheever en una edición digital en inglés. Tal vez podría decir que Cheever me aburre, que sus relatos sobre la clase media americana de los años cincuenta, con personajes tan semejantes a los que uno se cruza todos los días en las escaleras de casa, me resultan tan poco atrayentes como para que desee abandonar la lectura en pos de algo menos “normal”. Sin embargo, poco a poco uno se va introduciendo, va quitando capas y comenzando a atisbar lo que hay bajo la aparente normalidad que envuelve a los personajes. Y, lo que es mejor, comienza a darse cuenta de que todo eso que Cheever le va dejando ver de la clase media americana está vigente, se puede aplicar aquí y ahora. Que las personas son las personas, en cualquier momento de la historia, y que el cotilleo, el que dirán y el guardar las apariencias son constantes del ser humano. Las vidas que narra Cheever son corrientes, están sumidas en la rutina de las relaciones sociales, el trabajo, la vecindad, las vacaciones.  Y el alcohol, omnipresente aunque no en grandes cantidades, que permite soportar toda esa normalidad.

Pero bajo toda esa apariencia transcurren corrientes que poco a poco van cobrando mayor fuerza. Hasta que se produce el “hecho”. En todos los cuentos hay un “hecho”, un suceso que rompe esa apariencia de normalidad. Las corrientes afloran entonces a la superficie…, pero no tienen la suficiente fuerza para arrasar con todo. El “hecho” daña la normalidad y revela lo que hay debajo del caparazón de cada uno, pero solo durante un instante. Luego se resuelve sin plantear un conflicto grave, dejándolo todo tal cual estaba. Tras el suceso la vida continúa como un instante antes del mismo. La sensación que se tiene entonces es de oportunidad perdida. Los personajes han estado a punto de escapar de su inanidad y convertirse en seres auténticos, trágicos, pero en realidad no ha ocurrido nada. O sí ha ocurrido, el “hecho” les ha vuelto repentinamente conscientes del vacío y la insignificancia de su vida.

Hace tiempo leí los diarios de Cheever. En aquel momento no conocía absolutamente nada de su obra, no sabía que tipo de escritor era, pero leyendo sus notas sobre la vida que vivía, no esperaba encontrarme otra cosa. Tal vez un sentimiento más trágico, menos anodino. Porque la vida de Cheever tiene un tono de tragedia que no encuentro en sus relatos. Alcoholismo y homosexualidad, una mujer que le desprecia, pero que no se separa de él por sentimientos religiosos. Y un ambiente amargo y triste. En sus relatos todo ello queda sumergido en la normalidad, en esa necesidad de hacer que la vida transcurra como siempre, y de aparentar que se es feliz.

Entradas relacionadas:

Las piedras

Me gustó este poema de Tomas Tranströmer, premio Nobel de Literatura de 2011:

 

OIGO caer las piedras que arrojamos,
transparentes como cristal a través de los años. En el valle
vuela la confusión de los actos
del instante, vociferantes, de copa
en copa de los árboles, se callan
en un aire más tenue que el presente, se deslizan
como golondrinas desde una cima
a otra de las montañas, hasta
alcanzar las mesetas ulteriores,
junto a las fronteras del ser. Allí caen
todas nuestras acciones
claras como el cristal
no hacia otro fondo
que el de nosotros mismos.

De “El cielo a medio hacer”

Tomas Tranströmer

Entradas relacionadas:

Soledad e indecisión. Juventud, de Coetzee

JuventudNo hace mucho tiempo que leí la última entrega de las memorias de Coetzee: Verano. No he hablado de él en Octaedro porque, como habreis podido comprobar, Octaedro ha estado injustificadamente abandonado desde las polémicas elecciones de mayo. Lo haré más adelante, puesto que es probable que vuelva a leer la novela.

Cuento todo esto porque el último libro que he leído es, precisamente, Juventud, el anterior en la trilogía vital de Coetzee. En su momento leí y comenté Infancia, pero no continué con las peripecias vitales de Coetzee. Y ahora, al leer Juventud, me pregunto por qué no lo hice. Juventud es la narración de las primeras experiencias del autor (encarnado en el personaje de un joven universitario) en otro país y en relación con sus primeros trabajos remunerados. Ha finalizado sus estudios de matemáticas en Sudáfrica y se marcha a Inglaterra sin saber muy bien por qué, ni qué es lo que quiere hacer allí. Tiene la vaga pretensión de convertirse en poeta, pero una vez en Londres no sabe cómo relacionarse con los círculos en los que, supone, se desarrolla el mundo artístico de la ciudad. Como no tiene más remedio que trabajar, de repente, sin saber muy bien cómo, se convierte en programador informático. Estamos en 1962 y la informática comienza a despegar. Son los tiempos en los que la primera empresa informática del mundo es IBM y allí recala Coetzee, matemático contratado para aprender la lógica de los ordenadores, unas máquinas prácticamente desconocidas, salvo para unas cuantas personas.

Pero Coetzee quiere ser poeta. Cada día se levanta, se enfunda un traje negro y va con su maletín hasta su despacho en IBM, un despacho gris e inhóspito en el que siente que está dejando su vida sin saber muy bien por qué. Se siente un oficinista (entonces no tenía ni idea de a dónde llegaría el mundo de la informática, ni la importancia que cobrarían posteriormente los programadores) aburrido y solitario y, lo peor de todo, no encuentra que su vida le vaya conduciendo a lo que siempre ha deseado, el arte. También hay otras tribulaciones que le aquejan, y que se relacionan con su anhelo del arte: su incapacidad para entablar una relación satisfactoria con una mujer. Está apegado a la imagen más conocida del artista, aquella que le supone una vida bohemia, dedicada al arte y al amor. Puede prescindir de la parte relativa a la bohemia (nunca ha entendido por qué el vivir sin dinero, dando sablazos a los amigos y sin pagar el alquiler, se entiende como algo relacionado con el arte), pero no del amor. Un poeta debe amar, si aspira a plasmar sentimientos auténticos en su poesía, y debe amar a mujeres fascinantes, o debe convertirlas en fascinantes al amarlas. Sin embargo, a él no le ocurre así. Sus relaciones son todas frustrantes por algo que hace mal y no comprende cuando se relaciona con mujeres.

En general, Coetzee no sale demasiado bien parado en sus propias memorias. Se suele mostrar a sí mismo como una persona tímida y retraida, con dificultades para relacionarse con los demás. Así ocurre también en Verano, su última entrega. Sin embargo, en Juventud ese retraimiento se une con la sensación de ser un extranjero en cierta medida despreciado (puesto que es un sudafricano blanco, un africaneer, en la época en que arrecia el apartheid y comienzan las condenas internacionales contra Sudáfrica), lo que ahonda aún más su sensación de aislamiento.

Juventud tiene un planteamiento más lineal que Verano, pero se tiene la sensación de comprender más profundamente al personaje en el que se encarna Coetzee.

Entradas relacionadas:

La máquina de escribir

John Cheever y la máquina de escribir

Cuando una tecnología sustituye a otra, ambas conviven durante un tiempo más o menos largo. Luego, un día de repente nos damos cuenta de que la más antigua ha desaparecido: ya no la usamos, y no conocemos a nadie que la use. Recuerdo el día en que comprendí que los vinilos habían desaparecido. En mi tienda de discos favorita, los estantes, de repente, casi de un día para otro, se habían llenado de discos compactos. En ese momento fui consciente de que ya no vería más los discos negros a no ser en una tienda de coleccionista.

Con la máquina de escribir ocurrió algo semejante: de repente ya nadie la usaba. No soy capaz de recordar en qué momento tecleé algo por última vez en la mía. Desaparecieron de un día para otro. Pero a diferencia del tocadiscos, que nadie parece echar de menos, la máquina de escribir siempre tuvo un aura de máquina mágica. Probablemente porque era el arma principal del escritor. Es cierto que formaba parte del mobiliario de las oficinas, del trabajo diario de mucha gente, pero siempre se la ha asociado, sobre todo a la labor creativa, a la narración de mundos de ficción o de realidades lejanas. Era tan fascinante que se convirtió en un objeto de decoración mientras aún seguía siendo un objeto de uso.

¿Llegarán a ser los portátiles de hoy tan fascinantes como las máquinas de escribir? Ya comienzan a sufrir una cierta obsolescencia: la “tableta” (ipad y similares) comienza a extenderse y hay quien dice que ha venido a sustituirlos.

 

In praise of the Typewriter, una galería fotográfica de la revista Life con la máquina de escribir como centro.

 

Entradas relacionadas:

Nueva novela de Haruki Murakami

Haruki Murakami en Barcelona

Haruki Murakami en Barcelona

Me acabo de enterar de que Haruki Murakami, en la curiosa visita que ha hecho a Barcelona, ha anunciado una nueva novela. Se titula 1Q84 y tiene todavía la tinta reciente:

Orwell escribió «1984» mirando al futuro, y yo, con mi novela, quiero hacer lo contrario, mirar al pasado, pero sin dejar de ver el futuro. Es mi obra más ambiciosa, y la he entregado justo hace una semana, antes de viajar a España.

Así pues, tenemos una nueva entrega del autor de Tokio blues, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o Al sur de la frontera, al oeste del sol, por mencionar aquellos de sus títulos que me han resultado más interesantes. Pero no podremos disfrutarla en España hasta octubre, por lo menos.

La escritura de Murakami es muy extraña, tal vez por eso mismo ha terminado por convertirse en un superventas, además de candidato al Nobel en la pasada edición. En sus novelas hay sentimientos, sobre todo relacionados con uno mismo, con las metas propias y los deseos. Yo diría que en cada una de sus novelas nos encontramos con una crisis, que puede ser existencial, amorosa; y que esa crisis siempre se supera con una visión más “filosófica” de la vida. Sus personajes parecen hacerse más sabios a medida que se desarrolla la trama, y al lector siempre le queda la sensación de haber comprendido algo que podría aplicar a su propia vida si lograra definirlo con claridad.  Y todo eso se mezcla con elementos fantásticos que se entrelazan con naturalidad con lo cotidiano, pero que en algunos momentos resultan inquietantes.

Al menos esa es la sensación que personalmente he experimentado con sus novelas.

Haruki Murakami: “No me interesan los premios, sino los lectores”

Entradas relacionadas:

John Updike

John Updike

John Updike

La muerte de John Updike me trae de nuevo por aquí, para dejaros algunos enlaces sobre él. No he leído más que su famoso Corre, Conejo!, y tengo que reconocer que no me llamó mucho la atención. Un autor para el redescubrimiento. En todo caso, comparte con John Cheever la consideración de cronista de la clase media norteamericana. Hay más escritores que se ocuparon de esa temática, como Raimond Carver.

Algunos enlaces sobre Updike:

El reverso del sueño americano

El azote de la clase media

Entradas relacionadas:

Página siguiente »