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Escribiendo en la edad de la distracción

Uno de los principales problemas que me aqueja a la hora de escribir Octaedro es mi facilidad para perderme tras un enlace, que me lleve a otro enlace, que me lleve a otro, y a otro… Reconozco que para mí tener un mundo de información y conocimiento, un mundo de palabras tan al alcance de la mano es la perdición. Cuando me siento frente a la pantalla del wordpress para intentar desgranar unas pocas palabras en un post, la necesidad de documentarlas frecuentemente me lleva mucho más lejos de lo que en un principio pretendía…, y me consume más tiempo del que había estipulado para llevar a cabo mi tarea.

Los consejos de Cory Doctorow son sencillos, y aparentemente obvios. Sin embargo, y como ocurre con todo lo obvio, con frecuencia es necesario recordarlo. Me quedo con dos: no investigues y mata a tu procesador de texto. El primero, por razones obvias: ese es justo mi gran problema ante un ordenador. El segundo, porque es cierto que los programadores utilizan generalmente herramientas sencillas para elaborar su código. Por algo será.

Cory Doctorow: Writing in the Age of Distraction.

Vicio ya no tan solitario

Todo está cambiando, ya no hay vuelta atrás. La creación literaria ya no es el vicio solitario del escritor, se convierte en un espectáculo a la vista de todos. Internet, los blogs, la inmediatez que dan los nuevos medios tienen la culpa. Se puede escribir y leer casi al instante, ya no hace falta un trámite tan largo para que lo escrito llegue al lector. En Buenos Aires (ahora cubierto de humo) lo saben bien. Han organizado una jam session de escritores. Improvisación literaria frente al público lector. Con un portatil y un cañón van desgranando frases que los asistentes leen inmediatamente en la pantalla. Asisten al proceso de creación en directo, ven como el autor teclea a toda velocidad, como se detiene y borra una o dos frases, como los personajes y la historia van cobrando forma allí mismo, frente a ellos. Lo que antes hacía el autor en la más estricta soledad, ahora lo hace frente a todos. Hay que tener valor, de todas formas.

Desde la trastienda de la creación

El escritor de ciencia-ficción

Ricardo Montiel se plantea la formación del escritor de ciencia-ficción. ¿Ha de ser un científico? ¿O tener al menos una formación científica? Parece ser que no, que en ocasiones basta con la disposición a adquirir los conocimientos que precisa mediante el trabajo duro, aceptando que, de entrada, tiene un handicap que otros autores con mejor formación no tienen. Montiel traduce un artículo del escritor norteamericano James Van Pelt en el que este concluye lo siguiente:

(…) un escritor de ciencia ficción es tal por su oficio y no tanto por su conocimiento científico; si un escritor es hábil podrá incluso superar obstáculos tan complejos como la barrera epistémica de la ciencia.

Montiel también se hace una interesante pregunta: ¿Por qué no hay más escritores reconocidos de ciencia-ficción dura no sajones, como si los hay en otros géneros?

Intensidad del cuento

Con la novela sabes que vas a vivir en ese sitio mucho tiempo y tienes que organizar muy bien los espacios, tienes que saber qué vas a escribir. El cuento, sin embargo, es perfecto para crear situaciones y darle una intensidad especial. Una novela puede tener situaciones intensas, pero hay que dosificar la evolución dramática para no generar angustia en el lector.En el cuento todo lo metes allí, la brevedad la cargas de intensidad, y eso es muy gratificante.

José María Merino, El microrrelato se adapta muy bien a las nuevas tecnologías

Cada vez se escribe peor

Andrés Ibañez escribe el el ABC una serie de tesis en las que se trata de explicar el por qué de la decadencia de la literatura. El problema, dice, es que cada vez se escribe peor. No la existencia de literatura de consumo, sino que ese tipo de literatura sea cada vez más mala. Y culpa de ello a la literatura posmoderna, que trató de unir el arte elevado con las formas populares

pero perdió la batalla. Esta es la teoría de David Foster Wallace en Algo supuestamente divertido?, que me parece, en líneas amplias, acertada. Perdió la batalla porque en vez de redimir a la cultura popular, fue devorada por ella.

Una teoría muy interesante.

Del canon al clon, Andrés Ibañez

(vía Libro de Notas)

Para iniciarse en la ciencia-ficción

La presencia de la ciencia-ficción en internet es enorme, cosa nada extraña, por otra parte, puesto que la propia ciencia-ficción es un campo inmenso. Hay muchos autores, la mayoría norteamericanos, por supuesto; hay muchas tendencias, subgéneros. Hay tanto que quien nunca ha penetrado en estas aguas tiene ciertamente difícil comenzar a hacerlo. Julián Diez reune unas cuantas pistas para despistados nuevos en el cotarro. Creo que tomar nota de ellas es una buena forma de comenzar en este campo literario.

Cómo profundizar en la ciencia-ficción

Buscando una explicación a la escritura

Hace unos cuantos días Miguel se hacía una pregunta que todos los que escribimos bitácoras nos hemos hecho alguna vez. En su caso, la pregunta era ¿se escribe demasiado? En el de Fabián, que le contestaba en cierta medida, y en el de muchos otros bitacoreros la pregunta cambiaba a ¿por qué, para qué escribo? Las respuestas a ambas preguntas llegaban en la nota de Fabián y en los comentarios que suscitó el post de Miguel. Suscribo todas esas respuestas, como siempre he suscrito todas las explicaciones posibles al misterioso acto o anhelo de escribir. Todas me han parecido esencialmente válidas. Tal vez porque aún no he encontrado una que lo sea completamente para mí.

¿Por qué escribo? Y, sobre todo, ¿por qué escribo en esta bitácora, a la vista de todos? Durante mucho tiempo me he hecho la misma pregunta y, como no encontraba respuesta, una respuesta válida, casi terminé por abandonar la escritura. Por aquel entonces para mí la escritura estaba vinculada a una ambición, una ambición enorme, que hoy me hace reír. Uno acariciaba en secreto el sueño de llegar a ser algún día escritor. Con el tiempo, el tamaño de esa ambición terminó por ahogar la práctica de la escritura. Si uno no escribe para publicar y para ganar algo (dinero, fama, o que sé yo) con sus libros, pensaba, no tiene sentido escribir. Y por eso casi dejé de hacerlo, incluso cuando ya me ocupaba de Octaedro. Pero luego, leyendo libros, bitácoras, artículos y todo lo que se me ponía a tiro y que podía estar relacionado con lo que me interesaba, la escritura, llegué a algunas conclusiones en relación con esta extraña práctica. Conclusiones que me parecían válidas exclusivamente para mí, pero que Fabián ha reproducido en parte en su artículo:

Posiblemente la acción de escribir y publicar sea una respuesta a múltiples necesidades. Se escribe desde la soledad que la escritura rompe. Escribir es siempre una búsqueda de no se sabe qué. Escribir ocupa un tiempo que ninguno de los grandes espectáculos de la sociedad de masas satisface. Escribir implica profundizar un poco en el conocimiento de ese gran desconocido que somos nosotros mismos. Escribir es también luchar contra esa gran ausencia e insuficiencia de palabras que nunca son del todo válidas para expresar las ideas, sentimientos y emociones propios.

Escribir para uno mismo, para comprender. Esa es la idea que ahora me anima a continuar, en Octaedro y fuera de Octaedro. Creo que era Virginia Woolf quien animaba en sus cartas a alguien que no recuerdo a escribir en su diario los acontecimientos del día, para lograr así darles una existencia real, una existencia que no se diluyera en el tiempo. Para ella, lo que no se escribía desaparecía, era como si en definitiva no hubiera sido vivido. El punto de vista que sostengo es semejante en cierta medida a lo que decía Virginia Woolf. Escribir para que lo leído no se escape entre los dedos, para comprenderlo, para hacerlo propio. Escribir sobre lo que preocupa para que la preocupación cobre forma, se defina, y no se mantenga en el limbo de lo intuido pero nunca concretado. Otra idea relacionada, recogida al vuelo en una bitácora: la cultura (cito de memoria) es el pequeñísimo poso que nos va quedando de nuestras lecturas, del arte que contemplamos o escuchamos. Y la forma de aprehender ese poso cultural, de darle consistencia y conseguir que forme parte de nosotros, es escribiendo. Aunque nunca nadie nos lea.

Pero entonces, ¿por qué hacerlo públicamente? ¿Por qué no guardar nuestros escritos en la intimidad de nuestro ordenador? Yo creo que por generosidad, por afán de compartir. Tal vez escribiendo alcancemos alguna iluminación, alguna idea curiosa e interesante. Todo es posible. En ese caso, sería muy desconsiderado por nuestra parte no ponerla a disposición de quien, de tarde en tarde, se asoma por nuestra página.

En fin, la respuesta a la pregunta de Miguel es sí, probablemente se escribe demasiado. Probablemente no tenemos tantas cosas que decirnos unos a otros, ni siquiera a nosotros mismos. Pero también es posible que, de tanto en tanto, hagamos algún feliz descubrimiento, comprendamos algo que hasta el momento nos parecía oscuro o se nos ocurra una idea para poner en práctica la mar de estimulante. Sólo porque existe esa posibilidad (yo al menos) continuamos escribiendo y leyendo.

Escribir para la red

Ya sabeis que una de mis principales preocupaciones (antes era la única, pero uno va cambiando con los años, probablemente para peor) es la escritura. Los aspectos prácticas de la escritura. Y como la escritura e internet han llegado a estar tan absolutamente interrelacionados para mí, pues un manual sobre la escritura de textos en la red tenía que interesarme. Escribir para la red nos da unos cuantos consejos (de esos que luego nunca seguimos, al menos no del todo) para que la experiencia de leer blogs y cualquier texto en la red sea lo más agradable posible para el usuario. Una de las cosas más interesantes de las que habla es el tema de los enlaces. Estoy completamente de acuerdo con algunas de las visiones sobre el hipertexto que se mencionan en este trabajo. Creo que, mal usado, tiende a distraer la atención del lector. En concreto, hay una frase que suscribo plenamente: no todo lo que puede ser enlazado, debe ser enlazado. En los blogs cometemos este pecado con mucha frecuencia. Cada mención a una empresa, a un determinado software, suele convertirse en un enlace, aunque en ese momento no haya ninguna razón para mandar al lector a ver la página en cuestión, que ha podido ser mencionada de pasada.

En fin, espero que lo encontreis de utilidad. Ah, he llegado a este manual a través de Libro de notas (y pongo el enlace, en evidente contradicción con mis palabras).

Pereza

Octaedro comenzó como un sitio en el que hablar sobre escritura. Escritura de ficción, sobre todo, que era lo que más me interesaba entonces, cuando comencé a leer bitácoras y a querer publicar una. Me proponía recoger páginas en las que se dieran consejos sobre cómo escribir mejor, eso que alguien ha llamado la “autoayuda” del escritor (algunas de esas páginas aún permanecen enlazadas aquí al lado). Entonces sólo me interesaba eso, debo confesarlo. Me recorría la red en busca de esas páginas, en busca de escritos de autores en torno a lo que significa escribir que alguien hubiera tenido la caridad de colocar en la red. Estaba en crisis de creatividad, “perdiendo la escritura”, en expresión de Adolfo.

No he recuperado la escritura, al menos la de ficción. Ya no recuerdo ni el tiempo que hace que no escribo un relato, que no muevo a un personaje por un escenario, ni pienso con imágenes. Por ahí, en mi disco duro, hay algunos relatos empezados, apenas apuntados, a los que no he vuelto. Al contrario de lo que pensé en un primer momento, Octaedro no me ha servido para recuperar esa escritura de ficción. Me ha servido para otra cosa, para descubrir la red en una dimensión que en aquel momento yo no conocía. Me ha servido para ver todo esto como algo vivo, que se desarrolla día a día, que va cambiando a velocidad de vértigo, algo a lo que cualquiera, de una de las muchas formas posibles, puede contribuir. A través de una bitácora, colaborando en la wikipedia, compartiendo enlaces. Defendiendo el software libre y el libre acceso a la cultura. Pero sobre todo, considerando a la red como un ámbito que es de todos y en el que todos colaboramos.

Pero nada de todo esto es incompatible con la escritura de ficciones. No hay excusa: si no escribo relatos, será otra la razón. La pereza, por ejemplo. Tengo delito.

Escribir y no publicar

Adolfo me ha dado la solución, como siempre que tengo alguna duda en relación con la escritura. Sus cinco puntos sobre la vida sin blog son lo que vengo tratando de hacer desde hace unas semanas y no consigo, al menos plenamente. Estoy en su mismo caso, el trabajo y otras cuestiones personales me alejan de Octaedro y de la escritura en general, de la reflexión y la calma que siempre he asociado con ella. Pero tengo una moleskine en la que escribo de cuando en cuando y, sobre todo, anoto los libros que me llaman la atención y que leeré cuando vuelva a tener tiempo para mí. Y me siento un poco como él dice, como si estuviera escribiendo una bitácora, pero fuera de internet, una bitácora analógica, de papel y tinta.

Lo que ocurre es que cuando escribo y no publico, lo que escribo se me convierte en íntimo, casi impublicable. En Octaedro intentaba hablar de libros, de cultura, informar (dentro de la medida de mis posibilidades) de lo que llegaba a saber, a leer, a contemplar en un cine o en la pantalla de mi dvd (mi televisor). En la moleskine, en los otros cuadernos, hablo de mis perplejidades y zozobras, de mis dudas y de mis cabreos. Y, hoy por hoy, no se me ocurre una forma válida de trasladarlos a la bitácora. En lo que sí que estoy de acuerdo, y cada vez más, es en que un blog no muere porque uno deje de actualizarlo o porque no lo haga a diario. Un blog continúa estando ahí, aunque haga semanas que no te asomas a él. Al menos eso me gusta pensar.

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