No hace mucho tiempo que leí la última entrega de las memorias de Coetzee: Verano. No he hablado de él en Octaedro porque, como habreis podido comprobar, Octaedro ha estado injustificadamente abandonado desde las polémicas elecciones de mayo. Lo haré más adelante, puesto que es probable que vuelva a leer la novela.
Cuento todo esto porque el último libro que he leído es, precisamente, Juventud, el anterior en la trilogía vital de Coetzee. En su momento leí y comenté Infancia, pero no continué con las peripecias vitales de Coetzee. Y ahora, al leer Juventud, me pregunto por qué no lo hice. Juventud es la narración de las primeras experiencias del autor (encarnado en el personaje de un joven universitario) en otro país y en relación con sus primeros trabajos remunerados. Ha finalizado sus estudios de matemáticas en Sudáfrica y se marcha a Inglaterra sin saber muy bien por qué, ni qué es lo que quiere hacer allí. Tiene la vaga pretensión de convertirse en poeta, pero una vez en Londres no sabe cómo relacionarse con los círculos en los que, supone, se desarrolla el mundo artístico de la ciudad. Como no tiene más remedio que trabajar, de repente, sin saber muy bien cómo, se convierte en programador informático. Estamos en 1962 y la informática comienza a despegar. Son los tiempos en los que la primera empresa informática del mundo es IBM y allí recala Coetzee, matemático contratado para aprender la lógica de los ordenadores, unas máquinas prácticamente desconocidas, salvo para unas cuantas personas.
Pero Coetzee quiere ser poeta. Cada día se levanta, se enfunda un traje negro y va con su maletín hasta su despacho en IBM, un despacho gris e inhóspito en el que siente que está dejando su vida sin saber muy bien por qué. Se siente un oficinista (entonces no tenía ni idea de a dónde llegaría el mundo de la informática, ni la importancia que cobrarían posteriormente los programadores) aburrido y solitario y, lo peor de todo, no encuentra que su vida le vaya conduciendo a lo que siempre ha deseado, el arte. También hay otras tribulaciones que le aquejan, y que se relacionan con su anhelo del arte: su incapacidad para entablar una relación satisfactoria con una mujer. Está apegado a la imagen más conocida del artista, aquella que le supone una vida bohemia, dedicada al arte y al amor. Puede prescindir de la parte relativa a la bohemia (nunca ha entendido por qué el vivir sin dinero, dando sablazos a los amigos y sin pagar el alquiler, se entiende como algo relacionado con el arte), pero no del amor. Un poeta debe amar, si aspira a plasmar sentimientos auténticos en su poesía, y debe amar a mujeres fascinantes, o debe convertirlas en fascinantes al amarlas. Sin embargo, a él no le ocurre así. Sus relaciones son todas frustrantes por algo que hace mal y no comprende cuando se relaciona con mujeres.
En general, Coetzee no sale demasiado bien parado en sus propias memorias. Se suele mostrar a sí mismo como una persona tímida y retraida, con dificultades para relacionarse con los demás. Así ocurre también en Verano, su última entrega. Sin embargo, en Juventud ese retraimiento se une con la sensación de ser un extranjero en cierta medida despreciado (puesto que es un sudafricano blanco, un africaneer, en la época en que arrecia el apartheid y comienzan las condenas internacionales contra Sudáfrica), lo que ahonda aún más su sensación de aislamiento.
Juventud tiene un planteamiento más lineal que Verano, pero se tiene la sensación de comprender más profundamente al personaje en el que se encarna Coetzee.
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