Archive for the tag 'Escritores'

Los Simpsons y los escritores

Gore VidalNo soy un seguidor asiduo de los Simpsons, aunque sí un fan de la serie. La veo con frecuencia en la televisión, cuando mi hija la encuentra de repente entre la maraña de canales (que cada vez son más y cambian misteriosamente de lugar), pero a menudo encuentro en la red referencias a tal o cual capítulo que habla sobre algún tema que me parece de interés. Después de apuntármelo y archivar la referencia, no suelo ver el capítulo, se me olvida. Algún día tengo que recopilar todas esas referencias que tengo desperdigadas por ahí y ponerme a ver capítulos de la serie que no he visto.

La revista Ñ (suplemento cultural del diario Clarín) publica un artículo en el que se recogen las apariciones de escritores en distintos capítulos de los Simpson. Todos de lengua inglesa, no podía ser de otra manera, pero todos muy conocidos. Será curioso verlos (me voy a apuntar las referencias a ver si algún día me acuerdo de verlos).

 Revista Ñ: Escritores en los Simpsons

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Cheever y el “hecho”

John CheeverEstoy leyendo a John Cheever en una edición digital en inglés. Tal vez podría decir que Cheever me aburre, que sus relatos sobre la clase media americana de los años cincuenta, con personajes tan semejantes a los que uno se cruza todos los días en las escaleras de casa, me resultan tan poco atrayentes como para que desee abandonar la lectura en pos de algo menos “normal”. Sin embargo, poco a poco uno se va introduciendo, va quitando capas y comenzando a atisbar lo que hay bajo la aparente normalidad que envuelve a los personajes. Y, lo que es mejor, comienza a darse cuenta de que todo eso que Cheever le va dejando ver de la clase media americana está vigente, se puede aplicar aquí y ahora. Que las personas son las personas, en cualquier momento de la historia, y que el cotilleo, el que dirán y el guardar las apariencias son constantes del ser humano. Las vidas que narra Cheever son corrientes, están sumidas en la rutina de las relaciones sociales, el trabajo, la vecindad, las vacaciones.  Y el alcohol, omnipresente aunque no en grandes cantidades, que permite soportar toda esa normalidad.

Pero bajo toda esa apariencia transcurren corrientes que poco a poco van cobrando mayor fuerza. Hasta que se produce el “hecho”. En todos los cuentos hay un “hecho”, un suceso que rompe esa apariencia de normalidad. Las corrientes afloran entonces a la superficie…, pero no tienen la suficiente fuerza para arrasar con todo. El “hecho” daña la normalidad y revela lo que hay debajo del caparazón de cada uno, pero solo durante un instante. Luego se resuelve sin plantear un conflicto grave, dejándolo todo tal cual estaba. Tras el suceso la vida continúa como un instante antes del mismo. La sensación que se tiene entonces es de oportunidad perdida. Los personajes han estado a punto de escapar de su inanidad y convertirse en seres auténticos, trágicos, pero en realidad no ha ocurrido nada. O sí ha ocurrido, el “hecho” les ha vuelto repentinamente conscientes del vacío y la insignificancia de su vida.

Hace tiempo leí los diarios de Cheever. En aquel momento no conocía absolutamente nada de su obra, no sabía que tipo de escritor era, pero leyendo sus notas sobre la vida que vivía, no esperaba encontrarme otra cosa. Tal vez un sentimiento más trágico, menos anodino. Porque la vida de Cheever tiene un tono de tragedia que no encuentro en sus relatos. Alcoholismo y homosexualidad, una mujer que le desprecia, pero que no se separa de él por sentimientos religiosos. Y un ambiente amargo y triste. En sus relatos todo ello queda sumergido en la normalidad, en esa necesidad de hacer que la vida transcurra como siempre, y de aparentar que se es feliz.

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Las piedras

Me gustó este poema de Tomas Tranströmer, premio Nobel de Literatura de 2011:

 

OIGO caer las piedras que arrojamos,
transparentes como cristal a través de los años. En el valle
vuela la confusión de los actos
del instante, vociferantes, de copa
en copa de los árboles, se callan
en un aire más tenue que el presente, se deslizan
como golondrinas desde una cima
a otra de las montañas, hasta
alcanzar las mesetas ulteriores,
junto a las fronteras del ser. Allí caen
todas nuestras acciones
claras como el cristal
no hacia otro fondo
que el de nosotros mismos.

De “El cielo a medio hacer”

Tomas Tranströmer

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Soledad e indecisión. Juventud, de Coetzee

JuventudNo hace mucho tiempo que leí la última entrega de las memorias de Coetzee: Verano. No he hablado de él en Octaedro porque, como habreis podido comprobar, Octaedro ha estado injustificadamente abandonado desde las polémicas elecciones de mayo. Lo haré más adelante, puesto que es probable que vuelva a leer la novela.

Cuento todo esto porque el último libro que he leído es, precisamente, Juventud, el anterior en la trilogía vital de Coetzee. En su momento leí y comenté Infancia, pero no continué con las peripecias vitales de Coetzee. Y ahora, al leer Juventud, me pregunto por qué no lo hice. Juventud es la narración de las primeras experiencias del autor (encarnado en el personaje de un joven universitario) en otro país y en relación con sus primeros trabajos remunerados. Ha finalizado sus estudios de matemáticas en Sudáfrica y se marcha a Inglaterra sin saber muy bien por qué, ni qué es lo que quiere hacer allí. Tiene la vaga pretensión de convertirse en poeta, pero una vez en Londres no sabe cómo relacionarse con los círculos en los que, supone, se desarrolla el mundo artístico de la ciudad. Como no tiene más remedio que trabajar, de repente, sin saber muy bien cómo, se convierte en programador informático. Estamos en 1962 y la informática comienza a despegar. Son los tiempos en los que la primera empresa informática del mundo es IBM y allí recala Coetzee, matemático contratado para aprender la lógica de los ordenadores, unas máquinas prácticamente desconocidas, salvo para unas cuantas personas.

Pero Coetzee quiere ser poeta. Cada día se levanta, se enfunda un traje negro y va con su maletín hasta su despacho en IBM, un despacho gris e inhóspito en el que siente que está dejando su vida sin saber muy bien por qué. Se siente un oficinista (entonces no tenía ni idea de a dónde llegaría el mundo de la informática, ni la importancia que cobrarían posteriormente los programadores) aburrido y solitario y, lo peor de todo, no encuentra que su vida le vaya conduciendo a lo que siempre ha deseado, el arte. También hay otras tribulaciones que le aquejan, y que se relacionan con su anhelo del arte: su incapacidad para entablar una relación satisfactoria con una mujer. Está apegado a la imagen más conocida del artista, aquella que le supone una vida bohemia, dedicada al arte y al amor. Puede prescindir de la parte relativa a la bohemia (nunca ha entendido por qué el vivir sin dinero, dando sablazos a los amigos y sin pagar el alquiler, se entiende como algo relacionado con el arte), pero no del amor. Un poeta debe amar, si aspira a plasmar sentimientos auténticos en su poesía, y debe amar a mujeres fascinantes, o debe convertirlas en fascinantes al amarlas. Sin embargo, a él no le ocurre así. Sus relaciones son todas frustrantes por algo que hace mal y no comprende cuando se relaciona con mujeres.

En general, Coetzee no sale demasiado bien parado en sus propias memorias. Se suele mostrar a sí mismo como una persona tímida y retraida, con dificultades para relacionarse con los demás. Así ocurre también en Verano, su última entrega. Sin embargo, en Juventud ese retraimiento se une con la sensación de ser un extranjero en cierta medida despreciado (puesto que es un sudafricano blanco, un africaneer, en la época en que arrecia el apartheid y comienzan las condenas internacionales contra Sudáfrica), lo que ahonda aún más su sensación de aislamiento.

Juventud tiene un planteamiento más lineal que Verano, pero se tiene la sensación de comprender más profundamente al personaje en el que se encarna Coetzee.

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La máquina de escribir

John Cheever y la máquina de escribir

Cuando una tecnología sustituye a otra, ambas conviven durante un tiempo más o menos largo. Luego, un día de repente nos damos cuenta de que la más antigua ha desaparecido: ya no la usamos, y no conocemos a nadie que la use. Recuerdo el día en que comprendí que los vinilos habían desaparecido. En mi tienda de discos favorita, los estantes, de repente, casi de un día para otro, se habían llenado de discos compactos. En ese momento fui consciente de que ya no vería más los discos negros a no ser en una tienda de coleccionista.

Con la máquina de escribir ocurrió algo semejante: de repente ya nadie la usaba. No soy capaz de recordar en qué momento tecleé algo por última vez en la mía. Desaparecieron de un día para otro. Pero a diferencia del tocadiscos, que nadie parece echar de menos, la máquina de escribir siempre tuvo un aura de máquina mágica. Probablemente porque era el arma principal del escritor. Es cierto que formaba parte del mobiliario de las oficinas, del trabajo diario de mucha gente, pero siempre se la ha asociado, sobre todo a la labor creativa, a la narración de mundos de ficción o de realidades lejanas. Era tan fascinante que se convirtió en un objeto de decoración mientras aún seguía siendo un objeto de uso.

¿Llegarán a ser los portátiles de hoy tan fascinantes como las máquinas de escribir? Ya comienzan a sufrir una cierta obsolescencia: la “tableta” (ipad y similares) comienza a extenderse y hay quien dice que ha venido a sustituirlos.

 

In praise of the Typewriter, una galería fotográfica de la revista Life con la máquina de escribir como centro.

 

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Nueva novela de Haruki Murakami

Haruki Murakami en Barcelona

Haruki Murakami en Barcelona

Me acabo de enterar de que Haruki Murakami, en la curiosa visita que ha hecho a Barcelona, ha anunciado una nueva novela. Se titula 1Q84 y tiene todavía la tinta reciente:

Orwell escribió «1984» mirando al futuro, y yo, con mi novela, quiero hacer lo contrario, mirar al pasado, pero sin dejar de ver el futuro. Es mi obra más ambiciosa, y la he entregado justo hace una semana, antes de viajar a España.

Así pues, tenemos una nueva entrega del autor de Tokio blues, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o Al sur de la frontera, al oeste del sol, por mencionar aquellos de sus títulos que me han resultado más interesantes. Pero no podremos disfrutarla en España hasta octubre, por lo menos.

La escritura de Murakami es muy extraña, tal vez por eso mismo ha terminado por convertirse en un superventas, además de candidato al Nobel en la pasada edición. En sus novelas hay sentimientos, sobre todo relacionados con uno mismo, con las metas propias y los deseos. Yo diría que en cada una de sus novelas nos encontramos con una crisis, que puede ser existencial, amorosa; y que esa crisis siempre se supera con una visión más “filosófica” de la vida. Sus personajes parecen hacerse más sabios a medida que se desarrolla la trama, y al lector siempre le queda la sensación de haber comprendido algo que podría aplicar a su propia vida si lograra definirlo con claridad.  Y todo eso se mezcla con elementos fantásticos que se entrelazan con naturalidad con lo cotidiano, pero que en algunos momentos resultan inquietantes.

Al menos esa es la sensación que personalmente he experimentado con sus novelas.

Haruki Murakami: “No me interesan los premios, sino los lectores”

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John Updike

John Updike

John Updike

La muerte de John Updike me trae de nuevo por aquí, para dejaros algunos enlaces sobre él. No he leído más que su famoso Corre, Conejo!, y tengo que reconocer que no me llamó mucho la atención. Un autor para el redescubrimiento. En todo caso, comparte con John Cheever la consideración de cronista de la clase media norteamericana. Hay más escritores que se ocuparon de esa temática, como Raimond Carver.

Algunos enlaces sobre Updike:

El reverso del sueño americano

El azote de la clase media

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Dietario voluble, de Vila-Matas

Es un placer regresar de vacaciones y encontrarse con un nuevo libro de alguno de los autores que uno prefiere. Ahora es Vila-Matas (siempre preferido entre preferidos) el que se descuelga con un nuevo volumen. Ya andaba por las librerías de Madrid, pero me he tenido que enterar por la expectación que levantaba su llegada tardía a Mexico. Magda (como tantas veces) ha sido la mensajera de este Dietario voluble, recopilación, al parecer, de artículos publicados en El País, que me lanzaré a comprar en cuanto ponga un poco de orden postvacacional en todo este follón de maletas.

Recomienza la vida diaria después de el paréntesis agosteño.

Dietario voluble, Enrique Vila-Matas, Barcelona, Anagrama, 2008

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Los vicios ocultos de Kafka

Tal y como anuncié en mi último retorno, me dejo caer de nuevo por aquí, en medio de mis vacaciones, para que os quede claro que sí, que he vuelto, y que tengo intención de continuar con Octaedro durante los próximos meses. Pero, por desgracia, hasta septiembre no volveré a tener acceso a la red, así que este post es una pequeña pildorita para ir entreteniendoos hasta entonces. Pero una pildorita cargada nada menos que con el último descubrimiento de un profesor norteamericano. Un descubrimiento sorprendente: mi querido Franz Kakfa, uno de mis escritores favoritos (por cierto, hace mucho que no revisito ninguno de sus libros) tenía una gran colección de pornografía. Las cursivas simbolizan el asombro del profesor James Hawes, a la sazón autor de un libro titulado Excavating Kafka, algo así como Profundizando en Kafka (literalmente, excavando).  Pero no era pornografía normalita, no, lo de Kafka era pornografía dura, cosas con animales y entre mujeres (?). Vamos, que podemos ir tirando La metamorfosis o El proceso a la basura.

Desde Europa han acusado al profesor de ser un mojigato y practicar el sensacionalismo. Al parecer (no lo tengo muy claro, pero es lo que creo interpretar en el artículo de The Guardian que os enlazo), la existencia de la colección de pornografía de Kafka ya había sido revelada en un libro publicado en 1958, o sea, que no es nada nuevo. El escándalo del profesor norteamericano es, por tanto, un mero ejercicio de mercadotecnia, una forma de llamar la atención de sus compatriotas para conseguir aumentar las ventas de su libro. Y si colateralmente echa un poco de porquería sobre uno de los mitos de la literatura del siglo X, pues bueno, tampoco tiene tanta importancia.

Los dos artículos están en inglés. I’m sorry, pero tampoco estaría de más que tanto yo como vosotros (por supuesto, mucho más yo que vosotros) mejoráramos algo nuestro deficiente inglés.

[Vía Librillo de apuntes de Ramón Buenaventura]

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Javier Marías, académico

Y sin embargo, junto a esa creencia popular y generalizada de que todas las lenguas denominan en el fondo las mismas cosas, los mismos objetos, los mismos sentimientos, pensamientos, acciones, pasiones, las mismas sutilezas y los mismos hechos —la creencia, en suma, de que todo puede decirse y de que las lenguas son sólo el instrumento intercambiable para referirse y nombrar lo existente, que es en cambio inmutable en todas partes—, nos encontramos a veces con que hasta aquello visible a todos, que comparte la humanidad entera y que parece ser idéntico en todas las latitudes y para todos los individuos, independientemente de su procedencia y su cultura, tiene que ser por fuerza distinto en virtud del vocablo que se emplee para denominarlo.

Javier Marías, nuevo académico de la lengua, en su discurso de ingreso.

Texto completo y respuesta de Francisco Rico 

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